correctas y armoniosas líneas del cuerpo humano, fueron siempre la
perdición de Judith. Pasaba indiferente de unos brazos a otros, sin
llegar a preguntarse nunca si estaba realmente enamorada de alguno; se
entregaba a todos, porque esto le daba ocasión para lucir la esplendidez
de su cuerpo, para enorgullecerse con la admiración que inspiraba y los
elogios que la dirigían, y justamente por esto prefería a los pintores,
que eran los que mejor sabían apreciar las ondulantes líneas de sus
formas.
Rodando de estudio en estudio, conoció al _signor Luigi_, modelo
italiano, avariento, villano y rufián, que se hacía pagar muy bien las
sesiones en que mostraba ante el artista su musculatura, que parecía
modelada sobre una de las estatuas sublimes de la Grecia clásica.
Aquel bandido napolitano, con su pelo a la romana y su sombrerito
calabrés graciosamente abollado, a pesar de que gozaba fama de
corresponder a la pasión de las mujeres sacándoles el dinero y
golpeándolas, fué quien logró interesar el corazón de Judith, que se fué
a vivir con él, y le perseguía agitada por celos furiosos, recibiendo
todos sus desdenes y sus injurias brutales con la pasividad que el
esclavo demuestra ante el señor absoluto.
La misma mujer, que de vez en cuando, al sentirse aburrida por las
agitaciones del Barrio Latino, pasaba al otro lado del Sena para
distraerse con la vida elegante, y era la querida desdeñosa de
millonarios y altos personajes, tenía su corazón a merced de un tipo
despreciable, que con sus golpes, sus latrocinios y sus desprecios,
vengaba sin saberlo los disgustos que Judith causaba a sus adoradores
más distinguidos.
Transcurría a veces un año sin que la joven volviera a juntarse con el
modelo italiano, pero siempre le amaba y le buscaba, solicitándolo con
aquella loca pasión de la forma artística que en ella era ya una manía.
Acogía los desdenes de Luigi con una resignación sin límites; una mirada
benévola de él la hacía sonreír, y la menor de sus palabras era para
ella como una orden imperiosa.
Agramunt, después de relatar estos amores de Judith con el italiano, se
reconocía ya impotente para reseñar lo restante de su vida.
--Mira, chico--decía a Zarzoso--. Yo creo que ni ella misma sabe el
número de amantes que ha tenido en esta vida. Muchos la han poseído sin
que ella, en la loca prodigalidad de su cuerpo, llegara a apercibirse.
Yo mismo la tuve en mis brazos después de una noche en que paseamos por
el barrio con el estruendo propio de una tempestad, y de seguro que si
se lo pregunto dirá que no se acuerda de nada. Ha tenido amores creo que
en todos los distritos de París, y lo más notable, lo sorprendente es
que, no obstante siete años de una vida tan agitada y de continuas
caricias, su cuerpo está tan fresco como cuando era _ecuyère_ en el
Hipódromo; sus formas artísticas de Venus clásica, consérvanse intactas
a pesar de la continua caricia del vicio, y no parece sino que ese
cuerpo de juventud milagrosamente eterna ha sido bañado en la Estigia
para permanecer insensible a las injurias del tiempo y a los contagios
de la crápula... ¡Ah, querido!--continuó Agramunt--; si ese perro que
está ahí sentado con la gravedad de un senador pudiera hablar, de seguro
que nos contaría cosas muy lindas.
Zarzoso escuchaba con atención aquella historia aventurera que le
relataba su amigo, y experimentaba tan pronto una impresión de asombro
como de asco.
¡Vaya un pingajo la tal Judith, que pasaba de mano en mano, como un
objeto de risa, a lo largo de una cadena de hombres que se perdía en el
infinito!
Pero al mismo tiempo causábale cierta impresión atractiva aquella
existencia bohemia, y especialmente la extraña dignidad que la obligaba
a no recibir dinero de sus amantes.
A pesar de todo esto, Zarzoso no parecía sentir la admiración que
demostraba Agramunt al hablar de aquella aventurera.
El la tenía por un tipo algo interesante, por una mujer estrambótica,
que únicamente podía vivir tranquila en medio de las locuras del Barrio
Latino, pero cuya amistad debía evitarse por toda persona seria que
deseara entregarse al estudio.
