todos no impedirá que ahora sea únicamente mía. Ya que estoy loco, ya
que por ella me encanallo y me pierdo, quiero ser el único dueño de su
cuerpo.
--¡Pero si es un pingajo que se ha tendido sobre todas las camas del
barrio!
--Sí, pero es muy hermosa--contestó Zarzoso con acento que demostraba
una estúpida testarudez--. Una copa de oro cincelada por Benvenuto
Cellini, aunque en ella hayan puesto los labios un sinnúmero de
generaciones, no por esto resulta menos hermosa.
Agramunt lanzó una sonora carcajada, y tan grande fué su acceso de risa,
que sofocado y jadeante se hundía los puños en el vientre, haciendo
ridículas contorsiones.
--¡Oh!... ¡famoso! ¡divino!--balbuceaba entre carcajadas--. Ya se te ha
pegado algo de ella. Ya la imitas en lo de sus sentencias artísticas, y
sabes de memoria sus frasecillas aprendidas en el taller.
Zarzoso mostrábase hosco y malhumorado con su amigo, y afortunadamente
hizo terminar la conferencia la voz de Judith que le llamaba impaciente
desde su cuarto.
Así comenzó la falsa vida marital; aquel amancebamiento repugnante y
penoso que fué una mancha en la existencia del joven médico.
Este parecía más absorbido cada vez por el carácter dominador,
caprichoso y fantástico de Judith.
Faltaba Zarzoso muchos días a la clínica, por estar hasta muy tarde en
la cama fumando cigarrillos y disputando con Judith sobre cuestiones sin
importancia; hacía una vida imbécil, que transcurría por las tardes en
el Luxemburgo y por las noches en los cafés y en los bailes, y tan
grande era el aislamiento a que le sometía tal amor, que muchos días
sólo veía a Agramunt durante algunos minutos, cambiando con él
insignificantes palabras. Parecía estorbarle la presencia del joven
escritor, como si éste, mudamente, le echase en cara su envilecimiento,
y en cuanto a don Esteban Alvarez, hacía ya más de dos semanas que no le
había visto, tanto porque las exigencias de Judith no le dejaban un
momento libre, como porque temía hallarse en presencia de aquel infeliz
señor que le abrumaba con los elogios a su virtud.
Todo lo que le recordaba su pasado le avergonzaba, y cuando surgía en su
memoria algún recuerdo de sus amores con María, el joven estremecíase
con instintivo terror y se ruborizaba intensamente.
Judith, para atraer mejor a su nuevo amante y demostrar las ventajas del
amancebamiento, dábase aires de mujer hacendosa, y al mismo tiempo que
reñía al garçon del hotel porque, según ella, no hacía dignamente el
arreglo del cuarto, andaba siempre a vueltas con la ropa blanca de
Zarzoso, y, armada de dedal y aguja, pretendía hacer zurcidos con
puntarracos disformes, que demostraban que nunca habían sido su fuerte
las labores femeniles.
Justamente en el armario-espejo, que era donde estaba la ropa blanca,
tenía oculta Zarzoso una cajita de laca que contenía las cartas escritas
por María, y un sinnúmero de objetos insignificantes, pero queridos, que
le recordaban aquella pasión terminada de tan inexplicable modo.
La cajita estaba oculta bajo un montón de ropa blanca que no parecía
haber sido tocado por Judith, pero, a pesar de esto, el joven temblaba
cada vez que la rubia metía sus manos revolvedoras en el armario.
Una tarde en que Zarzoso estaba solo, se resolvió a sacar de allí la
cajita para ponerla en punto más seguro, como era el cajón de la mesa de
escribir cuya, llave llevaba siempre consigo.
Sería para él un tormento horrible que Judith, con sus manos pecadoras,
cogiera tales recuerdos de su amor y que les dirigiera alguno de
aquellos chistes cínicos que constituía su repertorio gracioso,
burlándose de María, de la mujer dulce y virtuosa, cuya imagen, a pesar
de todos los encanallamientos, estaba en pie en lo más íntimo de su ser,
como la imagen en el fondo del sagrado santuario.
