y por esto ese cuadro me acompaña y me da cierta alegría, aunque en
realidad sólo despierta en mí recuerdos tristes. Como obra artística el
cuadro es malo, pero lo aprecio porque el parecido es exacto. Lo hizo un
pintor español, que vivía en el barrio, copiándolo de una fotografía que
yo conservaba.
Y Alvarez, como si sintiera arrepentimiento por haber entrado a hablar
de tal asunto, callóse y permaneció algunos minutos con la frente
inclinada.
Zarzoso no sabía qué decir y la situación iba haciéndose violenta; pero
su viejo amigo volvió a hablar, pues sentía un vehemente deseo de
comunicarle sus penas como poco antes.
--Le deseo a usted, querido amigo, que no sea en cuestiones de amor tan
desgraciado como yo. Amé a una mujer, fué mía, y, sin embargo, no pude
hacerla mi esposa, porque parece que me persigue la fatalidad en todos
los actos de mi vida. ¡Oh! He sido muy desgraciado, créalo usted, amigo
Zarzoso. Mi vida ha sido semejante a la de esos personajes fantásticos
de las leyendas, sobre los que pesa una maldición, y que no pueden
hacer nada sin tropezar al momento con la desgracia.
Quedó silencioso y absorto, pero a los pocos instantes, como cediendo a
una necesidad imperiosa de hablar, murmuró con la vista en el suelo,
vagamente, como un sonámbulo:
--Y la verdad es que fuí amado de veras. Una mujer que por su nacimiento
había sido colocaba por la sociedad a más altura que yo, descendió hasta
mí, endulzando mi existencia con su amor espontáneo y desinteresado.
¿Pero a qué recordar tales cosas? Aquello fué un chispazo fugaz de
felicidad; un momento de dicha que pasó muy pronto, dejando tras sí,
como maldecida estela, un sinnúmero de desgracias... ¡Cuánto he sufrido!
Usted, amigo mío, es muy joven, entra ahora en la vida y no puede
comprender ciertas cosas. Pero el día en que usted sea padre apreciará
en toda su horrible grandeza el pesar que experimenta un hombre al tener
una hija, que es sangre de su sangre y que, sin embargo, desconoce al
que dió el ser y le odia como a un monstruo. Hay para desesperarse; para
adoptar esa resolución de que hablaba antes, y de la cual no me siento
capaz. Vivir solo, aislado, con la muerte en perspectiva, y saber, sin
embargo, que tengo en el mundo una hija que ignora mi existencia, que no
sabe el derecho que sobre ella poseo, y que no acude a velar por mí en
los pocos años que me quedan de vida, es el más horroroso de los
tormentos.
--¡Tiene usted una hija!--exclamó Zarzoso, deseoso de desviar la
conversación, para evitar a su viejo amigo que volviese a caer en
aquella melancolía que le hacía pensar en el suicidio--. ¿Y no la ha
visto usted nunca?
--De pequeña, cuando aún estaba en la lactancia, la vi varias veces,
siempre ocultándome, como hombre que comete una acción ilegal y teme
dejarse llevar por sus sentimientos más íntimos. Ella llevaba el
apellido de otro, y yo no tenía derecho alguno a los ojos de la
sociedad. Después la vi una, vez...; pero ¡en qué circunstancias! Más me
hubiera convenido no verla, pues así me habría evitado un doloroso
recuerdo, que aún hoy, después de muchos años renace en mi memoria, y me
hace derramar lágrimas de desesperación... Pero no pensemos en el
pasado.
Y Alvarez volvió a sumirse en el silencio.
El joven médico se sentía molesto y no sabía ya de qué hablar para que
aquel hombre, desesperado de la vida, y con la memoria acribillada de
dolorosos recuerdos, no volviese a recaer en su negra melancolía.
Creía importunar a don Esteban con su presencia, y por esto pensaba en
retirarse, no atreviéndose a hacerlo por no encontrar ocasión oportuna
para ello.
Tardó poco Alvarez en volver a reanudar su conversación. Era, en punto a
su triste pasado, como esos enamorados que sufren con resignación los
desdenes de la mujer amada y gozan cierto doloroso placer al
recordarlos, y por esto, a pesar de la pena que le afligía, volvió a
hablar de su hija.
--Crea usted, joven, que lo único que me falta para morir tranquilo es
volver a ver a mi hija. Si ella me reconociese por padre, si se
convenciera de que me debe el ser y que yo fuí el verdadero esposo de su
infeliz madre, entonces moriría de felicidad. A mí me falta para expirar
con la sonrisa en los labios un solo beso de María.
