METAMORFOSIS

Terminada la tarea de los recibos para fin de mes, don Lucas Ortega se

dispuso á salir en busca de las noticias municipales y policiales, á

pesar de la opinión del regente.

--¡No hay que descuidarse!--le había dicho éste--Manolito nos la ha

jurado, y es capaz de cualquier barbaridad.

Don Lucas púsose el sombrero, tomó como de costumbre su bastón de

estoque, y salió á las calles silenciosas de Pago Chico en plena

siesta, diciéndose que él no se metía con nadie, y que mal podía nadie

meterse con él. Olvidaba el pobre y manso administrador y reporter de

_El Justiciero_ una malhadada y peligrosa modalidad de su carácter: la

inclinación á darse lustre.

Llegado muy joven de la Coruña, D. Lucas no había sido siempre

«periodista», como se declaraba enfáticamente. La instrucción recibida

en una escuela de lugar, no le dió para tanto en los primeros años. Se

estrenó con toda modestia en una trastienda de almacén, despachando

copas; luego ascendió á vendedor, y más tarde á habilitado; á los

diez ó doce años de estar en la casa, ya era socio, á los quince pudo

establecerse por su cuenta, en pequeña escala... Pero de pronto, cuando

ya esperaba reunir una fortunita y todo el mundo le llamaba «don Lucas»

(el don le quedó para siempre) sobrevino una crisis, los deudores no

pagaban, los acreedores se le echaban encima, y desde lo alto del que

creyera inconmovible pedestal, rodó nuestro héroe, se encontró en la

calle, y rodando, rodando, llegó por fin á Pago Chico, y encalló en la

administración de _El Justiciero_.

En tan deslumbrante posición comenzó para él otra era de grandeza, no

ya material y pecuniaria, sino social é intelectual, cosa que estimaba

muchísimo más, aunque á veces lamentara á sus solas el sueldo escaso y

tardo, y la brillante miseria.

Pero, eso sí, había crecido, se había agigantado en su propio concepto,

y creía que también en el de los demás. Pago Chico debía considerarlo

un personaje, puesto que, como periodista, tenía la facultad de opinar,

de juzgar, de condenar ante el tribunal del pueblo.

Afable, atento, servicial, hasta servíl mientras fué dependiente, y

aun siendo patrón, cuando el parroquiano era considerable, no había

perdido estas condiciones, como no perdió tampoco la bondad, que

constituía el fondo de su carácter. Pero había cambiado de forma. Ebrio

de grandeza, era familiar con aquellos magnates del pago que se lo

permitían; risueño y atrevido con las señoras ante las que pavoneaba su

pequeña estatura; grave y taciturno con la gente de poca importancia;

autoritario y altanero con la plebe; condescendientemente accesible

para sus subalternos de la imprenta. Hablaba siempre «en discurso»,

como decía Silvestre, pero estaba tan lejos de ser malo que, á juicio

de todo el mundo, era incapaz de matar una mosca.

No era valiente tampoco; pero la convicción de su insignificancia,

persistiendo tan oculta allá en lo íntimo, que él mismo apenas la

vislumbraba, á veces tenía, si no otra, la virtud de hacerlo tranquilo

y confiado. De modo que aquella tarde salió tan sin preocupaciones como

siempre (el estoque era un regalo del director, que le había dicho al

ofrecérselo: ¡Un periodista en campaña no debe andar nunca desarmado!),

á pesar de que _El Justiciero_ acabase de publicar la siguiente «feroz

caída».

«_Escándalo._--El Moreirita M. P., que con sus calaveradas y fechorías

ya tiene indignado á todo el mundo de Pago Chico, promovió ayer un

descomunal escándalo en «cierta casa» de los suburbios, rompiendo vasos

y espejos y apaleando mujeres, hasta que por fin intervino la policía

que haría bien una vez por todas en apretarle las clavijas al mocito

que se prevale de su familia para hacer cuantas atrocidades le da la

gana. Sin embargo, no fué ni llevado á la comisaría siquiera, y nos

extraña mucho que el comisario Barraba, después del atropello de ayer,

todavía no lo haya metido á secar en un calabozo para que otra vez

aprenda, no siga dando mal ejemplo y fomentando la compadrada de los

demás muchachos del pueblo.»

No extrañará esta filípica del oficialista _Justiciero_, si se tiene

en cuenta que el director andaba otra vez en coqueterías con las

autoridades para ver de sacarles mayor tajada, pues iban á necesitarlo

para las elecciones. Y el suelto era justo, porque la tolerancia para

los desmanes del joven Manuel Pérez pasaba de raya, y era una amenaza

general, pues el rico é ignorante pillete se engreía y ensoberbecía con

la impunidad.

