Desde meses atrás no se hablaba en Pago Chico sino de los robos de
hacienda, las cuatrerías más ó menos importantes, desde un animalito
hasta un rodeo entero, de que eran víctima todos los criadores del
partido, salvo, naturalmente, los que formaban parte del gobierno de la
comuna, los bien colocados en la política oficial, y los secuaces más
en evidencia de unos y otros.
La célebre botica de Silvestre era, como es lógico, el centro obligado
de todo el comentario, ardoroso é indignado si los hay, pues ya no se
trataba únicamente de principios patrióticos: entraba en juego y de
mala manera, el bolsillo de cada cual.
Por la tarde y por la noche toda la «oposición» desfilaba frente á
los globos de colores del escaparate y de la reluciente balanza del
mostrador, para ir á la trastienda á echar su cuarto á espadas con el
fogoso farmacéutico, acerca de los sucesos del día.
--Á don Melitón le robaron anoche, de junto á las mismas casas, un
padrillo fino, cortando tres alambrados.
--Á Méndez le llevaron una puntita de cincuenta ovejas lincon.
--Fernández se encontró esta mañana con quince novillos menos, en la
tropa que estaba preparando.
--El comisario Barraba salió de madrugada con dos vigilantes y el cabo,
á hacer una recorrida...
Aquí estallaban risas sofocadas, expresivos encogimientos de hombros,
guiños maliciosos y acusadores.
--Él mismo ha'e ser el jefe de la cuadrilla--murmuraba Silvestre,
afectando frialdad.
--¡Hum!--apoyaba Viera, el director de _La Pampa_, meneando la cabeza
con desaliento.--Cosas peores se han visto, y él no es muy trigo limpio
que digamos...
--¡Él!--gritaba don Inacio, caudillo opositor... todavía.--Es un peine
que ni caspa deja. ¡Y cómo está pelechando el hombre! No hace mucho
se compró la casa en que vive; áura ha alquirido una quinta junto al
arroyo... ¿De ande saca p'a tanta misa? Negocios no se le conocen, la
suvención de la municipalidá no es cosa, y los cinco ó seis vigilantes
que se come y no aparecen más que en las planillas, no dan p'a esos
milagros... ¡Él ha de mojar no más en los a-bi-ge-á-tos!
Los otros grupos de independientes y opositores, explanaban el mismo
tema y compartían la misma opinión: el gran cuatrero, pudiera ó no
pudiera probársele, era indudablemente el comisario Barraba, quién
sabe si con la complicidad de otros funcionarios, pero, en cualquier
caso, con su tolerancia... «La corrupción del poder--como decía _La
Pampa_--es tan contagiosa, que cuando invade á un cuerpo, no deja un
solo miembro libre, y luego sigue trasmitiéndose al rededor, de tal
manera, que todos vienen á quedar infestados, si se descuidan.»
--Así te diera yo á vos alguna coima, y veríamos--refunfuñaba el señor
comisario, para sus grandes bigotes.
Entre tanto, el escándalo y la indignación pública iban subiendo de
punto. Ya no era únicamente _La Pampa_ la que revelaba y condenaba los
robos de hacienda, pintando á Pago Chico como una cueva de ladrones;
los periódicos de la capital, informados por parte interesada,
comenzaron también á poner el grito en el cielo, espantados de que
tales cosas ocurrieran en «la primera provincia argentina», mientras
el gobierno, llamado á velar por los intereses generales, se hacía
el sueco al clamor creciente de los despojados, convirtiéndose en
encubridor y fomentador de bandoleros.
Aunque la superioridad continuara sin inmutarse, sorda como una tapia y
muda como una piedra, Barraba comenzó á sentir sus recelos...
--¡Hay que hacer algo!--se decía, multiplicando sus inútiles salidas
en persecución de cuatreros y vagabundos, incomodado por las irónicas
sonrisas y los ademanes burlescos con que ya se le atrevían los vecinos
al verlo pasar...
--Sí,--peroraba don Ignacio una noche en la botica,--cuatrero es
cualquiera, cuatreros somos todos, ¿cómo lo h'e negar? Los mismos
piones que tengo, mañana s'irán y me robarán hacienda; pero mientras
estén en mi casa no, porque les parecería demasiada ruinda. El vecino
roba al vecino en cuantito se mesturan los animales, ó á gatas tienen
ocasión. Roba el que pasa sin mal'intención por su campo, si tiene
hambre y está solo y le da gana de comerse una lengua'e vaca ó un lindo
asau de cordero... Le roba el paisano haragán que vive «con permiso»
en el ranchujo que alza en un rincón de su campo, y que con cuatro ó
cinco vacas tiene carne toda la vida, y con una majadita de cuarenta
ó cincuenta ovejas vende casi más lana y más cueros que usté... ¿Y
sabe p'a qué tiene animales? ¡Bah! ¡si le dan trabajo!... ¡tiene
p'al derecho á la marca y las señales con que se apropea de todo lo
orejano que le cai cerca!... Le roba el alcalde, que ya comienza á ser
autoridá, y no tiene miedo que lo castiguen... Y por lo consiguiente,
las demás autoridades...
