abandonando sus pensamientos. Era que Judith, cansada de esperar un beso
que no llegaba, había tomado la ofensiva, y removía la sangre de aquel
pazguato con sus caricias de fuego, que parecía imposible fuesen
fingidas.
Zarzoso sintió como si en su interior se rompiera algo y un torrente de
lava inundara sus venas; y trémulo por la pasión buscó entonces la boca
de Judith.
Fué aquello como un tiroteo de besos. Se olvidaron de que estaban en la
calle y que aún había en ella transeúntes, y con las bocas pegadas, como
si no pudieran separarse, pasaron ante el cuartelillo de Policía, sin
fijarse en las risas de los agentes, y cruzaron la plaza del Pantheón
sin mirar la estatua de Juan Jacobo, el filósofo que en su juventud
había tenido muchas escenas semejantes a aquélla.
En la puerta del hotel se les reunió Agramunt, que llegaba
apresuradamente con la botella y los pasteles. Hubo discusión entre los
dos amigos sobre el cuarto donde sería la fiesta, y Agramunt, apoyado
por Judith, y fundándose en que la habitación de Zarzoso era más grande
y confortable, decidió no pasar del segundo piso.
Subieron la escalera cautelosamente, con paso de ladrón, para no
despertar a los vecinos, pues Zarzoso, en un resto de su austera
dignidad, no quería que en el hotel se apercibiesen de que por la noche
tenía mujeres en su cuarto.
Al entrar en éste, Judith arrojó su sombrero sobre la cama, y Nemo, con
impasibilidad filosófica, se introdujo bajo de ella, como perro de pocos
escrúpulos y acostumbrado a tales escenas.
Agramunt colocó sus provisiones sobre la mesa, y mientras tanto, la
rubia curioseaba, mirándolo y tocándolo todo y buscando sorpresas hasta
en el último de los rincones.
Después se sentó entre los dos amigos y atacó un pastel con la furia de
una niña golosa, tomando cuantas copas le ofrecían sus compañeros.
Zarzoso, por espíritu de imitación o instintivamente, buscaba también a
cada momento la botella, y de esto resultaba que el más sereno de los
tres era Agramunt, quien, por su parte, no se sentía muy seguro sobre
los pies.
Judith sonreía con aire bondadoso y hablaba del amor y de la amistad,
conmoviéndose a sí misma hasta el punto de que los ojos se le empañaban
de lágrimas.
A cada instante decía que iba a irse, pero no se movía del asiento;
antes bien, aseguraba que en aquel cuarto se estaba perfectamente, y
avanzaba su cabeza hacia Zarzoso con aire de gata enamorada, para que
continuase la interrumpida serie de besos.
De pronto se levantó de un salto y fué a colocarse ante la clara luna
del armario-espejo, encendiendo las dos bujías de sus ángulos y
acercando el quinqué para que su luz diese de lleno.
Parecía abstraída, ensimismada en su propia contemplación; no oía lo que
le decían, y se fijaba en sus facciones con tenacidad, como si
pretendiera encontrar en ella un nuevo encanto. Se arreglaba los rizos
de su cabellera, cruzaba los brazos sobre su nuca desperezándose y
tomando graciosas actitudes de estatua, e iba ensayando todos sus
gestos de modelo, sonriendo unas veces maliciosamente, como un tipo de
elegante acuarela, y mirando otras al cielo con la mística expresión de
un personaje de pintura sangrada.
Agramunt reía por lo bajo, sabiendo por experiencia lo que
inmediatamente iba a ocurrir, y tocando con su codo a Zarzoso, que
estaba abstraído en la contemplación de aquel hermoso cuerpo, en tan
diversas actitudes, le dijo por lo bajo:
--Pronto vendrá lo bueno. Esa chica, con su manía de contemplarse y
adorarse a sí misma, no puede ver un espeja sin que se plante
inmediatamente ante él. Ahora ensaya los gestos y las actitudes, pero
antes de cinco minutos ya se habrá desnudado para contemplarse las
carnes.
Y así ocurrió, efectivamente. Judith, sin dejar de mirar el espejo, como
si estuviera hipnotizada por aquella luna brillante con el reflejo de
tanta luz, comenzó a desabrochar su corpiño con cierta inconsciencia,
cual si cediera a la fuerza de un deseo supremo.