--¡Ah! ¿Se llama María?--exclamó Zarzoso apenas oyó las últimas palabras
de su amigo.
--Sí; ése es su nombre. Hace ya muchos años que no la he visto, pero
según los informes que me han dado varios amigos que la vieron en
Madrid, es tan hermosa y agraciada como su difunta madre. Y eso que la
pobre Enriqueta era bella como pocas. Mire usted bien el retrato de la
mujer que amé.
Y don Esteban fué a su mesa de trabajo, cogió la lámpara y, levantándola
más arriba de su cabeza, hizo que su luz diese de lleno en el retrato
que estaba sobre la chimenea.
Aquel busto de beldad, sólo lo había entrevisto Zarzoso en la penumbra
rojiza que antes lo bañaba, y que aunque pareciera comunicarle vitales
palpitaciones, confundía su contorno y sus rasgos más característicos.
Ahora, con aquella clara luz, pudo apreciarlo detenidamente pero al
primer golpe de vista no pudo evitar un rudo movimiento de sorpresa.
Creía tener delante el retrato de María; pero algo había en aquella
mujer sonriente y púdicamente escotada, que la diferenciaba de la
sobrina de la baronesa de Carrillo.
La mujer del retrato era más distinguida, más espiritual, como dicen en
la jerga de los salones; notábase en ella cierta anemia aristocrática y
la ausencia de aquella robustez sanguínea que a María había dado el
oculto entroncamiento con la sana raza plebeya; pero en lo demás, la
semejanza era exacta; las mismas facciones, idéntico aire de familia y
los mismos ojos que miraban con graciosa e intensa dulzura.
A Zarzoso le pareció ante aquel retrato ver a su novia asomada a una
ventana de dorado marco y engalanada con las modas de veinte años
antes.
Su movimiento de sorpresa no pasó desapercibido para Alvarez.
--¡Eh! ¿Qué es eso, amigo Zarzoso? ¿Es que acaso la conoció usted?... No
puede ser; es usted demasiado joven. Su tío, el doctor, sí que la
conocería, pues en cierta ocasión visitó al padre de Enriqueta.
Zarzoso no contestaba, pues la sorpresa parecía haberle paralizado.
Seguía mirando con ávidos ojos el retrato y su estupefacción no le
dejaba razonar sobre tan inesperada sorpresa. Lo único que se le ocurría
era que aquella escena resultaba dramática; una casualidad de esas que
sólo se encuentran en las novelas de interés y que algunas veces se
reproducen en la vulgaridad de la vida.
Alvarez se alarmaba ante la sorpresa de su joven amigo y no sabía cómo
explicársela.
--Pero vamos a ver, querido Zarzoso, ¿es que acaso la ha conocido? Vaya,
no permanezca usted de ese modo; explíquese, con mil demonios.
Don Esteban había perdido la paciencia, pues deseaba que cuanto antes se
explicase el joven, comprendiendo que en su extrañeza le ocultaba algo
interesante.
Zarzoso salió de su estupefacción.
--Señor Alvarez, ¿dice usted que esa señora se llamaba Enriqueta?
--Sí, amigo mío.
--¿Y cuál era su apellido?
--Baselga. Era la hija del conde de Baselga, a quien su tío conoció en
circunstancias bien críticas.
--¿Y la hija de esa señora lo es de usted?...
El joven hizo de un modo esta pregunta que Alvarez sintió en su cerebro
como un rayo de luz que aclaraba todo el misterio.
--De modo que mi hija, que mi María es...
Y no dijo más, pues Zarzoso había hecho con su cabeza una señal
afirmativa.
Entonces fué Alvarez a quien le tocó sorprenderse.
¡Oh, poder de la casualidad! El novio de su hija era aquel muchacho que
tanto amaba, pues momentos antes había manifestado cómo bajo la
influencia de su recuerdo se mantenía puro en el lodazal vicioso de
París.
No se dieron cuenta de cómo fué aquello, pero los dos hombres se
encontraron abrazados y casi próximos a llorar.
--¡Ah, hijo mío!--dijo Alvarez con voz temblorosa por la emoción--. El
corazón habla muchas veces, aunque los materialistas no quieran
creerlo, y por eso me fué usted tan simpático desde el primer día en que
le vi. Algo encontraba en usted que me atraía y me inspiraba confianza,
hasta el punto de que hace pocos instantes me impulsaba a decirle cosas
que jamás he revelado ni aun al más amigo.
Los dos hombres, pasado aquel primer momento de emoción, y ya más
tranquilos volvieron a ocupar sus asientos.
