El Dr. Pérez y Cueto, que se hallaba en la redacción con Viera,
Silvestre y otros, al ver el verso sacó el lápiz, tachó con rabia la
palabra «león», y puso debajo «ratón».
--¡Qué león, ni qué león!--exclamó.--¡Cuando mucho habrán vencido á un
ratón!
--No hable mal d'España--le dijo con sorna Silvestre.--¡No es tan
ratón, doctor!
--¡Vaya Vd. al caramba!--gritó Pérez y Cueto, saliendo de allí como una
bomba para evitar un desagrado.
Viera se limitó á lamentar que su alegoría pudiera prestarse para
interpretaciones belicosas ó hirientes. Ni se le habrá pasado por la
imaginación que aquello pudiera suceder.
Entre tanto _El Justiciero_, el organito de Luna, como le solían
llamar, era todavía más patriota que _La Pampa_, pues publicaba
también litografiado é impreso en papel de oficio--un gran retrato
del gobernador de la provincia, orlado de roble y laurel, modesta y
conmovedora manera de honrar el día glorioso y quedar bien con el
patrón al mismo tiempo.
En estos prolegómenos y otros muchos que sería prolijo relatar, pasóse
la mañana entera y verdadera.
Á las doce volvió á oírse por esas calles el aullido de la banda de
Castellone, tocando una marcha que el «maguestro» (así se llamaba
él mismo) había raprodiado para aquella circunstancia solemne;
rimbombaron en la desnuda plaza--tenía eco,--los cohetes de don Máximo,
muy estirado, enorgullecidísimo de sus altas funciones, y la gente
fué introduciéndose por grupos en la iglesia, casa del Señor y más
inmediata y exclusivamente, del cura Papagna.
El cortejo oficial no tardó en presentarse. Iban á la cabeza don
Domingo Luna, intendente municipal, vistiendo ancha levita negra de
talle corto y mucho vuelo de faldones, y prehistórico sombrero de
copa; don Pedro Machado, juez de paz, con indumentaria aproximada
y oliendo á alcanfor y pimienta, como el intendente; el doctor
Carbonero, presidente de la Municipalidad, mejor puesto, con más aire
de gente, sin haber perdido del todo el ligero barniz de los años de
Colegio Nacional y los pocos de Facultad de Medicina (era médico de
«guardia nacional», como practicante en la guerra del Paraguay); á
su lado quebrábase el comisario Barraba, de saco y botas altas bajo
el pantalón, mirando á todas partes con ojos de mando y desafío;
el recaudador de la contribución directa y el valuador, empleados
provinciales, de jerarquía por consiguiente, iban detrás, y de á
dos, los municipales, acaudillados por Ferreiro y muy compinches
con Bermúdez; el comandante militar Revol, Fernández, director de
_La Pampa_, su escudero Ortega, el doctor Fillipini, Felipe Gómez,
el tesorero municipal, todo el oficialismo, en fin, sin que faltara
Benito, dragoneante de oficial de policía y revistando como agente...
El cuerpo diplomático ó sea los vice-cónsules Grandinetti, Petitjean
y Sánchez Gómez, seguía muy enlevitado, muy grave, muy posesionado de
su papel, infundiendo respeto á los mismos pilletes que, cuando estaba
cada uno de ellos tras del respectivo mostrador lo trataban tan á la
pata la llana «como si se hubieran criáu en el mismo potrero», decía
Silvestre. Formaban la cola del cortejo los empleados municipales,
inspectores, comisario de tablada, inspector del riego--gran
potencia--recaudador del impuesto de naipes y tabaco, pero nadie,
nadie que no ocupara un puesto público rentado ó no, salvo uno que
otro concesionario ó contratista enredado con fruto en los negociones
municipales.
Tanto gritaba Viera en _La Pampa_ que ya el pueblo comenzaba á
divorciarse y huir de las autoridades, pero no muy ostensiblemente,
para no dar pie á las represalias. La oposición era placer no
saboreado sino de corto tiempo atrás, y los pagochiquenses no sabían
aún á derechas, cómo se hace, por qué se organiza, qué caminos debe
seguir, ni á dónde conduce. Ya lo aprenderían á su costa y quizá en su
beneficio...