El tenía ya formado su plan para aquella noche. Permanecería con
Agramunt y Judith hasta media hora después, que era cuando comenzaba el
baile, y entonces los dejaría, yéndose tranquilamente a su casa para
entregarse a la lectura de un libro recién publicado.
¡Bien estaría que él pasase la noche haciendo locuras, justamente cuando
estaba furioso por aquel silencio incomprensible que guardaba María! No
quería exponerse otra vez a la molesta atención de todos, paseando con
Judith del brazo por el bulevar Saint-Michel.
Zarzoso reflexionaba, y Agramunt entreteníase en hacer cosquillas a
_Nemo_ para obligarle a gruñir, cuando en la puerta del café apareció la
ondulante capa de seda y la suelta cabellera de Judith, provocando un
nuevo movimiento de curiosidad en los encandalizados parroquianos y
furibundas miradas en la empleada que ocupaba el mostrador.
A las diez salieron del café, Judith en medio de los dos amigos, y el
perro abriendo la marcha.
Zarzoso estaba decidido a despedirse así que llegasen a la esquina de la
calle de Souflot y mientras tanto, marchando a paso lento, escuchaba a
la rubia, que con entonación juiciosa y aire tranquilo, hablaba de las
grandezas del arte, de los pintores Carolus Durán y Bonnat, del escultor
Falguieres y de otras eminencias del arte, a los que conocía por su
oficio de modelo.
Al llegar frente a la calle que conducía a la plaza del Pantheón,
Zarzoso intentó despedirse, provocando con esto un estallido de
protestas en sus dos acompañantes.
--¿Eh? ¿Qué es esto?--le dijo Agramunt en español--. ¿Quieres burlarte
de nosotros? ¿Te parece que podemos consentir que vayas a aburrirte al
hotel, mientras nosotros nos divertimos? Vente a Bullier. Me parece que
este encuentro que hemos tenido bien vale la pena de que hagas este
sacrificio.
Judith intervino con la mayor finura:
--Caballero, sea usted amable, y acceda a los deseos de su amigo;
acompáñenos usted, yo se lo ruego.
Y al decir esto ponía su manecita enguantada en un hombro de Zarzoso, y
se acercaba tanto a él, que le rozaba el chaleco con su pecho recto,
firme y turgente, que no llevaba encerrado en las ballenas del corsé,
pues ella, satisfecha de su belleza, no usaba nunca esta prenda, por
estar convencida de que deformaba su cuerpo.
Zarzoso se estremeció de pies a cabeza con aquel contacto; pero a pesar
de esto, volvió a negarse a ir al baile.
--Pues al menos--dijo la joven--, ya que es usted tan testarudo que no
quiere entrar en Bullier, acompáñenos hasta la puerta y allí le
dejaremos. Vamos; en marcha.
Y enlazando su brazo con el del médico, le empujó con una rudeza que
demostraba la fuerza de un antigua _ecuyère_.
Zarzoso se dejó llevar por Judith, andando ambos con lento paso,
mientras que Agramunt iba delante, echando ojeadas a todas las muchachas
que paseaban solas, con el deseo de formar una pareja que armonizase con
la que marchaba detrás de él.
El escritor no se había ilusionado aquella noche acerca de Judith.
Adivinaba que ésta sentía cierto interés por Zarzoso, y él se proponía
dejar el campo libre. Le halagaba la idea de que su amigo, a pesar de
toda su gravedad, fuese también de los que aquella muchacha arrastrase
en su torbellino. ¡Tendría gracia ver a un chico tan preocupado por el
silencio que guardaba su novia de Madrid, enamorarse de aquella carne
milagrosamente intacta, a pesar del tiempo y del continuo roce y que
ningún hombre podía mirar sin sentirse brutalmente atraído!
El no haría nada por su parte, para que Zarzoso cayera en la tentación;
pero... ¡allá él! si es que era débil y la caprichosa Judith tenía deseo
de saber cómo resultaba en la intimidad un muchacho austero, casi
virgen, dedicado por completo al estudio, con rostro de persona grave y
gafas de sabio.
Cuando llegaron a la terminación de la avenida del Observatorio, vieron
que la concurrencia en el bulevar iba engrosando, y que todos marchaban
en la misma dirección.
Al volver un ángulo, apareció Bullier, con su fachada árabe alumbrada
por hileras de llameante gas, encerrado en vasos de colores que
afectaban la forma de flores exóticas.