--¡Oh! Hablemos, hablemos--dijo con expresión de felicidad el viejo
revolucionario--. Crea usted que este momento no lo cambio yo por el
placer más grande que un hombre pueda experimentar. Esto alarga mi vida
unos cuantos años... Diga usted, ¿cómo es mi hija? ¿Cómo comenzaron sus
amores? ¿Qué vida hace ahora María? Hable usted con entera franqueza; no
escasee detalles. Las cosas más insignificantes resultan de gran interés
cuando se trata de un ser querido.
Y Zarzoso, animado por la viva mirada de aquel hombre envejecido, que le
escuchaba con un interés que emocionaba al par que producía lástima, fué
relatando toda la historia de sus amores con María, desde que la conoció
en el colegio de Valencia hasta que la vió por última vez en el Retiro,
pocos días antes de marchar a París.
Las travesuras de María alegrábanle tanto como le indignaban las
imposiciones tiránicas de la baronesa.
¡Oh! Aquel vejestorio de devota tenía una perversidad sin límites, y
bastante le había hecho sufrir a él en esta vida. Ella y sus amigotes,
los padres jesuítas, eran los autores de todas las desgracias que habían
afligido al pobre Alvarez, y de ellos forzosamente había de proceder
cuanto de malo ocurría a la familia Baselga.
--¿No es verdad, hijo mío--decía don Esteban--, que usted nota en la
familia de María un poder oculto que se parece a la mano de la
fatalidad? Pues yo creo que esa maldición que sobre ella parece pesar,
existe únicamente por la baronesa y sus amigos los jesuítas, que deben
tener cierto oculto interés en mezclarse en los asuntos de la familia.
Los millones a que asciende su fortuna son un cebo más que suficiente
para atraer a todos esos monstruos de sotana negra, que no reparan en
los medios para cumplir su fin. A todos nos han ido devorando. Primero,
al conde de Baselga, de cuya trágica muerte estoy seguro que ellos
fueron los autores; después, a la pobre Enriqueta y a mí, cuyos amores
voy a relatarle, y últimamente, a ese infeliz Ricardo, el fanático
hermano de mi amada, al que enviaron a morir al Japón, después de
robarle la fortuna. Ahora conviene que esté usted en guardia y no se
deje sorprender, pues le perseguirán ya que la respetable fortuna que
aún posee María es más que suficiente para tentar su codicia de
bandidos. ¿Duda usted de lo que le digo? ¿Cree usted que estas
persecuciones de que hablo son simplemente manías nacidas de la
imaginación de un viejo? Si su tío, el doctor, estuviese aquí, él
afirmaría, seguramente, lo que yo le digo; pero para que se convenza,
basta que yo le cuente la historia de mis amores con Enriqueta.
Y don Esteban comenzó a relatar al joven la dramática historia de sus
amores, que parecía toda una novela y que causó honda sorpresa en
Zarzoso. La figura de Enriqueta, que veía surgir de la relación, dulce e
interesante, perseguida y esclavizada siempre por su hermanastra la
baronesa, resultábale muy simpática, y sentía por ella un espontáneo
afecto, tanto por las penas que había sufrido como por ser la madre de
María.
Cerca de una hora duró la relación de Alvarez, y, a pesar de esto, a
Zarzoso le pareció que sólo habían transcurrido algunos minutos, pues
escuchaba con tanta atención al padre de María, que sus sentidos estaban
muertos para todo cuanto le rodeaba.
Al terminar, daban las siete en un antiguo reloj de tallada caja, que
ocupaba un ángulo del salón.
A Zarzoso no le cabía ya la menor duda de que don Esteban Alvarez era el
padre de María. Lo que sí le causaba profunda extrañeza era que su novia
ignorase que existía en el mundo el ser que le había dado la vida y
siguiese creyéndose hija de aquel hombre indigno cuyo apellido llevaba.
Ahora recordaba Zarzoso, con la vaguedad del que piensa en un ensueño,
que María le había hablado de un hombre que fué a buscarla al colegio, y
que, en su concepto, era el perseguidor de la familia.
Esto coincidía con las revelaciones de don Esteban Alvarez, y sublevaba
el ánimo de Zarzoso, que no podía transigir con una infamia tan grande
como era ignorar una hija la existencia de su padre, y vivir éste
devorado por el vehemente deseo de conocerla.
--¡Oh! Es una feliz casualidad que nos hayamos conocido--dijo Zarzoso--.