El quería evitar tan terrible escena, porque si Judith, al descubrir
algún día sus antiguos amores, era capaz de burlarse de la mujer amada
como si se tratase de una compañera, sería posible que él, cegado por la
rabia, estrangulase a su querida.
Sacó la cajita del armario, y, con temblorosa emoción, como si llevase
en sus manos un objeto sagrado, la dejó sobre la mesa y permaneció mucho
tiempo con los ojos fijos en la charolada tapa. ¡Qué recuerdos acudían a
su memoria!
Un deseo vehemente se apoderó de él. Parecíale que dentro de aquella
caja se agitaba comprimida una atmósfera de casta pasión, un ambiente de
virtud; y el desgraciado sentía deseos de abrirla, como si de ella fuese
a surgir un purificante Jordán en el que podría lavar las suciedades de
su degradación y su encanallamiento.
Con mano trémula, e instintivamente, abrió la caja y lo primero con que
tropezaron sus ojos fué con el rostro hermoso, tranquilo y feliz de
María, que sonreía desde el fondo de la caja, sobre un lecho formado por
el paquete de antiguas cartas.
Aquella aparición pareció romper el encanto fatal y corruptor a que
estaba sometido Zarzoso desde que conoció a Judith. Esta le parecía
ahora un monstruo repugnante, un amasijo de corrupción y de vicios
modelado artísticamente por la experta mano del diablo, y contemplando
el sereno rostro de María, dábase cuenta exacta de su situación y
lloraba desconsolado como pudiera hacerlo el doctor Fausto cuando,
después de dormir con Elena, la prostituta de los siglos, pensara en la
dulce y sencilla Margarita.
Permaneció mucho tiempo el joven inclinado sobre aquella caja de la que
parecían salir efluvios consoladores que refrescaban su espíritu
angustiado. Las campanadas de los relojes de la vecina plaza le
volvieron a la realidad. No tardaría en llegar Judith, y el joven se
apresuró a esconder la cajita en su mesa con la misma zozobra del ladrón
que teme ser sorprendido en su infame tarea.
Pero antes de ocultarla quiso apreciar por última vez, en todos sus
detalles, aquel tesoro amoroso, y hundió sus dedos en la cajita.
Allí estaban sus cartas, tal como él las había atado, con una cinta de
color rosa; allí el retrato de María y debajo un pañuelo de mano, que
cariñosamente la había arrebatado una mañana que paseaban por el
Retiro... Pero ¡Dios mío! ¡Algo faltaba allí!... ¿Qué era? ¿Qué era?...
Y el pensamiento del joven, con la velocidad de un relámpago, recordó
cuanto le había entregado María como prueba de amor.
¡Ah! Ya sabía lo que faltaba allí. El recuerdo de María más íntimo y más
personal: un rizo de sus cabellos que le había entregado en presencia de
doña Esperanza la víspera de su partida a París.
El joven lo había sacado de su cajita muchas veces en aquellas noches de
insomnio y de desesperación, que le causaba el silencio de María, y
recordaba cómo aquel rizo estaba envuelto en un papel finísimo, sobre el
cual, la adorable mano de la joven había escrito con su correcta letra
inglesa y algunas adorables faltas de ortografía: _A mi Juan: en prueba
del eterno amor de su María._
Aquella falta, tan repentinamente notada, aturdió al joven, sumiéndole
en una confusión enloquecedora.
Con mano ansiosa revolvió la cajita, buscó hasta en el interior del
paquete de cartas, y... nada; el rizo con el papel que le envolvía no
aparecía en parte alguna.
Aquel recuerdo resultaba el más querido para Zarzoso, pues era la
primera y única concesión que María había hecho a su ya que a fuerza de
ruegos había conseguido que la joven le diese un rizo de su cabellera.
