Saluda al Sr. administrador _Cirilo Gómez_.»

* * * * *

«¡Á este Dr. Carbonero no hay con qué darle! El otro día, en la cancha,

el matón Camacho, traído por Ferreiro, y de que hasta ahora no nos

hemos podido librar, le dió tal garrotazo á Lobera que por poco lo

desnuca. Ahí no más quedó tieso más de media hora, tendido en el suelo

de la cancha.

Lobera está malamente herido, y quién sabe si no espicha, pero para que

Barraba y el juez Machado puedan poner en libertad al otro, el doctor

Carbonero ha extendido un certificado diciendo que no tiene nada.

Y lo más lindo es que mientras Moraira, ó sea Camacho, anda suelto

y compadreando como de costumbre, á Lobera me lo tienen preso en un

cuarto del hospital, en cama y con centinela de vista, sólo porque

tuvo la infelicidad de pelar el revólver cuando el otro lo volteó del

garrotazo.

Se le está haciendo sumario por desorden, uso de armas y no sé qué

otros crímenes. Y el pueblo entre tanto, calladito como en misa. El

único que protesta es el pobre Viera. Pero ¿á qué santo si nadie le

lleva el apunte?

Fuera de que los carneros le están haciendo una guerra tremenda, y

á este paso, pronto no tendrá ni con qué comer. Yo le dije que meta

violín en bolsa, pero él no quiere si no morir en su ley...»

* * * * *

«¡Decíme si no es cosa de morirse de risa por no reventar de rabia!

Hacía una punta de meses que mandabamos nota sobre nota al comité

central de la capital, sin que esos señores se dignaran contestarnos

una sola palabra. Parecía que se hubiesen muerto de repente. Viera,

por encontrar alguna disculpa, decía que era probable que el gobierno

hiciera interceptar la correspondencia en el mismo correo, de aquí ó de

allí.

--¡Andá ver!--le contestaba yo.--Es que no saben qué decirnos, ni

tienen plan, ni menos plata. Aquí hay que sostener el comité, dar algo

á la gente, comprar armas por un si acaso, ayudar á tu diario que

pierde demasiado, y como nadie da nada, claro está que se hacen los

suecos para no tener que mandar fondos desde allí.

Él no me quería creer, pero anoche vino furioso á la botica. ¡Por fin

había llegado algo de Buenos Aires! ¡Pero ni vos mismo adivinas qué!

Una lista de candidatos para diputados, todos ilustres desconocidos que

ni siquiera se han asomado al Pago, pidiéndonos que la votemos sin la

más ligera modificación, «porque de eso dependen los altos intereses

patrióticos que con tanta altivez y civismo hemos sabido defender hasta

hoy.»

--¿Qué vamos á contestar?--le dije á Viera.

--No sé,--me contestó;--lo que sé es que me dan mucha rabia.

--Pues contestales que aquí no podemos votar, porque no nos dejan, y

que aunque nos dejaran no votaríamos sino por una lista hecha después

de consultar nuestra opinión. Que para cambiar de nombre y no de

costumbres, más vale ser oficialista, que así siquiera se está cerca

del candelero.

--Nos dirán que tenemos delegados en el comité central, y que ellos se

han encargado ya de interpretar nuestra opinión,--me observó Viera.

--Bueno, hijo, mientras nos contentemos con esas lavaditas de cara,--le

dije,--vamos á estar siempre en las mismas. ¿Querés que te dé un buen

consejo? ¿Sí? Pues hacé como ellos, no les contestés una palabra y el

día de las elecciones les mandas un telegrama diciendo que el comisario

Barraba y sus fuerzas han impedido el acceso del pueblo á los atrios,

como será verdad por otra parte. Mirá, Viera: si el país se compone ha

de ser por algo muy raro y que nadie se espera. Lo que es nosotros y

los otros, nunca daremos pie con bola.

No sé qué te parecerán estas afirmaciones, pero así como las pienso y

se las dije á Viera, te las digo á vos por lo que puedan valer.»

* * * * *

Podríamos seguir espigando largo tiempo y con fruto en el feracísimo

campo del epistolario silvestrino, pero todo tiene su término y preciso

es darselo á estos interesantes extractos, para ceder parte del espacio

que resta á los prometidos párrafos de la especie de «Psicología de

las autoridades de campaña», desarrollada por el periodista amigo de

Silvestre. El lector verá que las mal llamadas «Memorias» no se cierran

tan mal con este trabajillo.»

