Aquella brutal afición al arte, aquella adoración al desnudo y a las

correctas y armoniosas líneas del cuerpo humano, fueron siempre la

perdición de Judith. Pasaba indiferente de unos brazos a otros, sin

llegar a preguntarse nunca si estaba realmente enamorada de alguno; se

entregaba a todos, porque esto le daba ocasión para lucir la esplendidez

de su cuerpo, para enorgullecerse con la admiración que inspiraba y los

elogios que la dirigían, y justamente por esto prefería a los pintores,

que eran los que mejor sabían apreciar las ondulantes líneas de sus

formas.

Rodando de estudio en estudio, conoció al _signor Luigi_, modelo

italiano, avariento, villano y rufián, que se hacía pagar muy bien las

sesiones en que mostraba ante el artista su musculatura, que parecía

modelada sobre una de las estatuas sublimes de la Grecia clásica.

Aquel bandido napolitano, con su pelo a la romana y su sombrerito

calabrés graciosamente abollado, a pesar de que gozaba fama de

corresponder a la pasión de las mujeres sacándoles el dinero y

golpeándolas, fué quien logró interesar el corazón de Judith, que se fué

a vivir con él, y le perseguía agitada por celos furiosos, recibiendo

todos sus desdenes y sus injurias brutales con la pasividad que el

esclavo demuestra ante el señor absoluto.

La misma mujer, que de vez en cuando, al sentirse aburrida por las

agitaciones del Barrio Latino, pasaba al otro lado del Sena para

distraerse con la vida elegante, y era la querida desdeñosa de

millonarios y altos personajes, tenía su corazón a merced de un tipo

despreciable, que con sus golpes, sus latrocinios y sus desprecios,

vengaba sin saberlo los disgustos que Judith causaba a sus adoradores

más distinguidos.

Transcurría a veces un año sin que la joven volviera a juntarse con el

modelo italiano, pero siempre le amaba y le buscaba, solicitándolo con

aquella loca pasión de la forma artística que en ella era ya una manía.

Acogía los desdenes de Luigi con una resignación sin límites; una mirada

benévola de él la hacía sonreír, y la menor de sus palabras era para

ella como una orden imperiosa.

Agramunt, después de relatar estos amores de Judith con el italiano, se

reconocía ya impotente para reseñar lo restante de su vida.

--Mira, chico--decía a Zarzoso--. Yo creo que ni ella misma sabe el

número de amantes que ha tenido en esta vida. Muchos la han poseído sin

que ella, en la loca prodigalidad de su cuerpo, llegara a apercibirse.

Yo mismo la tuve en mis brazos después de una noche en que paseamos por

el barrio con el estruendo propio de una tempestad, y de seguro que si

se lo pregunto dirá que no se acuerda de nada. Ha tenido amores creo que

en todos los distritos de París, y lo más notable, lo sorprendente es

que, no obstante siete años de una vida tan agitada y de continuas

caricias, su cuerpo está tan fresco como cuando era _ecuyère_ en el

Hipódromo; sus formas artísticas de Venus clásica, consérvanse intactas

a pesar de la continua caricia del vicio, y no parece sino que ese

cuerpo de juventud milagrosamente eterna ha sido bañado en la Estigia

para permanecer insensible a las injurias del tiempo y a los contagios

de la crápula... ¡Ah, querido!--continuó Agramunt--; si ese perro que

está ahí sentado con la gravedad de un senador pudiera hablar, de seguro

que nos contaría cosas muy lindas.

Zarzoso escuchaba con atención aquella historia aventurera que le

relataba su amigo, y experimentaba tan pronto una impresión de asombro

como de asco.

¡Vaya un pingajo la tal Judith, que pasaba de mano en mano, como un

objeto de risa, a lo largo de una cadena de hombres que se perdía en el

infinito!

Pero al mismo tiempo causábale cierta impresión atractiva aquella

existencia bohemia, y especialmente la extraña dignidad que la obligaba

a no recibir dinero de sus amantes.

A pesar de todo esto, Zarzoso no parecía sentir la admiración que

demostraba Agramunt al hablar de aquella aventurera.

El la tenía por un tipo algo interesante, por una mujer estrambótica,

que únicamente podía vivir tranquila en medio de las locuras del Barrio

Latino, pero cuya amistad debía evitarse por toda persona seria que

deseara entregarse al estudio.