Pues, como íbamos diciendo, al rato llegaron procesionalmente los
alumnos de las escuelas. Con las caritas moradas y las manos azules
de frío, niños y niñas, bajo la brisa cortante y el sol radioso,
marchaban también de dos en dos, á las órdenes de sus maestros que,
soberbios y fastidiados, maldecían de la fiesta y sus incomodidades,
pero se pavoneaban orgullosos de aquel mando á vista y paciencia
del pueblo entero. Los chiquilines avanzaban con resolución, si no
con marcialidad, luciendo en sus ojos la esperanza de los dulces
municipales--infinitamente más ricos que los caseros,--después de los
discursos y los versos aburridores é interminables.
El cura Papagna cantó el Te Deum como hubiera podido roncar un De
profundis. Imposible es decir cómo cupo tanta gente en la iglesita,
simple galpón de dos aguas con una torre ancha y baja, como hecha con
cuatro naipes, en una esquina. Muchos se quedaron á la puerta, éstos
sencillamente porque no cabían, aquéllos porque no cabían y también
porque se hubiesen quedado aunque cupieran, para hacer pública gala
de despreocupación religiosa. ¿Cómo creer que un Papagna pudiera
representar á nadie, ni siquiera al gobierno de Andorra, por muy
ministro que se dijera de la corte celestial?...
Y entre tanto el bueno de Don Máximo, dale que le das á las bombas cuya
larga mecha encendía con un apestoso y húmedo cigarrillo negro, para
agazaparse en seguida y echar á correr casi en cuatro pies huyendo del
mortero, mientras resonaba el primer estampido y la bomba ascendía
recta, con ligerísima espiral, para estallar allá, muy arriba, sobre la
seda celeste del firmamento irradiando pedacitos de papel que el sol
convertía en lentejuelas de oro...
En tropel salió la gente de la iglesia y apresurada atravesó la plaza
para invadir los salones de la Municipalidad, en que ya esperaban los
menos incautos, deseosos de no perder nada de la fiesta... Los niños de
las escuelas salieron en fila como habían entrado, bajo las órdenes de
sus maestros y medio entumidos por la larga espera de plantón. Llevaban
sus banderas de seda--orgullosos y fatigados los porta estandarte--y
si las niñas vestían de blanco y banda celeste, los niños ostentaban
todos la patria divisa atada al brazo, como en primera comunión.
Los salones se llenaron y la fiesta comenzó, junto á la larga mesa del
refresco, que grandes y chicos miraban con ojos ávidos.
Pocas, muy pocas señoras, temerosas con razón, de los estrujones
inevitables; pero no faltaban ¡qué habían de faltar! las madres de los
niños preparados para declamar ó pronunciar discursos alusivos, ni las
dignas esposas de los más dignos miembros del gobierno comunal, con la
intendenta á la cabeza.
El inacabable cotorreo que llenaba el salón, fué apagándose poco á
poco, cada cual buscó la manera de estar cómodo viendo mejor lo que iba
á ocurrir, y una voz infantil surgió de sobre el mar de cabezas como un
grito subterráneo y prolongado. Decía versos.
Nunca se ha sabido cómo podía el chiquillo manejar las manos entre
los apretones de aquella multitud. El hecho es que--enseñado por el
maestro de primeras letras--se debatía virilmente y lograba hacer con
gesto rítmico y acompasado, ademanes de acróbata que envía besos al
público, una vez con la derecha, otra con la izquierda, alternando
sin equivocarse, mientras las notas de su voz, agudas como puntas de
alfileres, clavaban palabras en los oídos cercanos:
Al cielo arrebataron nuestros gigantes padres
el blanco y el celeste de nuestro pabellón...
