--Oye, Juanillo--dijo el catalán cuando el joven médico se sentó a su

lado--. Esta noche hay baile de moda en Bullier. Ya sabes, concurrencia

distinguidísima. Las _cocottes_ con más chic del otro lado del río

pasarán esta noche los puentes para asistir a la fiesta y bailar la

cuadrilla. Además, se dispararán fuegos de artificio, habrá sorpresas;

en fin, un gran programa, según me acaban de decir esos chicos que están

en la mesa de al lado. El placer armonizado con la economía; entrada,

dos francos para caballero y gratis para las señoras. ¿Vienes?

--No voy--contestó Zarzoso con mal humor.

--Pues harás mal. Necesitas divertirte para que se te vaya esa

melancolía cruel que te devora por momentos. Tampoco hoy hemos recibido

carta, ¿eh?... Me lo figuraba; ni al mismo diablo se le ocurre

enamorarse de una condesita orgullosa, que te ha hecho caso mientras

estuviste en Madrid y la divertías con tus miradas lánguidas y tus

suspiros, pero que te ha olvidado apenas has vivido algunos meses lejos

de ella. Dios sabe cuántos novios tendrá a estas horas la niña. Debes

creerme a mí y dejarte guiar por mis consejos, pues aunque no soy viejo

tengo experiencia. Diviértete, goza todo lo que puedas y piensa como lo

que eres: como un joven de talento que tiene muchos años de vida por

delante, y no como un viejo, que anhela casarse y constituir una

familia. ¿A quién diablos se le ocurre a tu edad tener novias en serio y

tomarse tantos disgustos por si ha venido o no una carta de Madrid?

¿Quién te ha de escribir esa carta? ¿Una mujer hermosa? Pues aquí, sin

salir del barrio, las encontrarás a docenas, y de seguro, mejores que

aquellas sosas de allá; pues yo, querido, aunque pase por mal patriota,

prefiero la mujer francesa. Además, los amoríos de aquí son algo más

substanciosos y divertidos que los noviazgos de allá, limitados siempre

a palabritas dulces, miraditas tiernas y un sinnúmero de señas con las

manos desde el balcón a la calle. Créeme, Juanillo; no seas inocente;

ven esta noche a Bullier, y yo me comprometo a buscarte media docena de

novias superiores a esa que tienes en Madrid y que tan mal se porta

contigo.

Zarzoso comía con la cabeza baja, ocultando la sorda imitación: que le

producían las atrevidas comparaciones de Agramunt, el cual no cesaba de

animarle a su modo, intentando decidirle a que fuese al baile de

Bullier.

De este modo transcurrió la comida, y cuando los dos jóvenes se

levantaron de la mesa, Agramunt, con expresión marrullera de cariño,

cuyo verdadero significado adivinaba Zarzoso, enlazó su brazo con el de

éste y le dijo, con expresión fraternal:

--Vamos, Juanillo, decídete...; ¿vienes?

--No, no voy. No seas pesado--dijo Zarzoso con voz en que se notaba la

ira.

--Bueno, pues no reñiremos por eso. Te acompañaré a dar unas vueltas por

el bulevar, y a las diez te dejaré para que vayas a casa a llorar tus

desdichas. Yo me iré al baile... ¡Ah!, y ahora recuerdo. Harás el favor

de prestarme diez francos, por si tengo algún compromiso en el baile. Ya

ves, siempre saltan al paso antiguos conocimientos.

Zarzoso sonrió, a pesar de la irritación que sentía. Ya había salido al

exterior la verdadera causa de aquella expresión cariñosa que momentos

antes había mostrado Agramunt. Siempre que su amigo le hablaba en aquel

tono era signo de próximo sablazo, cuyo importe le era después devuelto

con más o menos retraso, cuando el escritor cobraba en la casa

editorial.

Zarzoso dió a su amigo medio luis, y ambos, encendiendo sus cigarros en

el mechero del mostrador, salieron del restaurante.

Bajaron por la ancha acera del bulevar, para ir, como de costumbre, a

tomar café a Cluny, y a los pocos pasos ante un gran escaparate de

camisas y corbatas vieron a una mujer que parecía mirar con gran

atención los géneros expuestos, pero que al hallarse próximos los dos

jóvenes, volvió rápidamente la cabeza y se quedó con los ojos fijos en

ellos.

Zarzoso hizo un movimiento de sorpresa, sin poderse explicar la causa de

ello.

