Pero sintió en sus labios un suave roce que le hizo volver en sí,

abandonando sus pensamientos. Era que Judith, cansada de esperar un beso

que no llegaba, había tomado la ofensiva, y removía la sangre de aquel

pazguato con sus caricias de fuego, que parecía imposible fuesen

fingidas.

Zarzoso sintió como si en su interior se rompiera algo y un torrente de

lava inundara sus venas; y trémulo por la pasión buscó entonces la boca

de Judith.

Fué aquello como un tiroteo de besos. Se olvidaron de que estaban en la

calle y que aún había en ella transeúntes, y con las bocas pegadas, como

si no pudieran separarse, pasaron ante el cuartelillo de Policía, sin

fijarse en las risas de los agentes, y cruzaron la plaza del Pantheón

sin mirar la estatua de Juan Jacobo, el filósofo que en su juventud

había tenido muchas escenas semejantes a aquélla.

En la puerta del hotel se les reunió Agramunt, que llegaba

apresuradamente con la botella y los pasteles. Hubo discusión entre los

dos amigos sobre el cuarto donde sería la fiesta, y Agramunt, apoyado

por Judith, y fundándose en que la habitación de Zarzoso era más grande

y confortable, decidió no pasar del segundo piso.

Subieron la escalera cautelosamente, con paso de ladrón, para no

despertar a los vecinos, pues Zarzoso, en un resto de su austera

dignidad, no quería que en el hotel se apercibiesen de que por la noche

tenía mujeres en su cuarto.

Al entrar en éste, Judith arrojó su sombrero sobre la cama, y Nemo, con

impasibilidad filosófica, se introdujo bajo de ella, como perro de pocos

escrúpulos y acostumbrado a tales escenas.

Agramunt colocó sus provisiones sobre la mesa, y mientras tanto, la

rubia curioseaba, mirándolo y tocándolo todo y buscando sorpresas hasta

en el último de los rincones.

Después se sentó entre los dos amigos y atacó un pastel con la furia de

una niña golosa, tomando cuantas copas le ofrecían sus compañeros.

Zarzoso, por espíritu de imitación o instintivamente, buscaba también a

cada momento la botella, y de esto resultaba que el más sereno de los

tres era Agramunt, quien, por su parte, no se sentía muy seguro sobre

los pies.

Judith sonreía con aire bondadoso y hablaba del amor y de la amistad,

conmoviéndose a sí misma hasta el punto de que los ojos se le empañaban

de lágrimas.

A cada instante decía que iba a irse, pero no se movía del asiento;

antes bien, aseguraba que en aquel cuarto se estaba perfectamente, y

avanzaba su cabeza hacia Zarzoso con aire de gata enamorada, para que

continuase la interrumpida serie de besos.

De pronto se levantó de un salto y fué a colocarse ante la clara luna

del armario-espejo, encendiendo las dos bujías de sus ángulos y

acercando el quinqué para que su luz diese de lleno.

Parecía abstraída, ensimismada en su propia contemplación; no oía lo que

le decían, y se fijaba en sus facciones con tenacidad, como si

pretendiera encontrar en ella un nuevo encanto. Se arreglaba los rizos

de su cabellera, cruzaba los brazos sobre su nuca desperezándose y

tomando graciosas actitudes de estatua, e iba ensayando todos sus

gestos de modelo, sonriendo unas veces maliciosamente, como un tipo de

elegante acuarela, y mirando otras al cielo con la mística expresión de

un personaje de pintura sangrada.

Agramunt reía por lo bajo, sabiendo por experiencia lo que

inmediatamente iba a ocurrir, y tocando con su codo a Zarzoso, que

estaba abstraído en la contemplación de aquel hermoso cuerpo, en tan

diversas actitudes, le dijo por lo bajo:

--Pronto vendrá lo bueno. Esa chica, con su manía de contemplarse y

adorarse a sí misma, no puede ver un espeja sin que se plante

inmediatamente ante él. Ahora ensaya los gestos y las actitudes, pero

antes de cinco minutos ya se habrá desnudado para contemplarse las

carnes.

Y así ocurrió, efectivamente. Judith, sin dejar de mirar el espejo, como

si estuviera hipnotizada por aquella luna brillante con el reflejo de

tanta luz, comenzó a desabrochar su corpiño con cierta inconsciencia,

cual si cediera a la fuerza de un deseo supremo.