Nadie oyó ni entendió una palabra--salvo los muy próximos--pero ¡qué
aplaudir aquél! Hubiera sido cosa de nunca acabar si una niñita vestida
de raso celeste con un gorro bermellón, no se abre paso para contar al
pueblo soberano:
--Hoy es el grande, el inmenso aniversario...
Y como advirtiese que su movimiento instintivo no era el enseñado por
la maestra, interrumpióse roja de vergüenza y de temor, y con la voz
húmeda de llanto, temblorosa y baja, repitió después de corregir el
ademán:
--Hoy es el grande, el inmenso aniversario...
Y á medida que iba diciendo las frases triviales del dómine de aldea,
como si comprendiera lo que había debajo de aquel palabreo insulso, la
intención que ennoblecía y agigantaba tanta vaciedad, la chiquilina iba
acentuando sus palabras, su voz se robustecía, siempre monótona y sin
inflexiones, el rojo de la vergüenza era substituido por el carmín del
entusiasmo, brillaban sus lindos ojitos negros y cuando al final dijo:
--¡Y juremos defender esta bandera!
Muchos miraron instintivamente la que sostenía un bebé rubio y rosado
como un Bebé Jumeau, y por los circunstantes rodó una ola de emoción
rompiendo al fin en aplauso cerrado, sin que nadie parara mientes en
que á los diez años una futura patricia no puede jurar á sabiendas si
será ó no defensora de enseña alguna.
Pero los pagochiquenses eran patriotas á su modo y por sugestión,
mientras «no queman las papas», según Silvestre.
Terminados los aplausos, la niñita con la cara _colorada_ como si
fuese una flor de seibo, gritó:--«¡Viva la Rep...!»
No se oyó más, porque don Máximo había creído oportuno el momento para
regalar al pueblo con media docena de cohetes voladores, vanguardia de
tres bombas de estruendo.
Terminada esta parte de la fiesta, comenzó el desfile de los niños por
delante de la codiciada mesa. Con gracia encantadora, la intendenta,
una mujerona gorda y flácida, daba á cada uno su ración de dos
pastelillos elásticos, que á pesar de su heroica resistencia al diente,
pasaban en un abrir y cerrar de ojos á los infantiles estómagos.
En otra jira dieron á cada cual un vasito de orchata, y siempre en
fila, militarmente, comandados por maestros y maestras, los niños se
retiraron de la Municipalidad, dirigiéndose á las escuelas, punto de
reunión y de licenciamiento.
Entre tanto, la oposición, sin tomar parte activa en los festejos
oficiales, no los había obstaculizado ni criticado siquiera. Por el
contrario, los cívicos padres de niños ó de niñas, permitieron gustosos
que concurrieran á las escuelas, el Te Deum y hasta la Municipalidad.
Un grupo se había cotizado días antes para dar un asado con cuero en
una chacra de los alrededores, y allí hubo tras de mucho apetito, mucha
alegría y muchísimos brindis patrióticos, en los que, si se mezcló la
política fué generalizando, lejos de toda alusión personal. Pero no se
tome esto como raro signo de cultura, como inesperada manifestación
de una tolerancia que nadie sentía, no. La fiesta patria era un
hermoso pretexto para divertirse, y allí había ido todo el mundo á
pasar un buen rato, á reir, á cantar, á bromear, pero no á calentarse
los cascos con el recuerdo de las diarias perrerías y los continuos
sofocones.--Estaban en el corro, devorando la sabrosa y blanca carne de
la vaquillona, los prohombres de la oposición, pues el festín criollo,
el cielo claro, el sol tibio y rubio, el silencio ambiente, la paz
regocijada de la naturaleza despertábales el apetito y el buen humor.
El negro Urquiza había hecho el asado de acuerdo con todas las reglas
del arte, en una hoguera de leña fuerte y huesos; y los trozos de
carne, bien á punto, más sabrosos para los catadores que el faisán
trufado, salían del fuego como negros pedazos de carbón, rodeados de
cáscara realmente carbonizada, ganga protectora de aquel riquísimo
tesoro culinario criollo, cuyo solo recuerdo hace agua la boca á
cualquier hijo del país. El moreno había estado «á la altura de sus
antecedentes» se dijo para felicitarlo, desde los primeros bocados.