Era la misma mujer de poco antes, la hermosa rubia que había encontrado

en el portal de su hotel.

Agramunt tardó más en apercibirse, y cuando ya estaba junto a ella, fué

cuando se fijó, haciendo también un movimiento de sorpresa.

--¡Calla!... ¡Es Judith, la rubia!

La joven sonreía, como encantada por aquella sorpresa, y al mismo tiempo

movía con mano varonil su latiguillo.

--Sí, yo soy; ya hace tiempo que no nos veíamos.

Y luego, tendiendo su mano con cierto aire soldadesco, dijo al escritor:

--¿Cómo estás tú, buena pieza?

VII

La primera noche.

El reconocimiento fué afectuosísimo. Judith parecía encantada por aquel

encuentro, y hasta su perrucho, como si participase de la alegría de su

ama, rabitieso y con las orejas rectas, hacía la rosca en torno de los

dos jóvenes.

¡Vaya un encuentro!

--¿Y qué es de ti ahora?--preguntaba con curiosidad Agramunt--. ¿Cómo

has estado tanto tiempo alejada del barrio?

Y Judith, con su voz hombruna, dando palmadas de compañero en los

hombros del escritor y hurgándole en el vientre con el puño de su

látigo, siempre que se permitía alguna observación subida de color, iba

relatando con frases incoherentes, cortadas por ruidosas carcajadas, la

historia, de su desaparición del barrio.

--El amor, chico, el amor; esa maldita afición a los artistas pobres y

de talento, que ha de ser mi perdición y no me deja hacer carrera como

otras.

Y matizando su puro lenguaje francés con las palabras sacadas del caló

del Barrio Latino y del de los arrabales, fué relatando su viaje por

Bélgica e Inglaterra, que había durado más de ocho meses.

Se había ido de París con un dibujante de _Le Monde Illustré_, que

emprendió una excursión artística por orden de sus editores. El viaje

había sido feliz; se arrullaban como dos tórtolos, se amaban con el

fuego indestructible de las grandes pasiones, llamaban la atención en

los hoteles y hasta en los trenes, por aquel amor público que no se

recataban y que iban pasando de país en país; pero en Londres surgió la

primera nubecilla con motivo de ciertas sospechas de infidelidad que

Judith inspiró a su amante con su ligero carácter. Aquella escena de

celos fué decisiva.

--Chico, aquello fué todo un quinto acto de los melodramas que

representaban en la Porte Saint-Martin. Yo, cansada de sus

lamentaciones, le di con este látigo; él me tiró su caja de dibujo a la

cabeza; estuvimos pegándonos hasta que entraron a separarnos los criados

del hotel, y avergonzada de aquella escena, porque ya sabes, yo soy muy

señora, y no me gustan los escándalos, como a ciertas mujercillas, pasé

el canal, y al día siguiente estaba ya en París, con mi _Nemo_ (el fiel

amigo de Judith).

El perro, al ser aludido, ladró alegremente, poniendo las patas en las

faldas de su ama, la que le contestó con un latigazo.

Zarzoso, a pesar de sus preocupaciones, miraba con creciente curiosidad

a aquella mujer original, extraña e incoherente, que interpolaba los más

sucios y canallescos vocablos en un elegante lenguaje que parecía de una

actriz de la Comedia Francesa, y que, estrambótica en todo, ponía a su

perro el nombre del misterioso personaje submarino imaginado por Julio

Verne.

Judith afectaba no fijarse en Zarzoso, y continuaba su conversación con

Agramunt, el cual, dominado por cierta curiosidad, seguía preguntándole:

--¿Y ahora estás con Luigi, el modelo italiano?

Esta pregunta pareció contrariar a la joven; pero se repuso y contestó

con resolución:

--Con ése, siempre. Es otra de mis debilidades. Cuando nadie me quiere,

voy a buscarle. Pero ahora no estoy con él.

--¿Y qué hacías ante ese escaparate?

--Nada, me distraía. No sé dónde ir. Te digo que empiezo a encontrar ya

insulso este barrio, y si supiera dónde existe una población en que

pueda una divertirse más que en París, allá me iría inmediatamente.

Estoy aburrida de la vida, y el día menos pensado me arrojo al Sena.

--¿Por tercera vez?--dijo con acento burlesco Agramunt.