La chaqueta y la chambra cayeron al suelo; desabrochó las hombreras de

su camisa, aflojáronse las ataduras de su talle y, de repente, con un

movimiento instintivo, como una náyade que al alcanzar la playa se

sacude el manto de espumas y de algas, todas aquellas ropas se

deslizaron a lo largo de sus piernas, deteniéndose en las rodillas, y

salió a la luz aquella carne maciza, viciosa y que, sin embargo,

suavizada por las líneas de correcta ondulación y por las tintas

lechosas y sonrosadas, despertaba más la adoración artística que el

vehemente deseo sexual.

Un bucle de cabellos, semejante a una serpiente de oro, saltaba sobre

los hombros para descansar sobre aquellos pechos turgentes y reducidos

que se erguían con cierta fiereza; la espalda sólo se veía a trechos,

cubierta en parte por la revuelta madeja de cabellos, y el vientre,

pequeño y deslumbrante por su blancura, lucía como una luna de

hermosura, surgiendo sobre la mancha de sombra y las revueltas nubes de

tela que envolvían las piernas de la modelo.

La luz, corriendo a torrentes sobre aquella piel de raso, daba al cuerpo

de Judith todas las entonaciones del blanco; desde el blanco lechoso y

sólido de la flor de almendro hasta el blanco dorado de la camelia.

Judith parecía embriagada en su contemplación, y por sus labios

entreabiertos vagaba una sonrisa de triunfo, de orgullo y de majestad.

Se creía Venus surgiendo de las espumas del Océano, y el satén de su

cutis erizábase con ligeros escalofríos, como si sintiera la fría

caricia de las gotas del agua salada.

Era aquello una borrachera de orgullo al verse tan hermosa; una profunda

satisfacción al pensar en las miradas ávidas que tenía a sus espaldas,

contemplándola con apetito salvaje; y al mismo tiempo, como todo era

extraño en aquella extravagante criatura, a su fatuidad de _cocotte_

uníase el entusiasmo artístico, el ansia vehemente de ser útil al genio;

y contemplando con mirada amorosa sus pechos semejantes a cerradas

magnolias, su vientre de suave curva y el hermoso rubio de su pelo, que

brillaba con más intenso fulgor entre tanta blancura, murmuraba

melancólicamente:

--¡Rubens! ¡Oh, Rubens!... ¡Si me hubieses conocido!

Pero la cruel realidad vino a sacarla muy pronto de su entusiasmo

artístico.

Agramunt la pellizcó suavemente más abajo de la espalda, y ella se

volvió sonriente, creyendo encontrarse con la mano de Zarzoso; pero al

ver que era el periodista el autor de la broma, púsose furiosa y le

dijo:

--¡Tu, pequeño Marat! Márchate a dormir a tu cuarto. Aquí estorbas. No

permito bromas esta noche más que a ése, que es para quien me desnudo.

¡Largo! ¡A la calle en seguida!

Agramunt acogía con risotadas la indignación de aquella muchacha, que,

desnuda, iba de un lado a otro buscando el látigo para despedirle a

golpes; pero comprendiendo que era muy cierto aquello de que estorbaba,

cogió su palmatoria, y después de dar una vuelta por el cuarto

canturreando la marcha nupcial del tercer acto de _Lohengrin_ y de

desear a los dos muy felices noches, salió al pasillo y emprendió su

ascensión al último piso, mientras que Judith, abalanzándose a la

puerta, corría el cerrojillo.

Zarzoso no se había movido de su asiento; estaba asombrado, con la

mirada vaga, como si todo aquello fuese un sueño que se desvanecería

apenas despertase.

VIII

Nuevas caídas.

Cuando los relojes de la quinta Alcaldía de París y de la iglesia de San

Esteban del Monte lanzaron en el ancho espacio de la plaza del Pantheón

las campanadas que anunciaban las ocho de la mañana, Zarzoso, que no

estaba ni dormido ni despierto, pues se hallaba bajo la influencia de

una pesada modorra, se incorporó con violento impulso, y una vez

sentado en la cama, lanzó una mirada de asombro a su cuarto, que no le

parecía ya el mismo.

Sentía un violento dolor de cabeza, como si sobre su cerebro gravitase

la gigantesca masa del vecino Pantheón; notaba cierta torpeza en los

ojos, viéndolo todo turbio, y su lengua, inflamada y pastosa, parecía

estorbarle dentro de la boca, seca a consecuencia de lo mucho que había

bebido la noche anterior.

