lado--. Esta noche hay baile de moda en Bullier. Ya sabes, concurrencia
distinguidísima. Las _cocottes_ con más chic del otro lado del río
pasarán esta noche los puentes para asistir a la fiesta y bailar la
cuadrilla. Además, se dispararán fuegos de artificio, habrá sorpresas;
en fin, un gran programa, según me acaban de decir esos chicos que están
en la mesa de al lado. El placer armonizado con la economía; entrada,
dos francos para caballero y gratis para las señoras. ¿Vienes?
--No voy--contestó Zarzoso con mal humor.
--Pues harás mal. Necesitas divertirte para que se te vaya esa
melancolía cruel que te devora por momentos. Tampoco hoy hemos recibido
carta, ¿eh?... Me lo figuraba; ni al mismo diablo se le ocurre
enamorarse de una condesita orgullosa, que te ha hecho caso mientras
estuviste en Madrid y la divertías con tus miradas lánguidas y tus
suspiros, pero que te ha olvidado apenas has vivido algunos meses lejos
de ella. Dios sabe cuántos novios tendrá a estas horas la niña. Debes
creerme a mí y dejarte guiar por mis consejos, pues aunque no soy viejo
tengo experiencia. Diviértete, goza todo lo que puedas y piensa como lo
que eres: como un joven de talento que tiene muchos años de vida por
delante, y no como un viejo, que anhela casarse y constituir una
familia. ¿A quién diablos se le ocurre a tu edad tener novias en serio y
tomarse tantos disgustos por si ha venido o no una carta de Madrid?
¿Quién te ha de escribir esa carta? ¿Una mujer hermosa? Pues aquí, sin
salir del barrio, las encontrarás a docenas, y de seguro, mejores que
aquellas sosas de allá; pues yo, querido, aunque pase por mal patriota,
prefiero la mujer francesa. Además, los amoríos de aquí son algo más
substanciosos y divertidos que los noviazgos de allá, limitados siempre
a palabritas dulces, miraditas tiernas y un sinnúmero de señas con las
manos desde el balcón a la calle. Créeme, Juanillo; no seas inocente;
ven esta noche a Bullier, y yo me comprometo a buscarte media docena de
novias superiores a esa que tienes en Madrid y que tan mal se porta
contigo.
Zarzoso comía con la cabeza baja, ocultando la sorda imitación: que le
producían las atrevidas comparaciones de Agramunt, el cual no cesaba de
animarle a su modo, intentando decidirle a que fuese al baile de
Bullier.
De este modo transcurrió la comida, y cuando los dos jóvenes se
levantaron de la mesa, Agramunt, con expresión marrullera de cariño,
cuyo verdadero significado adivinaba Zarzoso, enlazó su brazo con el de
éste y le dijo, con expresión fraternal:
--Vamos, Juanillo, decídete...; ¿vienes?
--No, no voy. No seas pesado--dijo Zarzoso con voz en que se notaba la
ira.
--Bueno, pues no reñiremos por eso. Te acompañaré a dar unas vueltas por
el bulevar, y a las diez te dejaré para que vayas a casa a llorar tus
desdichas. Yo me iré al baile... ¡Ah!, y ahora recuerdo. Harás el favor
de prestarme diez francos, por si tengo algún compromiso en el baile. Ya
ves, siempre saltan al paso antiguos conocimientos.
Zarzoso sonrió, a pesar de la irritación que sentía. Ya había salido al
exterior la verdadera causa de aquella expresión cariñosa que momentos
antes había mostrado Agramunt. Siempre que su amigo le hablaba en aquel
tono era signo de próximo sablazo, cuyo importe le era después devuelto
con más o menos retraso, cuando el escritor cobraba en la casa
editorial.
Zarzoso dió a su amigo medio luis, y ambos, encendiendo sus cigarros en
el mechero del mostrador, salieron del restaurante.
Bajaron por la ancha acera del bulevar, para ir, como de costumbre, a
tomar café a Cluny, y a los pocos pasos ante un gran escaparate de
camisas y corbatas vieron a una mujer que parecía mirar con gran
atención los géneros expuestos, pero que al hallarse próximos los dos
jóvenes, volvió rápidamente la cabeza y se quedó con los ojos fijos en
ellos.
Zarzoso hizo un movimiento de sorpresa, sin poderse explicar la causa de
ello.