En cuanto á D. Lucas, confiaba demasiado. Él no había escrito el

suelto, es verdad. Se le permitía lucubrar muy pocas veces; desde que

se inclinó «ante la tumba del deplorable vecino» D. Fulano, y dijo

cuando la muerte de la madre de Bermúdez, china nonagenaria, que la

distinguida matrona había fallecido «en la flor de su edad». Pero

él, en cambio, para desquitarse, atribuíase con desparpajo singular,

siempre que le era posible, cuanto artículo, suelto ó noticia publicaba

_El Justiciero_, de modo que todo el mundo acabó por creer siquiera en

su colaboración.

Marchaba, pues, con paso deliberado, echándose para atrás, salido

el vientre, la cabeza erguida, agigantada en su concepto la corta

estatura, mientras bajo la espalda evolucionaban burlonamente los

largos faldones de su jaquet; y no había andado dos cuadras, cuando

se quedó frío, corrióle un cosquilleo de la nuca á los pies, y sólo

merced á un heroico esfuerzo pudo llevarse la mano trémula al bigote y

erguirse casi hasta caer de espaldas... Manuelito Pérez se adelantaba

rápido y colérico hacia él, con un ejemplar de _El Justiciero_ en la

mano.

--¿Quién ha escrito esta noticia?--preguntó el jovenzuelo con voz

reconcentrada y amenazadora en cuanto estuvo á su lado.

Un velo pasó por los ojos de D. Lucas; sintió que se le aflojaban las

piernas, pero haciendo de tripas corazón:

--¡No sé!--contestó secamente.

--¡Qué no ha de saber!

--¡No sé!

--¡Usté no más será, gallego!

--Y si fuera...--acertó, lívido, á balbucir don Lucas.

--¡Ahora verá!

Y Manuelito, echando atrás la pierna derecha, llevó la mano á la

cintura. Trémulo, D. Lucas retrocedió y desenvainó el virgen estoque,

buscando con la vista una persona que lo auxiliase en la calle

solitaria abrasada por el sol, un objeto, el hueco de una puerta en que

parapetarse... Pero no tuvo tiempo para nada. Oyó una detonación clara

y seca, sintió un golpecito en el pecho, y al rodar por la acera, vió

como en un escenario al bajarse rápidamente el telón, que Pérez corría

con un revólver, en cuyo extremo flotaba una vedijita de algodón, y que

algunos vecinos se asomaban alarmados. Y se desmayó.

...La grita de los periódicos--«la prensa local»,--y especialmente

de _El Justiciero_, fué tan grande, que la policía se vió obligada

á proceder, descubriendo, una semana más tarde, el escondite de

Manuelito, conocido por todo el mundo desde el primer día. Y el

jovenzuelo fué á dar á La Plata, con un sumario que parecía hecho por

su mismo abogado defensor...

Ortega era, entretanto, objeto de las más entusiastas manifestaciones.

_El Justiciero_ narraba extensamente los detalles del combate, en

que su administrador, heroico, había perdonado ya la vida al asesino

que tenía en la punta del estoque, cuando éste, retirándose vencido,

le había alevosa y traidoramente disparado un tiro de revólver. Y en

seguida hablaba del sacerdocio de la prensa, de los sacrificios hechos

en aras del pueblo, de la ingratitud, que generalmente es la única

corona de los mártires que ofrecen en holocausto por el bien público

toda la generosa sangre de sus venas, y patatín y patatán... Enorme

éxito, indescriptible entusiasmo. La gente se agolpaba á la imprenta.

Al día siguiente, y en cuanto los doctores Fillipini y Carbonero

declararon que la herida no era de gravedad y que el paciente podía

recibir visitas--no muchas á la vez, ni demasiado charlatanas,--el

pobre cuartujo de Ortega, revuelto y sórdido, quedó convertido en

sitio de obligada y fervorosa peregrinación. D. Lucas había leído los

diarios, se había extasiado con las ditirámbicas apologías de _El

Justiciero_, pero nada le produjo tan intensos goces, tan férvido

orgullo, como aquella continuada procesión admirativa, en que figuraban

los hombres más importantes de Pago Chico, y en que ni siquiera

faltaban damas,... como que un día se le apareció misia Gertrudis,

la vieja esposa del tesorero municipal, presidenta de las Damas de

Beneficencia...