Tardó bastante tiempo en darse cuenta del lugar donde estaba, pues su

cerebro, entorpecido por los excesos, discurría con dificultad.

Parecíale al joven que acababa de despertar de un sueño cataléptico que

había durado algunos meses, a juzgar por la dificultad que encontraba en

ir recordando lo ocurrido antes de acostarse.

Un ruido que sonó dentro del cuarto le trajo a la realidad.

Junto a la ventana, por entre cuyas cortinas se filtraba el sol,

trazando arabescos de oro sobre la charolada madera del pavimento, un

perro feo y lanudo jugueteaba con un zapato. La vista de aquel animal

trajo rápidamente a Zarzoso a la realidad. Entonces fué cuando se dió

cuenta de que sus piernas, bajo las revueltas sábanas, rozaban algo que

despedía suave calor, y volviéndose contempló la misma cabeza que creía

haber visto en sueños, y que estaba allí, sobre la almohada, menos

hermosa que la noche anterior, con el cabello en enmarañada madeja, las

correctas facciones contraídas por el estertor de un brutal ronquido,

los polvos de arroz apegotados en un extremo de sus mejillas y el

bermellón de sus labios extendiéndose más allá de las comisuras de su

boca.

Zarzoso experimentó una inmensa decepción. Parecíale que desde muy alto

caía y caía hasta hundirse en el cieno de un charco sin fondo, y sintió

tentaciones de llorar como una virgen deshonrada al ver que de un modo

tan estúpido, en una noche de embriaguez, había perdido su prestigio de

amante casto y de joven de costumbres austeras, encanallándose con aquel

pingajo de carne hermosa que había rodado durante seis años por todas

las camas del Barrio Latino.

Sintió rabia contra su propia debilidad, indignóse por lo fácilmente que

había caído y murmuró, bajando su frente, en la que se extendía el rubor

al pensar en Madrid y en aquella mujer sencilla y pura, a la que todavía

amaba:

--¡Muy bien, señor Zarzoso! Puede usted estar satisfecho de su conducta.

En vez de estar triste y desalentado por el silencio de María, pasa

usted la noche emborrachándose como un pillete, y, por añadidura, se

entrega en brazos de la primer perdida que le sale al encuentro.

Y como si le produjera inmenso asco el contacto de aquel cuerpo de raso

que calentaba toda la cama, saltó inmediatamente de ésta y resumió el

furor que sentía contra sí mismo con estas amargas palabras:

--Ya no eres el mismo de ayer. Ahora eres un canalla.

El despertar de aquella noche de amor fué terrible. Entre los dos

amantes existía un visible despego, una falta de franqueza que hacía la

situación pesadamente embarazosa.

Judith, después de saltar de la cama, iba de un punto a otro del cuarto,

canturreando y afectando alegría, mientras hacía su _toilette_.

El joven, molestado por la presencia de aquella mujer, que evocaba en él

impulsos brutales, y a la que hubiese dado golpes de muy buena gana, por

vengarse de la caída que le había hecho sufrir, fumaba en un rincón del

cuarto, acogiendo con sonrisas que daban miedo cada una de las caricias

y los mimos que Judith pretendía hacerle.

Esta se vistió con gran prontitud, pues, según manifestaba, la estaría

esperando un artista con el que se había comprometido a servirle de

modelo en un cuadro que representaba a Clemencia Isaura en su poética

corte de amor; pero no debía tener gran prisa en acudir a la cita, por

cuanto rogó a Zarzoso que la convidase a almorzar.

El joven accedió de mala gana, pues le resultaba pesada en extremo

aquella aventurera, y deseaba separarse de Judith cuanto antes.

Salieron del hotel cogidos del brazo, y las miradas de asombre de la

dueña del establecimiento, que estaba en su despacho en la portería,

atormentaron a Zarzoso, que veía en una noche destruída su fama de

hombre serio y de costumbres arregladas.

Al atravesar la plaza del Pantheón, los carruajes engalanados de un

cortejo nupcial deteníanse ante el palacio de la Alcaldía del quinto

distrito.

Judith sonrió maliciosamente, y haciendo un gesto de asombro afectado

exclamó:

--¿Y aún hay quien se casa?... ¡Qué asco!