--No, por cuarta--contestó con gravedad Judith--. Figuro ya por tres

veces en el registro de la Policía como salvada por esos cochinos que se

arrojan al río para ganar la prima de veinticinco francos e impedir que

una mujer se ahogue cuando le dé la gana... Sólo que entonces--añadió

con expresión melancólica--era yo tan imbécil que intentaba suicidarme

por amor, enloquecida con las perrerías que hacían mis amantes. ¡Qué

tiempo aquél, tan feliz y tan estúpido! Ahora que voy siendo vieja, pues

tengo veintidós años, mi paladar está tan gastado, que ya no encuentro

nada que me interese. Podría rodar de brazo en brazo por entre todos los

muchachos del barrio, sin encontrar uno que lograse conmoverme.

--¿Y yo?--dijo enfáticamente Agramunt, estirándose el chaleco.

--¡Bah!... ¡Tú! Ni me acuerdo de cómo te conocí. Eres un buen muchacho,

pero todos sois iguales. Adoráis por egoísmo una sola noche, y

después..., muchas gracias, si os dignáis conocerla a una en la calle.

Yo no soy de las que me hago ilusiones ni creo en la felicidad del

porvenir. He tenido amantes a docenas; he perdido la cuenta de las camas

en que he dormido; en casi todos los hoteles del barrio he dispuesto de

un adorador; he tenido a la otra orilla del río hotel y criados; por mí

se batieron dos imbéciles americanos que no llegaron a comprender que de

ambos me reía; ahí enfrente, en el Luxemburgo, en las tardes de

concierto, le han hecho estruendosas ovaciones a Judith la rubia,

faltando poco para que la llevasen en triunfo; sé cómo hacen el amor los

hombres de casi todos los países; tuve un amante negro que era príncipe

heredero en Africa; en cierta época, un vizconde me ponía las medias por

la mañana, y un duque viejo me pagaba una suntuosa habitación, con

doncella de servicio y _groom_, sólo porque le consintiera ciertas

porquerías que me hacían reír; han hablado de mí los periódicos, y hay

un libro muy leído que trata de mujeres galantes que lleva mi retrato y

mi biografía; y, sin embargo, tengo la seguridad de que el día en que

sea vieja, dentro de unos cuantos años, y tenga que vender periódicos en

el bulevar, como otras muchas que en su juventud fueron tanto o más que

yo, ninguno de vosotros vendrá a darme un sueldo, y hasta tal vez os

deis el gustazo de saludarme con la punte del pie como a un perro

sarnoso. ¡Ah, cochina vida! ¡Qué harta estoy de ti! Antes que se acabe

mi belleza y se vuelvan blancos estos cabellos rubios, a los cuales les

han dedicado resmas de sonetos los muchachos del barrio, le doy vuelta a

la llave de la estufa de mi casa, tapo bien las rendijas de la puerta y

me muero por asfixia. Lo único que me detiene es que así mueren la mayor

parte de las heroínas de folletín, y a mí me parece muy burgués eso de

imitar a los demás.

Zarzoso oía con asombro a aquella joven hermosa, y en apariencia feliz,

que hablaba con tanta tranquilidad de su sombrío porvenir y demostraba

conocer exactamente su actual situación. Oír a Judith era ser arrastrado

por un torbellino loco e ir saltando de sorpresa en sorpresa.

Agramunt no se inmutaba y seguía contemplando a la rubia con cínica

sonrisa. Demostraba estar acostumbrado a los caprichos melancólicos de

aquella mujer extraordinaria.

--Estás esta noche muy fúnebre--dijo a la joven--. ¿Es que acaso sientes

próximo uno de esos ataques de nervios que te convierten en una loca?

--¡Bah! Déjate de tonterías. Estoy triste y nada más. Esta mañana me he

peleado con Luigi y aún me dura la excitación. Pero bien mirado, soy una

tonta al decir todas estas cosas, pues a nadie le importan mis penas.

Y cambiando rápidamente, su fisonomía volvió a adquirir su sonrisa

petulante, insolente y protectora.

--¡Qué! ¿Adónde vais esta noche?

--Yo, a Bullier, hija mía. Supongo que tú también irás al baile.

--¿Y este señor que tan silencioso está?

Y al decir esto, la hermosa rubia se fijó en Zarzoso, al cual hasta

entonces había afectado no ver.

--¡Calle! ¡Yo creo haber visto a este caballero alguna vez! ¡Ah, sí! Fué

hace poco rato, en el hotel de la plaza del Pantheón, donde entré a

hacer una pregunta. Di, tú, furibundo descamisado, ¿este señor es amigo

tuyo? ¿Es español también?