Luego, las congratulaciones y los plácemes fueron subiendo de punto,
hasta acabar todos gritando:
--¡Te has lucido, Urquiza!
El negro que, como tantos otros, llevaba el apellido de la familia
á quien sirvieran sus padres ó sus abuelos, no tuvo otra cosa que
contestar que un clamoroso:
--¡Viva la patria!
El almuerzo criollo había terminado cuando comenzó á bajar el sol,
y los comensales, unos á caballo, otros en americana, algunos en
tílbury, comenzaron á volverse á las casas,--como decían indicando
el pueblo,--después de haber solemnizado con el estómago--como en la
más refinada civilización,--el magno aniversario de la declaración de
nuestra independencia.
Pero volvamos á los concurrentes de los salones municipales en el punto
en que los dejamos, es decir á la salida de los niños.
Llegó, pues, el turno de las personas mayores, que asaltaron las
bandejas de pastelillos y las botellas de vino, de cerveza, de licores,
con un ímpetu arrollador.
En un momento quedó el tendal de cadaveres, la mesa limpia de
vituallas pero no de manchas, y los brindis comenzaron, iniciándolos
el vice-cónsul francés, M. Petitjean, quien pronunció las siguientes
sentidísimas palabras:
«Señogas y señogues:
¡Como rapresentant' de la Fráns, yo levant' mi vas, pog brindag en esta
fiest, paga las diñas otoridades y diño pueblo de Pago Shic!
«Señogues:
«¡Viv' la Fráns!
«¡Viv' la Republic' Aryantín!»
Brindaron en términos análogos Grandinetti, agente consular italiano,
y Sánchez Gómez, vice-cónsul español, el uno con pronunciado acento
_zeneize_, el otro muy pulido, sin más pero que alguna confusión de _g_
con _j_ y _o_ con _u_, sabroso condimento regional de sus entusiastas
palabras.
Susurrábase que allá en los comienzos de su carrera oratoria, nombrado
maestro de primeras letras, pronunció al hacerse cargo de la escuela,
un memorable discurso:
«Venju--dicen que dijo--á tratar del retrocesu de Paju Chicu, este
pueblo que antes fué jobernadu por los indius y que hoy sije en manus
de la misma familia.»
Pero esto debía ser calumnia levantada por los envidiosos de sus altas
prendas ciceronianas, y lo hace sospechar así la insistencia con que
Silvestre propalaba la especie, alterando según las circunstancias el
texto del discurso. Quizá no sea aventurado considerarlo apócrifo.
Las autoridades no hablaron, porque entre ellas no había lenguaraz
alguno, así es que se dió por terminada esa parte de la función, la
concurrencia salió de la Municipalidad, y cada cual tomó el rumbo que
más le convino: éstos á sus casas, aquéllos á los volatines, los de más
allá á la corrida de sortija, y los pilluelos al rompecabezas y el palo
jabonado con premios.
Aquel día fué como un compás de espera en la turbulencia pagochiquense,
un día de fraternidad no muy efusiva, pero siquiera respetuosa y
confundible con una comunión en un solo sentimiento...
Ridículas las fiestas de Pago Chico... Pero ¡caramba! ganas nos dan de
poner aquí como cierre del capítulo, la frase que Viera, contagiado
con la elocuencia de Pérez y Cueto, muy romántico, muy año 10, murmuró
aquella noche al oído de su novia, mirando el cielo cuyo azul profundo
daba una sensación de leve movimiento con el titilar de las estrellas:
--Parece que las grandes alas de la patria se cernieran sobre nosotros
y nos acariciaran desde allá arriba.
Pero no. No la pondremos. Está harto pasada de moda para que alguien la
lea sin reirse. Como cierre del capítulo se necesita otra cosa... otra
cosa... Pero, si no se halla nada mejor, no lo cerraremos y en paz...