Los carruajes de alquiler, llegando en veloz carrera, deteníanse ante el
dentado arco de la puerta, donde la policía iba de un lado a otro para
impedir la aglomeración de gente. Una turba de ramilleteras y de
pequeños vendedores de toda clase de artículos pululaban en torno de la
estatua del bravo mariscal Ney, deteniendo a los transeúntes para
ofrecer su género.
Zarzoso, al verse junto a la puerta del baile y confundido ya entre la
multitud que pugnaba por entrar, hizo un movimiento de retroceso, e
intentó desasir su brazo del de Judith, interrumpiendo a ésta en lo
mejor de su conversación seria y elevada sobre el arte.
--¡Cómo! ¿Se va usted?
--Sí, señorita. Sólo he prometido acompañarla hasta el baile y ahora
permítame que me retire.
--¡Qué desgraciada soy!--murmuró la rubia--. A mí me gusta mucho el
conversar con un señor serio e instruído como usted lo es, y a usted por
lo visto no le resulta muy simpático mi trato.
Zarzoso se hacía el sordo y miraba a todas partes, buscando con los ojos
a Agramunt, pero no lograba verlo entre aquella multitud. Sin duda, el
escritor, para complicar más la situación de su amigo, se había
escabullido voluntariamente.
--¿Pero dónde estará ese pillo?--murmuraba Zarzoso.
--¡Oh! Adivino la causa de su desaparición. Sin duda habrá encontrado
alguna antigua amiga, y confiando en que usted me servirá de caballero
esta noche, nos ha dejado plantados. Esto está muy mal hecho, sí, señor,
muy mal hecho; es dejar a una mujer en un compromiso que avergüenza.
¿Cómo voy a entrar en el baile, sola, con aspecto de abandonada y sin un
amigo que me dé el brazo?
Lanzó la joven una mirada, de aquellas que se habían hecho célebres en
el barrio por su voluptuosidad irresistible, y con acento mimoso de niña
mal criada, murmuró junto a su oído:
--¡Ah! ¡Si usted fuese tan amable que se prestara a ser mi caballero,
aunque sólo fuera para entrar en el salón!... ¡Si llegase su
condescendencia hasta ese punto!
Zarzoso intentó resistirse, pero aquel diablejo dorado, que parecía
adivinar el punto vulnerable en su armadura de castidad, suplicándole
con los ojos, se rozaba marrulleramente contra el chaleco del joven, y
éste, al sentir el contacto de aquellos pechos duros y vírgenes, iba
debilitando su tenaz negativa.
Le pareció que Judith le miraba con cierto desprecio, como si se hallara
en presencia de un tacaño, que por no gastar dinero se negaba a
acompañarla. Esto dió al traste con toda su austeridad, ¡Qué diablo! El
no era ninguna doncellita pudorosa que por entrar en Bullier perdería su
prestigio virtuoso, y, además, bien podía meterse llevando una mujer del
brazo, pues otros lo hacían valiendo tanto como él.
Estaba decidido; adentro, pues: al fin y al cabo, aquella noche de loca
diversión le serviría para olvidar el silencio de su novia, que tan
apenado le tenía.
Remolcando a Judith, la cual, por su parte, se abría paso con sus puños
de acero, atravesando la muchedumbre que se agolpaba en el despacho de
billetes y en el guardarropa, bajaron la ancha escalinata que conducía
al gigantesco salón del baile.
La bulliciosa juventud del barrio se había posesionado de aquel encerado
pavimento, obligando a refugiarse en las tribunas a gran parte del
elemento elegante y correcto que había venido de la otra orilla del
Sena.
Lo que se había anunciado como una fiesta _chic_, a la que concurrían
los elegantes del centro de París y las princesas de los grandes
bulevares, iba a terminar en una fiesta de estudiantes con todas sus
locuras y sus grotescos desvaríos.
El salón de baile, al entrar Zarzoso, presentaba un aspecto grotesco y
casi infernal. Aquello era un sábado de la Edad Media, con sus danzas
diabólicas y su música discordante. La orquesta sólo tocaba cuadrillas,
con gran acompañamiento de timbales y platillos, y un inmenso pataleo
conmovía el pavimento y hacía trepidar el techo, hasta el punto de que
oscilasen los faros de luz eléctrica.