Agramunt, aludido de este modo, creyó del caso dar a conocer a su amigo,

y con exagerada y cómica expresión de gravedad presentó a Judith al

joven doctor Zarzoso, lumbrera científica de la escuela de Madrid, y que

en la actualidad vivía en París para perfeccionar sus estudios al lado

de los más famosos sabios.

Judith, mientras escuchaba la hipérbole de aquel tronera de Agramunt,

sonreía a Zarzoso, envolviéndole en una mirada protectora que tenía una

expresión casi maternal.

--¡Ah! ¡El señor es médico! Lo celebro mucho. A mí me han gustado

bastante los médicos; tuve un amante que lo era.

--Sí, conozco la historia--dijo Agramunt--; aquél que conociste en el

Hôtel-Dieu, cuando intentaste envenenarte.

--¡Bah! No hablemos de cosas tristes. ¿Ibas a alguna parte?... ¿Dices

que al café de Cluny? Pues vamos allá. Es un café que no me place, pues

sólo van a él burgueses y viejos imbéciles. No es chic el tal

establecimiento; pero, en fin, nunca viene mal en medio de las locuras

del barrio darse cierto barniz de seriedad.

Los tres emprendieron la marcha boulevard abajo; pero a los pocos pasos

se detuvo ella y dijo con gravedad, afectando los ademanes de una

persona sesuda:

--Mirad, hijos míos. Pasamos la noche juntos hasta la hora de retirarse;

pero nada de locuras, ¿eh? Mucha seriedad, que es lo que da distinción a

una persona. Iremos al café y después al baile con toda la prosopopeya y

la sensatez de una familia burguesa. Yo seré la mamá y vosotros los

niños. Andad, pues, hijos míos.

Agramunt reía como un loco. ¡Oh! ¡Qué gracia tenía aquello!

--¡Mamá! ¡Mamá mía!--dijo dando saltos como un niño en torno de la

hermosa rubia, y le plantó un sonoro beso en los labios enrojecidos por

el bermellón.

Judith, afectando cómica indignación, le contestó con un latigazo en las

piernas, y los transeúntes se detuvieron riéndose y encontrando que

aquella rubia tenía mucho chic.

--Vamos, hijos míos: adelante, y cuidado con hacer otra travesura,

porque la mamá es muy mala cuando se lo propone. Con este descamisado es

imposible la seriedad. Vamos, doctor; usted que es más formal, déme

usted el brazo.

Los tres bajaron el boulevard sin que ocurriera ya ningún incidente.

Agramunt abría la marcha moviendo su bastón para hacer saltar al lanudo

Nemo, y detrás marchaban Zarzoso y Judith, sin cambiar una sola palabra.

La rubia, erguida, insolente, lanzando a todos lados miradas de

soberana, y el joven cohibido, casi avergonzado por aquel encuentro que

le obligaba a pasear por el boulevard una mujer tan llamativa y asustado

por las demostraciones que ésta arrancaba al pasar frente a las puertas

de los cafés o junto a las cuadrillas de estudiantes que se paseaban

cogidos del brazo.

A los oídos de Zarzoso llegaban un sinnúmero de exclamaciones que

sonaban a sus espaldas, producidas por el paso de la pareja.

--¡Mira; es Judith!

--Judith, la rubia.

--¿De dónde habrá salida ésa?

--¿Será ése su nuevo arreglo?

--Debe haber pillado algún marqués español.

Y algunos al verla pasar, canturreaban una canción de indecentes

elogios, que una cupletista del barrio había compuesto en honor de

Judith, la rubia.

Esta explosión de popularidad parecía satisfacer mucho a la joven, la

que miraba a todas partes con el aire de una soberana que pasea entre

sus vasallos.

El Barrio Latino era su reino. Allí la conocían todos; la apreciaban,

pues raro era el que no había sido agraciado con sus favores, y la joven

tenía derecho a exigir aquel homenaje del distrito literario, pues le

había sido siempre fiel, negándose a pasar al otro lado del río, donde

encontraba siempre la fortuna.

Entraron los tres en el café Cluny, y apenas hubieron tomado asiento en

una mesa, Judith se levantó, dejando su látigo en el asiento.

--Vuelvo en seguida, hijos míos. Tú, _Nemo_, quédate aquí.

