«Tengo el honor y la satisfacción de comunicar á usted, por orden del
señor Intendente, que desde la fecha queda suspendido y exonerado de
su cargo de subdirector y segundo médico del Hospital municipal, por
razones de mejor servicio, y agradeciéndole en nombre del municipio
los servicios prestados. Tengo el gusto de saludarlo con toda
consideración, etc., etc.»
Llegó esta nota á manos del doctor Fillipini al día siguiente de la
elección que consagró, por su consejo, municipal á Bermúdez.
--¡Mascalzone!--exclamó, pensando en su protegido de un minuto.
Pero sin que el despecho le ofuscara el raciocinio, salió de casa en
busca del firmante de la nota en primer lugar. Era éste el secretario
de la Intendencia, y podía aclararle muchos puntos, útiles para sus
manejos ulteriores. Le encontró tomando café y copa en la confitería
de Cármine. Haciendo un grande esfuerzo, un acto heroico, pagó la
«consumación» y pidió «otra vuelta».
--Dígame, Bustos,--preguntó por fin;--¿por qué me destituye don Domingo?
--¡Hombre, no sé!--contestó el otro, paladeando su anís, y no por
sutileza ni reserva política, sino por nebulosidad cerebral.
Viera, caracterizándolo, había publicado efectivamente, hacía poco, una
parodia de la fabulilla de Samaniego:
Dijo Ferreiro á Bustos
después de olerlo:
--Tu cabeza es hermosa
pero sin seso.
¡Como éste hay muchos
que, aunque parecen hombres
sólo son... Bustos!
--No sabe ¡bueno! Pero dígame cómo fué,--insistió Fillipini, en
su jerga ítalo-argentina, seguro de que por el hilo sacaría el
ovillo.--¿No le habló nadie?
--Nadie.
--¿Le hizo escribir la nota así, sin más ni más?
--Sí, mientras estaban votando...
--¿Y nadie había ido á verlo?
--Nadie más que Gino, el pión de Cármine.
--¿Y á qué iba Gino?
--Á nada. Le llevaba un papelito.
Fillipini calló, apuró su taza, pagó, salió y volvió á entrar por otra
puerta, metiéndose hasta el patio y las cocinas. Allí vió á Gino,
hecho una pringue, como que era el lavaplatos--el platero, según los
chistosos pagochiquenses,--de la confitería de Cármine.
--¿Quién te dió el papelito que le llevaste al intendente el
domingo?--preguntóle en italiano.
--Il signor notario,--contestó Gino, mirando á su egregio compatriota
con los ojos azorados y los carrillos más mofletudos y rojos que de
costumbre.
Fillipini, sin agregar palabra ni saludarlo siquiera, siguió andando
y salió por el portón de los carruajes, encaminándose al Club del
Progreso.
Allí se sentó, poniéndose á sacar un solitario, indiferente y tranquilo
en apariencia, pero sin que nada escapara á sus ojos avizores. Ni aun
cuando entró Ferreiro se le conmovió un músculo de la cara, blanca,
impasible, rebosante de salud y de satisfacción. Pero á poco abandonó
el solitario, y evolucionando lentamente entre los grupos de jugadores
y desocupados, acabó por hallarse, como deseaba, mano á mano con
Ferreiro.
Los dos zorros viejos se saludaron casi cariñosamente, en apariencia
sin aludir al suceso de que eran primeros actores; pero Fillipini no
tardó en lanzarse á la carga:
--¿No sabe? Don Domingo me ha destituido...
--¡No diga! ¿De veras?
--Sí, señor. Me ha destituido... Pero no me importa mucho, porque eso
no puede quedar así...
--¿Pero por qué? ¿Cómo es eso?
--¡Pavadas! El pobre no sabe lo que hace.
--Diga, pues, doctor; que, si yo puedo...