--¡Pero esto es Sierra Morena!--clamó el doctor Pérez y Cueto,
exagerando aún su acento español.--Y el gobierno de la provincia
debería...
--Ya l'he dicho--interrumpió don Ignacio,--que el gobierno no tiene
coluna más fuerte que el cuatrero, ya sea de profesión, ya por pura
bolada de aficionau. Los cuatreros son sus primeros partidarios; ésos
son los que eligen los electores, los diputados, los municipales; ésos
son los que sostienen, junto con los vigilantes, á la autoridá del
pago, y de áhi el mismo gobierno. Y p'a pagarles, el gobierno los deja
vivir ¡es natural! En tiempo de eleción les hace dar plata, pero como
no puede estar dándoles el año entero, los contempla cuando comienzan
á robar otra vez...
Todos apoyaron. El doctor Pérez y Cueto se había quedado meditabundo.
De pronto alzó la cabeza y dijo con énfasis, recalcando mucho las
palabras:
--Esa especie de connaturalización con el cuatrerismo, que lo convierte
casi en una tendencia espontánea y general, debe tener y tiene sin duda
su explicación sociológica. Pero ¿cuál? ¿Será el atavismo? ¿Se tratará
en este caso de una reaparición, modificada ya, de los hábitos de los
conquistadores y primeros pobladores, acostumbrados á considerar suyo
cuanto les rodeaba, por el derecho de las armas y hasta por derecho
divino?... La herencia moral de este país, no es, indudablemente, ni el
respeto á la propiedad ni el amor al trabajo...
Profundo silencio acogió estas palabras que nadie había comprendido
bien, y el doctor Pérez y Cueto, dió las buenas noches y salió, para
correr á repetírselas á Viera, deseoso de que no se perdiesen...
Poco después entró en la trastienda Tortorano, el talabartero,
restregándose las manos y riendo, como portador de una noticia chistosa.
--¿Qué hay? ¿Qué hay?--le preguntaron en coro.
--¡Barraba ha salido con una partida, á recorrer!...--exclamó
Tortorano.--Y hace un rato gritaba en la confitería de Cármine que de
esta hecha no vuelve sin un cuatrero, ¡muerto ó vivo!...
Todos se echaron á reir á carcajadas, festejando con chistes,
dicharachos y palabrotas la declaración del comisario...
Y sin embargo, éste supo cumplir su palabra...
Cuando ya regresaba, al amanecer, con las manos vacías--¿y á quién
tomar, en efecto, si no se tomaba á sí mismo?--después de haber
pernoctado en una estancia lejana, Barraba vió un hombre que se movía
á pie, en el campo, cargado con un bulto voluminoso y lejos de toda
habitación. El individuo iba hundiéndose en la niebla, todavía espesa,
de una hondonada, junto al arroyo medio oculto por las grandes matas
de cortadera. Barraba, entrando en sospechas, espoleó el caballo para
reunírsele. ¡Su buena estrella!...
Cuando lo alcanzó no pudo ni quiso retener un sonoro terno, mitad de
cólera, mitad de alegría:
--¡Ah, ca... nejo! ¡Al fin cáiste!...
El hombre iba cargado con un hermoso costillar bien gordo y un cuero
de vaca recién desollado: iba sin duda á esconderlo en alguna cueva
de las barrancas del arroyo, pues, ya de día claro, no era prudente
andar con aquella carga, á vista y paciencia de quien acertara á pasar
por allí... Al oir el vozarrón del comisario que se le echaba encima
á rienda suelta, tiró cuero y costillar y trató de correr á ocultarse
entre un alto fachinal que allí cerca entretejía su impenetrable
espesura. Pero Barraba, más listo, le cortó el paso con una hábil
evolución.
--¡Ah, eras vos!--exclamó al ver enfrente á Segundo, pobre paisano
viejo, cargado de familia, que se ganaba miserablemente la vida
haciendo pequeños trabajos sueltos.--¿Con qu'eras vos, indino,
canalla, hijuna!... ¡Tomá, tomá, sinvergüenza, ladrón, bandido!