Además, ¡qué de recuerdos tenía para él esta prenda de amor!, ¡cuántas
noches se había pasado besando y suspirando con aquel recuerdo de la
mujer amada junto a sus labios!
En el aturdido cerebro de Zarzoso surgía un mundo de atropellados y
contradictorios pensamientos.
La posibilidad de que en una de aquellas noches de desesperación amorosa
hubiese dejado olvidado sobre la mesa el recuerdo de María, y a la
mañana siguiente el criado del hotel lo hubiese hecho desaparecer en su
indiferente limpieza, le desesperada; pero esta explicación no le
parecía conveniente, y acariciaba con mayor predilección una sospecha,
que poco a poco iba agrandándose en su pensamiento.
¿Si sería Judith quien, aprovechando una de sus ausencias, le arrebató
aquella prenda de amor, por lo que de íntima tenía, para hacer burla
después con sus amigas de aquella pura pasión? No resultaba muy
verosímil esta sospecha, pues parecía que Judith no se había apercibido
de la existencia de la cajita: paro por otra parte el joven desconfiaba
de su querida, cuyo carácter astuto y maligno le era bien conocido.
Sí; ella debía de ser la autora de la sustracción, y Zarzoso, enfurecido
por el fatal descubrimiento, se proponía interrogarla apenas se
presentase, y se sentía capaz de todas las brutalidades, si es que
llegaba a convencerse de la culpabilidad de su querida.
Acababa de ocultar la cajita en el cajón de su mesa, cuando entró
Judith, vestida con un traje de colores llamativos y demostrando mayor
descoco que de costumbre. Ya no era la muchacha hábil que sabía fingir
ternura y apasionamiento; era algo más que la _cocotte_ cínica y
descocada; era la loca del barrio, la muchacha excéntrica y depravada,
que no tenía noción alguna de la moral, que pisoteaba las más
rudimentarias conveniencias sociales, y que creía que la virtud, el amor
y la decencia eran defectos que afeaban a las personas honradas y
tranquilas, que ella desdeñosamente llamaba burgueses.
Zarzoso quedó frío ante aquella ruidosa entrada. Entre la Judith que él
momentos antes, allá en su imaginación, se proponía interrogar y la
Judith que ahora tenía delante existía una inmensa diferencia.
¿Cómo iba a hablar a aquella perdida de su antigua pasión y de unos
recuerdos de amor tan sagrados? ¿Y si ella no era la autora de la
sustracción, ni se había apercibido de nada, y resultaba que él la
abría los ojos, facilitándole el que se burlara de su antiguo amor?
Zarzoso decidióse repentinamente a no decir nada, proponiéndose obrar
con cautela, y espiaría a su querida, para de este modo convencerse de
si era cierta su culpabilidad.
Además Judith le aturdió con sus palabras, pues riendo ruidosamente,
comenzó a relatarle una aventura muy chistosa que le había ocurrido a
una de sus amigas.
El único rastro aparente que dejó tras sí el penoso descubrimiento hecho
por el joven fué la melancolía y la irascibilidad que parecían dominar a
Zarzoso.
Así vivieron tres semanas más, completamente aislados hasta de Agramunt,
que, según él manifestaba, no quería entrar en el cuarto de los amantes,
pues al verlos le daban tentaciones de empezar a bofetadas con los dos;
a él, por bruto, y a ella, por... (y aquí el republicano encajaba un
calificativo tan franco como genuinamente español).
Algunas veces Agramunt, al encontrar a Zarzoso en la escalera del hotel
o en el restaurante, le detenía para decirle con hostil seriedad:
--El pobre don Esteban está muy desmejorado; me pregunta por ti siempre
que le veo, y yo le digo que no vas a visitarlo porque estás muy ocupado
en tus clínicas. Esta mentira es lo mejor que puedo decirle al pobre
señor.
Zarzoso experimentaba honda pena cada vez que le recordaban de este modo
al infeliz Alvarez. ¡Pobre señor! Grande sería su decepción si llegaba a
enterarse del género de vida que hacía el joven amigo, al que
consideraba como un modelo de constancia amorosa y de buenas costumbres.