Estas palabras aún la hicieron más antipática a los ojos de Zarzoso.

El almuerzo resultó muy violento para el joven. Entraron en el mejor

restaurante del bulevard Saint-Michel, un establecimiento serio, en el

que no dejó de causar cierto escándalo el subversivo aspecto de Judith,

la cual, sin fijarse en el efecto que causaba, hizo toda clase de

habilidades para llamar la atención de los parroquianos y de la

servidumbre.

Zarzoso estaba avergonzado por una compañía tan ruidosa, así es que vió

el cielo abierto cuando llegó la hora de pagar y de despedirse sobre la

acera del bulevar.

Judith se alejó de él enviándole besos con sus dedos, lo que hacía

detener a los transeúntes; y aún retrocedió varias veces para rogarle

que no faltase aquella tarde, a las seis, en el café Vachette, donde

volverían a reunirse para pasar una noche tan alegre como la anterior.

--Puedes esperarme sentada--decía Zarzoso al alejarse--. Una y no más.

Bastante siento la infame caída de esta noche.

Zarzoso pasó todo el día melancólico, malhumorado y sin saber qué hacer,

pues no se sentía con la suficiente fuerza para ir a la Clínica. Paseó

en el Luxemburgo hasta las cinco, y como ya anocheciera, viendo que en

el vecino bulevar los cafés comenzaban a poblarse de gente que tomaba la

absenta, temió que Judith surgiera a su paso para atraparle, y se

dirigió a casa de Alvarez, con el intento de pasar allí unas cuantas

horas, proponiéndose después el ir a comer y acabar la noche al otro

lado del río, donde tenía la certeza de no encontrar a aquella sirena

del vicio.

Zarzoso, desde su caída, parecía que llevaba dentro de sí un principio

fatal que envenenaba su existencia, le hacía estar violento en todas

partes y no le permitía hablar con la misma franqueza e ingenuidad de

antes.

Su visita a don Esteban resultó muy dolorosa para el joven.

Estremecíase de miedo y sentía inmensa vergüenza al pensar lo que diría

aquel hombre envejecido si supiera que un joven que parecía tan

enamorado de su hija María pasaba la noche como un libertino y metía en

su mismo cuarto una mujer que escandalizaba el barrio.

Por una coincidencia, pero que hizo aumentar más aún la turbación de

Zarzoso, Alvarez, que estaba apenado por el silencio de su hija, comenzó

a hablar mal de ésta, al mismo tiempo que hacía la apología de su joven

amigo.

--Sí, señor. Es una infamia eso de dejar sin respuesta las cartas de

usted, rompiendo de un modo tan villano unas relaciones de amor que

parecían tan fuertes. ¿Quién podía esperar tal cosa de mi hija? ¡Cuán

pronto olvidan las mujeres sus juramentos de amor! Por eso exclama con

razón Shakespeare: "¡Fragilidad, tú tienes nombre de mujer!"

¡Abandonarlo a usted de ese modo; a usted, que es un joven honrado,

probo y de costumbres puras, condición que hoy es casi ya imposible de

encontrar!

Zarzoso, alarmado por estas palabras, que resultaban un sarcasmo en tal

situación, miraba fijamente al padre de María, sospechando si éste se

burlaba de él. Pero no tardó en convencerse de que Alvarez hablaba con

franqueza, pues siguió diciendo así, con acento de desesperación:

--Y lo más triste es que yo soy el autor de ese infortunio que usted

sufre. ¡Qué mala idea tuve yo al rogarle que manifestase a María su

origen y quién era su padre! De seguro que su silencio no reconoce otra

causa que esta indiscreción. ¡Oh! Es muy amargo decirlo; pero para las

jóvenes que al tener uso de razón se encuentran en alta esfera, resulta

muy difícil el reconocer su verdadero origen y al que les dió el ser, si

es que éstos son humildes. Tales descubrimientos, que hieren su amor

propio, las sublevan, las indignan, y son más que suficientes para que

el cariño se trueque en odio. Sí, vuelvo a repetirlo; María le ha

abandonado a usted por haberla dicho que yo soy su padre y que usted es

amigo mío. Hay para desesperarse al considerar que uno hace el mal sin

saberlo y que, viejo ya, solo e inútil, todavía sirve para matar la

felicidad de un joven como usted; para labrar su infortunio.