* * * * *

«La provincia de Buenos Aires ha venido experimentando lentamente un

cambio que la aleja en modo notable de su punto de partida. Ni es ya

lo que era ni es aún lo que será. En su vasto escenario, el gaucho por

una parte y el hombre ilustrado por otra--la absoluta mayoría y la

absoluta minoría,--han cedido sus puestos á nuevos elementos que, no

teniendo caracteres definidos, no siendo bien aptos para sostenerse,

combatir, triunfar en la lucha por la vida, están destinados

inevitablemente á desaparecer. Son individualidades de transición,

que no pueden subsistir, aun cuando circunstancias más ó menos

artificiales les hayan dado el predominio que hoy ejercen. Su injusta

y transitoria preponderancia es lo que nos mantiene aún lejos de la

relativa perfección á que hubiéramos llegado. Pero tenían que surgir

si es cierto lo de que «natura non facit saltum», lo mismo que debemos

aguardar con fe un cambio favorable y próximo, pues un tipo intermedio

no puede perpetuarse, y menos en primera línea.»

Esto es algo tedioso, como lo comprenderá su mismo autor. Por eso

saltamos, sin más, á párrafos de corte no tan científico, pero en

cambio más interesantes en nuestra humilde opinión:

«Esos «dirigentes» de pueblo de campo, de partido, hasta de provincia,

semejantes á las nubes macizas como montañas al parecer, cuyos perfiles

se destacan rudamente sobre el cielo, pero que ni siquiera aparecían

en los antiguos negativos fotográficos, cual si no existieran--esos

dirigentes, digo, pueden tomarse por individualidades con rasgos

típicos propios, pero apenas se estudian sus líneas, su masa se

desvanece, como la nube, sin dejar impresionado el cerebro. De ahí la

dificultad de retratarlos y analizarlos. Son como las aguas vivas, que

se derriten fuera del mar. Tienen algo de moluscos, y sin duda por

eso cierto amigo, observador y cáustico (la alusión á Silvestre es

evidente) ha dicho hablando de un pueblo de la provincia:

«Pago Chico es un banco de ostras con concha y sin concha». En las

indefensas encarnaba sin duda al pueblo en general; en las defendidas á

las autoridades y sus satélites...»

Nuestro autor entra en materia algo más abajo:

«El intendente municipal, el presidente del Concejo Deliberante,

el juez de paz, el comandante militar y el comisario de policía de

un partido, podrían ser transplantados á cuarenta ó cien leguas de

su campo de acción, dentro de la provincia, y actuar en un medio

desconocido sin que ni en el primer momento se notará el cambio.

Estas cinco personas forman en cada pueblo la oligarquía comunal. Son

ramas de un mismo tronco. Ligadas estrechamente, hacen vida pública

común. Se apoyan la una en las cuatro y las cuatro en la una. Con los

mismos defectos y las mismas faltas, dentro de la misma carencia de

opinión propia, se sirven mutuamente de paño de lágrimas ó de harnero

para tapar el cielo. Son cooperadores, encubridores ó cómplices de sí

mismos, según el caso.

«La justicia, el orden público, la administración, hasta la guardia

nacional, están en sus manos. Para ello tienen auxiliares de la misma

extracción, con iguales tendencias: los secretarios, los inspectores,

el contratista, el procurador, el médico de policía, el empresario

de la casa de juego, diez, veinte más. Éste es el «partido oficial»

entero, ó la sociedad comercial é industrial completa. Ahí está la

oligarquía que á veces tiene un jefe visible--el senador ó uno de los

diputados de la sección electoral--última forma del caudillo--que nunca

está seguro de sus subalternos, como éstos no lo están de él, lógica

desconfianza en esa asociación egoísta, instable mientras no exista

entre sus miembros algún férreo é inconfesable lazo de unión.

«Se busca en el pasado de esos hombres y se encuentra siempre el mismo

obscuro punto de partida. Tal andaba de _chiripá_ y con la pata en el

suelo hace cinco años; tal otro era carrero; el de más allá fué agente

de policía; aquél, incapaz de trabajar, vivió del juego como fullero ó

como empresario de timbas amparadas por la autoridad, ó tuvo casa de

prostitución; éste lleva sobre su conciencia despojos y asesinatos...

