--¡Tatachin, chin, chin! ¡Tatachin, chin, chin!
--Shuitzssss... pum!
Y vuelta á empezar.
Uno que otro pilluelo desarrapado seguía á la charanga y á don Máximo,
el viejo portero de la Municipalidad, cargado con un mortero y dos
docenas de bombas de estruendo para la salva reglamentaria de veintiún
cañonazos.
Porque, eso sí, lo que es cañones, Pago Chico no los tenía sino en la
pasiva condición de postes, á la puerta del antiguo fuerte que, adobe
por adobe, iba derrumbándose en plena plaza principal.
Era el amanecer de un día patrio.
Olvidados los vecinos de la gloriosa fecha, despertaban sobresaltados
al oir los estampidos y la música marcial, á puro bombo y platillos,
creyendo que por lo menos, la grave cuestión política había sublevado
al pueblo en masa, y que los Krupps estaban haciendo estragos y
sembrando de cadaveres el pueblo.
Es de advertir que, ya en aquel entonces, Pago Chico, sentía del uno
al otro extremo y sobre todo en su corazón--el pueblo propiamente
dicho--los estremecimientos precursores de la honda y trascendental
agitación que había de perturbarlo durante tanto tiempo, dando
socorrido tema á los historiadores futuros.
«La grave cuestión política» no está puesta, pues, á humo de pajas, ni
era ilógico el sobresalto de los pacíficos vecinos, despertados por las
descargas sin malicia de don Máximo.
--¡Ah, sí! ¡Ahora caigo! Hoy es el nueve.
Y dandose vuelta en el lecho abrigado, los pagochiquenses volvían al
interrumpido sueño, fastidiados, renegando de esa música y esas bombas
pluscuam-matinales, pero contentos en el fondo de ver disipados sus
temores de guerra y exterminio.
Alguna que otra madre afanosa se levantaba de un salto, á pesar del
intenso frío, para preparar los trajecitos de los _escueleros_, que
debían ir en corporación á la iglesia y luego á la Municipalidad á
pronunciar discursos, á decir versos patrióticos, y sobre todo á comer
masitas de la confitería de Cármine, hechas con sebo de la riñonada
tan útiles para Pérez y Cueto, Carbonero y Fillipini, y para el pobre
Silvestre.
Después de dar diana á las autoridades y al cuerpo diplomático,--los
vice-cónsules Grandinetti, Sánchez Gómez y Petitjean--quienes por
excepción no hallaron propicia la oportunidad para un discurso, la
charanga y las bombas volvieron á su punto de partida, al pie del cono
truncado, obelisco de la plaza pública; rasgó el cielo blanqueado por
la luz del alba, el humillo de dos bombas lanzada una tras otra y que
estallaron allá arriba, formando una aureola como de copos de nieve; el
astro rey saltó al oriente, al imperioso mandato dorando la cima de la
pirámide y el techo de las casas, y en el aire tenue y frío vibraron
las notas solemnes de la introducción del Himno que ni los mismos
asesinos de la banda de Castellone, que por chuscada se apellidaban á
sí mismos _bandidos_, haciendo un juego de palabras no desprovisto de
base sólida, lograban echar á perder para nuestra eterna sugestividad.
Los pilluelos corrían y gritaban, entretanto, alrededor del portero que
se aprestaba á disparar otra bomba (le faltaban cinco para la salva de
veintiún cañonazos), y en las calles dormidas del pueblo sólo cruzaba
de vez en cuando, al trote de su caballo, y con el repique de los panes
sacudidos dentro, el carrito negro de algún panadero, á caza de puertas
abiertas...
Terminó el himno, los músicos se fueron á su casa, el pueblo entró
lentamente en el movimiento habitual, esperando el medio día con su
procesión infantil á la municipalidad, sus _versadas_ en el salón
alfombrado exprofeso, sus cohetes, sus dulces, el vino de San Juan
hecho por Cármine como las masas, con algún sucedáneo del sebo--y el
rompecabezas, y la corrida de sortija, y el palo jabonado, y quizá--si
quisieran trabajar gratis en la plaza--los volatines, que en aquella
época hacían las delicias de la población en una gran carpa de lona.
Un poco más entrada la mañana, los guitarreros, payadores de menor
cuantía, salieron cada cual por su lado á dar alboradas á las personas
de viso, á las puertas de su casa, con la esperanza generalmente
fallida de hacer buena cosecha de centavos para la mañanita ó la
chiquita, las copas de la tarde, y la farra de la noche.
El viento parecía que cortaba; las gentes pasaban por la calle con
las manos metidas en los bolsillos y la cabeza entre los hombros.
¡Qué invierno aquél! Pero la baja temperatura no impidió que el negro
Urquiza, payador ó mandadero según las circunstancias, cantara á la
puerta del municipal Bermúdez, acompañado con terribles rasgueos de
guitarra.
¡Qué bello día de primavera!
¡Qué panorama consolador!
Se quedó sin centavos, á pesar de la ardiente fantasía que primaveraba
el invierno y convertía en panorama consolador al yermo aquél. Porque
Pago Chico, pelado como la palma de la mano, más que pueblo parecía
paradero de caravanas en un arenal.
Se almorzó temprano y fuerte en aquel día, frío seco y radioso como
una gema. Pero en las casas reinaba gran bullicio; los niños no podían
estarse quietos y á los padres les hormigueaban las piernas. Las niñas
mayorcitas no quisieron almorzar, ocupadas en la tarea homérica de
disfrazar el vestido del 25 de Mayo, obra que les había absorbido toda
la semana.
Sólo cuatro ó cinco (las de Tortorano, Bermúdez, Luna, Gancedo,)
estaban libres de ese trabajo, pero no de las zozobras que en todo
corazón femenino provocan las inevitables tardanzas de la costurera.
La prensa de la localidad había salido de gala, en buen papel y con
grabados. _La Pampa_, el diario popular, cuyo programa era la redención
de Pago Chico, presentaba una alegoría de libertad, hecha por un
litógrafo de último orden, é impresa en Buenos Aires sobre papel de
oficio. Una gorda matrona con bonete puntiagudo y ámplias ropas de
hojalata, alzaba en el rollizo brazo un destrozado cadenón de buque,
sostenía en la diestra la histórica balanza de Bermúdez--que en tiempo
de los indios tuvo hilos para manejarla á capricho y estafarlos á gusto
y bajo el pie colosal y descalzo para mayor vergüenza, oprimía una
bestia apocalíptica, erizadas de púas en el cogote, y de ojos casi más
grandes que la cabeza. En segundo término, artísticamente esfumados y
en el aire, bailaban cuadrillas unos doce ó catorce muñecos, que según
por el texto del diario se supo, quería representar á los próceres de
la patria.
La alegoría, (alegría pronunciaba Tortorano), llevaba esta leyenda.