Alvarez demostraba tal sentimiento por la culpabilidad de que se hallaba

convencido; era tan vehemente su desesperación, que, conmovido Zarzoso,

estuvo varias veces próximo a interrumpirle para contarle todo lo que

ocurría.

El autor del rompimiento amoroso era ahora él mismo. Ya no podía exigir

explicaciones a María por su conducta, pues se sentía manchado y tenía,

en su conciencia de hombre puro, un remordimiento que le hacía

reconocerse como indigno para aspirar a la mano de una señorita honrada.

Pero Zarzoso no se sentía capaz de tan suprema franqueza, y calló,

dejando que Alvarez se sumergiera en la desesperación que le causaba el

haber intervenido indirectamente en los amoríos de los dos jóvenes.

Cada uno de los elogios que don Esteban hacía de su joven amigo era para

éste como una puñalada en la conciencia, y por eso, no pudiendo sufrir

tan incesantes tormentos, se apresuró a despedirse, y marchando a la

casa editorial donde trabajaba Agramunt pasaron ambos amigos el río y

fueron a terminar la noche en la Grande Opera.

El catalán se reía del temor que Zarzoso mostraba al pensar que podían

encontrarse con Judith, y con su ductilidad de buen amigo se prestaba a

encargarse de romper aquellas relaciones de una sola noche.

Transcurrieron cuatro días sin que el joven médico, que no salió del

Barrio Latino, viera por parte alguna la rubia cabellera de Judith. Esta

ausencia le tranquilizaba: Judith no era importuna, y, además, debía

haber comprendido que no tenía en él un adorador loco, y tal vez por

estas mismas consideraciones, por la seguridad que comenzaba a abrigar

de que la rubia no iría en su persecución, pensaba en ella más de lo que

le convenía, y, a pesar de todos sus esfuerzos mentales, no podía

desechar de su memoria el recuerdo de aquella noche tormentosa, con sus

placeres delirantes, que recordaba con la misma vaguedad que las escenas

de un ensueño.

Aquel encuentro vicioso había dejado en él una levadura de brutalidad

lasciva, y a esto atribuía Zarzoso el raro fenómeno que experimentaba,

pues a pesar de odiar a la hermosa rubia y de estremecerse al pensar que

ésta podía volver a su cuarto, complacíase, sin embargo, en ir

recordando las escenas de tal noche, y su carne se estremecía de placer

al pensar que podía repetirse la embriaguez amorosa.

Estaba Zarzoso ocupado en leer un libro nuevo que le había prestado un

compañero, y distraído, pensaba al mismo tiempo, con una confusión de

recuerdos que le avergonzaba, en su antigua novia, que no le escribía, y

en Judith, cuyo recuerdo le obsesionaba, cuando sonaron algunos leves

golpes en la entreabierta puerta de la habitación.

--Soy yo--dijo una voz que hizo estremecer a Zarzoso.

E inmediatamente entró en la habitación, sonriendo y con paso ligero, la

rubia Judith, que no conservaba de su aspecto de algunas noches antes

más que el látigo de cuero y _Nemo_, que marchaba siempre pegado a sus

faldas, como si fuese un adorno de éstas.

Llevaba un traje de la misma pana con que los artistas se hacían sus

chaquetones para trabajar en el taller e ir por el barrio, y la rubia

cabellera, arreglada ahora en forma de peinado griego, cubríala con una

gorrita cosaca de velludo astracán, de la que caía un blanco velillo

sobre el rostro.

El joven médico, a pesar de que momentos antes pensaba involuntariamente

en ella, al verla no pudo reprimir un movimiento de contrariedad.

Judith, afectando no ver aquel gesto, tomó asiento y comenzó a hablar

con tranquilidad.

No había venido a estorbarle. La visita era casual: pasaba por allí de

vuelta de un taller, donde había estado todo el día sirviendo de

modelo, y se decidió a subir en confianza, sin ir antes a su casita de

la calle Monge, a quitarse aquel traje que era el del trabajo.

Judith hablaba con naturalidad, sin afectación alguna, como si estuviera

en presencia de una amiga de confianza, y sin hacer la menor alusión a

aquella cita en el café Vachette, a la que había faltado Zarzoso.

Este, en vista de la tranquilidad y prudencia que demostraba la joven,

había vuelto a recobrar su confianza, y alegremente se afirmaba en su

idea de que todo había terminado entre los dos, y que las escenas de

aquella noche eran locuras sin consecuencias que ya no volverían a

repetirse.