¡Cuánto incienso recibió D. Lucas, visitado, asistido, festejado,

adulado por aquella muchedumbre, ascendido de repente á la categoría

de grande hombre, de prócer, de redentor crucificado!... Nadie le

demostraba compasión, sin embargo; todos se derretían de admiración

respetuosa, prontos á venerarlo, á idolatrarlo. ¡Tanto valor, tanta

abnegación, tanta grandeza de alma! ¡Atreverse á oponer un simple

estoque á una arma de fuego, vencer al terrible enemigo, perdonarle la

vida!... ¡Y todo por el pueblo!

--Ahora comprendo--pensaba D. Lucas,--cómo se repiten las hazañas

peligrosas. ¡Se puede ser héroe!

Él lo era en su concepto. Lo fué algunos días en el de los

pagochiquenses. Porque ¡ay! nada es eterno, y la herida, tardando

demasiado en cicatrizarse á causa de tantas emociones, dió tiempo para

que el entusiasmo se enfriara poco á poco antes de que D. Lucas pudiera

tenerse en pie. Cuando salió á la calle, su aventura era ya un hecho

mítico, desleído en las nieblas del pasado; nadie le daba importancia,

nadie hacía alusión á él.

Pero Ortega no lo advirtió: La embriaguez de la apoteósis había sido

tan intensa, que se convirtió en megalomanía. Pálido, demacrado, se

paseaba por el pueblo, pavoneándose, convertido en arco de tanto de

echarse atrás, haciendo pininos para erguirse y crecerse. Y miraba á

todos con soberanas sonrisas protectoras ó con gesto avinagrado y

despreciativo, según qué fuera aquél en quien se dignaba detener la

vista.

Periodista, sacerdote, mártir, magnánimo, defensor del pueblo,

víctima del deber... Sí, todo eso era muy hermoso; pero lo que más lo

enorgullecía era su fama de valiente. Ser valiente en la tierra del

valor ¡él!... Y se frotaba las manos y sonreía de regocijo, convencido

de su gloria.

Desde entonces usó revólver á la cintura, no dejándolo sino bajo

la almohada, de noche, al acostarse. Hablaba alto en el taller, en

la administración, en la redacción, en la calle, en el café, en el

circo, haciéndose notar, demostrando que no abrigaba temor á nada ni á

nadie. Cada frase suya era una sentencia, aun ante el mismo director

de _El Justiciero_. Tenía ademanes rotundos de caballero andante

pronto á lanzarse contra una cuadrilla de malandrines. El manso se

había convertido en impulsivo, con el deschavetamiento del amor propio

exacerbado.

--Es siempre malo que á un sonso se le aparezca un dijunto--solían

decir algunos más avisados, al ver pasear á Ortega con el sombrero en

la nuca y haciendo molinetes con el bastón.

Silvestre vaticinaba algún futuro desmán, refunfuñando entre dientes al

vislumbrar la silueta del nobilísimo Quijote:

--Decile á un sonso que es guapo y lo verás matarse á golpes--uno de

sus refranes favoritos, sólo que «matarse» resultaba en sus labios otra

cosa.

Y el boticario criollo no dejaba de tener razón.

Ortega acostumbraba tomar el vermouth vespertino en la confitería de

Cármine, con el estanciero Gómez, el anglo americano White, famoso por

su fuerza hercúlea, el doctor Fillipini algunas veces, y otros amigos.

Un día que D. Lucas se había retardado en la imprenta, el acopiador

Fernández se acercó á la mesa, trabando conversación de negocios con

Gómez. No estaban conformes en un punto... discutieron, se acaloraron,

pasaron á las injurias... De pronto Fernández, ciego de ira, poniéndose

de pie, alzó la mano como para dar una bofetada á su contrincante.

White, más rápido, pudo evitar la realización del hecho, asiendo á

Fernández por los brazos, de atrás. Gómez, blandiendo una silla,

se había puesto en guardia, mientras su adversario forcejeaba por

desprenderse de las manos férreas de White. La actitud del grupo era

realmente amenazadora; y la desgracia quiso que en ese momento entrara

Ortega...

Ver aquello, y sin detenerse á reflexionar ni qué era, ni de parte de

quién estaban la ventaja y la razón, sacar el revólver de la cintura,

fué todo uno para el héroe novel que sólo soñaba batallas y victorias.

Y en menos de lo que se tarda en contarlo, hubo un estampido, un

poco de humo, un hombre muerto, y el estupor pasó batiendo las alas,

petrificando á los actores y espectadores de aquel drama que sólo había

tenido desenlace, y que sería comedia á no mediar un cadaver.

Y cuando se vió solo en la oficina de la comisaría, preso, con un

homicidio encima, la prolongada embriaguez del heroísmo se desvaneció

en aquel pobre cerebro y don Lucas se echó á llorar como una

criatura...

Pago Chico · 第 46 / 60 题