El tenía ya formado su plan para aquella noche. Permanecería con

Agramunt y Judith hasta media hora después, que era cuando comenzaba el

baile, y entonces los dejaría, yéndose tranquilamente a su casa para

entregarse a la lectura de un libro recién publicado.

¡Bien estaría que él pasase la noche haciendo locuras, justamente cuando

estaba furioso por aquel silencio incomprensible que guardaba María! No

quería exponerse otra vez a la molesta atención de todos, paseando con

Judith del brazo por el bulevar Saint-Michel.

Zarzoso reflexionaba, y Agramunt entreteníase en hacer cosquillas a

_Nemo_ para obligarle a gruñir, cuando en la puerta del café apareció la

ondulante capa de seda y la suelta cabellera de Judith, provocando un

nuevo movimiento de curiosidad en los encandalizados parroquianos y

furibundas miradas en la empleada que ocupaba el mostrador.

A las diez salieron del café, Judith en medio de los dos amigos, y el

perro abriendo la marcha.

Zarzoso estaba decidido a despedirse así que llegasen a la esquina de la

calle de Souflot y mientras tanto, marchando a paso lento, escuchaba a

la rubia, que con entonación juiciosa y aire tranquilo, hablaba de las

grandezas del arte, de los pintores Carolus Durán y Bonnat, del escultor

Falguieres y de otras eminencias del arte, a los que conocía por su

oficio de modelo.

Al llegar frente a la calle que conducía a la plaza del Pantheón,

Zarzoso intentó despedirse, provocando con esto un estallido de

protestas en sus dos acompañantes.

--¿Eh? ¿Qué es esto?--le dijo Agramunt en español--. ¿Quieres burlarte

de nosotros? ¿Te parece que podemos consentir que vayas a aburrirte al

hotel, mientras nosotros nos divertimos? Vente a Bullier. Me parece que

este encuentro que hemos tenido bien vale la pena de que hagas este

sacrificio.

Judith intervino con la mayor finura:

--Caballero, sea usted amable, y acceda a los deseos de su amigo;

acompáñenos usted, yo se lo ruego.

Y al decir esto ponía su manecita enguantada en un hombro de Zarzoso, y

se acercaba tanto a él, que le rozaba el chaleco con su pecho recto,

firme y turgente, que no llevaba encerrado en las ballenas del corsé,

pues ella, satisfecha de su belleza, no usaba nunca esta prenda, por

estar convencida de que deformaba su cuerpo.

Zarzoso se estremeció de pies a cabeza con aquel contacto; pero a pesar

de esto, volvió a negarse a ir al baile.

--Pues al menos--dijo la joven--, ya que es usted tan testarudo que no

quiere entrar en Bullier, acompáñenos hasta la puerta y allí le

dejaremos. Vamos; en marcha.

Y enlazando su brazo con el del médico, le empujó con una rudeza que

demostraba la fuerza de un antigua _ecuyère_.

Zarzoso se dejó llevar por Judith, andando ambos con lento paso,

mientras que Agramunt iba delante, echando ojeadas a todas las muchachas

que paseaban solas, con el deseo de formar una pareja que armonizase con

la que marchaba detrás de él.

El escritor no se había ilusionado aquella noche acerca de Judith.

Adivinaba que ésta sentía cierto interés por Zarzoso, y él se proponía

dejar el campo libre. Le halagaba la idea de que su amigo, a pesar de

toda su gravedad, fuese también de los que aquella muchacha arrastrase

en su torbellino. ¡Tendría gracia ver a un chico tan preocupado por el

silencio que guardaba su novia de Madrid, enamorarse de aquella carne

milagrosamente intacta, a pesar del tiempo y del continuo roce y que

ningún hombre podía mirar sin sentirse brutalmente atraído!

El no haría nada por su parte, para que Zarzoso cayera en la tentación;

pero... ¡allá él! si es que era débil y la caprichosa Judith tenía deseo

de saber cómo resultaba en la intimidad un muchacho austero, casi

virgen, dedicado por completo al estudio, con rostro de persona grave y

gafas de sabio.

Cuando llegaron a la terminación de la avenida del Observatorio, vieron

que la concurrencia en el bulevar iba engrosando, y que todos marchaban

en la misma dirección.