La danza macabra resultaba tranquila, en comparación con la de aquella
masa de estudiantes y muchachas, que se agitaban con el deseo de
producir un escándalo mayúsculo que espantase a las gentes correctas del
otro lado de París, que habían acudido a invadir el barrio. Bailaban sin
ajustarse a reglas de ninguna clase. Hombres y mujeres se agarraban del
brazo, y formando corro, pateaban como locos y echaban las piernas al
aire, hasta que por fin llegaba el _monomio_, nombre que los estudiantes
dan a la serpenteante filia que forman agarrándose unos a otros de los
hombros, y con sus vertiginosas evoluciones barría el salón hasta en
sus últimos extremos, arrojando al suelo a los danzarines.
Zarzoso se detuvo indeciso al pie de la escalinata, mirando con cierta
inquietud aquel ruidoso aquelarre, mientras que Judith sonreía encantada
por aquel desorden para ella embriagador, y dilataba ansiosamente las
alillas de su nariz aspirando placenteramente la pesada atmósfera que
levantaba el gigantesco pataleo.
A pesar de esto no tardó en sentir alguna inquietud al ver que muchos de
aquellos alborotadores fijaban en ella su mirada de antiguos amigos; y
deseosa de no ser arrastrada por el bullicioso torrente, y para evitar
una ovación de aquella masa, que la desconceptuaría a los ojos de
Zarzoso, le dijo a éste:
--Vamos a las tribunas. Esos locos me conocen, y si me ven son capaces
de cometer una tontería.
Ya eran varias las muchachas que sobresalían en aquel mar de cabezas, y
que pasaban de hombro en hombro, empujadas por rudas manos, entre
ruidosas carcajadas y mostrando en el aire desnudeces que provocaban
comentarios cínicos. Zarzoso reconoció también en el tumulto el blanco
chambergo y las melenas de Agramunt, que en aquel oleaje de cabezas iba
de un punto a otro. El escándalo y el estruendo eran los elementos
favoritos de aquel mala cabeza.
Judith y Zarzoso ocuparon un volador en una de las tribunas, y bebiendo
cerveza tranquilamente vieron cómo entraba un pelotón de Guardia
republicana, llamado por los inspectores del baile, que se reconocían
impotentes para restablecer el orden.
Los alborotadores fueron expulsados, disolvióse el tempestuoso grupo, y
media hora después se había restablecido la calma y bajaban a danzar o a
pasarse sobre el encerado pavimento las _cocottes_ del barrio de Europa
o del de Nuestra Señora de Loreto, con los gomosos flamantes, de camelia
en el ojal y monóculo en el ojo.
El joven médico bajó también llevando del brazo a su compañera.
La atmósfera voluptuosa del baile se había apoderado de Zarzoso, que
estaba completamente aturdido, hasta el punto de no pensar en nada.
Judith le hablaba al oído, mareándole con su perfume y diciéndole cosas
picantes que le hacían sonreír con expresión de estúpida bondad, y por
otra parte, aquella orquesta ruidosa, infernal, atronadora, tocando
siempre aires canallescos, le atontaba y producía en su cuerpo un deseo
de movimiento, de agitación y de escándalo.
Dos horas pasaron vagando por aquel salón, que parecía un mundo.
A instigación de Judith paráronse ante todos los puestos de venta de
champaña, donde unas cuantas _cocottes_ retiradas despachaban sus
botellas a fuerza de sonrisas, de miradas y de besos, y en cada una de
las mesillas apuraron unas cuantas copas de ese vino enloquecedor, suave
y fantástico que es el principal adorno del vicio.
Zarzoso estaba alegre a los pocos paseos por el salón; Judith reía a
carcajadas como una loca, y únicamente conservaba su serenidad para
evitar las miradas y los saludos de los muchos amigos que tenía en el
baile.
Preludió la orquesta un vals de Metra, de esos que hacen que los pies se
muevan instintivamente, y Zarzoso no supo cómo pasó aquello, pero lo
cierto fué que él, que no había bailado nunca, se encontró de repente
dando vertiginosas vueltas sobre aquel resbaladizo pavimento y llevando
cogida por la cintura a Judith, que era la que, más diestra en la danza,
le remolcaba a él.