Judith había tomado un cigarrillo de encima de la mesa, y con una pierna

montada en el brazo del sillón, hablaba calmosamente, mirando las aéreas

espirales de humo que bogaban tranquilamente hacia la abierta ventana

donde el viento iba arremolinándolas.

Zarzoso, ante la cordura de la joven, se espontaneaba como con un

compañero, y hablaba con el mismo abandono que si su interlocutor fuese

Agramunt.

¿Cómo fué aquella segunda caída? Zarzoso no pudo darse cuenta de ella;

obró más instintiva y ciegamente que la primera vez, con la agravante de

que en esta ocasión, la caída fué fría, sin arrebatos de pasión, como si

se sintiera empujado por una ruda e irresistible fatalidad.

A las siete, hora de la comida, salieron los dos del hotel cogidos del

brazo. Zarzoso demostraba la mayor indiferencia. ¿Qué le importaba ya

que le vieran en tal compañía? ¿A qué fingir hipócritamente una virtud

que estaba lejos de tener? Era un miserable, un cobarde sin energía ni

dignidad, que se sentía enloquecido ante una corrupción porque era

hermosa, y que no tenía voluntad para resistir la más leve de las

pérfidas insinuaciones de aquella mujer que llevaba al lado.

Judith le había aprisionado, le había convertido en un esclavo de su

lascivia, y él se resignaba al considerar que eran de rosas las cadenas

que le aprisionaban.

Agramunt quedó asombrado al ver de qué modo se había apoderado Judith

del ánimo de Zarzoso, el cual, después de su segunda caída, estaba

desalentado y se mostraba impotente para luchar.

El escritor había tenido siempre a Judith en concepto de mujer terrible,

pero no creía a Zarzoso capaz de rendirse con tanta facilidad: su

asombro se trocó en temor cuando aquella noche les oyó hablar a los dos

amantes de su futura vida arreglando la existencia que llevarían desde

aquella noche.

Ella se mostraría seria, evitaría el trato con sus antiguos amigos del

barrio y vivirían con la tranquilidad de burgueses unidos por el lazo

matrimonial. Judith miraba con ojos de ternura a Zarzoso y aseguraba a

Agramunt, único espectador de la escena, que jamás había amado a ningún

hombre como a aquel pequeño doctor.

Ella no abandonaría su linda habitación de la calle Monge, que jamás

había dejado a pesar de todos sus galanteos y en la que nunca permitió

la entrada a sus amigos. Allí tendría su vestuario, sus secretos, los

objetos de su intimidad, pero, aparte de esto, dormiría en el hotel de

la plaza del Pantheón, comería con Zarzoso, pasearía con él, y mientras

éste estuviera en las clínicas, ella se ocuparía en sus visitas y

quehaceres.

Habló de seguir sirviendo de modelo para ayudar a los gastos de la nueva

existencia, pero Zarzoso protestó con una energía tan rotunda, que en

ella se notaba un principio de celos.

Agramunt estaba admirado. ¿Qué le había dado la gran perdida a aquel

muchacho tan sensato para volverle de tal modo el juicio y convertirlo

en un estúpido?

A media noche, mientras Judith, con aire de señora absoluta, se acostaba

en la cama de Zarzoso, éste y Agramunt tuvieron una explicación en los

pasillos del hotel.

--Pero, hombre--decía el periodista--. ¿Te parece sensato eso que haces?

Yo quería que te divirtieras, que no vivieras como un topo melancólico

metido entre estas paredes; pero de eso a que te líes seriamente con una

mujerzuela como Judith hay una distancia inmensa. Esto que haces me

repugna; no puedo ver con calma que estés tan encaprichado por una

perdida que es popular en todo el barrio. ¿Has pensado bien el papel

ridículo que vas a hacer? Y lo que más me indigna es que parece que

estás enamorado de ese harapo. Antes, en el café, me daban ganas de

reír, y al mismo tiempo sentía deseos de llorar de rabia al ver con qué

energía de hombre celoso te oponías a que Judith siguiera visitando los

estudios como modelo. ¡Celoso tú! ¿Celoso de una mujer que hasta ha

dormido con los garzones de los hoteles?

Zarzoso parecía muy contrariado por la justa reprimenda de su amigo,

pero aún tuvo energía para contestar:

La araña negra, t. 8/9 · 第 11 / 12 段