Y mientras el perro, como si comprendiese su lenguaje, saltaba sobre la

banqueta de terciopelo, quedándose en actitud correcta y mirando con

gravedad a sus dos nuevos amigos, la joven, dejando flotar su capa de

seda y sus cabellos rubios en el aire que producía su ligero paso, salió

del café, contenta y sonriente, como satisfecha del asombro que producía

en los tranquilos parroquianos de las vecinas mesas, los cuales la

miraban escandalizados.

--¿Adónde va ésa?--preguntó Zarzoso, que aún parecía no haber salido del

asombro que le produjo aquel encuentro y de la mala impresión causada

por los comentarios que Judith había producido a su paso por el

boulevard.

--No lo sé, ciertamente--contestó Agramunt--. Pero apostaría cualquier

cosa a que se ha metido en ese quiosco de gabinetes de necesidad que

existe a pocos pasos de aquí, en el boulevard Saint-Germain. Es una de

las rarezas más características de Judith. Pero no vayas por esto a

hacer comentarios desfavorables para la chica; no creas que está tocada

de continua disentería. Es que en esos quioscos hay siempre un

tocadorcillo, donde por veinticinco céntimos se encuentran polvos,

bermellón y demás artículos de embellecimiento, y Judith es una persona

que no puede pasar cinco minutos sin contemplarse a sí misma, para

reparar el menor desorden de su belleza. No existe en el mundo idolatría

más fanática que la que esa chica se profesa a sí misma. Es un Narciso

con faldas; está enamorada de su cuerpo tan por completo, que si pudiera

les levantaría un altar a sus pechos y a sus muslos. Y se comprende ese

cariño, ese amor vehemente a sus propias formas, porque has de saber,

querido, que de ellas come en la temporada que está aburrida de los

hombres, y no quiere comprometerse con ningún amante, pues entonces se

la disputan los pintores y los escultores, que la consideran como la

primera modelo de París. ¡Oh! ¡Qué muchacha ésa! ¡Qué Judith! Estoy

seguro de que la Safo, que describe Daudet, no era tan notable como

ésta.

--¿Pero quién es ella?--preguntó Zarzoso con curiosidad que pretendía

ocultar--.¿Conoces tú algo de su vida?

Agramunt hizo un gesto de asombro.

¿Quién no sabía en el Barrio Latino la biografía de Judith la rubia? ¡Si

hasta figuraba en ciertos libros! Ante todo, había que advertir que la

muchacha era judía, como lo indicaba su nombre, y que no había nacido en

Francia, pues sus padres eran unos judíos húngaros, que habían venido a

París a probar fortuna, trayendo consigo a la niña, que tenía entonces

seis años. Los padres murieron a los pocos meses de su llegada a la gran

ciudad, y la pequeña Judith fué recogida por un matrimonio de obreros

que aún vivían en Batignolles, y a los cuales iba a ver ahora de vez en

cuando aquella bohemia extravagante, pues al encontrarse cansada, tras

algunos meses de existencia aventurera, sentía renacer en su pecho un

fugaz chispazo de cariño filial.

La muchacha creció terca, voluntariosa y con caprichos que demostraban

una imaginación fantástica y desordenada. En punto a diversiones gustaba

únicamente de los violentos juegos de los muchachos; odiaba todas las

labores femeniles; fueron vanos los esfuerzos de sus padres adoptivos

para hacerla aprender un oficio, y a los catorce años, formada,

desarrollada y hermosa, con esa precocidad propia de su raza, apareció

en el Circo Hipódromo, como _ecuyère_ de última fila en las pantomimas

ecuestres.

Pronto su luminosa cabellera, flotante al viento; sus hermosas piernas

que oprimían nerviosamente el vientre del caballo y sus temeridades

propias de muchacho travieso, despertaron una tempestad de hambrientos

deseos en los abonados de primera fila, y a la puerta del zaquizamí,

donde ella se vestía, alineáronse los negros fracs, esperando permiso

para entrar y ofrecer a la figuranta costosos _bouquets_ de rosas

acompañados de proposiciones deslumbrantes.

Los elegantes lobos del Hipódromo, entre el montón de carne gastada del

grupo de figurantas, habían olido la carne fresca, la virginidad bravía

y, al mismo tiempo, maliciosa de aquel gracioso diablejo de rubia

cabellera, y la subasta se acaloraba; los postores empeñábanse en una

batalla en que los ofrecimientos subían rápidamente empujados por la

competencia, hasta que, por fin, una noche, después de una cena en la

Maison Doré, en que el champaña corrió a torrentes, Judith cayó en

brazos de un conde ruso millonario y gastado.