El joven pensaba, a pesar de las espesas sombras que comenzaban a
envolver su cerebro, en que Bullier era un punto bastante divertido y
que había sido antes un imbécil al negarse a entrar con tanta tenacidad.
Tenía entre sus brazos aquel cuerpo joven, fresco y erguido que esparcía
en torno el ambiente propio de la hermosura, y a pesar de que el
champaña embotaba algo sus sentidos, estremecíase al contacto de aquella
cintura cimbreante y libre de ballenas que abarcaba con su brazo, y
aquella carne que aplastaba su dureza elástica sobre su chaleco.
Dieron vueltas vertiginosas mientras duró el vals, sin fijarse en que
Agramunt, ocultándose tras las columnas, y esquivando su encuentro, reía
ruidosamente con la estúpida carcajada de la embriaguez de vino y
escándalo, al ver a su amigo el doctor, siempre tan grave y austero,
dando vueltas como una peonza, arrastrado por los forzudos brazos de
Judith.
Esta sentíase acometida de todos los caprichos, y llevaba tras sí a
Zarzoso, que, mareado por el champaña y por el contacto de aquella
carne, que a tanta gente había enloquecido, la obedecía como un
colegial.
Al terminar el vals la rubia compró cuantas chucherías se vendían en el
baile, jugó en el billar romano y en cuantos aparatos se habían colocado
en el salón para arrancar el dinero a los concurrentes, y Zarzoso a cada
punto tenía que sacar su portamonedas, sosteniendo verdaderas batallas
con Judith, que ya le tuteaba y se empeñaba en pagar ella misma, siempre
fiel a su decisión de no tomar el dinero de sus amantes.
La orquesta preludió la última cuadrilla del baile, que es siempre la
más tempestuosa, y Zarzoso, llevando agarrada de la cintura a su
compañera, colocóse en un corro, en el centro del cual iban a bailar las
cuatro cancanistas más famosas en la opuesta orilla del Sena. Eran
muchachas de aspecto agranujado, que parecían conservar aún en sus
personas el ambiente de los mercados o de las porterías donde habían
pasado su niñez, pero que se presentaban con costosos sombreros,
cubiertas de seda y haciendo centellear a cada uno de sus movimientos el
irisado reflejo de numerosos brillantes.
Nunca había visto Zarzoso bailar la cuadrilla con tanto cinismo, con tan
tranquila desvergüenza. A los pocos compases, de entre las blancas nubes
de almidonadas enaguas, surgían las veloces pantorrillas cubiertas con
medias negras, cuya seda marcaba el suave y abultado contorno de los
músculos de las bailarinas; pero aquello fué sólo d preludio, pues
conforme la atropellada música aumentaba en viveza, extremábanse las
actitudes del baile, haciéndose más cínicos y descocados los
movimientos, y las faldas, moviéndose de un lado para otro,
arremolinándose como el empuje del torbellino de aquella tempestad
musical, dejaban al descubierto los pantalones de encaje de traidora
sutilidad, mil veces más inmoral que el franco desnudo, pues aumentaban
la excitación y el deseo con la rosada carne que transparentaban y las
sombras que dejaban entrever.
Aquel descocado espectáculo era para Zarzoso como la chispa que hacía
estallar la mina de su continencia. Los deseos, dormidos durante tanto
tiempo dedicado a la ciencia y a un amor puro y espiritual, despertaban
ahora hambrientos y poseídos de salvaje furia, reclamando su parte por
el tiempo que habían permanecido inactivos y como muertos. Experimentaba
el joven escalofríos extraños y oprimía convulsamente la cintura de
Judith, crispando su mano sobre la tela, como si pretendiera rasgarla
para llegar a la carne anhelada.
La rubia le miraba fijamente, sonriendo con malicia, y fingiendo cómica
extrañeza exclamaba:
--Pero, ¿qué es eso, niño? ¿Qué atrevimientos son éstos? ¿No hemos
quedado antes en que yo era la mamá?
--¡Vámonos! ¡Vámonos pronto de aquí!--contestaba Zarzoso con acento de
ardiente súplica y con voz que apenas se le oía, pues tenía la boca
seca y parecía que la lengua iba a pegársele al paladar.
Terminó el baile, y la gente comenzó a salir del salón. En el
guardarropa, mientras Zarzoso se ponía su gabán y ayudaba a Judith a
colocarse la capa de seda, apareció Agramunt, que se mostraba furioso
por habérsele escapado una conquista que creía ya realizada.