Y haciendo girar el caballo en estrecho círculo alrededor de Segundo,
descargóle una lluvia de rebencazos por la cabeza, por la espalda, por
el pecho, por la cara... Bañado en sangre, tembloroso y humilde, el
otro apenas atinaba á murmurar:
--Señor comisario... Señor comisario...
Los vigilantes se reunieron al turbulento grupo y quisieron «mojar»
también, dando algunos lazazos al matrero tomado infragante. Pero
Barraba, celoso de sus funciones de verdugo, los hizo apartar y siguió
azotando hasta que se le cansó, «más que la mano el rebenque».
Segundo había quedado en tierra, y resollaba fuerte, angustiosamente,
pero sin quejarse. Tenía el cuerpo cruzado de rayas rojas en todas
direcciones, la mejilla derecha cortada por la lonja, y de las narices
le brotaba un caño de sangre...
--¡Á ver! ¡Llevenló en ancas! Tenemos que llegar temprano p'a darles
una buena leción! ¡Lleven el cuero también!--gritó el comisario.
Y apretando las piernas á su caballo enardecido por la brega, tomó á
todo galope en dirección á Pago Chico, que no estaba lejos ya.
Segundo, bamboleándose en la grupa del caballo de un vigilante, con
una nube en los ojos, la cabeza trastornada y los miembros molidos,
balbucía:
--¡Por la virgen santa!... ¡Por la virgen santa!...
El agente, fastidiado por aquella dolorosa y continua letanía, volvióse
por fin colérico:
--¿De qué te quejás? ¡Tenés lo que merecés y nada más! ¿Á qué andas
robando animales?...
Segundo hizo un esfuerzo:
--¡Era la primera vez,--murmuró,--la primerita! Encontré esa vaquillona
muerta... Mandinga me tentó... la «cuerié»... Pero es la primera vez,
por éstas...--y poniendo las manos en cruz, se las besaba...
--¡Ya t'endenderás con el juez!... ¡Lo qu'es á mí, maní... No me vengás
con agachadas, ché!
El sol comenzaba materialmente á rajar la tierra cuando llegaron á la
comisaría, bañados en sudor hombres y caballos. La naturaleza entera
parecía jadear bajo los rayos de plomo y el viento del norte, cargado
de arena y quemaba como el hálito de la boca de un horno. Las hojas
de los árboles, achicharradas, crujían al agitarse, como pedazos de
papel. Pago Chico entero estaba metido en su casa. El comisario, en la
oficina, se refrescaba con una pantalla, en mangas de camisa, tomando
mate amargo que asentaba con un traguito de ginebra, «p'al calor».
Había llegado mucho antes que su escolta, montada en inservibles
matungos patrias, más inservibles aún con aquella temperatura tórrida.
--¡Ahí está el preso!--le anunció el asistente, cuadrándosele.
--¡Bueno! ¡Que le pongan el cuero de poncho, y lo hagan pasear por la
plaza hasta nueva orden!--gritó Barraba.
La plaza era, como es sabido, un inmenso terreno de dos manzanas,
sin un árbol, sin una planta, sin una matita de pasto, en que el sol
derramaba torrentes de fuego, como si quisiera convertir en ladrillo
aquella tierra plana é igual, desolada y estéril.
El comisario salió en mangas de camisa, con el mate en la mano, á
presenciar el cumplimiento de su orden.
El cuero, fresco y blando, fué desdoblado; con un cuchillo hízosele
en el centro un tajo de unos treinta y cinco centímetros de largo...
Segundo fué conducido al patio, donde se ejecutaba esta operación;
casi no podía tenerse en pie... Lo obligaron á meter la cabeza por el
boquete del cuero, y uno de los agentes alisó con cuidado los pliegues,
ajustándolos al cuerpo.
--¡Lindo poncho fresco... de verano!--exclamó Barraba, chanceándose
alegre y amablemente.
Los que estaban en el patio,--y sobre todo el escribiente Benito aquél
que «era más bruto que un par de botas»--festejaron el chiste del
superior, riendo con más ó menos estrépito... según la jerarquía.
Segundo callaba, sin darse cuenta aún de lo que iba á suceder. Por
delante y por detrás, el improvisado poncho llegábale á los pies; á
ambos lados, partiendo de los hombros, se abría como una especie de
esclavina.
--¡Bueno, marche!--mandó el comisario.--¡Y con centinela de vista! ¡Que
no se pare; y si se para, déle lazazo no más!