La chaqueta y la chambra cayeron al suelo; desabrochó las hombreras de
su camisa, aflojáronse las ataduras de su talle y, de repente, con un
movimiento instintivo, como una náyade que al alcanzar la playa se
sacude el manto de espumas y de algas, todas aquellas ropas se
deslizaron a lo largo de sus piernas, deteniéndose en las rodillas, y
salió a la luz aquella carne maciza, viciosa y que, sin embargo,
suavizada por las líneas de correcta ondulación y por las tintas
lechosas y sonrosadas, despertaba más la adoración artística que el
vehemente deseo sexual.
Un bucle de cabellos, semejante a una serpiente de oro, saltaba sobre
los hombros para descansar sobre aquellos pechos turgentes y reducidos
que se erguían con cierta fiereza; la espalda sólo se veía a trechos,
cubierta en parte por la revuelta madeja de cabellos, y el vientre,
pequeño y deslumbrante por su blancura, lucía como una luna de
hermosura, surgiendo sobre la mancha de sombra y las revueltas nubes de
tela que envolvían las piernas de la modelo.
La luz, corriendo a torrentes sobre aquella piel de raso, daba al cuerpo
de Judith todas las entonaciones del blanco; desde el blanco lechoso y
sólido de la flor de almendro hasta el blanco dorado de la camelia.
Judith parecía embriagada en su contemplación, y por sus labios
entreabiertos vagaba una sonrisa de triunfo, de orgullo y de majestad.
Se creía Venus surgiendo de las espumas del Océano, y el satén de su
cutis erizábase con ligeros escalofríos, como si sintiera la fría
caricia de las gotas del agua salada.
Era aquello una borrachera de orgullo al verse tan hermosa; una profunda
satisfacción al pensar en las miradas ávidas que tenía a sus espaldas,
contemplándola con apetito salvaje; y al mismo tiempo, como todo era
extraño en aquella extravagante criatura, a su fatuidad de _cocotte_
uníase el entusiasmo artístico, el ansia vehemente de ser útil al genio;
y contemplando con mirada amorosa sus pechos semejantes a cerradas
magnolias, su vientre de suave curva y el hermoso rubio de su pelo, que
brillaba con más intenso fulgor entre tanta blancura, murmuraba
melancólicamente:
--¡Rubens! ¡Oh, Rubens!... ¡Si me hubieses conocido!
Pero la cruel realidad vino a sacarla muy pronto de su entusiasmo
artístico.
Agramunt la pellizcó suavemente más abajo de la espalda, y ella se
volvió sonriente, creyendo encontrarse con la mano de Zarzoso; pero al
ver que era el periodista el autor de la broma, púsose furiosa y le
dijo:
--¡Tu, pequeño Marat! Márchate a dormir a tu cuarto. Aquí estorbas. No
permito bromas esta noche más que a ése, que es para quien me desnudo.
¡Largo! ¡A la calle en seguida!
Agramunt acogía con risotadas la indignación de aquella muchacha, que,
desnuda, iba de un lado a otro buscando el látigo para despedirle a
golpes; pero comprendiendo que era muy cierto aquello de que estorbaba,
cogió su palmatoria, y después de dar una vuelta por el cuarto
canturreando la marcha nupcial del tercer acto de _Lohengrin_ y de
desear a los dos muy felices noches, salió al pasillo y emprendió su
ascensión al último piso, mientras que Judith, abalanzándose a la
puerta, corría el cerrojillo.
Zarzoso no se había movido de su asiento; estaba asombrado, con la
mirada vaga, como si todo aquello fuese un sueño que se desvanecería
apenas despertase.
VIII
Nuevas caídas.
Cuando los relojes de la quinta Alcaldía de París y de la iglesia de San
Esteban del Monte lanzaron en el ancho espacio de la plaza del Pantheón
las campanadas que anunciaban las ocho de la mañana, Zarzoso, que no
estaba ni dormido ni despierto, pues se hallaba bajo la influencia de
una pesada modorra, se incorporó con violento impulso, y una vez
sentado en la cama, lanzó una mirada de asombro a su cuarto, que no le
parecía ya el mismo.
Sentía un violento dolor de cabeza, como si sobre su cerebro gravitase
la gigantesca masa del vecino Pantheón; notaba cierta torpeza en los
ojos, viéndolo todo turbio, y su lengua, inflamada y pastosa, parecía
estorbarle dentro de la boca, seca a consecuencia de lo mucho que había
bebido la noche anterior.
