De las dos sociedades de beneficencia formadas por señoras que había
en Pago Chico, la más reciente era la de las «Hermanas de los Pobres»,
fundada bajo los auspicios de la augusta y respetable logia «Hijos de
Hirám» que le prestaba toda su cooperación. La primera en fecha era
la sociedad «Damas de Beneficencia», naturalmente ultra católica y
archiaristocrática, como se puede--¡y vaya si se puede!--serlo en Pago
Chico.
Las «Hermanas de los Pobres» se instituyeron «para llenar un vacío»
según dijo _La Pampa_, y la verdad es que en un principio hicieron gran
acopio de ropas y artículos de utilidad, cuyo reparto se practicó no
sin acierto entre pobres de veras, sin distinción de nacionalidades,
religiones ni otras pequeñeces. Distribuían también un poco de dinero,
prefiriendo sin embargo, socorrer á los indigentes con alimentos
y objetos dándoles vales para carnicerías, lecherías, panaderías,
boticas,--todas de masones comprometidos á hacer una importante rebaja.
La sociedad prosperó con gran detrimento de la otra, que ni tenía
su actividad ni usaba de los mismos medios de acción, ni aprovechaba
útilmente sus recursos. Se hablaba muy mal de esta última. «Las Damas
de Beneficencia» no servían ni para Dios ni para el Diablo según la
opinión general. Es decir, esa opinión estaba conteste en que servía,
pero no á las viudas, ni á los huérfanos, ni á los pobres, ni á los
inválidos y enfermos, sino á su digna presidenta misia Gertrudis,
la esposa del tesorero municipal, quien hallaba medio de ayudarse á
sí misma, no ayudando á los demás, con los recursos que le llovían
de todas partes. Pero, eso sí, la contabilidad de la asociación era
llevada «secundum arte», limpia y con buena letra, como que de ello
cuidaba el mismo tesorero, esposo fiel y servicial.
Tendrían ó no tendrían razón de ser las hablillas circulantes,
viviría ó no viviría misia Gertrudis de lo que se daba--con bastante
generosidad--para los pobres; esquilmaría ó no esquilmaría el óbolo
común; el hecho es que estrenaba anualmente dos ó tres vestidos de seda
que hacían poner rojas y verdes y amarillas de envidia á la comisaría,
á la valuadora, á la misma intendenta; que de cuando en cuando,
compraba un nuevo solarcito en las afueras del pueblo; que en su casa
no faltaba nunca una copa de oporto de regular arriba, para obsequiar
las visitas de cierta distinción, y que no se comía mal ni mucho menos
en los almuerzos que ella y el tesorero daban á sus amigos, enemigos
más bien.
Porque si no nos equivocamos, en todo el pueblo no había una persona
que no hablara pestes de la tesoreril pareja, hasta entre las que más
la festejaban. Claro está, entonces, que «la calumnia fué creciendo,
fué creciendo» y no tardó mucho en llegar á los propios oídos de la
mismísima misia Gertrudis, en alas de la voz pública representada esta
vez por una vieja pagochiquense, infatigable en la tarea de llevar y
traer chismes y habladurías. Doña Dolores, enemiga á muerte de misia
Gertrudis la despellejaba implacablemente, pero fingía ser su amiga, y
hasta puede que lo fuera en el instante en que conversaba con ella.
Un día, pues, no resistió al deseo imperioso de contar á la interesada
cuanto se decía en el pueblo, unas veces en voz baja, otras veces á
gritos.
--Usted que es una señora decente, esposa nada menos que del tesorero
municipal, no debe dejar que hablen esas cosas de usted, y darles una
lección.
Misia Gertrudis la escuchaba furiosa, no interrumpiéndola sino con
dicterios dirigidos indistintamente á todos los notables de Pago Chico.
La presidenta no dejó de rabiar desde entonces. Loca de ira y de
indignación llegó hasta jurar que presentaría su renuncia--cuya sola
enunciación la hacía estremecer--y declaraba á voz en cuello que lo
único que no podía soportar era la ingratitud, la injusticia de que se
la hacía víctima inmaculada y dolorosa.
