PARA BARRABASADAS...

¡Cuánta serenata y qué golpear de puertas! Pago Chico está «desatado» y

mientras en el Club los patricios hacen destapar mucho vino espumante

y un poco de champaña, entre risas, dicharachos y brindis, de las

trastiendas de los almacenes y de los despachos de bebidas salen cantos

broncos y desafinados en que se distingue algún «te l'ho detto tante

volte»... ó acompasadas y estrepitosas vociferaciones de «morra», como

martillazos secos, ó la algarabía de alguna disputa nacida entre oladas

de carlón.

Por las calles vagan grupos de obreros con acordeón y guitarra, y de

jóvenes calaveras, al uso pagochiquense, que repican los llamadores,

se cuelgan de las campanillas, hacen ronga-catonga alrededor de algún

infeliz que se retira tropezando, medio chispo, y producen tal alboroto

que parecen legión cuando son apenas un puñado.

Éstos se divierten apedreando las ventanas del Juez de Paz,--sabiéndolo

en el Club,--guarecidos tras de la tapia de un terreno baldio; aquéllos

han atado un tarro de petróleo á la cola del perro de Silvestre,

y allá va el pobre animal como una exhalación hasta el confín del

pueblo, despertando á las supersticiosas comadres de los ranchos

que se santiguan aterradas; los de más allá, inspirados por el hijo

de Bermúdez, mozo «diablo» cuya viveza es legendaria, han puesto en

práctica la genial idea de descolgar el letrero de Madama Grandenfant,

la partera,--cuadro que representa una mujer de palo, vestida de

hojalata, sacando un feto rojo de un rábano recortado en forma de

rosa,--y colgarlo en la puerta del cura, que echará pestes sin saber á

quién debe tal bromazo.

Al Club del Progreso, con motivo de tan magna fiesta, han acudido

tirios y troyanos, á pesar de las terribles disensiones. Hay

armisticio, y el mismo comisario Barraba se ha dignado hacer acto de

presencia--muy campechano,--y codearse breves momentos con la oposición.

El Club está momentáneamente en poder de los opositores. El caso es

que las cuestiones políticas le hicieron mucho daño, y la división

estuvo á punto de provocar su clausura, porque nadie pagaba la cuota

mensual,--sobre todo entre los oficialistas, vulgo «carneros»,--y

la falta de fondos no ha permitido dar una tertulia, como en años

anteriores...

Esto no puede impedir, sin embargo, que la gente se divierta.

En efecto, apenas dan las doce campanadas, saludadas con sendas copas

de vino (muchos no pueden realizar la proeza, por falta de estómago ó

por falta de cobres), y apenas el licor empieza su marcha ascendente,

hacia las alturas del cráneo, Mussio se sienta al piano y la emprende

con un vals saltado que pone en movimiento á los más jaranistas y

bailarines. No hay mujeres, naturalmente.

--¡Pan con pan comida de bobos!--exclama con sarcasmo Viera, el

director de _La Pampa_.

Pero después de un par de brindis suplementarios, él también se enlaza

con Silvestre, y es de ver á los dos, dando vueltas vertiginosas y

llevándose por delante los muebles enfundados del salón, las sillas, el

piano, los consocios mismos.

El piano chilla, ladra, maúlla, se queja; saltan como pistoletazos los

tapones del vino espumante; un espectador lleva atronadoramente el

compás con los pies, el bastón, las patas de la silla, otro tararea

el vals á destiempo; el de más allá reclama un poco de silencio para

lanzar un brindis de circunstancias; los jugadores de billar se asoman

á la puerta que comunica con la sala de juego, risueños y enrojecidos,

con el taco en la mano; los mozos y el capataz corren de un lado á

otro, y en las ventanas de la calle aparece «vichando» con curiosidad y

estupor, algún transeúnte retardado á quien sorprende aquella inusitada

barahunda y que mañana desprestigiará á «todo lo mejor de Pago Chico»,

entregado así á la más escandalosa y abyecta orgía.

El de los brindis logra por fin hacerse escuchar, y apenas concluye

sus votos de prosperidad, dicha y bienandanza con un «año nuevo vida

nueva», lleno de modernismo, estalla la más formidable cencerrada que

orejas pagochiquenses hayan oído jamás. El orador, mohino, se desliza

hacia el «buffet» para reponerse del mal rato, mientras los demás

continúan cacareando, ladrando, maullando, rebuznando ó echando los

pulmones en alguna otra forma original.

En esto, como si la empujara el pampero en persona, ábrese de par

en par la puerta del Club y entra desalado el oficial de policía,

produciendo en los presentes, hasta en los más entusiasmados, la

impresión acongojada de que acaba de ocurrir algo muy grave, alguna

desgracia, algún cataclismo...

Como por encanto reina en el Club entero un silencio pavoroso.

--¡Señor comisario!--dice el oficial en voz baja, acercándose á

Barraba.--El río Chico está desbordandose y amenaza inundar el pueblo.

¿Qué se hace?

Barraba ahoga una interjección de las suyas, parece meditar un segundo,

y luego grita, perentoriamente y con voz de trueno, como un general que

toma disposiciones en el momento decisivo de la batalla:

--¡Arme el piquete! ¡Vaya á paso de trote! ¡Mándeme el caballo! ¡Yo voy

en seguida!

El silencio se hizo tan solemne y trágico, que todos se volvieron

indignados hacia Silvestre que había oído y se sonaba ruidosamente las

narices para no estallar en una carcajada.

--¡Revolución!

--¡Ataque á la comisaría!

--¡Invasión!

No se escuchaba otra cosa cuando los concurrentes comenzaron á

animarse, una vez fuera el misterioso Barraba.

El boticario les dió la clave del enigma, pero no consiguió desarrugar

los ceños. ¡Una inundación! ¡Canario!...

Sólo al día siguiente, cuando se vió que el Chico no salía de madre ni

pensaba tal cosa, por la escasez de recursos que lo mantenía sometido

á la familia, con agua apenas para regar las quintas de los prohombres

oficiales, estalló del uno al otro extremo del Pago la homérica

carcajada que Silvestre atajó la noche antes con el pañuelo.

El comisario había inaugurado bien el año nuevo, y por eso sigue

diciéndose en nuestra tierra:

--¡Para barrabasadas, Barraba!...

Pago Chico · 第 44 / 60 题