Tardó bastante tiempo en darse cuenta del lugar donde estaba, pues su
cerebro, entorpecido por los excesos, discurría con dificultad.
Parecíale al joven que acababa de despertar de un sueño cataléptico que
había durado algunos meses, a juzgar por la dificultad que encontraba en
ir recordando lo ocurrido antes de acostarse.
Un ruido que sonó dentro del cuarto le trajo a la realidad.
Junto a la ventana, por entre cuyas cortinas se filtraba el sol,
trazando arabescos de oro sobre la charolada madera del pavimento, un
perro feo y lanudo jugueteaba con un zapato. La vista de aquel animal
trajo rápidamente a Zarzoso a la realidad. Entonces fué cuando se dió
cuenta de que sus piernas, bajo las revueltas sábanas, rozaban algo que
despedía suave calor, y volviéndose contempló la misma cabeza que creía
haber visto en sueños, y que estaba allí, sobre la almohada, menos
hermosa que la noche anterior, con el cabello en enmarañada madeja, las
correctas facciones contraídas por el estertor de un brutal ronquido,
los polvos de arroz apegotados en un extremo de sus mejillas y el
bermellón de sus labios extendiéndose más allá de las comisuras de su
boca.
Zarzoso experimentó una inmensa decepción. Parecíale que desde muy alto
caía y caía hasta hundirse en el cieno de un charco sin fondo, y sintió
tentaciones de llorar como una virgen deshonrada al ver que de un modo
tan estúpido, en una noche de embriaguez, había perdido su prestigio de
amante casto y de joven de costumbres austeras, encanallándose con aquel
pingajo de carne hermosa que había rodado durante seis años por todas
las camas del Barrio Latino.
Sintió rabia contra su propia debilidad, indignóse por lo fácilmente que
había caído y murmuró, bajando su frente, en la que se extendía el rubor
al pensar en Madrid y en aquella mujer sencilla y pura, a la que todavía
amaba:
--¡Muy bien, señor Zarzoso! Puede usted estar satisfecho de su conducta.
En vez de estar triste y desalentado por el silencio de María, pasa
usted la noche emborrachándose como un pillete, y, por añadidura, se
entrega en brazos de la primer perdida que le sale al encuentro.
Y como si le produjera inmenso asco el contacto de aquel cuerpo de raso
que calentaba toda la cama, saltó inmediatamente de ésta y resumió el
furor que sentía contra sí mismo con estas amargas palabras:
--Ya no eres el mismo de ayer. Ahora eres un canalla.
El despertar de aquella noche de amor fué terrible. Entre los dos
amantes existía un visible despego, una falta de franqueza que hacía la
situación pesadamente embarazosa.
Judith, después de saltar de la cama, iba de un punto a otro del cuarto,
canturreando y afectando alegría, mientras hacía su _toilette_.
El joven, molestado por la presencia de aquella mujer, que evocaba en él
impulsos brutales, y a la que hubiese dado golpes de muy buena gana, por
vengarse de la caída que le había hecho sufrir, fumaba en un rincón del
cuarto, acogiendo con sonrisas que daban miedo cada una de las caricias
y los mimos que Judith pretendía hacerle.
Esta se vistió con gran prontitud, pues, según manifestaba, la estaría
esperando un artista con el que se había comprometido a servirle de
modelo en un cuadro que representaba a Clemencia Isaura en su poética
corte de amor; pero no debía tener gran prisa en acudir a la cita, por
cuanto rogó a Zarzoso que la convidase a almorzar.
El joven accedió de mala gana, pues le resultaba pesada en extremo
aquella aventurera, y deseaba separarse de Judith cuanto antes.
Salieron del hotel cogidos del brazo, y las miradas de asombre de la
dueña del establecimiento, que estaba en su despacho en la portería,
atormentaron a Zarzoso, que veía en una noche destruída su fama de
hombre serio y de costumbres arregladas.
Al atravesar la plaza del Pantheón, los carruajes engalanados de un
cortejo nupcial deteníanse ante el palacio de la Alcaldía del quinto
distrito.
Judith sonrió maliciosamente, y haciendo un gesto de asombro afectado
exclamó:
--¿Y aún hay quien se casa?... ¡Qué asco!
Estas palabras aún la hicieron más antipática a los ojos de Zarzoso.