Al volver un ángulo, apareció Bullier, con su fachada árabe alumbrada

por hileras de llameante gas, encerrado en vasos de colores que

afectaban la forma de flores exóticas.

Los carruajes de alquiler, llegando en veloz carrera, deteníanse ante el

dentado arco de la puerta, donde la policía iba de un lado a otro para

impedir la aglomeración de gente. Una turba de ramilleteras y de

pequeños vendedores de toda clase de artículos pululaban en torno de la

estatua del bravo mariscal Ney, deteniendo a los transeúntes para

ofrecer su género.

Zarzoso, al verse junto a la puerta del baile y confundido ya entre la

multitud que pugnaba por entrar, hizo un movimiento de retroceso, e

intentó desasir su brazo del de Judith, interrumpiendo a ésta en lo

mejor de su conversación seria y elevada sobre el arte.

--¡Cómo! ¿Se va usted?

--Sí, señorita. Sólo he prometido acompañarla hasta el baile y ahora

permítame que me retire.

--¡Qué desgraciada soy!--murmuró la rubia--. A mí me gusta mucho el

conversar con un señor serio e instruído como usted lo es, y a usted por

lo visto no le resulta muy simpático mi trato.

Zarzoso se hacía el sordo y miraba a todas partes, buscando con los ojos

a Agramunt, pero no lograba verlo entre aquella multitud. Sin duda, el

escritor, para complicar más la situación de su amigo, se había

escabullido voluntariamente.

--¿Pero dónde estará ese pillo?--murmuraba Zarzoso.

--¡Oh! Adivino la causa de su desaparición. Sin duda habrá encontrado

alguna antigua amiga, y confiando en que usted me servirá de caballero

esta noche, nos ha dejado plantados. Esto está muy mal hecho, sí, señor,

muy mal hecho; es dejar a una mujer en un compromiso que avergüenza.

¿Cómo voy a entrar en el baile, sola, con aspecto de abandonada y sin un

amigo que me dé el brazo?

Lanzó la joven una mirada, de aquellas que se habían hecho célebres en

el barrio por su voluptuosidad irresistible, y con acento mimoso de niña

mal criada, murmuró junto a su oído:

--¡Ah! ¡Si usted fuese tan amable que se prestara a ser mi caballero,

aunque sólo fuera para entrar en el salón!... ¡Si llegase su

condescendencia hasta ese punto!

Zarzoso intentó resistirse, pero aquel diablejo dorado, que parecía

adivinar el punto vulnerable en su armadura de castidad, suplicándole

con los ojos, se rozaba marrulleramente contra el chaleco del joven, y

éste, al sentir el contacto de aquellos pechos duros y vírgenes, iba

debilitando su tenaz negativa.

Le pareció que Judith le miraba con cierto desprecio, como si se hallara

en presencia de un tacaño, que por no gastar dinero se negaba a

acompañarla. Esto dió al traste con toda su austeridad, ¡Qué diablo! El

no era ninguna doncellita pudorosa que por entrar en Bullier perdería su

prestigio virtuoso, y, además, bien podía meterse llevando una mujer del

brazo, pues otros lo hacían valiendo tanto como él.

Estaba decidido; adentro, pues: al fin y al cabo, aquella noche de loca

diversión le serviría para olvidar el silencio de su novia, que tan

apenado le tenía.

Remolcando a Judith, la cual, por su parte, se abría paso con sus puños

de acero, atravesando la muchedumbre que se agolpaba en el despacho de

billetes y en el guardarropa, bajaron la ancha escalinata que conducía

al gigantesco salón del baile.

La bulliciosa juventud del barrio se había posesionado de aquel encerado

pavimento, obligando a refugiarse en las tribunas a gran parte del

elemento elegante y correcto que había venido de la otra orilla del

Sena.

Lo que se había anunciado como una fiesta _chic_, a la que concurrían

los elegantes del centro de París y las princesas de los grandes

bulevares, iba a terminar en una fiesta de estudiantes con todas sus

locuras y sus grotescos desvaríos.

El salón de baile, al entrar Zarzoso, presentaba un aspecto grotesco y

casi infernal. Aquello era un sábado de la Edad Media, con sus danzas

diabólicas y su música discordante. La orquesta sólo tocaba cuadrillas,

con gran acompañamiento de timbales y platillos, y un inmenso pataleo

conmovía el pavimento y hacía trepidar el techo, hasta el punto de que

oscilasen los faros de luz eléctrica.