Fillipini, sonriéndose, miró la hora en su reloj de bolsillo, muy
calmoso, muy dueño de sí mismo; y luego, mirando á Ferreiro bien en los
ojos, dijo con buen humor:
--¡Claro que puede! Usted y el doctor Carbonero se apresurarán á
defenderme. Se necesita ser muy cretino para portarse así con un hombre
como yo.
Ferreiro pulsaba al «gringo», sorprendido de tanta soltura, de tanta
desfachatez, y pensando:
--¡Si se habrá encontrado topate con te toparías!
Pero quiso darse cuenta exacta de los puntos que calzaba su
contrincante, y después de un segundo de silencio, le preguntó:
--¿Y por qué cree que Carbonero y yo, lo hemos de defender?
El médico se echó á reir con aparente franqueza, y:
--Porque ustedes son demasiado inteligentes para no
hacerlo,--contestó.--Y demasiado amigos míos,--agregó inmediatamente,
dorando la píldora, no sin ciertos asomos de sarcasmo.
--Amigos, sí... está bueno. Pero si usted pretende amenazarnos...
--¡Señor Ferreiro!--dijo entre carcajadas Fillipini.--Si yo no lo
conociese tanto, lo que me dice sería como para hacerme creer que usted
ha «mojado» en esta barbaridad...
--¡Yooo!
--¡No, no lo creo, claro está que no lo creo! Al contrario: usted lo
hubiera impedido, á saberlo... ¡Bah! entre bueyes no hay cornada, como
se suele decir... Para mí el caso es sencillo... Ese «lavativo» de
Bermúdez tiene la culpa, y me ha hecho una gran cargada, después que le
di el modo de hacerse municipal...
--¡Y por qué se lo dió!--interrumpió violentamente Ferreiro.
--¡Eh!... ¡Questo é un altro paio di maniche!--murmuró Fillipini con
mucha socarronería.
Hizo una pausa, sonriente é insinuante, para continuar después:
--Yo soy muy necesario en el hospital, porque Carbonero no va casi
nunca, y hago todo el servicio... Si se nombrara á otro... con la
administración... y los gastos tan grandes... Además, que hay que
nombrar á otro, desde que Carbonero no iría aunque lo mataran.
--¿Y de ahí?...
--¿Á quién nombrarían? El único médico que queda es el doctor Pérez y
Cueto...
--¿Y eso?
--Que nombrarlo á Pérez y Cueto sería como meter las narices de toda
la oposición en el hospital... Publicar lo que comen los enfermos,
cuando comen... descubrir el estado de la farmacia... de las ropas
de cama... contar lo que pasa con los cadaveres que se quedan allí
días y días, y lo que hace la enfermera que se va á dormir todas
las noches en su casa, y el ecónomo que poco á poco se va llevando
cuanto hay... Un enemigo como Pérez vería todas estas cosas con malos
ojos, las exageraría, metería un bochinche de dos mil demonios... No
pensaría como yo, que el hospital está relativamente bien, porque
no todo puede marchar á la perfección en un pueblo tan pobre como
éste, y tan atrasado... Además que la gente que va á curarse allí es
de poca importancia y no le interesa á nadie: extranjeros, personas
de otros pagos... Si no fuera así, también, ya hubiera habido más de
un escándalo... Pero, ya se ve, con las preocupaciones actuales que
convierten la palabra «hospital» en sinónimo de «muerte», sin que
nada pueda evitarlo, no hay que tomar el rábano por las hojas, ni
meterse á redentor... Cualquier hombre sensato, yo el primero, tiene
que considerarlo así; pero no se me negará que todo esto constituye
un arma tremenda para los opositores, que si no la utilizan es porque
están ciegos como topos. Las chicas se les van, y las grandes se les
escapan...
Durante este largo discurso, pronunciado con bonhomía y serenidad,
como si se tratara de intereses ajenos, el escribano observaba con
desconfianza á Fillipini, diciéndole para su capote:
--El gringo éste es muy ladino. Si nos metemos con él, de repente nos
va á salir la vaca toro. Me precipité demasiado, y las calenturas son
malas consejeras.