--¿Por qué no entregan ustedes las situaciones de campaña á hombres

menos desprestigiados?--preguntábase á un gobernante...

--Porque los buenos no se venden ni sirven para instrumentos,--contestó.

«Casi no hay uno de estos hombres que pertenezca á una raza

determinada. Tienen sí, aspecto criollo, pero en su ascendencia se

halla siempre la mezcla, á la que sin duda impidió dar benéficos

resultados el ambiente en que se desarrollaron los productos. Con

los defectos del gaucho amalgaman los que les vienen del antepasado

extranjero, llegado en busca de aventuras después de dejar la

conciencia donde no pueda estorbar, y no se encuentran en ellos ni

la nobleza, ni la generosidad, ni el amor al trabajo, ni siquiera el

valor, que es la última virtud que se eclipsa en nuestro paisano.

«Cuando se apalea ó se maltrata á algún enemigo de la autoridad, inútil

es buscar la persona que lo hizo: siempre es alguna mano traidora y

desconocida, ó un grupo de emponchados irresponsables.

«No han ascendido por esfuerzo propio ni por méritos adquiridos.

Se ha buscado lo que sirva de ciega herramienta y lo que no tenga

elementos propios para independizarse. Hombres incoloros, incapaces de

atraer opinión, bastan para los fines opresivos, pero son inhábiles,

en el caso, para sacudir el yugo, hasta en beneficio propio. Con

otros afiliados, ciertos gobiernos no hubieran podido subsistir. Se

comprende, pues, que muchos hombres hayan sido sacrificados y que

muchos surgidos con aptitudes para el gobierno, desaparezcan de pronto

bajo el peso del partido oficial que llegó á temerlos. Por eso cuando

se observa una excepción, un hombre de cierta importancia dedicado á la

actuación política oficial, no hay más que revisar los libros de los

bancos, ó la lista de concesionarios de centros agrícolas, de ensanches

de egido, ó los legajos polvorientos de los juzgados del crimen... Ahí

está el secreto...

«En cuanto á la sociedad oficial cuyos componentes hemos enumerado ya,

se ocupaba puramente de su comercio, feliz porque le dejaban _mañas

libres_. La renta municipal, las multas policiales, las coimas de las

casas de juego y otras, la enajenación de los terrenos de la comuna

¡qué negocio!... ¿Política? Ni la querían ni la estudiaban: les iba

hecha de La Plata, la ponían inmediatamente en acción y ni medían su

alcance ni les importaban sus consecuencias. Era, por otra parte, tan

limitada y tan monótona, que se la sabían de memoria y le dedicaban el

menor tiempo posible, deseosos de acabar pronto para seguir robando.

En un principio se preocupaban de llevar alguna gente á las elecciones

para darles cierta apariencia de legalidad; pero como esto exige

tiempo y gastos, lo fueron reduciendo á su menor expresión: el piquete

de policía armado á rémington frente al atrio, y en el portal de la

iglesia los escrutadores copiando los registros.

«Llegóse una vez hasta á cerrar las puertas, para que algún votante

intruso no fuera á interrumpir á los que copiaban nombres... mil

cuatrocientos nombres de conciudadanos votando unánimes y entusiastas

por los candidatos oficiales.

«Como no podían abundar los hombres de la especie requerida para

gobernar la comuna, se jugaba á las cuatro esquinas con los puestos

públicos: un año, Luna, era juez de paz, Carbonero intendente y Machado

presidente del concejo; al año siguiente, Carbonero era el juez de

paz, Machado el intendente y Luna presidente de la Municipalidad. Y la

permuta se repetía desde tiempo casi inmemorial, sin que se interpolara

ningún elemento nuevo. Tanta era esa escasez de hombres que en otros

partidos algunos tenían que representar dos papeles: éstos eran, por

regla general, diputados-intendentes.»

Lo que podría faltar en este cuadro está ampliamente suplido en el

resto del volumen, ó lo suplirá más ampliamente aún el talento del

lector. Cerremos pues aquí las Memorias silvestrinas y su periodístico

y á la verdad algo frío comentario, que tan ventajosamente hubiera

sustituido alguna de las «agachadas» del farmacéutico.

Pago Chico · 第 52 / 60 题