La danza macabra resultaba tranquila, en comparación con la de aquella

masa de estudiantes y muchachas, que se agitaban con el deseo de

producir un escándalo mayúsculo que espantase a las gentes correctas del

otro lado de París, que habían acudido a invadir el barrio. Bailaban sin

ajustarse a reglas de ninguna clase. Hombres y mujeres se agarraban del

brazo, y formando corro, pateaban como locos y echaban las piernas al

aire, hasta que por fin llegaba el _monomio_, nombre que los estudiantes

dan a la serpenteante filia que forman agarrándose unos a otros de los

hombros, y con sus vertiginosas evoluciones barría el salón hasta en

sus últimos extremos, arrojando al suelo a los danzarines.

Zarzoso se detuvo indeciso al pie de la escalinata, mirando con cierta

inquietud aquel ruidoso aquelarre, mientras que Judith sonreía encantada

por aquel desorden para ella embriagador, y dilataba ansiosamente las

alillas de su nariz aspirando placenteramente la pesada atmósfera que

levantaba el gigantesco pataleo.

A pesar de esto no tardó en sentir alguna inquietud al ver que muchos de

aquellos alborotadores fijaban en ella su mirada de antiguos amigos; y

deseosa de no ser arrastrada por el bullicioso torrente, y para evitar

una ovación de aquella masa, que la desconceptuaría a los ojos de

Zarzoso, le dijo a éste:

--Vamos a las tribunas. Esos locos me conocen, y si me ven son capaces

de cometer una tontería.

Ya eran varias las muchachas que sobresalían en aquel mar de cabezas, y

que pasaban de hombro en hombro, empujadas por rudas manos, entre

ruidosas carcajadas y mostrando en el aire desnudeces que provocaban

comentarios cínicos. Zarzoso reconoció también en el tumulto el blanco

chambergo y las melenas de Agramunt, que en aquel oleaje de cabezas iba

de un punto a otro. El escándalo y el estruendo eran los elementos

favoritos de aquel mala cabeza.

Judith y Zarzoso ocuparon un volador en una de las tribunas, y bebiendo

cerveza tranquilamente vieron cómo entraba un pelotón de Guardia

republicana, llamado por los inspectores del baile, que se reconocían

impotentes para restablecer el orden.

Los alborotadores fueron expulsados, disolvióse el tempestuoso grupo, y

media hora después se había restablecido la calma y bajaban a danzar o a

pasarse sobre el encerado pavimento las _cocottes_ del barrio de Europa

o del de Nuestra Señora de Loreto, con los gomosos flamantes, de camelia

en el ojal y monóculo en el ojo.

El joven médico bajó también llevando del brazo a su compañera.

La atmósfera voluptuosa del baile se había apoderado de Zarzoso, que

estaba completamente aturdido, hasta el punto de no pensar en nada.

Judith le hablaba al oído, mareándole con su perfume y diciéndole cosas

picantes que le hacían sonreír con expresión de estúpida bondad, y por

otra parte, aquella orquesta ruidosa, infernal, atronadora, tocando

siempre aires canallescos, le atontaba y producía en su cuerpo un deseo

de movimiento, de agitación y de escándalo.

Dos horas pasaron vagando por aquel salón, que parecía un mundo.

A instigación de Judith paráronse ante todos los puestos de venta de

champaña, donde unas cuantas _cocottes_ retiradas despachaban sus

botellas a fuerza de sonrisas, de miradas y de besos, y en cada una de

las mesillas apuraron unas cuantas copas de ese vino enloquecedor, suave

y fantástico que es el principal adorno del vicio.

Zarzoso estaba alegre a los pocos paseos por el salón; Judith reía a

carcajadas como una loca, y únicamente conservaba su serenidad para

evitar las miradas y los saludos de los muchos amigos que tenía en el

baile.

Preludió la orquesta un vals de Metra, de esos que hacen que los pies se

muevan instintivamente, y Zarzoso no supo cómo pasó aquello, pero lo

cierto fué que él, que no había bailado nunca, se encontró de repente

dando vertiginosas vueltas sobre aquel resbaladizo pavimento y llevando

cogida por la cintura a Judith, que era la que, más diestra en la danza,

le remolcaba a él.