--Pero, por sonsos que sean--continuó muy lentamente Fillipini,--por
sonsos que sean sabrán «rumbear» en cuanto alguien les enseñe el
camino; y entonces no habrá quién los ataje... ¡Chica farra se armaría
si lo nombraran á Pérez y Cueto!...
--También es posible no nombrar á nadie. El hospital no necesita...
--¡Usted no dice eso seriamente, señor Ferreiro! Ma! por poco que
sirva el hospital tiene que tener médico, y ya sabe que Carbonero no va
y no irá nunca... Yo preferiría que nombraran á otro si no quisieran
reponerme á mí. Pero, de cualquier modo, ya lamentarán haberme
separado...
No daba el doctor Fillipini asidero para que se le replicara alzando
la prima; al contrario, cuanto decía estaba muy puesto en razón, y sus
verdades no le brotaban ni agrias ni amargas de la boca, aunque tras
ellas hirviesen amenazas tan terribles cuanto evidentes.
--Lo que se había pensado,--dijo sin embargo Ferreiro,--era no nombrar
á nadie.
--Ma! y cómo dijo que no sabía nada?--preguntó con fingida candidez
Fillipini.
--Digo... se había pensado... así en el aire... para el caso de que se
produjera una vacante...
--Capisco...
Y ni una objeción más. Fillipini se quedó mirando de hito en hito á
Ferreiro, que al poco rato no pudo contenerse y exclamó:
--¡Pero también usté! ¿Por qué se metió en lo de Bermúdez, para qué nos
forzó la mano sin necesidad?...
--Questo é un altro paio di maniche!--repitió el doctor.--Se lo vuelvo
á decir, porque ustedes no se habían dado cuenta de dos cosas: de que
Bermúdez es un magnífico instrumento en la municipalidad, primero; y
de que yo puedo serle muy útil ó muy perjudicial, después. Era preciso
que nos conociéramos, señor Ferreiro, para que ustedes no me tuvieran
arrumbado en un rincón como hasta ahora. Y usted convendrá en que me
he hecho conocer sin causarles perjuicio. ¿Es una buena cualidad, no es
cierto? ¡Vaya! ¡Dígale al intendente que me reponga sin ruido, y tan
amigos como antes ó más amigos que nunca, mejor dicho!
--Bueno... veré... pensaré.
--¡Eso es! Piénselo bien, caro. Yo no quiero que se haya ninguna
arbitrariedad en mi favor.
--¡Qué gringo éste!--murmuró Ferreiro, levantándose entre divertido
y malhumorado.--Es como la garúa finita, que lo cala á uno hasta los
huesos. Y se va á salir con la suya, no más,--agregó palmeándole el
hombro.
--Piénselo, piénselo y no se apure,--dijo el otro.--Para todo hay
tiempo, y á la corta ó á la larga usté se convencerá de que yo soy un
buen amigo.
--Y yo también, doctor.
Se separaron. Fillipini, seguro de haber movido bien las piezas,
murmuraba sin embargo:
--¡Eh! si pudieses ¡qué patada me darías! Pero no podrás...
Sin perder tiempo volvió á la confitería de Cármine, donde había un
grupo de opositores tomando aperitivos, los unos sentados alrededor de
las mesas, los otros de pie junto al mostrador. Silvestre, que peroraba
entre ellos, se acercó á Fillipini, como era, en parte, el deseo de
éste, pues quería hallar modo de que le vieran hablar largo y tendido
con algún enemigo de la situación,--Viera, si fuese posible, y lo
sería, pues se hallaba presente también.
--¡Hola, doctor!--dijo Silvestre aproximándose, con la confianza que
se tomaba con cualquiera y que en este caso justificaban hasta cierto
punto las relaciones de médico ó farmacéutico.--Me alegro de verlo por
acá. ¿Es cierto lo que me han dicho?
--¿Qué le han dicho? Siéntese y tome algo.