Los tres salieron a la calle y allí no tarado en reunírseles _Nemo_,
perro discreto y bien educado, que de antiguo tenía la costumbre de
esperar a su ama a la puerta de Bullier en las noches de baile.
El fresco de la noche pareció disipar un tanto la embriaguez de los
tres; pero esto no les impidió seguir haciendo locuras, pues la fiesta
iniciada en Bullier continuaba sobre las aceras del bulevar. Los grupos
de hombres y mujeres, cogidos del brazo y en fila, andaban a saltos
cantando a grito pelado, a pasar de las reconvenciones de las parejas de
Policía; y de una a otra acera cruzábase un tiroteo de chistes y de
insultos, dichos sin dejar de reírse y con voz atronadora que despertaba
a los vecinos pacíficos.
Judith estaba encantada por aquella noche que le resultaba muy
divertida. Reía, cantaba cuplés y lanzaba el grito de moda en el barrio
a los que iban por la acera opuesta; pero no soltaba el brazo de
Zarzoso, al que dirigía voluptuosas miradas, y dos o tres veces que
Agramunt se atrevió a pellizcarla con disimulo, le contestó con un
latigazo.
Al llegar a la entrada de la calle de Soufflot reuniéronse los tres para
celebrar consejo. Judith hablaba de irse sola a su casa a dormir, pero
lo decía de un modo tan débil y vago, que daba a entender que en lo que
menos pensaba era en esto.
Agramunt, que en tratándose de fiestas y de holgorio era un atroz e
incansable apuracabos, habló de comprar una botella de un _Marssala_
notable que vendían en una taberna del barrio y algunos pasteles, para
ir a acabar la jornada en el hotel de la plaza del Pantheón.
Judith, que hablaba de retirarse, aceptó inmediatamente.
--Bueno, hijos míos; iremos a vuestra casa; pero por una hora nada más.
Así que toquen las dos me voy a mi casa; hay que tener buena conducta,
pues esto da distinción... ¡Tú, descamisado!--continuó dirigiéndose a
Agramunt--. No me pellizques las piernas, o de lo contrario te cruzo la
cara con el látigo.
Agramunt se fué a comprar la botella y los pasteles, diciendo que ya
los alcanzaría a los dos, y la pareja, precedida por el perro, comenzó a
subir con lento paso la calle de Soufflot.
Zarzoso parecía un imbécil, pues demostraba no darse cuenta de lo que le
sucedía. Caminaba al lado de Judith llevándola siempre agarrada por la
cintura, y el perfume de la hermosa rubia y sus miradas de fuego
parecían aumentar la ebullición del champaña que tenía en el estómago, y
cuyo humo se le subía a la cabeza.
En aquella embriaguez de deseo, apenas si se había enterado del plan
propuesto por Agramunt, y lo único que sabía es que iban al hotel. Esto
le hacía reflexionar en su excepcional estado, mientras que Judith
caminaba canturreando, apoyada la cabeza en su hombro y rozándole la
nariz con las plumas de su sombrero.
¿Iban al hotel? No tenía inconveniente en ello; pero la fiesta no sería
en su cuarto, sino en el de Agramunt. Sobrevivía en el joven, a pesar de
su embriaguez, un resto de pudor, de consideración para sus antiguos
amores, y no quería que sirviese para una escena de crápula aquel cuarto
donde tan puramente había soñado y donde gozó inefable placer
escribiendo a María y leyendo las cartas de ésta.
Pasaron la parte de la calle de Soufflot, ocupada por los ruidosos cafés
estudiantiles, y al llegar a aquella donde gigantescos y cerrados
edificios oficiales proyectaban densa sombra, Judith inclinóse con mayor
desmayo sobre el hombro de su joven acompañante, esperando que la
obscuridad alentara a éste para un atrevimiento cualquiera.
Zarzoso seguía caminando como un sonámbulo, y obsesionado por la misma
idea fija, con la tenacidad de un beodo.
No; aquella fiesta de última hora no sería en su cuarto. Ya que Agramunt
era quien la había propuesto, debían reunirse en su habitación, en
aquella buhardilla donde no existían recuerdos sagrados y por donde
había desfilado toda la carne femenil, gastada y en venta, que existía
en el barrio.