ALTRUISMO

Entre las espesas sombras de la noche, en grupos charlatanes de tres

ó cuatro personas, numerosos vecinos de Pago Chico se encaminaban

lentamente á la estación del ferrocarril. Se habían reunido con ese

objeto en el Club del Progreso, en el café y en la confitería de

Cármine, y al acercarse la hora fueron destacándose poco á poco,

para no llamar demasiado la atención ni dar pie á que los opositores

hicieran alguna de las suyas.

Llegaba en tren expreso, costeado naturalmente por el gobierno, el

diputado Cisneros con la misión de reconstituir el comité, y era

preciso hacerle una calurosa acogida á pesar de lo intempestivo de la

hora. La estación estaba completamente á obscuras; sólo por la puerta

de la habitación del jefe filtraba una raya de luz, y allá en el fondo

el Buffet,--en funciones para las circunstancias,--abría sobre el andén

desierto el abanico luminoso de su entrada. Allí fueron sentándose á

medida que llegaban, el doctor Carbonero, el escribano Ferreiro, el

intendente Luna, el juez de paz Machado, el concejal Bermúdez y varios

otros, sin que faltaran el comisario Barraba y su escribiente Benito,

ni aun don Máximo, el portero de la Municipalidad, muy extrañado de

no tener que disparar bombas de estruendo en tan solemne emergencia.

No hubo francachela; los tiempos estaban malos, y nadie quería cargar

con el mochuelo del coperío, aunque sólo hubiera en la estación una

veintena de personas. Cada cual, si quería, «tomaba algo»... y pagaba.

La espera fué larga. El expreso se había retrasado en no sabemos

qué estación y el jefe aún no tenía noticia de su llegada... Poco

á poco, todos fueron á pasearse en la obscuridad del andén, luego

instintivamente agrupáronse á la puerta del Buffet, y conversaban

mirando inquietos al norte por descubrir entre las sombras el ojo

encendido del tren en marcha.

--¿Á que no sabe abrir esta cajita?--dijo de pronto el escribano

Ferreiro, presentando un objeto al Intendente Luna.

Era una cajita oblonga, en forma de ataúd, en uno de cuyos extremos

asomaba un botón á modo de resorte; un juguete-chasco de lo más

infantil, pues oprimiendo el botón aparecía una aguja que pinchaba al

curioso, con tanta mayor fuerza cuanto mayor había sido su confianza

en sí mismo y el apretón consiguiente. Luna la tomó, la examinó

deliberadamente, vió el resorte cuya evidencia debería haberlo hecho

recelar sin embargo, y exclamó:

--¡Mire qué gracia!...

Soberbio fué el golpe de pulgar que dió al botón apenas había dicho

estas palabras, y soberbio el pinchazo que recibió en mitad de la yema

del dedo... Estuvo á punto de soltar uno de los ternos más sonoros de

su colección; pero se contuvo á tiempo, y lejos de protestar, fingió

seguir examinando la cajita.

--No doy ni mañana--dijo por fin.

--Aver emprieste compadre,--solicitó Barraba tendiendo la mano, con los

ojos brillantes de curiosidad.

Los demás habían estrechado el corro, deseando ver el misterio

que encerraba el cabalístico estuche, y las conversaciones se

interrumpieron.

Barraba cayó en la trampa, y á su grueso pulgar asomó una gotita de

sangre como un pequeño rubí. Pero puso buena cara, y aparentó seguir

maniobrando con la cajita.

--¡Traiga amigo, traiga! ¡Si usté es muy mulita p'a estas

cosas!--exclamó al cabo de un instante el juez de paz Machado.--¿No

sabe que p'a qu'el amor no tuerza, más vale maña que juerza?--Aver

traiga p'acá.

Barraba no tuvo inconveniente...

Nuevo pinchazo... Nuevo esfuerzo heroico para no lanzar un grito.

Aquellos espartanos eran todos capaces de dejarse devorar el vientre,

con tal de que en seguida, se lo devoraran á los amigos y compañeros.

«Si licet in parva...» como en el sorteo famoso de Matucana que,

repitiendo en eso á Homero en la Ilíada, tuvo también su Tersites.

Y después de Machado, la cajita pasó á Bermúdez, á Carbonero, á los

demás--hasta á don Máximo, que fué el último en pincharse.

Aquel Sterne, imitado ahora por quienes, con sólo imitarlo son

puestos á la cabeza de no sabemos cuántas literaturas, nos ofrecería

aquí una sabrosa disquisición, llena de longanimidad y de sincero

enternecimiento ante la flaqueza humana. Se explicaría el hecho y

trataría de explicarlo á los demás, por aquello de que «tout comprendre

c'est tout pardonner».

Pero desgraciadamente no habla Sterne, ni el hecho, produciéndose en

Francia bajo tan rudimentarias formas, ha dado tema á los grandes

modistos literarios. Ello vendrá.

Mientras no viene, y por si no viene, el lector hará bien si saca por

su propia cuenta el caracú del hueso que le ofrecemos, y que más peca

por sobra que por falta de médula, pues allá en la pobre y silenciosa

estación de Pago Chico--microcosmos sintetizado,--y entre aquel

reducidísimo compendio de la humanidad, no hubo un solo ejemplar, un

solo individuo que no pasara por la prueba, ni uno que no se mostrara

á la altura de las circunstancias. El mismo don Máximo,--el último

mono--se dirigió humildemente al escribano:

--¿No quiere emprestármela hasta mañana, señor Ferreiro?

--¿Para qué don Másimo?

--P'a mostrársela á Petrona, no más...

Su altruismo no le permitía gozar tan sólo de las delicias de la aguja,

pues los otros veinte no contaban ya: Habían contribuido á chasquearlo

y se reían de él, como si fuese el único burlado.

Entre tanto y en silencio, había ido aproximándose el tren. Un silbido

agudo y un repentino y fuerte resplandor, les hizo dar un salto y

volverse hacia la vía. El diputado Cisneros, de pie en la plataforma,

con el tren aún en movimiento, comenzó á dirigirles la palabra:

«Este brillante recibimiento me demuestra cuánto es vuestro altruismo

y vuestra abnegación. Siempre dispuestos á sacrificaros por el bien de

los demás, á luchar sin tregua ni descanso por evitar el sufrimiento

ajeno, venís en horas de combate á retemplar mi espíritu, para el

holocausto fraternal á que estoy dispuesto tanto como vosotros mismos».

Y siguió así, mientras don Máximo se devanaba los sesos por hallar modo

de pasarle la cajita sin faltarle á las debidas consideraciones. Pero

no lo halló, por demasiado humilde, y tuvo que consolarse con la idea

de embromar á la Petrona...

¡Y decir que la peregrinación de la cajita se repetía diariamente y

en mayor escala en Pago Chico, y se repite en todas partes, cuando ya

estamos á las puertas del siglo de oro de la solidaridad humana!...

Pago Chico · 第 58 / 60 题