El almuerzo resultó muy violento para el joven. Entraron en el mejor
restaurante del bulevard Saint-Michel, un establecimiento serio, en el
que no dejó de causar cierto escándalo el subversivo aspecto de Judith,
la cual, sin fijarse en el efecto que causaba, hizo toda clase de
habilidades para llamar la atención de los parroquianos y de la
servidumbre.
Zarzoso estaba avergonzado por una compañía tan ruidosa, así es que vió
el cielo abierto cuando llegó la hora de pagar y de despedirse sobre la
acera del bulevar.
Judith se alejó de él enviándole besos con sus dedos, lo que hacía
detener a los transeúntes; y aún retrocedió varias veces para rogarle
que no faltase aquella tarde, a las seis, en el café Vachette, donde
volverían a reunirse para pasar una noche tan alegre como la anterior.
--Puedes esperarme sentada--decía Zarzoso al alejarse--. Una y no más.
Bastante siento la infame caída de esta noche.
Zarzoso pasó todo el día melancólico, malhumorado y sin saber qué hacer,
pues no se sentía con la suficiente fuerza para ir a la Clínica. Paseó
en el Luxemburgo hasta las cinco, y como ya anocheciera, viendo que en
el vecino bulevar los cafés comenzaban a poblarse de gente que tomaba la
absenta, temió que Judith surgiera a su paso para atraparle, y se
dirigió a casa de Alvarez, con el intento de pasar allí unas cuantas
horas, proponiéndose después el ir a comer y acabar la noche al otro
lado del río, donde tenía la certeza de no encontrar a aquella sirena
del vicio.
Zarzoso, desde su caída, parecía que llevaba dentro de sí un principio
fatal que envenenaba su existencia, le hacía estar violento en todas
partes y no le permitía hablar con la misma franqueza e ingenuidad de
antes.
Su visita a don Esteban resultó muy dolorosa para el joven.
Estremecíase de miedo y sentía inmensa vergüenza al pensar lo que diría
aquel hombre envejecido si supiera que un joven que parecía tan
enamorado de su hija María pasaba la noche como un libertino y metía en
su mismo cuarto una mujer que escandalizaba el barrio.
Por una coincidencia, pero que hizo aumentar más aún la turbación de
Zarzoso, Alvarez, que estaba apenado por el silencio de su hija, comenzó
a hablar mal de ésta, al mismo tiempo que hacía la apología de su joven
amigo.
--Sí, señor. Es una infamia eso de dejar sin respuesta las cartas de
usted, rompiendo de un modo tan villano unas relaciones de amor que
parecían tan fuertes. ¿Quién podía esperar tal cosa de mi hija? ¡Cuán
pronto olvidan las mujeres sus juramentos de amor! Por eso exclama con
razón Shakespeare: "¡Fragilidad, tú tienes nombre de mujer!"
¡Abandonarlo a usted de ese modo; a usted, que es un joven honrado,
probo y de costumbres puras, condición que hoy es casi ya imposible de
encontrar!
Zarzoso, alarmado por estas palabras, que resultaban un sarcasmo en tal
situación, miraba fijamente al padre de María, sospechando si éste se
burlaba de él. Pero no tardó en convencerse de que Alvarez hablaba con
franqueza, pues siguió diciendo así, con acento de desesperación:
--Y lo más triste es que yo soy el autor de ese infortunio que usted
sufre. ¡Qué mala idea tuve yo al rogarle que manifestase a María su
origen y quién era su padre! De seguro que su silencio no reconoce otra
causa que esta indiscreción. ¡Oh! Es muy amargo decirlo; pero para las
jóvenes que al tener uso de razón se encuentran en alta esfera, resulta
muy difícil el reconocer su verdadero origen y al que les dió el ser, si
es que éstos son humildes. Tales descubrimientos, que hieren su amor
propio, las sublevan, las indignan, y son más que suficientes para que
el cariño se trueque en odio. Sí, vuelvo a repetirlo; María le ha
abandonado a usted por haberla dicho que yo soy su padre y que usted es
amigo mío. Hay para desesperarse al considerar que uno hace el mal sin
saberlo y que, viejo ya, solo e inútil, todavía sirve para matar la
felicidad de un joven como usted; para labrar su infortunio.