Era la misma mujer de poco antes, la hermosa rubia que había encontrado
en el portal de su hotel.
Agramunt tardó más en apercibirse, y cuando ya estaba junto a ella, fué
cuando se fijó, haciendo también un movimiento de sorpresa.
--¡Calla!... ¡Es Judith, la rubia!
La joven sonreía, como encantada por aquella sorpresa, y al mismo tiempo
movía con mano varonil su latiguillo.
--Sí, yo soy; ya hace tiempo que no nos veíamos.
Y luego, tendiendo su mano con cierto aire soldadesco, dijo al escritor:
--¿Cómo estás tú, buena pieza?
VII
La primera noche.
El reconocimiento fué afectuosísimo. Judith parecía encantada por aquel
encuentro, y hasta su perrucho, como si participase de la alegría de su
ama, rabitieso y con las orejas rectas, hacía la rosca en torno de los
dos jóvenes.
¡Vaya un encuentro!
--¿Y qué es de ti ahora?--preguntaba con curiosidad Agramunt--. ¿Cómo
has estado tanto tiempo alejada del barrio?
Y Judith, con su voz hombruna, dando palmadas de compañero en los
hombros del escritor y hurgándole en el vientre con el puño de su
látigo, siempre que se permitía alguna observación subida de color, iba
relatando con frases incoherentes, cortadas por ruidosas carcajadas, la
historia, de su desaparición del barrio.
--El amor, chico, el amor; esa maldita afición a los artistas pobres y
de talento, que ha de ser mi perdición y no me deja hacer carrera como
otras.
Y matizando su puro lenguaje francés con las palabras sacadas del caló
del Barrio Latino y del de los arrabales, fué relatando su viaje por
Bélgica e Inglaterra, que había durado más de ocho meses.
Se había ido de París con un dibujante de _Le Monde Illustré_, que
emprendió una excursión artística por orden de sus editores. El viaje
había sido feliz; se arrullaban como dos tórtolos, se amaban con el
fuego indestructible de las grandes pasiones, llamaban la atención en
los hoteles y hasta en los trenes, por aquel amor público que no se
recataban y que iban pasando de país en país; pero en Londres surgió la
primera nubecilla con motivo de ciertas sospechas de infidelidad que
Judith inspiró a su amante con su ligero carácter. Aquella escena de
celos fué decisiva.
--Chico, aquello fué todo un quinto acto de los melodramas que
representaban en la Porte Saint-Martin. Yo, cansada de sus
lamentaciones, le di con este látigo; él me tiró su caja de dibujo a la
cabeza; estuvimos pegándonos hasta que entraron a separarnos los criados
del hotel, y avergonzada de aquella escena, porque ya sabes, yo soy muy
señora, y no me gustan los escándalos, como a ciertas mujercillas, pasé
el canal, y al día siguiente estaba ya en París, con mi _Nemo_ (el fiel
amigo de Judith).
El perro, al ser aludido, ladró alegremente, poniendo las patas en las
faldas de su ama, la que le contestó con un latigazo.
Zarzoso, a pesar de sus preocupaciones, miraba con creciente curiosidad
a aquella mujer original, extraña e incoherente, que interpolaba los más
sucios y canallescos vocablos en un elegante lenguaje que parecía de una
actriz de la Comedia Francesa, y que, estrambótica en todo, ponía a su
perro el nombre del misterioso personaje submarino imaginado por Julio
Verne.
Judith afectaba no fijarse en Zarzoso, y continuaba su conversación con
Agramunt, el cual, dominado por cierta curiosidad, seguía preguntándole:
--¿Y ahora estás con Luigi, el modelo italiano?
Esta pregunta pareció contrariar a la joven; pero se repuso y contestó
con resolución:
--Con ése, siempre. Es otra de mis debilidades. Cuando nadie me quiere,
voy a buscarle. Pero ahora no estoy con él.
--¿Y qué hacías ante ese escaparate?
--Nada, me distraía. No sé dónde ir. Te digo que empiezo a encontrar ya
insulso este barrio, y si supiera dónde existe una población en que
pueda una divertirse más que en París, allá me iría inmediatamente.
Estoy aburrida de la vida, y el día menos pensado me arrojo al Sena.
--¿Por tercera vez?--dijo con acento burlesco Agramunt.