El joven pensaba, a pesar de las espesas sombras que comenzaban a

envolver su cerebro, en que Bullier era un punto bastante divertido y

que había sido antes un imbécil al negarse a entrar con tanta tenacidad.

Tenía entre sus brazos aquel cuerpo joven, fresco y erguido que esparcía

en torno el ambiente propio de la hermosura, y a pesar de que el

champaña embotaba algo sus sentidos, estremecíase al contacto de aquella

cintura cimbreante y libre de ballenas que abarcaba con su brazo, y

aquella carne que aplastaba su dureza elástica sobre su chaleco.

Dieron vueltas vertiginosas mientras duró el vals, sin fijarse en que

Agramunt, ocultándose tras las columnas, y esquivando su encuentro, reía

ruidosamente con la estúpida carcajada de la embriaguez de vino y

escándalo, al ver a su amigo el doctor, siempre tan grave y austero,

dando vueltas como una peonza, arrastrado por los forzudos brazos de

Judith.

Esta sentíase acometida de todos los caprichos, y llevaba tras sí a

Zarzoso, que, mareado por el champaña y por el contacto de aquella

carne, que a tanta gente había enloquecido, la obedecía como un

colegial.

Al terminar el vals la rubia compró cuantas chucherías se vendían en el

baile, jugó en el billar romano y en cuantos aparatos se habían colocado

en el salón para arrancar el dinero a los concurrentes, y Zarzoso a cada

punto tenía que sacar su portamonedas, sosteniendo verdaderas batallas

con Judith, que ya le tuteaba y se empeñaba en pagar ella misma, siempre

fiel a su decisión de no tomar el dinero de sus amantes.

La orquesta preludió la última cuadrilla del baile, que es siempre la

más tempestuosa, y Zarzoso, llevando agarrada de la cintura a su

compañera, colocóse en un corro, en el centro del cual iban a bailar las

cuatro cancanistas más famosas en la opuesta orilla del Sena. Eran

muchachas de aspecto agranujado, que parecían conservar aún en sus

personas el ambiente de los mercados o de las porterías donde habían

pasado su niñez, pero que se presentaban con costosos sombreros,

cubiertas de seda y haciendo centellear a cada uno de sus movimientos el

irisado reflejo de numerosos brillantes.

Nunca había visto Zarzoso bailar la cuadrilla con tanto cinismo, con tan

tranquila desvergüenza. A los pocos compases, de entre las blancas nubes

de almidonadas enaguas, surgían las veloces pantorrillas cubiertas con

medias negras, cuya seda marcaba el suave y abultado contorno de los

músculos de las bailarinas; pero aquello fué sólo d preludio, pues

conforme la atropellada música aumentaba en viveza, extremábanse las

actitudes del baile, haciéndose más cínicos y descocados los

movimientos, y las faldas, moviéndose de un lado para otro,

arremolinándose como el empuje del torbellino de aquella tempestad

musical, dejaban al descubierto los pantalones de encaje de traidora

sutilidad, mil veces más inmoral que el franco desnudo, pues aumentaban

la excitación y el deseo con la rosada carne que transparentaban y las

sombras que dejaban entrever.

Aquel descocado espectáculo era para Zarzoso como la chispa que hacía

estallar la mina de su continencia. Los deseos, dormidos durante tanto

tiempo dedicado a la ciencia y a un amor puro y espiritual, despertaban

ahora hambrientos y poseídos de salvaje furia, reclamando su parte por

el tiempo que habían permanecido inactivos y como muertos. Experimentaba

el joven escalofríos extraños y oprimía convulsamente la cintura de

Judith, crispando su mano sobre la tela, como si pretendiera rasgarla

para llegar a la carne anhelada.

La rubia le miraba fijamente, sonriendo con malicia, y fingiendo cómica

extrañeza exclamaba:

--Pero, ¿qué es eso, niño? ¿Qué atrevimientos son éstos? ¿No hemos

quedado antes en que yo era la mamá?

--¡Vámonos! ¡Vámonos pronto de aquí!--contestaba Zarzoso con acento de

ardiente súplica y con voz que apenas se le oía, pues tenía la boca

seca y parecía que la lengua iba a pegársele al paladar.

Terminó el baile, y la gente comenzó a salir del salón. En el

guardarropa, mientras Zarzoso se ponía su gabán y ayudaba a Judith a

colocarse la capa de seda, apareció Agramunt, que se mostraba furioso

por habérsele escapado una conquista que creía ya realizada.