Alvarez demostraba tal sentimiento por la culpabilidad de que se hallaba
convencido; era tan vehemente su desesperación, que, conmovido Zarzoso,
estuvo varias veces próximo a interrumpirle para contarle todo lo que
ocurría.
El autor del rompimiento amoroso era ahora él mismo. Ya no podía exigir
explicaciones a María por su conducta, pues se sentía manchado y tenía,
en su conciencia de hombre puro, un remordimiento que le hacía
reconocerse como indigno para aspirar a la mano de una señorita honrada.
Pero Zarzoso no se sentía capaz de tan suprema franqueza, y calló,
dejando que Alvarez se sumergiera en la desesperación que le causaba el
haber intervenido indirectamente en los amoríos de los dos jóvenes.
Cada uno de los elogios que don Esteban hacía de su joven amigo era para
éste como una puñalada en la conciencia, y por eso, no pudiendo sufrir
tan incesantes tormentos, se apresuró a despedirse, y marchando a la
casa editorial donde trabajaba Agramunt pasaron ambos amigos el río y
fueron a terminar la noche en la Grande Opera.
El catalán se reía del temor que Zarzoso mostraba al pensar que podían
encontrarse con Judith, y con su ductilidad de buen amigo se prestaba a
encargarse de romper aquellas relaciones de una sola noche.
Transcurrieron cuatro días sin que el joven médico, que no salió del
Barrio Latino, viera por parte alguna la rubia cabellera de Judith. Esta
ausencia le tranquilizaba: Judith no era importuna, y, además, debía
haber comprendido que no tenía en él un adorador loco, y tal vez por
estas mismas consideraciones, por la seguridad que comenzaba a abrigar
de que la rubia no iría en su persecución, pensaba en ella más de lo que
le convenía, y, a pesar de todos sus esfuerzos mentales, no podía
desechar de su memoria el recuerdo de aquella noche tormentosa, con sus
placeres delirantes, que recordaba con la misma vaguedad que las escenas
de un ensueño.
Aquel encuentro vicioso había dejado en él una levadura de brutalidad
lasciva, y a esto atribuía Zarzoso el raro fenómeno que experimentaba,
pues a pesar de odiar a la hermosa rubia y de estremecerse al pensar que
ésta podía volver a su cuarto, complacíase, sin embargo, en ir
recordando las escenas de tal noche, y su carne se estremecía de placer
al pensar que podía repetirse la embriaguez amorosa.
Estaba Zarzoso ocupado en leer un libro nuevo que le había prestado un
compañero, y distraído, pensaba al mismo tiempo, con una confusión de
recuerdos que le avergonzaba, en su antigua novia, que no le escribía, y
en Judith, cuyo recuerdo le obsesionaba, cuando sonaron algunos leves
golpes en la entreabierta puerta de la habitación.
--Soy yo--dijo una voz que hizo estremecer a Zarzoso.
E inmediatamente entró en la habitación, sonriendo y con paso ligero, la
rubia Judith, que no conservaba de su aspecto de algunas noches antes
más que el látigo de cuero y _Nemo_, que marchaba siempre pegado a sus
faldas, como si fuese un adorno de éstas.
Llevaba un traje de la misma pana con que los artistas se hacían sus
chaquetones para trabajar en el taller e ir por el barrio, y la rubia
cabellera, arreglada ahora en forma de peinado griego, cubríala con una
gorrita cosaca de velludo astracán, de la que caía un blanco velillo
sobre el rostro.
El joven médico, a pesar de que momentos antes pensaba involuntariamente
en ella, al verla no pudo reprimir un movimiento de contrariedad.
Judith, afectando no ver aquel gesto, tomó asiento y comenzó a hablar
con tranquilidad.
No había venido a estorbarle. La visita era casual: pasaba por allí de
vuelta de un taller, donde había estado todo el día sirviendo de
modelo, y se decidió a subir en confianza, sin ir antes a su casita de
la calle Monge, a quitarse aquel traje que era el del trabajo.
Judith hablaba con naturalidad, sin afectación alguna, como si estuviera
en presencia de una amiga de confianza, y sin hacer la menor alusión a
aquella cita en el café Vachette, a la que había faltado Zarzoso.
Este, en vista de la tranquilidad y prudencia que demostraba la joven,
había vuelto a recobrar su confianza, y alegremente se afirmaba en su
idea de que todo había terminado entre los dos, y que las escenas de
aquella noche eran locuras sin consecuencias que ya no volverían a
repetirse.
