EL DESQUITE DE DON IGNACIO

La historia del gobierno de don Ignacio, llegado por maquiavélica

combinación política á Intendente Municipal de Pago Chico, sería

tan larga y tan confusa como la de cualquier semana del nebuloso y

anárquico año 20. ¡Como que duró más de una semana éste! ¡duró mes y

medio!

Mes y medio lo tuvieron de pantalla los oficialistas, desprestigiando

en su persona á la oposición. Todo era agasajo y tentaciones para él:

á cada instante se le ofrecía un negocito, una coima ó se le hacía

«mojar» en algún abuso más ó menos disimulado. En los primeros días

don Innacio reventaba de satisfacción: parecíale que el mero hecho

de mandar él había cambiado radicalmente la faz de las cosas, que el

pueblo tenía cuanto deseaba y soñaba, que los pagochiquenses vivían en

el mejor de los mundos...

Indecible es la explosión de su rabia, primero cuando Silvestre le

dijo las verdades en su propia cara, y después cuando Viera le aplicó

en _La Pampa_, varios cáusticos de ésos que levantan ampolla. Don

Ignacio quería morder, y trataba de echarse en brazos de sus noveles

amigos los situacionistas, que acogían sus quejas con encogimientos

de hombros y risas socarronas, contentísimos de verlo enredado en las

cuartas.

Lo del desquite se había hecho público y notorio, gracias á la buena

voluntad del farmacéutico.

--¿Cuándo podrá ser honrado don Ignacio?--se preguntaba generalmente,

como chiste de moda.

--¡Cuando la rana críe pelos!--replicaba alguno.--¡Ya le ha tomado el

gustito!

Los principistas, entre tanto, trataban de demostrar que el extravío

de un hombre no podía en modo alguno empañar la limpidez y el brillo

de todo un programa de honestidad y de pureza. Y Ferreiro y los suyos,

aprovechando la bolada, hacían lo imposible para aumentar el escándalo

y el desprestigio alrededor de aquel puritano pringado hasta las cejas

apenas se había metido en harina.

--Así son todos,--predicaban.--¡Quién los oye! ¡Los mosquitas muertas,

en cuantito pueden se alzan con el santo y la limosna!

Ferreiro, al aconsejar á los delegados oficialistas de la capital,

primero que hicieran municipal á don Ignacio y después que le dieran

la intendencia, había echado bien sus cuentas y deseaba dar un golpe

maestro que las circunstancias le presentaban maravillosamente,

porque, como él solía decir á sus íntimos:

--¡Más vale pelear de arriba que de abajo! Cuando uno tiene la sartén

por el mango no hay quién se le resista.

Pues bien, Ferreiro, conociendo el flaco del «desquite» que aquejaba á

don Ignacio, trató de hacerle pisar el palito, pero de tal modo que,

al caer, no arrastrara consigo á uno siquiera de los instrumentos que

le habían servido siempre en el gobierno local y sus adyacencias. El

problema, aparentemente difícil, era de una sencillez bíblica. Ferreiro

lo resolvió con un golpe de vista y una decisión napoleónicas.

La oportuna renuncia del comisario de tablada,--provocada por

Ferreiro bajo promesa solemne de reposición é indemnización

satisfactoria,--permitió á don Ignacio reemplazarlo con un hombre de

su confianza, hechura suya, «capaz de echarse al fuego por él», y más,

cuando el fuego estaba agradablemente substituido por el bolsillo del

contribuyente.

Nadie se opuso al nombramiento, ni nadie lo criticó, salvo los

copartidarios del intendente, á quienes todo aquello olía á

chamusquina. Bernárdez, pillete carrerista y gallero, que nunca había

sido trigo limpio, comenzó en paz á ejercer sus funciones de comisario

de tablada, coimeando y robando á gusto, y con prisa, como parte de

«esa oposición que tiene el estómago vacío desde hace veinte años, y

quiere saciar en una semana el hambre de un cuarto de siglo»,--como

decía _El Justiciero_.

No costó mucho á Ferreiro amontonar pruebas escritas y testimoniales

de aquellas exacciones y de la participación que en ellas tenía don

Ignacio, provocando con ellas un bochinche de doscientos mil demonios.

Interpelación al intendente en el seno del concejo. Réplica anodina

del interpelado. Iniciación por el concejo, ante la Suprema Corte de

La Plata, de un juicio político contra el intendente don Ignacio Peña,

acusado de abuso de autoridad, malversación de fondos, extorsión, la

mar...