--No, por cuarta--contestó con gravedad Judith--. Figuro ya por tres
veces en el registro de la Policía como salvada por esos cochinos que se
arrojan al río para ganar la prima de veinticinco francos e impedir que
una mujer se ahogue cuando le dé la gana... Sólo que entonces--añadió
con expresión melancólica--era yo tan imbécil que intentaba suicidarme
por amor, enloquecida con las perrerías que hacían mis amantes. ¡Qué
tiempo aquél, tan feliz y tan estúpido! Ahora que voy siendo vieja, pues
tengo veintidós años, mi paladar está tan gastado, que ya no encuentro
nada que me interese. Podría rodar de brazo en brazo por entre todos los
muchachos del barrio, sin encontrar uno que lograse conmoverme.
--¿Y yo?--dijo enfáticamente Agramunt, estirándose el chaleco.
--¡Bah!... ¡Tú! Ni me acuerdo de cómo te conocí. Eres un buen muchacho,
pero todos sois iguales. Adoráis por egoísmo una sola noche, y
después..., muchas gracias, si os dignáis conocerla a una en la calle.
Yo no soy de las que me hago ilusiones ni creo en la felicidad del
porvenir. He tenido amantes a docenas; he perdido la cuenta de las camas
en que he dormido; en casi todos los hoteles del barrio he dispuesto de
un adorador; he tenido a la otra orilla del río hotel y criados; por mí
se batieron dos imbéciles americanos que no llegaron a comprender que de
ambos me reía; ahí enfrente, en el Luxemburgo, en las tardes de
concierto, le han hecho estruendosas ovaciones a Judith la rubia,
faltando poco para que la llevasen en triunfo; sé cómo hacen el amor los
hombres de casi todos los países; tuve un amante negro que era príncipe
heredero en Africa; en cierta época, un vizconde me ponía las medias por
la mañana, y un duque viejo me pagaba una suntuosa habitación, con
doncella de servicio y _groom_, sólo porque le consintiera ciertas
porquerías que me hacían reír; han hablado de mí los periódicos, y hay
un libro muy leído que trata de mujeres galantes que lleva mi retrato y
mi biografía; y, sin embargo, tengo la seguridad de que el día en que
sea vieja, dentro de unos cuantos años, y tenga que vender periódicos en
el bulevar, como otras muchas que en su juventud fueron tanto o más que
yo, ninguno de vosotros vendrá a darme un sueldo, y hasta tal vez os
deis el gustazo de saludarme con la punte del pie como a un perro
sarnoso. ¡Ah, cochina vida! ¡Qué harta estoy de ti! Antes que se acabe
mi belleza y se vuelvan blancos estos cabellos rubios, a los cuales les
han dedicado resmas de sonetos los muchachos del barrio, le doy vuelta a
la llave de la estufa de mi casa, tapo bien las rendijas de la puerta y
me muero por asfixia. Lo único que me detiene es que así mueren la mayor
parte de las heroínas de folletín, y a mí me parece muy burgués eso de
imitar a los demás.
Zarzoso oía con asombro a aquella joven hermosa, y en apariencia feliz,
que hablaba con tanta tranquilidad de su sombrío porvenir y demostraba
conocer exactamente su actual situación. Oír a Judith era ser arrastrado
por un torbellino loco e ir saltando de sorpresa en sorpresa.
Agramunt no se inmutaba y seguía contemplando a la rubia con cínica
sonrisa. Demostraba estar acostumbrado a los caprichos melancólicos de
aquella mujer extraordinaria.
--Estás esta noche muy fúnebre--dijo a la joven--. ¿Es que acaso sientes
próximo uno de esos ataques de nervios que te convierten en una loca?
--¡Bah! Déjate de tonterías. Estoy triste y nada más. Esta mañana me he
peleado con Luigi y aún me dura la excitación. Pero bien mirado, soy una
tonta al decir todas estas cosas, pues a nadie le importan mis penas.
Y cambiando rápidamente, su fisonomía volvió a adquirir su sonrisa
petulante, insolente y protectora.
--¡Qué! ¿Adónde vais esta noche?
--Yo, a Bullier, hija mía. Supongo que tú también irás al baile.
--¿Y este señor que tan silencioso está?
Y al decir esto, la hermosa rubia se fijó en Zarzoso, al cual hasta
entonces había afectado no ver.
--¡Calle! ¡Yo creo haber visto a este caballero alguna vez! ¡Ah, sí! Fué
hace poco rato, en el hotel de la plaza del Pantheón, donde entré a
hacer una pregunta. Di, tú, furibundo descamisado, ¿este señor es amigo
tuyo? ¿Es español también?