El viejo salió tropezando, seguido por un vigilante. Cruzaron la calle,
entraron en la plaza y comenzó el paseo... En los primeros momentos,
las cosas no anduvieron demasiado mal. Uno que otro vecino, asomado por
casualidad, y viendo el insólito aspecto del hombre vestido con tan
extraño poncho, se apresuró á inquirir de qué se trataba. La noticia
cundió. Entreabriéronse puertas y ventanas, dejáronse ver cabezas de
hombres, mujeres y niños; un rato después comenzaron á formarse grupos
en las aceras con sombra, y á volar comentarios de unos á otros:
--Es Segundo.
--¡Pobre! ¿y qué ha hecho?
--Parece que lo han pillau robando animales...
--¿Él? ¡Bah! ¡no es capaz!
--¡Un viejo infeliz!
--¡Qué quiere, amigo! ¡La soga se corta por lo más delgao!
Pago Chico entero no tardó en hallarse reunido alrededor de la plaza,
y el gentío era aún más numeroso que el día de la fracasada ascensión
del globo aerostático. No quedó un perro en su casa, y en el ámbito
asoleado zurría un zumbido de colmena.
El paseo de Segundo continuaba hacía ya una hora. El desdichado intentó
detenerse una ó dos veces, pero el activo rebenque hizo desvanecer sus
ilusiones de descanso... El sudor corría por su rostro, mezclado con la
sangre coagulada que disolvía, flaqueábanle las piernas, y comenzaba á
sentirse estrecho en el poncho de cuero, poco antes tan holgado. Éste,
en efecto, secándose rápidamente con el sol,--harto rápidamente, pues
para ello se había cuidado de poner el pelo hacia adentro,--iba poco á
poco oprimiéndolo por todas partes, como un ajustado «retobo», hasta
obligarlo á acortar el paso. Y su interminable viaje seguía, en medio
de aquella atmósfera de fuego, bajo las miradas de la multitud, que
empezaba á indignarse y á dejar oir murmullos irritados... Ya se habían
relevado tres agentes, muertos de calor, pero la marcha continuaba,
implacable, y el poncho seguía estrechándose, estrechándose, impidiendo
todo movimiento que no fuese el cada vez más corto de los pies del
triste torturado, haciéndole crujir los huesos.
--¡Basta! ¡Basta!--gritaron algunas voces.
--¡Basta! ¡Basta!--repetían algunas otras de vez en cuando.
El gentío, sobrecogido, olvidaba el calor. Segundo había pedido agua
muchas veces, con voz apagada y balbuciente de moribundo. Un vecino,
más caritativo y menos temeroso que los demás, le dió de beber. Al
relevarse el centinela, el comisario ordenó al que iba á hacer la nueva
guardia:
--¡Que nadie se acerque al preso!
Al martirio del cuero, que ya amenazaba desconyuntarlo, agregóse
entonces la tortura de la sed...
Varias personas caracterizadas se presentaron á Barraba, pidiéndole que
hiciera cesar el suplicio. Barraba se echó á reir.
--¿De qué se queja? Tiene poncho fresco... ¡de verano!... ¡Dejen, que
así aprenderá á carnear ajeno!...
--Pero, señor comisario...--le suplicaron.
--¡Bueno! ¿y áura salimos con ésas?... ¿Y no andan ustedes mismos
diciendo que hay que darles un «castigo ejemplar» á los cuatreros?...
--Segundo es un infeliz, y...
--¡No hay infeliz que valga!
--¡Y creemos que el juez!...
--¡Basta! ¡Callensé la boca! ¡Aquí mando yo, caray! ¿Por quién me han
tomau, y qué se piensan?...
Cuando los postulantes salieron, Segundo rodaba desmayado entre el
polvo, tieso como un tronco seco, rígido, aprensado en los tenaces y
rudos pliegues rectos del cuero, que le penetraban en las carnes. Había
soportado el atroz suplicio sin lanzar un ay, mientras tuvo fuerzas
para mantenerse en pie...
Hubo que sacarle el poncho cortándolo con cuchillo. De la plaza se le
llevó casi agonizante al hospital.
Barraba reía con los suyos en la oficina:
--¡Poncho de verano! ¡qué gracioso!... Miren qué poncho de verano...
* * * * *
Párrafo del editorial aparecido al día siguiente en _El Justiciero_,
periódico oficial de Pago Chico.
«El comisario Barraba ha satisfecho ampliamente la vindicta pública
y merece el aplauso de todas las personas honradas, pues la terrible
y merecida lección que acaba de dar á los cuatreros hará que cesen
para siempre los robos de hacienda, aunque algunos la tachen de cruel
y arbitraria, amigos como son de la impunidad. ¡Siempre que extirpe un
vicio vergonzoso y perjudicial, una aparente arbitrariedad es evidente
buena acción!».
* * * * *
Dos meses después Segundo estaba en Sierra Chica, su familia en la
miseria y el señor comisario se compraba otra casa...