Siento indignación ante esa trama oculta que ha hecho que una hija
desconozca a su padre, y he de procurar por todos los medios hacer que
María sepa su origen. Esta noche misma le escribiré todo cuanto ocurre,
y ella me creerá, pues tiene en mí la inmensa confianza que proporciona
el amor. Animo, don Esteban; tal vez no muera usted ya sin recibir ese
beso de hija que tanto anhela.
Alvarez hizo un gesto negativo, como dando a entender que no creía en
que un desgraciado como él, perseguido por la fatalidad, pudiese llegar
a sentir tan inmensa dicha.
--¡Oh, sí!--dijo con entusiasmo--. Escríbala usted. Dígale que yo soy su
padre, que bastaría que me oyese para convencerse de ello; pero no tarde
usted en hacer tales revelaciones, pues a pesar de que he esperado tanto
tiempo, me parece que me faltará ahora para experimentar tanta felicidad
y que voy a morir antes de sentir tan inmensa dicha.
Después añadió, con el acento del que advierte una cosa importante:
--Sobre todo que la baronesa no se aperciba de nada de esto. Ese
vejestorio podría estorbar la santa obra de reconciliación que va usted
a emprender.
--No se apercibirá de nada; yo se lo aseguro. Tengo el medio de
comunicarme directamente con María sin que se aperciba la baronesa. Hay
una buena persona que se encarga de proteger nuestra correspondencia.
Alvarez, dominado por aquella emoción que humedecía sus ojos, hacía
signos afirmativos con su cabeza, sin saber por qué.
--También le ruego--dijo--que no comunique nada de lo que hemos hablado
a ese loco de Agramunt. Para él conviene que sigamos siendo dos buenos
amigos y nada más. Es un atolondrado que, si llegara a saber que mi hija
es la misma mujer a quien usted ama, encontraría el caso muy novelesco,
y no contento con relatarlo a todos los emigrados, sería capaz de
repetirlo en alta voz, en pleno bulevar, para que lo supiera París
entero.
Zarzoso sonrió ante aquella exageración.
--No es charlatán hasta ese punto--dijo--, pero hace usted bien en no
tener gran confianza en su lengua. Nada le diré.
--Haremos una excepción en favor de Perico. Ese muchacho, a fuerza de
sacrificarse por mí, ha llegado a serme tan indispensable, que no puedo
guardar con él el menor secreto.
--Sin embargo, no creo que usted le haya hecho saber esa tendencia al
suicidio que tanto le agitaba.
Alvarez contestó con un gesto de alegre extrañeza:
--¡Eh! ¡Quién piensa en eso! Esas ideas fúnebres eran las de un padre
que se veía alejado para siempre de su hija; pero ahora la cosa ha
variado por completo y me siento feliz. Sí, Señor, estoy contento como
si hubiera encontrado a mi hija después de tenerla perdida cerca de
veinte años.
La campanilla de la puerta, que sonó discretamente por tres veces, dió
fin a la conversación.
--Es Perico, que vuelve del almacén--dijo don Esteban--. De seguro que
antes de subir ha conferenciado con la mujer del conserje para enterarse
de cómo andaba la comida.
Alvarez fué a abrir y momentos después entró en el salón, mientras que
su fiel criado iba y venía por el comedor, dando a entender, con el
choque de platos y el retintín de cristales, que se ocupaba de poner la
mesa.
Zarzoso se levantó para irse. Quiso detenerlo Alvarez invitándole a que
comiese con él para solemnizar su extraño reconocimiento, pero el joven
se excusó, alegando que Agramunt le esperaba ya a aquellas horas a la
puerta del restaurante, y que era hombre capaz de no entrar a comer
mientras él no llegase.
Por fin el joven salió de la casa acompañándole hasta la escalera el
mismo Alvarez, que parecía remozado, con su brillante mirada y su
apostura marcial de otros tiempos.
Al pasar por el comedor pellizcó alegremente en un brazo a su criado,
diciéndole al oído con risueño misterio:
--¡Ah, Perico! ¡Si supieras!... ¡Si supieras!...
En el rellano de la escalera se despidió de Zarzoso con un fuerte
abrazo, y por fin le dejó ir, con la condición de que al día siguiente
vendría a comer con él y de que no faltaría ninguna tarde para charlar
una horita sobre un tema tan grato como era María; aquella joven en la
que se confundían los cariños de los dos: el del padre y el del novio.