--Gracias,--y se sentó.--Mozo, otro vermú. Pues dicen que le han quitau
el empleo del hospital ¿es cierto?
--Sí.
--¿Y por qué?
--Oh, ésas son cosas, cosas...
--¡Hable, hombre, hable! Ya sabe que se me puede tener confianza.
¡Largue el rollo!
--¡Ma! Usted ya sabe cómo anda el hospital...
É hizo un cuadro, muy pálido en verdad, de aquel desquicio harto
conocido por Silvestre, quien sin embargo, se hacía de nuevas al oir
tales cosas de tales labios. Y terminó:
--Y como yo no quiero aguantar más ese desbarajuste...
--¿Lo han destituido?
--Eso es.
--¿Será cosa de Ferreiro y el dotor Carbonero, no?
--De ninguno de los dos. Es cosa de Bermúdez.
--¡Pero si Bermúdez ni siquiera es municipal!
--Pues ahí verá usted. Como ha salido electo, le ha calentado la cabeza
al intendente, y éste, para tenerlo contento me ha sacrificado, cuando
ya me había prometido arreglar el hospital.
--¡Bermúdez! tan bruto y tan...
--Así van los tantos... más vale un enemigo vivo que un amigo bruto...
Pero todo esto tiene que saberse...
--¡Claro que sí! ¿Quiere que se lo diga á Viera? Él ya tiene la
noticia, pero de un modo muy distinto. ¿Quiere?
--Llámelo, es mejor.
--¡Viera! ¡eh, _Pampa_! una palabrita.
Viera se acercó, sentóse á la mesa, oyó lo que el doctor quiso
contarle, creyó de ello lo más verosímil, y siguió luego largo rato en
amistosa charla. Á la hora de comer cada cual tomó para su lado, y la
vasta sala de la confitería quedó solitaria y tenebrosa, pues Cármine
bajó las luces para ahorrar petróleo.
Fillipini, muy tranquilo, se quedó en su casa aquella noche, aguardando
el desarrollo de los sucesos que con tanto cuidado acababa de preparar.
Cuando despertó, al día siguiente, lo primero que hizo fué pedir los
diarios que el sirviente le llevó á la cama.
Comenzó por la gaceta oficial, _El Justiciero_.--De su exoneración
ni una palabra, del hospital menos. Pero ¡oh detalle significativo!
en la noticia de un banquete festejando la elección de Bermúdez, y
en la lista de los invitados, su nombre figuraba entre los de Luna y
Ferreiro, ¡nada menos!
--É fatto!--murmuró con una sonrisa, arrojando despreciativamente el
periódico para tomar _La Pampa_.
Una columna dedicaba ésta al asunto del hospital, condenando á...
Bermúdez, por la destitución de Fillipini!; de Fillipini que--según el
artículo,--era lo mejor ó lo menos malo del oficialismo, un hombre así,
un hombre asao, cuyas intenciones eran tan sanas como sus propósitos
de reforma y administración. Bermúdez comenzaba desbarrando su carrera
política, como lo había previsto _La Pampa_, y si lo dejaban iba á ser
como un caballo metido en un almacén de loza... «El grrran consejero
de la situación, el señor Protocolos, podría meter en vereda á este
gaznápiro»,--terminaba diciendo el artículo.--La alusión á Ferreiro
era visible, pero no como para disgustarlo; ni el mismo Fillipini la
hubiera hecho con más tino...
En toda esta andanza el único que rabió fué Bermúdez, quien se atrevió
á encararse con Fillipini, para darle un sofión. El italiano se le rió
en la cara:
--¡Ma! ¡Usté tiene el estómago resfriao! Réchipe: sinapismos. Vaya
«amico Bermúdese» y vuelva por otra.
Ferreiro no aludió nunca á la escaramuza aquélla, pero desde entonces
tuvo siempre muy en cuenta á Fillipini, que, como es lógico, siguió de
segundo médico perpetuo en el Hospital Municipal de Pago Chico.
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