--¡Calumniarme á mí, á mí!... ¡Á ver si hay una sola de esas hijas de
una... tal por cual, que sea capaz de «alministrar» tan bien como yo!
¡Que vengan, que vengan á esaminar mis libros!...
Y ostentaba los modelos de caligrafía pacientemente ejecutados por
su marido; pero allá en el fondo, su conciencia hacía un balance que
nunca se habría atrevido á presentar, ni á esas ni á otras damas
cualesquiera, y le imponía la visión, como implacable libro diario,
de los kilos de carne, de yerba, de azúcar, de arroz, de fideos y los
litros de leche, de vino, de aguardiente, de aceite, de petróleo que
debía á los pobres. É imaginábase que entre ellos se erguía la figura
odiosa y acusadora de su colega la presidenta de las «Hermanas de los
Pobres», esa «masona» que solamente por vil espíritu sectario, por
hacer daño á la iglesia y á los católicos y á Dios mismo, llevaba sus
libros peor escritos sí, pero con arreglo á la verdad.
Una mañana mister Kitcher, el acopiador de frutos del país, un inglés
que nunca se ocupó de saber lo que ocurría en el pueblo, le envió un
donativo de bastante importancia para el objeto, sin sospechar que
aquel dinero pudiera extraviarse antes de llegar á su verdadero destino.
Misia Gertrudis había notado aquel día, no sin pena, que el bolsón de
terciopelo cerrado por un cordón de seda, en que guardaba «aparte» el
dinero de los pobres, estaba completamente vacío, sin el más mínimo
resto de limosna. Es de imaginar, pues, con cuánta satisfacción recibió
la de mister Kitcher, y el buen humor con que se hubiera puesto á coser
la bata--que proyectaba lucir en la próxima función que á beneficio
de la sociedad iba á dar en el circo la compañía acrobática, del
celebérrimo Tomate IV--si hubiera podido apartar de la imaginación el
recuerdo de las comprometedoras hablillas y el encono cada vez mayor
que sentía hacia las «Hermanas de los Pobres», sobre quienes hacía
llover las maldiciones de más grueso calibre. Así es que apenas se
sentó y sin advertirlo, se puso á murmurar dicterias enardeciéndose
cada vez con el propio rumor y la propia ponzoña de sus rezongos.
--Aquí le manda esto el sastre,--díjole la chinita Petrona, cuando
apenas había dado dos puntadas.
Era la cuenta de una compostura de ropa de su marido y del arreglo de
la levita negra para el «Tedéum» del nueve.
--Á ver, dame... ¡Ah, sí, ya sé!--exclamó misia Gertrudis,
tomando el papel que Petrona le presentaba y devolviéndoselo acto
continuo.--Decile que vuelva el sábado... Ahora estoy muy ocupada.
Pero en ese instante recordó la ofrenda de mister Kitcher, cuyo dinero
tenía aún en el bolsillo, é iluminada por súbita inspiración--¡lo
que puede la costumbre!--bolsiquió por la manera, asió el bolsón de
terciopelo, é inmovilizó á la chinita que ya iba á salir, gritándole:
--Esperáte.
Muy grave, con una gravedad que imponía como siempre, respeto, añadió:
--No le digas nada. Tomá....
Y sacando los cuatro pesos que importaba la cuenta, los dió á Petrona
que corrió á entregárselas al cobrador del sastre,--mientras la
señora, reanudando el hilo de sus pensamientos y el curso de sus
imprecaciones murmuraba indignadísima entre dientes:
--¡Pícaras!--¡Sinvergüenzas!--sospechar de que robo, yo, ¡¡yo!!
Quisiera que estuvieran un momento en mi lugar, para ver las cochinadas
que harían...
Pero se arrepintió de haber invocado tan peligrosos testigos, y,
paseando la mirada recelosa por el cuarto, tanteóse el vestido, á
ver si el bolsón de terciopelo continuaba en su sitio para seguir
socorriendo á pobres acreedores.