Á todo esto, don Ignacio no había rescatado ni la mitad de los pesitos

invertidos en la campaña opositora, y á cualquier lado que mirara no

veía sino enemigos, pues todo el mundo se le había dado vuelta. Abocado

al naufragio, suspendido por la Corte, con la comisaría de la tablada

intervenida por el tesorero municipal, aquél de la larga fama, dirigió

los ojos angustiados hacia los cívicos, esperando hallar entre sus

brazos un refugio, por lo menos la piedad y el perdón que alcanzó el

hijo pródigo.

Nadie le hizo caso. Era la oveja sarnosa que podía contaminar y

desprestigiar la majada entera. En _La Pampa_, Viera le dijo sin piedad:

--El escribano Ferreiro le aconsejará lo mejor que pueda hacer.

Nosotros lo hemos declarado fuera del partido.

El diario publicó, en efecto, esta resolución al día siguiente.

Silvestre, menos cruel, lo fué mucho más en realidad, desahuciándolo en

esta forma:

--¡Tome campo ajuera, don Inacio! ¡Agarre de una vez p'a'l lau del

miedo! ¡Métase en un zapato y tápese con otro!...

Don Ignacio trató de defenderse, «quiso corcovear», empezó una larga

disertación, puntualizando sus principios, desarrollando sus planes de

reforma, enarbolando su bandera cívica... Silvestre que lo miraba con

la cabeza inclinada ora á la derecha ora á la izquierda, de tal modo

que el intendente podía apenas contener su ira furiosa, le interrumpió

de pronto, exclamando con su tono más burlón y agresivo:

--¡Ande vas conmigo á cuestas!...

Estuvo á punto de recibir un tremendo puñetazo que sólo evitó gracias á

su agilidad. Pero era cierto. Don Ignacio no podía ya engañar á nadie

ni engañarse á sí propio, siquiera. Aguardabalo el ostracismo que

la patria ingrata reserva á sus grandes hombres... Al día siguiente

renunció.

_La Pampa_ de Viera dijo que aquello era un colmo de cobardía, la

negación de todo valor cívico, la confesión de una falta absoluta de

conciencia del valor, de las propias acciones, una mancha indeleble

que caía sobre la reputación y el carácter de don Ignacio, como

hubiera caído sobre el partido entero, si éste no hubiera repudiado y

excomulgado á tiempo á la pobre oveja descarriada, que sólo merecía

desprecio en la acción pública, lástima y olvido en la vida privada,

que nunca debió abandonar.

El artículo de _El Justiciero_, inspirado por Ferreiro, era mucho menos

contundente, y no apaleaba en el suelo al infeliz don Ignacio.

«Se ahorra muchos disgustos--decía,--y permite á Pago Chico volver á la

marcha normal de sus instituciones, dirigida por hombres que, cuando

menos, tienen la experiencia del gobierno, el conocimiento de las

necesidades públicas y el tacto que se requiere para no provocar á cada

momento graves incidentes y dolorosas complicaciones.»

Como en aquel tiempo la Suprema Corte, instrumento político de primer

orden para el gobierno, recibía cada mes cuatro ó cinco expedientes

de conflictos municipales, y los apilaba sin piedad para años enteros

si el ejecutivo interesado en la resolución de alguno de ellos no

le mandaba otra cosa, el «juicio político» de don Ignacio no había

prosperado aún, y mediando la renuncia de la intendencia, de acuerdo

los municipales y él, pudieron retirarse los escritos y echar sobre el

asunto una montaña de tierra.

Don Ignacio, después de esta tragedia, casi no salía de su casa. Cuando

se le hallaba por la calle parecía un pollo mojado. El apabullamiento

había sido completo. Sin embargo Silvestre no le perdonaba, y una tarde

que lo encontró, tuvo todavía alma de decirle:

--Lo de la honradez ya lo sabemos, don Inacio. Pero, tengo curiosida...

¿alcanzó á desquitarse del todo?

El otro estuvo á punto de morderlo, y lo hubiera hecho á no ponerse

Silvestre á buen recaudo, gritándole:

--¡Lástima que no le dejaran empezar la honradez!... ¡No queda peso con

vida!...

Pago Chico · 第 48 / 60 题