Ya no volvió más al Hipódromo; tuvo un piso en la calzada de Antín, con

la servidumbre correspondiente; pero al mes se aburría en aquel gabinete

acolchado y mono como una bombonera, y una tarde se fué al Barrio

Latino, para no volver a salir más de él. Allí estaba en su elemento.

Iba a empujones con la juventud vigorosa, brutal e insaciable que no

retrocedía ante las más estrambóticas locuras, y, además, en aquella

atmósfera de continua crápula al aire libre se encontraba algo del

ambiente científico y artístico que traía consigo la juventud escolar, y

que agradaba mucho a la imaginación ardiente de Judith y a su

inteligencia, de una precocidad asombrosa.

En aquel barrio, haciendo locuras en la calle, rompiendo servicios en

los cafés y siendo conducida casi todas las semanas a los cuartelillos

de la policía, por haberse mezclado, a puñetazo limpio, en las peleas de

los estudiantes, Judith fué bien pronto célebre, gozando de una

popularidad que la convertía en la primera mujer del barrio, y que hizo

que en varias ocasiones de jarana estudiantil, la muchedumbre escolar la

llevase en triunfo sobre sus hombros por el bulevar Saint-Michel.

Al mismo tiempo que de tal modo labraba su reputación tormentosa en el

barrio, adquiría una ilustración tan incoherente como enciclopédica,

oyéndosela hablar de los misterios más recónditos de una ciencia, al

mismo tiempo que daba a entender que desconocía lo más rudimentario y

vulgar de ella. Contábase que cuando cualquiera de sus amantes

permanecía en casa estudiando, por hallarse próxima la época de los

exámenes, ella le acompañaba, entreteniéndose con gran ahinco en la

lectura de los libros de texto, que muchas veces no entendía.

A fuerza de acostarse con los estudiantes de Derecho, hablaba de

Justiniano y Papiniano con la misma franqueza que si se tratara de

algunos señores que la habían convidado a un bock en el café Vachette;

de los estudiantes de Medicina había sacado un incompleto conocimiento

del cuerpo humano que la autorizaba a hablar con tono doctoral sobre las

más difíciles enfermedades; mezclaba en su conversación citas

históricas, problemas matemáticos y términos de ingeniería; pero su

afición predominante, su cuerda sensible, su capricho de todas horas,

eran los artistas, el arte y aquella _Ecole de Beaux-Arts_, de la que

hablaba con respetuosa admiración.

En este centro de enseñanza, donde acudían los pintores y escultores del

porvenir, Judith era popular; pues no había uno solo de aquellos

muchachos melenudos y audaces que no tuviera derecho a su intimidad.

Desde el principio de su estancia en el barrio, la habían enamorado los

alumnos de Bellas Artes por su existencia aventurera y su carácter

extravagante, que tanto armonizaba con el suyo, y esta continua

intimidad con pintores y escultores, la había llegado insensiblemente a

convertirse en modelo, profesión que, aunque incómoda, le gustaba, pues

era como un homenaje tributado a su cuerpo, que ella misma tanto

idolatraba. Además, necesitaba los quince francos que le daban por

sesión, pues una de las rarezas más notables de aquella mujer tan

extraordinaria era no admitir de sus amantes otra cosa que el cuarto y

la comida.

Recibía como una ofensa el dinero de sus amigos, pues ella se entregaba

siempre por amor, y miraba con mayor simpatía a los más pobres entre sus

allegados.

Sus caprichos de mujer histérica hacían furor en el barrio.

En una ocasión se enamoró de la antigua estatua del Gladiador que existe

en el jardín del Luxemburgo, y pasaba las horas enteras sentada ante

ella, contemplando con mirada extraviada por el deseo la potente y

armoniosa musculatura.

Un día en casa de un ropavejero se encontró una hermosa copia en yeso de

la célebre estatua, la compró por treinta francos, y la metió en su

cama, pasando la noche entre espantosas convulsiones y rugidos, que

asustaron a los vecinos e hicieron que al día siguiente los amigos de

Judith rompiesen a patadas el insensible cuerpo del infeliz Gladiador.

La araña negra, t. 8/9 · 第 9 / 12 段