Los tres salieron a la calle y allí no tarado en reunírseles _Nemo_,

perro discreto y bien educado, que de antiguo tenía la costumbre de

esperar a su ama a la puerta de Bullier en las noches de baile.

El fresco de la noche pareció disipar un tanto la embriaguez de los

tres; pero esto no les impidió seguir haciendo locuras, pues la fiesta

iniciada en Bullier continuaba sobre las aceras del bulevar. Los grupos

de hombres y mujeres, cogidos del brazo y en fila, andaban a saltos

cantando a grito pelado, a pasar de las reconvenciones de las parejas de

Policía; y de una a otra acera cruzábase un tiroteo de chistes y de

insultos, dichos sin dejar de reírse y con voz atronadora que despertaba

a los vecinos pacíficos.

Judith estaba encantada por aquella noche que le resultaba muy

divertida. Reía, cantaba cuplés y lanzaba el grito de moda en el barrio

a los que iban por la acera opuesta; pero no soltaba el brazo de

Zarzoso, al que dirigía voluptuosas miradas, y dos o tres veces que

Agramunt se atrevió a pellizcarla con disimulo, le contestó con un

latigazo.

Al llegar a la entrada de la calle de Soufflot reuniéronse los tres para

celebrar consejo. Judith hablaba de irse sola a su casa a dormir, pero

lo decía de un modo tan débil y vago, que daba a entender que en lo que

menos pensaba era en esto.

Agramunt, que en tratándose de fiestas y de holgorio era un atroz e

incansable apuracabos, habló de comprar una botella de un _Marssala_

notable que vendían en una taberna del barrio y algunos pasteles, para

ir a acabar la jornada en el hotel de la plaza del Pantheón.

Judith, que hablaba de retirarse, aceptó inmediatamente.

--Bueno, hijos míos; iremos a vuestra casa; pero por una hora nada más.

Así que toquen las dos me voy a mi casa; hay que tener buena conducta,

pues esto da distinción... ¡Tú, descamisado!--continuó dirigiéndose a

Agramunt--. No me pellizques las piernas, o de lo contrario te cruzo la

cara con el látigo.

Agramunt se fué a comprar la botella y los pasteles, diciendo que ya

los alcanzaría a los dos, y la pareja, precedida por el perro, comenzó a

subir con lento paso la calle de Soufflot.

Zarzoso parecía un imbécil, pues demostraba no darse cuenta de lo que le

sucedía. Caminaba al lado de Judith llevándola siempre agarrada por la

cintura, y el perfume de la hermosa rubia y sus miradas de fuego

parecían aumentar la ebullición del champaña que tenía en el estómago, y

cuyo humo se le subía a la cabeza.

En aquella embriaguez de deseo, apenas si se había enterado del plan

propuesto por Agramunt, y lo único que sabía es que iban al hotel. Esto

le hacía reflexionar en su excepcional estado, mientras que Judith

caminaba canturreando, apoyada la cabeza en su hombro y rozándole la

nariz con las plumas de su sombrero.

¿Iban al hotel? No tenía inconveniente en ello; pero la fiesta no sería

en su cuarto, sino en el de Agramunt. Sobrevivía en el joven, a pesar de

su embriaguez, un resto de pudor, de consideración para sus antiguos

amores, y no quería que sirviese para una escena de crápula aquel cuarto

donde tan puramente había soñado y donde gozó inefable placer

escribiendo a María y leyendo las cartas de ésta.

Pasaron la parte de la calle de Soufflot, ocupada por los ruidosos cafés

estudiantiles, y al llegar a aquella donde gigantescos y cerrados

edificios oficiales proyectaban densa sombra, Judith inclinóse con mayor

desmayo sobre el hombro de su joven acompañante, esperando que la

obscuridad alentara a éste para un atrevimiento cualquiera.

Zarzoso seguía caminando como un sonámbulo, y obsesionado por la misma

idea fija, con la tenacidad de un beodo.

No; aquella fiesta de última hora no sería en su cuarto. Ya que Agramunt

era quien la había propuesto, debían reunirse en su habitación, en

aquella buhardilla donde no existían recuerdos sagrados y por donde

había desfilado toda la carne femenil, gastada y en venta, que existía

en el barrio.

La araña negra, t. 8/9 · 第 10 / 12 段