Agramunt, aludido de este modo, creyó del caso dar a conocer a su amigo,
y con exagerada y cómica expresión de gravedad presentó a Judith al
joven doctor Zarzoso, lumbrera científica de la escuela de Madrid, y que
en la actualidad vivía en París para perfeccionar sus estudios al lado
de los más famosos sabios.
Judith, mientras escuchaba la hipérbole de aquel tronera de Agramunt,
sonreía a Zarzoso, envolviéndole en una mirada protectora que tenía una
expresión casi maternal.
--¡Ah! ¡El señor es médico! Lo celebro mucho. A mí me han gustado
bastante los médicos; tuve un amante que lo era.
--Sí, conozco la historia--dijo Agramunt--; aquél que conociste en el
Hôtel-Dieu, cuando intentaste envenenarte.
--¡Bah! No hablemos de cosas tristes. ¿Ibas a alguna parte?... ¿Dices
que al café de Cluny? Pues vamos allá. Es un café que no me place, pues
sólo van a él burgueses y viejos imbéciles. No es chic el tal
establecimiento; pero, en fin, nunca viene mal en medio de las locuras
del barrio darse cierto barniz de seriedad.
Los tres emprendieron la marcha boulevard abajo; pero a los pocos pasos
se detuvo ella y dijo con gravedad, afectando los ademanes de una
persona sesuda:
--Mirad, hijos míos. Pasamos la noche juntos hasta la hora de retirarse;
pero nada de locuras, ¿eh? Mucha seriedad, que es lo que da distinción a
una persona. Iremos al café y después al baile con toda la prosopopeya y
la sensatez de una familia burguesa. Yo seré la mamá y vosotros los
niños. Andad, pues, hijos míos.
Agramunt reía como un loco. ¡Oh! ¡Qué gracia tenía aquello!
--¡Mamá! ¡Mamá mía!--dijo dando saltos como un niño en torno de la
hermosa rubia, y le plantó un sonoro beso en los labios enrojecidos por
el bermellón.
Judith, afectando cómica indignación, le contestó con un latigazo en las
piernas, y los transeúntes se detuvieron riéndose y encontrando que
aquella rubia tenía mucho chic.
--Vamos, hijos míos: adelante, y cuidado con hacer otra travesura,
porque la mamá es muy mala cuando se lo propone. Con este descamisado es
imposible la seriedad. Vamos, doctor; usted que es más formal, déme
usted el brazo.
Los tres bajaron el boulevard sin que ocurriera ya ningún incidente.
Agramunt abría la marcha moviendo su bastón para hacer saltar al lanudo
Nemo, y detrás marchaban Zarzoso y Judith, sin cambiar una sola palabra.
La rubia, erguida, insolente, lanzando a todos lados miradas de
soberana, y el joven cohibido, casi avergonzado por aquel encuentro que
le obligaba a pasear por el boulevard una mujer tan llamativa y asustado
por las demostraciones que ésta arrancaba al pasar frente a las puertas
de los cafés o junto a las cuadrillas de estudiantes que se paseaban
cogidos del brazo.
A los oídos de Zarzoso llegaban un sinnúmero de exclamaciones que
sonaban a sus espaldas, producidas por el paso de la pareja.
--¡Mira; es Judith!
--Judith, la rubia.
--¿De dónde habrá salida ésa?
--¿Será ése su nuevo arreglo?
--Debe haber pillado algún marqués español.
Y algunos al verla pasar, canturreaban una canción de indecentes
elogios, que una cupletista del barrio había compuesto en honor de
Judith, la rubia.
Esta explosión de popularidad parecía satisfacer mucho a la joven, la
que miraba a todas partes con el aire de una soberana que pasea entre
sus vasallos.
El Barrio Latino era su reino. Allí la conocían todos; la apreciaban,
pues raro era el que no había sido agraciado con sus favores, y la joven
tenía derecho a exigir aquel homenaje del distrito literario, pues le
había sido siempre fiel, negándose a pasar al otro lado del río, donde
encontraba siempre la fortuna.
Entraron los tres en el café Cluny, y apenas hubieron tomado asiento en
una mesa, Judith se levantó, dejando su látigo en el asiento.
--Vuelvo en seguida, hijos míos. Tú, _Nemo_, quédate aquí.
Y mientras el perro, como si comprendiese su lenguaje, saltaba sobre la
banqueta de terciopelo, quedándose en actitud correcta y mirando con
gravedad a sus dos nuevos amigos, la joven, dejando flotar su capa de
seda y sus cabellos rubios en el aire que producía su ligero paso, salió
del café, contenta y sonriente, como satisfecha del asombro que producía
en los tranquilos parroquianos de las vecinas mesas, los cuales la
miraban escandalizados.
--¿Adónde va ésa?--preguntó Zarzoso, que aún parecía no haber salido del
asombro que le produjo aquel encuentro y de la mala impresión causada
por los comentarios que Judith había producido a su paso por el
boulevard.
--No lo sé, ciertamente--contestó Agramunt--. Pero apostaría cualquier
cosa a que se ha metido en ese quiosco de gabinetes de necesidad que
existe a pocos pasos de aquí, en el boulevard Saint-Germain. Es una de
las rarezas más características de Judith. Pero no vayas por esto a
hacer comentarios desfavorables para la chica; no creas que está tocada
de continua disentería. Es que en esos quioscos hay siempre un
tocadorcillo, donde por veinticinco céntimos se encuentran polvos,
bermellón y demás artículos de embellecimiento, y Judith es una persona
que no puede pasar cinco minutos sin contemplarse a sí misma, para
reparar el menor desorden de su belleza. No existe en el mundo idolatría
más fanática que la que esa chica se profesa a sí misma. Es un Narciso
con faldas; está enamorada de su cuerpo tan por completo, que si pudiera
les levantaría un altar a sus pechos y a sus muslos. Y se comprende ese
cariño, ese amor vehemente a sus propias formas, porque has de saber,
querido, que de ellas come en la temporada que está aburrida de los
hombres, y no quiere comprometerse con ningún amante, pues entonces se
la disputan los pintores y los escultores, que la consideran como la
primera modelo de París. ¡Oh! ¡Qué muchacha ésa! ¡Qué Judith! Estoy
seguro de que la Safo, que describe Daudet, no era tan notable como
ésta.
--¿Pero quién es ella?--preguntó Zarzoso con curiosidad que pretendía
ocultar--.¿Conoces tú algo de su vida?
Agramunt hizo un gesto de asombro.
¿Quién no sabía en el Barrio Latino la biografía de Judith la rubia? ¡Si
hasta figuraba en ciertos libros! Ante todo, había que advertir que la
muchacha era judía, como lo indicaba su nombre, y que no había nacido en
Francia, pues sus padres eran unos judíos húngaros, que habían venido a
París a probar fortuna, trayendo consigo a la niña, que tenía entonces
seis años. Los padres murieron a los pocos meses de su llegada a la gran
ciudad, y la pequeña Judith fué recogida por un matrimonio de obreros
que aún vivían en Batignolles, y a los cuales iba a ver ahora de vez en
cuando aquella bohemia extravagante, pues al encontrarse cansada, tras
algunos meses de existencia aventurera, sentía renacer en su pecho un
fugaz chispazo de cariño filial.
La muchacha creció terca, voluntariosa y con caprichos que demostraban
una imaginación fantástica y desordenada. En punto a diversiones gustaba
únicamente de los violentos juegos de los muchachos; odiaba todas las
labores femeniles; fueron vanos los esfuerzos de sus padres adoptivos
para hacerla aprender un oficio, y a los catorce años, formada,
desarrollada y hermosa, con esa precocidad propia de su raza, apareció
en el Circo Hipódromo, como _ecuyère_ de última fila en las pantomimas
ecuestres.
Pronto su luminosa cabellera, flotante al viento; sus hermosas piernas
que oprimían nerviosamente el vientre del caballo y sus temeridades
propias de muchacho travieso, despertaron una tempestad de hambrientos
deseos en los abonados de primera fila, y a la puerta del zaquizamí,
donde ella se vestía, alineáronse los negros fracs, esperando permiso
para entrar y ofrecer a la figuranta costosos _bouquets_ de rosas
acompañados de proposiciones deslumbrantes.
Los elegantes lobos del Hipódromo, entre el montón de carne gastada del
grupo de figurantas, habían olido la carne fresca, la virginidad bravía
y, al mismo tiempo, maliciosa de aquel gracioso diablejo de rubia
cabellera, y la subasta se acaloraba; los postores empeñábanse en una
batalla en que los ofrecimientos subían rápidamente empujados por la
competencia, hasta que, por fin, una noche, después de una cena en la
Maison Doré, en que el champaña corrió a torrentes, Judith cayó en
brazos de un conde ruso millonario y gastado.
Ya no volvió más al Hipódromo; tuvo un piso en la calzada de Antín, con
la servidumbre correspondiente; pero al mes se aburría en aquel gabinete
acolchado y mono como una bombonera, y una tarde se fué al Barrio
Latino, para no volver a salir más de él. Allí estaba en su elemento.
Iba a empujones con la juventud vigorosa, brutal e insaciable que no
retrocedía ante las más estrambóticas locuras, y, además, en aquella
atmósfera de continua crápula al aire libre se encontraba algo del
ambiente científico y artístico que traía consigo la juventud escolar, y
que agradaba mucho a la imaginación ardiente de Judith y a su
inteligencia, de una precocidad asombrosa.
En aquel barrio, haciendo locuras en la calle, rompiendo servicios en
los cafés y siendo conducida casi todas las semanas a los cuartelillos
de la policía, por haberse mezclado, a puñetazo limpio, en las peleas de
los estudiantes, Judith fué bien pronto célebre, gozando de una
popularidad que la convertía en la primera mujer del barrio, y que hizo
que en varias ocasiones de jarana estudiantil, la muchedumbre escolar la
llevase en triunfo sobre sus hombros por el bulevar Saint-Michel.
Al mismo tiempo que de tal modo labraba su reputación tormentosa en el
barrio, adquiría una ilustración tan incoherente como enciclopédica,
oyéndosela hablar de los misterios más recónditos de una ciencia, al
mismo tiempo que daba a entender que desconocía lo más rudimentario y
vulgar de ella. Contábase que cuando cualquiera de sus amantes
permanecía en casa estudiando, por hallarse próxima la época de los
exámenes, ella le acompañaba, entreteniéndose con gran ahinco en la
lectura de los libros de texto, que muchas veces no entendía.
A fuerza de acostarse con los estudiantes de Derecho, hablaba de
Justiniano y Papiniano con la misma franqueza que si se tratara de
algunos señores que la habían convidado a un bock en el café Vachette;
de los estudiantes de Medicina había sacado un incompleto conocimiento
del cuerpo humano que la autorizaba a hablar con tono doctoral sobre las
más difíciles enfermedades; mezclaba en su conversación citas
históricas, problemas matemáticos y términos de ingeniería; pero su
afición predominante, su cuerda sensible, su capricho de todas horas,
eran los artistas, el arte y aquella _Ecole de Beaux-Arts_, de la que
hablaba con respetuosa admiración.
En este centro de enseñanza, donde acudían los pintores y escultores del
porvenir, Judith era popular; pues no había uno solo de aquellos
muchachos melenudos y audaces que no tuviera derecho a su intimidad.
Desde el principio de su estancia en el barrio, la habían enamorado los
alumnos de Bellas Artes por su existencia aventurera y su carácter
extravagante, que tanto armonizaba con el suyo, y esta continua
intimidad con pintores y escultores, la había llegado insensiblemente a
convertirse en modelo, profesión que, aunque incómoda, le gustaba, pues
era como un homenaje tributado a su cuerpo, que ella misma tanto
idolatraba. Además, necesitaba los quince francos que le daban por
sesión, pues una de las rarezas más notables de aquella mujer tan
extraordinaria era no admitir de sus amantes otra cosa que el cuarto y
la comida.
Recibía como una ofensa el dinero de sus amigos, pues ella se entregaba
siempre por amor, y miraba con mayor simpatía a los más pobres entre sus
allegados.
Sus caprichos de mujer histérica hacían furor en el barrio.
En una ocasión se enamoró de la antigua estatua del Gladiador que existe
en el jardín del Luxemburgo, y pasaba las horas enteras sentada ante
ella, contemplando con mirada extraviada por el deseo la potente y
armoniosa musculatura.
Un día en casa de un ropavejero se encontró una hermosa copia en yeso de
la célebre estatua, la compró por treinta francos, y la metió en su
cama, pasando la noche entre espantosas convulsiones y rugidos, que
asustaron a los vecinos e hicieron que al día siguiente los amigos de
Judith rompiesen a patadas el insensible cuerpo del infeliz Gladiador.