Conforme transcurría el tiempo, Zarzoso encontraba que iban haciéndose
pesadas sus relaciones con Judith.
Había pasado ya el primer arrebato de pasión; estaba desvanecida la
embriaguez artística que causaba en Zarzoso la contemplación de aquel
lindo cuerpo de estatua; y en cambio la intimidad, el trato continuo y
franco, ponían al descubierto la mala educación de Judith, sus groserías
aprendidas en el taller y sus costumbres incoherentes y extrañas de
muchacha aventurera, que con la misma indiferencia había dormido en un
gabinete lujoso que en una zahurda.
La mala educación de la rubia, sus groserías a todo pasto y sus
respuestas insolentes, eran motivos de continua querella entre los dos
amantes, y Zarzoso sentía tal aburrimiento cuando pasaba solo con
Judith algunas horas, se hartaba de tal modo de aquella atmósfera
canallesca que parecía flotar en torno de ella, que acogía hasta con
gusto las visitas que venían a turbar una conversación monótona, que
siempre versaba sobre el mismo tema: los vestidos con _chic_ artístico,
los pintores, sus bromas pesadas y toda la chismografía que se aprende
en los talleres.
Como Judith, con su carácter imperioso, dominaba a su amante, y en el
hotel, como en todas partes, dábase aires de señora absoluta, sus
amistades femeninas iban a visitarla; y por las tardes, en aquella
habitación antes tan tranquila, reuníase una alborotada tertulia de
muchachuelas insignificantes, viciosas, que giraban atraídas en torno de
Judith como astros menores de la sensualidad y que adoraban a ésta cual
una mujer superior.
Zarzoso, el sabio, la esperanza legítima de la ciencia médica, se
agarraba a aquellas chicuelas como a una tabla de salvación contra el
fastidio, y conversaba con ellas horas enteras, sin notar que poco a
poco se hundía en una intimidad viciosa. Aquel trato con Judith y su
corte le hizo adivinar terribles monstruosidades. Sospechó de la
intimidad de la rubia y sus amigas, de sus explosiones de celo y del
afán con que se disputaban la predilección de la diosa adivinó cosas
ocultas y asquerosas, locuras de organismos gastados y ahitos de vicio;
pero cerró los ojos voluntariamente y prefirió no ver para evitarse la
náusea de lo repugnante.
El joven, dominado por Judith, se agitaba como un sonámbulo en aquella
atmósfera fétida; había perdido por completo su voluntad y obedecía en
todo a los caprichos de su querida, sin permitirse la menor observación.
El, que al principio de su nueva vida tenía reparo y cierto rubor en
acompañar a Judith por la calle, salía ahora con la mayor impasibilidad
al lado de su querida y de dos o tres de aquellas amigas a las que
conocía el barrio entero, y algunas de las cuales, por sus embriagueces
y sus escándalos en la vía pública, habían visitado más de una vez al
comisario de Policía del barrio.
Zarzoso, con su aspecto de hombre de ciencia, con aquellas gafas que le
daban un aire de profesor de la Sorborna, marchaba erguido e impávido en
el centro del revoltoso grupo formado por tales mujerzuelas, que dejaban
tras sí una atmósfera de escándalo y de indignados comentarios.
El infeliz Zarzoso nunca llegó a apercibirse del concepto en que le
tenían en el barrio y de las apreciaciones que sobre él hacían cuando en
tal compañía pasaba ante alguno de los cafés del bulevar Saint-Michel.
Había quien, a pesar de su aspecto honrado, le creía un ser envilecido,
que comía de las más inmundas mujeres a cambio de servirles de caballero
acompañante. Agramunt, que sabía toda la verdad y conocía los
comentarios del barrio, estaba furioso contra su amigo por su estúpida
pasibilidad y llegaba hasta evitar su saludo.
Fué una tarde, a las siete, cuando ocurrió el encuentro que tanto temía
Zarzoso.