Judith había tomado un cigarrillo de encima de la mesa, y con una pierna
montada en el brazo del sillón, hablaba calmosamente, mirando las aéreas
espirales de humo que bogaban tranquilamente hacia la abierta ventana
donde el viento iba arremolinándolas.
Zarzoso, ante la cordura de la joven, se espontaneaba como con un
compañero, y hablaba con el mismo abandono que si su interlocutor fuese
Agramunt.
¿Cómo fué aquella segunda caída? Zarzoso no pudo darse cuenta de ella;
obró más instintiva y ciegamente que la primera vez, con la agravante de
que en esta ocasión, la caída fué fría, sin arrebatos de pasión, como si
se sintiera empujado por una ruda e irresistible fatalidad.
A las siete, hora de la comida, salieron los dos del hotel cogidos del
brazo. Zarzoso demostraba la mayor indiferencia. ¿Qué le importaba ya
que le vieran en tal compañía? ¿A qué fingir hipócritamente una virtud
que estaba lejos de tener? Era un miserable, un cobarde sin energía ni
dignidad, que se sentía enloquecido ante una corrupción porque era
hermosa, y que no tenía voluntad para resistir la más leve de las
pérfidas insinuaciones de aquella mujer que llevaba al lado.
Judith le había aprisionado, le había convertido en un esclavo de su
lascivia, y él se resignaba al considerar que eran de rosas las cadenas
que le aprisionaban.
Agramunt quedó asombrado al ver de qué modo se había apoderado Judith
del ánimo de Zarzoso, el cual, después de su segunda caída, estaba
desalentado y se mostraba impotente para luchar.
El escritor había tenido siempre a Judith en concepto de mujer terrible,
pero no creía a Zarzoso capaz de rendirse con tanta facilidad: su
asombro se trocó en temor cuando aquella noche les oyó hablar a los dos
amantes de su futura vida arreglando la existencia que llevarían desde
aquella noche.
Ella se mostraría seria, evitaría el trato con sus antiguos amigos del
barrio y vivirían con la tranquilidad de burgueses unidos por el lazo
matrimonial. Judith miraba con ojos de ternura a Zarzoso y aseguraba a
Agramunt, único espectador de la escena, que jamás había amado a ningún
hombre como a aquel pequeño doctor.
Ella no abandonaría su linda habitación de la calle Monge, que jamás
había dejado a pesar de todos sus galanteos y en la que nunca permitió
la entrada a sus amigos. Allí tendría su vestuario, sus secretos, los
objetos de su intimidad, pero, aparte de esto, dormiría en el hotel de
la plaza del Pantheón, comería con Zarzoso, pasearía con él, y mientras
éste estuviera en las clínicas, ella se ocuparía en sus visitas y
quehaceres.
Habló de seguir sirviendo de modelo para ayudar a los gastos de la nueva
existencia, pero Zarzoso protestó con una energía tan rotunda, que en
ella se notaba un principio de celos.
Agramunt estaba admirado. ¿Qué le había dado la gran perdida a aquel
muchacho tan sensato para volverle de tal modo el juicio y convertirlo
en un estúpido?
A media noche, mientras Judith, con aire de señora absoluta, se acostaba
en la cama de Zarzoso, éste y Agramunt tuvieron una explicación en los
pasillos del hotel.
--Pero, hombre--decía el periodista--. ¿Te parece sensato eso que haces?
Yo quería que te divirtieras, que no vivieras como un topo melancólico
metido entre estas paredes; pero de eso a que te líes seriamente con una
mujerzuela como Judith hay una distancia inmensa. Esto que haces me
repugna; no puedo ver con calma que estés tan encaprichado por una
perdida que es popular en todo el barrio. ¿Has pensado bien el papel
ridículo que vas a hacer? Y lo que más me indigna es que parece que
estás enamorado de ese harapo. Antes, en el café, me daban ganas de
reír, y al mismo tiempo sentía deseos de llorar de rabia al ver con qué
energía de hombre celoso te oponías a que Judith siguiera visitando los
estudios como modelo. ¡Celoso tú! ¿Celoso de una mujer que hasta ha
dormido con los garzones de los hoteles?
Zarzoso parecía muy contrariado por la justa reprimenda de su amigo,
pero aún tuvo energía para contestar: