Según las observaciones de uno de esos sabios parisienses que se dedican

a estudios en la apariencia algo fútiles, pero que en el fondo tienen

transcendencia social, de cada diez mil muchachas que anualmente llegan

del fondo de los departamentos a la gran ciudad, para dedicarse al

servicio doméstico, mil vuelven a sus pueblos a los pocos meses, por no

ser aptas para tal profesión o sentir demasiado la nostalgia de la

patria; otras tantas consiguen a fuerza de sisas y economías, por

espacio de cuatro o cinco años, reunir tres mil francos, con lo que

compran un marido, "garçon de hôtel", o simplemente visitante de

tabernas; unas diez o doce se arrojan al Sena, pues cometen--como diría

un parisién--la insigne tontería de tomar el amor en serio; y las

restantes, maleadas por el ambiente de la ciudad, con la conciencia

corrompida por los ejemplos que continuamente se presentan a sus ojos,

desesperadas de poder reunir la cantidad de dinero que necesita en

Francia una mujer para casarse, y seducidas por el espectáculo de

algunas que, meses antes fregaban platos como ellas y en la actualidad

visten mejor que sus antiguas señoritas y gastan a todas horas fiacre de

alquiler, se deciden a hacer un cambio radical en su vida y conducta,

pasan el Rubicón, que en estas circunstancias representa el honor, y van

a engrosar aquellas mesnadas femeninas que atraen la presencia en París

de toda la gente rica y corrompida de las cinco partes del mundo.

¡Qué triste historia sintetiza cada una de esas infelices que pasa la

vida riendo por las calles y cafés de París! Muchas veces la más

descocada e insolente, que remedando los ademanes que veía hacer a sus

antiguas señoritas ha conseguido darse cierto aire de distinción, y hace

creer a sus imbéciles amigos que es hija de un banquero arruinado, de un

general perdido por la política, etc., es causa de que dos pobres

ancianos, allá en lo más ignorado del último departamento y en su

miserable choza, lloren noche y día creyendo muerta la hija que salió

del pueblo cuando muchacha, para ir a servir a París, con las mejillas

rojas por el rubor, los ojos bajos y el aire tímido e inocente. Los

infelices padres recibían antes todos los meses una carta garrapateada,

en la que la niña les decía que su salud era buena y les contaba las

cosas de sus amos; pero llegó un mes en que la carta faltó, al siguiente

tampoco vino, y así fué sucediendo durante mucho tiempo, hasta que al

fin los dos viejos fueron a París a buscar su única hija; pero su

intento resultó vano, y a los pocos días, asustados del ruido de la gran

ciudad, se volvieron a casa para llorar a la muchacha que, según sus

deducciones, habría sido aplastada por un coche o se habría ahogado en

el Sena. Aquellos infelices lloran sin tregua... y con motivo, pues se

conduelen de la muerte de la hija honrada e inocente y ésta ya no

existe, puesto que los virtuosos ancianos nunca querrían reconocer a su

hija de ayer en la mundana desenvuelta de hoy.

Historias como ésta hay muchas en la gran ciudad, pues se encargan de

formarlas la mayor parte de esas jóvenes que llegan a París cubiertas

con ridículas cofias y mirando a todos con aire cerril y salvaje, para

al cabo de un año ir por las calles llevándose tras sí centenares de

miradas, cubiertas de las más costosas galas que constituyen la última

moda y muchas veces salpicando de barro, con las ruedas de su carruaje,

a las mismas familias a quienes meses antes les servían la sopa todas

las tardes a las seis en punto.

Muchas veces esas mujeres que tal salto han dado en su existencia,

rodando de brazo en brazo, encuentran algún poeta que les cante, porque

la lira de la juventud, que sólo quiere entonar himnos a la belleza, es

poco escrupulosa en punto a moralidad, e indudablemente entre las Ninon,

las Ninettes y las Lilis, a quienes dedicaba sus originales sonetos

Alfredo de Musset, el poeta más dulce y más cínico a la par que ha

tenido Francia; entre aquellas mujeres que merecían tan hermosas frases

y tan aéreos conceptos las había que poco tiempo antes barrían las

escaleras, se llamaban Paulas o Mauricias, y no conocían más versos que

los estúpidos de los "couplets" populares.

¡Es triste cosa que un par de trajes elegantes y cuatro ademanes

imitados, basten para trastornar el seso de un gran poeta, y que su lira

rompa deshonrosamente a cantar el vicio y la corrupción!

Pero no es solamente la clase antes indicada la que contribuye a que el

vicio tenga siempre su sacerdocio en París, pues éste se ve también

engrosado por otros elementos.

Acuden a la gran ciudad, como mariposas atraídas por fuerte luz,

desdichadas de todos los países; lo mismo de las risueñas campiñas

andaluzas, que de los campamentos cosacos; igual de las Repúblicas

americanas, que de las posesiones europeas de Africa, y ellas hacen

desfilar por frente a esos millonarios que durante el invierno sientan

sus reales en los bulevares todos los tipos, colores y configuraciones

de los diversos pueblos de la tierra.

Junto a todas éstas descuella y se da inmediatamente a conocer la

indígena o propiamente parisién, la que si ha salido más allá de las

barreras, sólo ha sido para llegar hasta Versalles o Suresnes, y que

cree que el centro del Universo a cuyo alrededor giran el Sol y todos

los planetas es el bulevar de los Italianos: mujer original y rara, a

quien gusta todo lo extravagante, y que tiene la ágil perversidad del

mono, la fatuidad y los discordes chillidos del pavo real y las

marrullerías y malas intenciones de un gato viejo.

El tipo de la alegre parisién es un ejemplar repetido hasta lo infinito,

pero siempre con el mismo texto. Su historia es siempre idéntica. Nacen

y crecen en una portería o en un sotabanco. La madre vende flores o

frutas en un carretoncillo por las calles: el padre trabaja tres días a

la semana, y en la noche del sábado, después de andar a puñetazos con su

mujer por cuestión de mejor derecho para guardar los ochavos, se mete en

la taberna, de donde sale el miércoles casi a gatas. La niña, como ya es

grande, trabaja en un taller tranquilamente, hasta que un día la

compañera la tienta a ir por la noche a un baile cualquiera, y allí

danza con un muchacho, que empieza su conquista regalándole un ramo de

violetas de cinco céntimos y convidándola a un "bock" y acaba por

enamorarse de aquel tipo delicioso, que sabe ponerse el sombrero de

canto sobre la nariz, que imita el canto del gallo con exactitud

sorprendente, que baila la cuadrilla haciendo el pajarito y que tiene un

sinfín de hermosas habilidades, aunque desconoce la más principal, o sea

la del trabajo, pues no falta quien le asegura a ella que el tal ente

vive de poner contribución a los afectos de sus enamoradas.

Desde aquel día la muchacha no vuelve a su caca; el padre, entre vasos

de vino y copas de "wisky", jura a sus compañeros de la taberna que

donde la pille la va a matar; la madre llora y cuenta sus penas a la

vecina, y así pasan los meses, hasta que un día la encuentran en el

bulevar los autores de sus días, elegantemente vestida, del brazo de un

caballero, y... no sucede absolutamente nada, pues al marido le parece

muy agradable tener una hija que siempre que le encuentra la da un par

de francos para beber, y la mujer casi se alegra de que la niña no haya

venido a casarse al fin con cualquier muchacho del barrio, que la haga

desfallecer de hambre y le administre una paliza semanal.

¡Especial modo de ser el de gran parte de las familias parisienses! Las

honradas familias españolas jamás podrán comprender, para fortuna

nuestra y de la moral, esa indiferencia afrentosa que se manifiesta aquí

entre ciertas clases ante la pérdida del honor.

El espectáculo que ofrecen esas infelices jóvenes, entregadas a una

incesante crápula, en la edad de los ensueños y de las ilusiones, no

puede ser más triste y desconsolador. Se ven entre ellas rostros francos

y hermosos, que a primera vista parecen frescos e inocentes, pero que

mirados con más detención, delatan una fatiga inmensa, propia del abuso

de la vida; y aquellas bocas, muchas veces plegadas por angelicales

sonrisas, se abren para dejar oír voces roncas por el alcohol que

profieren las más soeces frases o los más tremendos juramentos, con una

naturalidad abrumadora.

La vida nocturnal de esas infelices está de continuo llena de

sobresaltos y peligros, pues cuando no las incómoda el vicio con sus más

hediondas formas, las persigue la sociedad, que tiene más cuidado en

sacar provecho de los seres que viven fuera del mundo de la moral, que

en redimirlos de tan degradante esclavitud.

Muchas veces el transeúnte, de rostro bondadoso, que pasea su bonhomía

por las calles durante la noche, se ve de repente agarrado del brazo por

una mujer que empieza a marchar junto a él con la naturalidad de

antiguos amigos. El, sorprendido, intenta preguntar; pero ella hace que

calle, y así andan un poco hasta que al llegar a cualquier esquina, el

hombre, que ya empieza a interesarse por adivinar en qué parará aquello,

ve que su pareja le abandona y desaparece.

Es que aquella infeliz va perseguida por la Policía, que siempre se

muestra cruel con el vicio que no da parte de sus rendimientos al

Estado, y para salvarse se agarra al brazo del primer hombre que

encuentra, lo que la pone a cubierto de toda detención.

Tan inmensa falange de víctimas de la concupiscencia de una gran ciudad

aumenta todos los días. Raro es aquel en que las oficinas de la Policía

no reciben reclamaciones de dos o tres familias para que busquen otras

tantas jóvenes fugitivas del hogar doméstico; pero como no andaría muy

medrada la institución que vela por la seguridad pública si tuviera que

atender a tan continuas demandas, son pocas las diligencias que se hacen

para buscarlas, y a las muchachas emancipadas de la tutela paternal para

ser víctimas de las pasiones, les basta mudarse a un barrio de París

algo distante del que ocupan sus parientes para que éstos no las

encuentren en años.

El antimoral ejército que pulula por París tiene dos tremendos enemigos

que ametrallan de continuo sus filas, causando muchas bajas: el hambre y

las enfermedades.

Cuando el vicio forma las legiones que sostienen su bandera y pasa

revista, encuentra muchos huecos en aquélla. ¿Qué se ha hecho de Titín,

Odilia, Sarah, Iseul y Mimí?

Que se lo pregunten al hospital o al Sena. Las más han perecido a manos

de la miseria, y sus cuerpos figuran en las mesas de disección de la

Escuela de Medicina; y las otras se han suicidado, arrojándose al río,

porque estaban cansadas de vivir... a los veinte años.

VI

Judith, la Rubia.

Seguía Zarzoso el bulevar Saint-Germain, en dirección contraria al Sena,

a la hora en que los reverberos de las calles acababan de encenderse y

en que las tiendas comenzaban a iluminar sus escaparates, ante los

cuales se detenían los curiosos.

El cielo ceniciento, que, como sucia cortina, se extendía sobre los

tejados, estaba empapado aún con el último y moribundo reflejo del

crepúsculo.

El joven médico parecía muy preocupado. Hacía un frío molesto por lo

punzante; soplaba un cierzo que parecía herir el cutis como sutil

cuchilla; todos los transeúntes andaban con las manos metidas en los

bolsillos y arrebujados en sus abrigos, y a pesar de esto, Zarzoso, como

si fuera insensible a los rigores de la estación, caminaba con lentitud,

con el gabán desabrochado, el cuello bajo, los brazos cruzados sobre la

espalda sosteniendo con desmayo el bastón y la cabeza inclinada, cual si

no pudiera resistir la pesadumbre de la inmensa balumba de pensamientos

que se agitaba en su cerebro.

Acababa de salir de la calle del Sena, donde había pasado una hora de

conversación con Alvarez, si es que conversación podía llamarse a la

repetición infinita de una misma pregunta, bajo diferentes formas:

--¿Todavía nada?--preguntaba con ansiedad el infeliz padre.

--Nada--contestaba con lacónico desaliento el novio de María.

Y los dos hombres quedaban silenciosos, mirándose con expresión

dolorosa, combatidos por diversos pensamientos: hasta que, transcurridos

muchos minutos se atrevían a volver a hablar:

--Es extraño ese silencio, hijo mío.

--Realmente, es muy extraño, don Esteban.

Y así seguía la conferencia de los dos hombres todas las tardes, hasta

que, por fin, Zarzoso, cansado de la incertidumbre de Alvarez, que

aumentaba la suya propia, le daba las buenas noches y lo abandonaba.

El joven médico, al salir aquella tarde de la calle del Sena y remontar

con aspecto desalentado el bulevar Saint-Germain, iba pensando en que

justamente aquel mismo día hacia un mes que había escrito a María la

carta en que la noticiaba el encuentro casual con el que era su

verdadero padre.

Esperó seis días confiado en que, transcurrido este plazo, que era el

que necesitaban sus cartas para alcanzar contestación, María le

escribiría como siempre; pero pasó el tiempo y la carta no llegó.

Zarzoso sospechaba de la Administración de Correos; creía ocurridos los

más absurdos incidentes en el viaje de la correspondencia para

explicarse de este modo la desaparición de su carta; de todos pensaba

mal menos de María, y volvió a escribir y a esperar otros seis días,

siendo acogida esta segunda tentativa con el mismo absoluto silencio.

Aquello era absurdo, le resultaba imposible, y tanta fe tenía en María

que hasta en algunos instantes creyó que soñaba.

La sospecha de que sus cartas se hubiesen perdido resultaba inadmisible,

pues en tal caso María, alarmada por este silencio, se hubiese

apresurado a escribirle pidiéndole explicaciones.

Fué aquel mes la época más terrible que en su vida tuvo Zarzoso. Acosó a

preguntas al conserje de su hotel y casi le sometió a un interrogatorio,

como si temiera que ocultase las cartas recibidas; bajó al portal a las

horas en que solía llegar el cartero, para hostigarle con reclamaciones

que estaban próximas a originar una pendencia; hasta llegó a ir con

Agramunt a la Administración Central de Correos, para enterarse de las

probabilidades de extravío que tenía una carta de Madrid a París; pero

toda su nerviosa inquietud, toda su irritada movilidad, no le sirvió más

que para convencerse de que nadie le escribía, y que aquel silencio

postal tenía su principal motivo en Madrid y no en los encargados de

transmitir la correspondencia.

Zarzoso presentía en este silencio un hostil misterio, un poder oculto

que había descubierto su amor y trabajaba contra él; pero estaba lejos

de adivinar su verdadero significado y de dónde procedía.

El joven, desesperado ya, en vez de dirigirse a su novia, escribió a

doña Esperanza, la viuda de López, que era a quien enviaba siempre las

cartas. Pidióle explicaciones sobre aquel silencio inesperado, pero éste

continuó, y si su novia no le escribía, tampoco la viuda se dignó darle

contestación.

Entonces Zarzoso llegó a desesperarse de un modo que inspiró inquietudes

a Agramunt.

Roído por la incertidumbre y agitado por las sospechas, Zarzoso, a los

veinte días de aquel silencio, apeló a los medios más extremos.

Con la desesperación del náufrago que se agarra al más insignificante

objeto, confiando que va a salvarse, creyó que apelando al telégrafo

adquiriría mejor resultado que valiéndose del correo, y envió telegramas

urgentes, con la contestación pagada, a la viuda de López, sin que por

esto lograse romper aquel silencio absoluto y desesperado que le salía

al paso apenas intentaba comunicarse con Madrid.

Zarzoso no sabía ya qué hacer para explicarse la causa de aquel

silencio.

No había que pensar en la posibilidad de que María no contestase por

hallarse enferma. En un número de "La Época", que leyó en el café de

Cluny, encontróse con una reseña de un baile, en la que se dirigían

elogios a la sobrina de la baronesa de Carrillo, haciendo una

descripción dulzona de su hermosura, su gracia y su elegancia.

Además, Zarzoso había pedido noticias a un amigo de Madrid, antiguo

condiscípulo de la escuela de San Carlos, en el que tenía absoluta

confianza; y éste, que contestó inmediatamente, le dijo haber visto a

María en los paseos con el aspecto de siempre, y que en cuanto a la

viuda de López, estaba bien de salud y habitaba la misma casa, que era

donde Zarzoso dirigía toda su correspondencia amorosa.

Esta noticia hizo llegar al período álgido el asombro y la desesperación

del joven.

No estaban enfermas María y su acompañante doña Esperanza; no había

ocurrido nada de particular en su existencia; ¿por qué guardaban, pues,

tan inexplicable silencio?

Zarzoso, del abatimiento y la tristeza, comenzó a pasar a la violencia.

Escribió cartas en estilo amargo, irónico, casi insultante, y las envió

a Madrid, sin ser por esto más afortunado ni lograr romper aquel

silencio.

Hubo momentos en que acarició la idea de abandonar París y presentarse

en Madrid inesperadamente, con el propósito de pedir cuentas a María de

su inexplicable conducta; pero el joven experimentaba un pavor infantil

al pensar en su tío, y la consideración de que éste podría enterarse de

tan extraño viaje era más que suficiente para hacerle desistir.

Enclavado en París, y en aquel aislamiento desesperante en que le dejaba

la mujer querida, Zarzoso permaneció un mes entero, experimentando en

los últimos días una gran indignación, que trocaba su antiguo amor en

irritación sorda y terrible contra María.

El joven creía ya haber encontrado, en los últimos días de aquel mes de

espera e incertidumbre, la clave que explicaba tan misterioso silencio.

¡Ah, la miserable! ¡La orgullosa aristócrata! La extensa carta que la

había enviado su novio dándola cuenta del encuentro con el que resultaba

su verdadero padre, era el único motivo de aquel silencio absurdo. La

condesita se avergonzaba, sin duda, de su origen; irritábase

indudablemente contra su adorador por haber éste descubierto el misterio

de su nacimiento, y a ello era debido que, deseando romper unas

relaciones que le resultaban ya molestas, se negara a contestar a las

cartas de Zarzoso, acabando los amores con tan villano procedimiento.

Así se explicaba Zarzoso el silencio de María, y como cada vez se sentía

más atraído por esta solución que había imaginado, comenzaba a

considerar con cierto desprecio as su antigua novia, teniéndola por una

mujer vulgar, fatua y preocupada por las ideas rancias de su clase.

En esto iba pensando aquella tarde, al salir de la calle del Sena, y se

ratificaba cada vez más en sus ideas, al notar que don Esteban

participaba de ellas, aunque no se atrevía a manifestarlo por miedo a

aumentar el desaliento que experimentaba el joven médico.

Cuando éste, dejando el bulevar Saint-Germain, entró en el de

Saint-Michel, iba tan preocupado con sus pensamientos, que monologueaba

en voz baja, gesticulando, hasta el punto de llamar la atención de los

transeúntes más próximos:

--¡Qué engañado estaba! Quien mejor conoce a esa familia es Perico, el

antiguo criado de don Esteban. ¡Raza de orgullosos, en la que sólo se

encuentran amores nocivos! Ahora veo claro; María es igual a todas las

mujeres de su familia; tan orgullosa y falta de sentimientos como su tía

la baronesa, sólo que con su carita de ángel y su aparente bondad sabe

engañar mejor y ocultar la ruindad de su fondo. ¡Vive Dios! ¡Y que no

pueda yo dejar de amarla!... ¡Que no tenga yo la fuerza suficiente para

olvidar y permanecer indiferente ante ese silencio abrumador!

Y el joven, a pesar de sus quejas, de sus recriminaciones contra María,

reconocíase impotente para combatir aquel amor que, según su expresión,

había penetrado en él hasta los tuétanos; y tanta necesidad sentía de

ser correspondido, que cual el desesperado que no pierde la esperanza de

salvarse hasta en los últimos instantes, en su cerebro acababa de surgir

la halagadora idea de que María tal vez le habría contestado y a

aquellas horas la carta estaría esperándole en el casillero de la

portería de su hotel.

Cuando Zarzoso formuló este pensamiento se encontraba casi a la puerta

de su restaurante, situado frente al Luxemburgo.

Dudó algunos instantes. ¿Qué hacer?

Era absurda la esperanza de que le aguardase en el hotel la anhelada

contestación de María. En las horas que había permanecido fuera de casa

sólo había un reparto de cartas, y en éste rara vez entraba la

correspondencia española; pero por la misma inverosimilitud de su

esperanza, el joven se sentía atraído por ella, y al fin se decidió a

remontar la calle Soufflot y entrar en su hotel para convencerse de si

había adivinado la llegada de la carta. No quería comer agitado por la

incertidumbre o halagado por absurdas esperanzas.

Cuando el joven, atravesando la plaza del Pantheón, fué a entrar en su

hotel, apenas si se fijó en una mujer joven, vestida con bastante

elegancia y que estaba parada cerca de la puerta, al pie de un

reverbero, y teniendo a pocos pasos un perrillo lanudo y feo que

jugueteaba con un pedazo de periódico.

Zarzoso penetró en la portería y lanzó al casillero una ansiosa mirada.

La mayor parte de las casillas de los otros huéspedes tenían cartas o

periódicos con fajas selladas que demostraban su lejana procedencia;

pero en la suya, nada absolutamente; la llave nada más, colgando con

tristeza del clavo, como si sintiera desaliento al verse en tal soledad.

Haciendo un gesto de resignación salió de la portería, y al volver de

espaldas para cerrar la mampara de cristales, tropezó con una mujer que

entraba resueltamente en el portal. El joven la miró, balbuceando una

excusa y llevándose la mano al sombrero.

La reconoció inmediatamente. Era la joven que momentos antes se hallaba

al pie del farol de gas, y su perro estaba ahora allí, junto a ella,

apretándose contra sus faldas, como si sintiera temor al penetrar en una

casa desconocida.

Era de mediana estatura, de un cutis blanco de trasparencia lechosa, y

lo que en ella llamaba la atención, más que las facciones y las formas

de su cuerpo, erguido con petulancia, eran los cabellos y los ojos,

ofreciendo un rudo contraste que inmediatamente saltaba a la vista. La

cabellera era rubia, pero de un rubio dorado obscuro, brillante, que

parecía irradiar luz; y los ojos, por un contrasentido de la Naturaleza,

aparecían negros, rasgados, agrandados aún más por ciertas líneas y

sombras del lápiz de tocador, y haciendo recordar los de las circasianas

encerradas en el fondo del harén. En aquellos ojos, ventanas del alma,

espejos delatores de tudas las dobleces de un carácter, adivinábase una

inmensa malicia; lo mismo sabían fingir la cándida mirada de la

inocencia y del asombro, que animarse y chispear con la excitación

brutal de la orgía.

En toda su persona perfumada, esparcía un ambiente de dulce olor de

violeta, notábase algo de original, cierto corte bohemio que la elevaba

sobre la vulgaridad de la cocotte.

Vestía con elegancia, y, sin embargo, en toda su persona, que respiraba

originalidad, notábase la tendencia a huir de la última moda vulgar, de

combatir el último figurín, que es siempre artículo de fe para las

mujeres parisienses.

Su traje de raso, de color de malva, transigía un poco con la moda; pero

en la cabeza llevaba un artístico chambergo erizado de ondulantes y

largas plumas, y los hombros estaban cubiertos por una capa de seda

negra que le bajaba hasta los pies en pliegues estatuarios. Adivinábase

en aquella mujer, con su aspecto ligero y un tanto fatuo, el fanatismo

del arte que absorbe todos los sentimientos, y comprendíase que el

modelo de sus trajes, en vez de copiarlos de sus periódicos de modas, lo

sacaba de los hermosos retratos de marquesas y duquesas del pasado

siglo, que existían en el Museo del Louvre.

Como para completar aquel atavió artístico, que resultaba algo

extravagante, su cabellera luminosa caía suelta en bucles sobre el

cuello de su capa, y en la mano llevaba un latiguillo de correa, que le

servía algunas veces para atar a su perro, pero que casi siempre

empuñaba, chasqueándolo con aire de amazona.

Zarzoso, a pesar de su preocupación, no pudo menos de quedarse

sorprendido mirando a aquella mujer tan extraña y hermosa, que resultaba

original aun en el Barrio Latino, cuna de tanta extravagancia.

--Señora, dispense usted--dijo, llevándose la mano al sombrero.

La joven, apoyándose en la pared, le miraba de un modo tan amable, que

Zarzoso sintió miedo.

--Gracias, señor--dijo con una voz que, por su timbre grave, desdecía

algo de su tipo de belleza--. Es usted muy amable.

Y la hermosa rubia, sin moverse de la pared, parecía sentir deseos de

entablar conversación; pero Zarzoso, poco acostumbrado a tratarse con

las mujeres del barrio, seguía sintiendo miedo, y por esto se apresuró a

saludar, saliendo inmediatamente del hotel.

Estaba el joven a la mitad de la calle de Soufflot, cuando ya había

olvidado a la gentil rubia. La inquietud producida por el silencio de

María había vuelto a reaparecer, y el joven pensaba nuevamente en su

novia, sintiéndose desalentado.

Cuando llegó al restaurante encontró a Agramunt sentado ya a la mesa y

hablando amigablemente con un grupo de estudiantes que comían en la mesa

inmediata.

La araña negra, t. 8/9 · 第 8 / 12 段