El joven había ido a la otra orilla del Sena acompañando a Judith y a
dos amigas para hacer unas compras en los almacenes del Louvre, y
después habían entrado en la cervecería de La Paleta de Oro, en la calle
de Rívoli, pues la rubia era muy pródiga con sus amigas, y siempre que
salía las convidaba con el dinero de su amante.
Al regreso, cuando ya los reverberos de las calles estaban encendidos,
subía el alegre grupo por el bulevar Saint-Michel, demostrando con sus
carcajadas, sus saltos y las insolentes palabras que dirigían a los
transeúntes, la fuerza alcohólica de la buena cerveza negra de
Estrasburgo.
Fué cerca de la esquina del café de Cluny donde Judith, con su voz de
carretero y ademanes de cargador borracho, tuvo un altercado con una
mujer que pasaba y que, en su concepto, había hecho burla de ella.
La proximidad de una pareja de guardias de la Paz hizo terminar el
conflicto, pero no impidió que los transeúntes se detuvieran, fijándose
en el grupo que formaban las tres mujeres y Zarzoso.
Este, avergonzado por el incidente, pugnaba por llevarse a Judith, y por
eso no se fijó en un hombre que acababa de salir del café y que se
acercó al grupo, demostrando primero una fría curiosidad y después
profundo asombro.
Era don Esteban Alvarez, que en unas cuantas semanas se había aviejado
de un modo alarmante y que tenía un aspecto tal de decaimiento, que
inspiraba compasión.
Al reconocer a Zarzoso en el acompañante de las tres perdidas y ver la
intimidad casi desdeñosa con que éstas le trataban, el pobre enfermo
experimentó una ruda impresión.
Por fortuna para el joven médico, estaba de espaldas y no pudo ver el
triste gesto de dolorosa sorpresa que hizo su viejo amigo.
Cuando el grupo se alejó, Alvarez estuvo aún algunos minutos inmóvil en
la acera, como si todavía no hubiese vuelto en sí después de la sorpresa
experimentada.
¡Oh! ¡Qué frío sentía en el corazón! Su culpabilidad, aquella
culpabilidad imaginaria con la que se atormentaba, volvía a atenacear su
conciencia.
Se alejó lentamente con dirección a la calle del Sena, marchando con
paso inseguro, al mismo tiempo que murmuraba:
--¡Esto me mata! Yo soy el autor del infortunio de ese joven. Queriendo
acercarme a mi hija, hice sin saberlo que él fuera abandonado por su
novia, y ahora ese joven bueno, sencillo y virtuoso, se ha perdido...
¡se ha perdido por mi culpa! ¡Qué terrible remordimiento!... Desesperado
de reconquistar un amor puro, se ha entregado en brazos del vicio para
olvidar. ¡Y yo tengo la culpa de todo! Esto me mata; hoy termina mi
vida; como si lo viera. ¿Qué fatalidad arrastró a ese muchacho hasta
hacerle mi amigo? ¿Qué fatalidad hay en mí que hiere a cuantos seres se
me aproximan y me aman?...
FIN DEL TOMO OCTAVO
* * * * *
Los errores corregidos por el transcriptor:
ininfluencia=> influencia {pg 25}
represetanción=> representación {pg 41}
Benvenutto=> Benvenuto {pg 45}
Polictécnica=> Politécnica {pg 47}
númro=> número {pg 87}
se ha hecho Titín=> se ha hecho de Titín {pg 92}
poducían=> producían {pg 99}
antigua=> aantigua {pg 111}
arrastada=> arrastrada {pg 114}
psar=> pesar {pg 115}
a a la realidad=> a la realidad {pg 122}
avengonzaba=> avergonzaba {pg 126}
enconfianza=> confianza {pg 127}
ganar=> ganas {pg 128}
Soborna=> Sorborna {pg 134}
Benvenutto=> Benvenuto {pg 45}
End of Project Gutenberg's La araña negra, t. 8/9, by Vicente Blasco Ibáñez