En la misma noche, mientras Agramunt se iba a bailar a Bullier, Zarzoso
se encerró en su cuarto y escribió a María una abultada carta de ocho
pliegos, en la cual, con todas las salvedades que deben emplearse al
hacer ciertas revelaciones a una joven soltera, la relataba por completo
la historia de su madre, los amores de que ella era hija, y al mismo
tiempo hacía una pintura conmovedora del estado de abandono y
desesperación en que vivía su verdadero padre, héroe caído, patriota
infeliz, que languidecía en el extranjero suelo, agobiado por la
desesperación de tener una hija que no le reconocía, y antes bien le
consideraba como a un monstruo.
El joven quedó satisfecho de su obra y al poner su firma murmuró con
convicción:
--Seguramente que María dará crédito a cuanto la digo y reconocerá a su
padre como a tal. Sería necesario tener un corazón tan duro como el de
la fanática baronesa de Carrillo, para no conmoverse ante el espectáculo
que ofrece ese hombre infeliz, solo en el mundo, y desconocido por el
único ser al cual tiene derecho a exigir un poco de cariño. María
contestará inmediatamente a esta carta, y tal vez pueda dar al pobre don
Esteban un motivo de verdadera satisfacción, una alegría suprema.
Zarzoso fué a comer al día siguiente con Alvarez y desde entonces no
dejó de ir todas las tardes a hacerle la visita, en la cual la
conversación versaba siempre sobre el mismo tema, o sea sobre María.
--¿No ha contestado todavía a su carta?--preguntaba con avidez el
infeliz padre.
--Pero ¡por Cristo! Si anteayer salió la carta y aún tal vez no la haya
leído María. No sea usted impaciente, y ya que tantos años ha esperado,
tenga calma por unos cuantos días.
Alvarez bajaba la cabeza, con resignación. Era verdad. Su cariño de
padre, su ansia por saber el concepto que merecía a su hija, hacíale ser
impaciente y ridículo.
De los tres hombres que se reunían en aquella habitación de la calle del
Sena, Perico era el único a quien no entusiasmaba gran cosa la joven de
la que tanto hablaban el amo y su joven amigo.
El respetaba mucho a aquella señorita María, a la que nunca había visto.
Bastaba para ello que fuese hija del hombre al que adoraba como a un
ídolo; pero la profesaba poca simpatía por el hecho de pertenecer a una
familia de aristócratas que parecía maldita, pues acarreaba desgracias a
todos cuantos la trataban.
Por culpa de aquellos Baselgas, había muerto su tía en la cárcel; por
ellos también su señorito había pasado por apurados trances y se veía
ahora fuera de la patria; y como si no hubiera bastante, ahora salía a
plaza aquella María, otra Baselga que renegaba de su padre, y le sorbía
los sesos a un buen muchacho que prometía ser un gran médico.
Y el rudo ex asistente, al hablar así, miraba con expresión de lástima a
Zarzoso.
¡Pobrete! También sacaría su astilla de mal, ya que había cometido la
torpeza de enamorarse de una mujer perteneciente a aquella familia
santurrona, que parecía dada al diablo, según la facilidad con que
sembraba la desgracia a su alrededor.
V
Las hijas de la noche.
Empiezan a hacerse más densas y oscuras las sombrías gasas que el
crepúsculo extiende sobre las calles de París; comienzan a brillar
inquietas las lenguas de fuego del gas, dentro de los faroles, o a
centellear los blancos focos eléctricos, semejantes a las pupilas de un
abismo; termina en los cafés la hora de la absenta; empieza el trabajo
en los restaurantes; y apenas tal sucede, sobre el asfalto de los
bulevares, sentadas a las mesas de los comedores públicos o contemplando
con fingido interés los escaparates, mientras miran al mismo tiempo con
el rabillo del ojo a los que están detrás, aparecen un sinnúmero de
mujeres que van solas o formando parejas, mujeres que tienen una
existencia particular y rara, a quienes jamás se ve durante el día, y
que semejantes a las aves nocturnas, como si el sol las incomodara,
aguardan las primeras sombras para salir de su madriguera.
París, en las primeras horas de la noche, parece una ciudad invadida por
un inmenso ejército femenino. Doquiera se dirigen los pasos se
encuentran siempre los mismos tipos, aunque presentados en diversas
formas. Unas, las de clase más modesta, vestidas extravagantemente con
ropa que a la legua delata su procedencia de desecho, se paran en las
esquinas devorando el pedazo de pan y de carne que acaban de comprar en
la "cremerie" y que tal vez constituye su única comida diaria; otras,
que apenas si parecen llegadas a la pubertad, pequeñas, entecas y
vistiendo todavía como niñas, saltan y corren por las aceras con grande
algazara, gozando en empujar rudamente al pacífico transeúnte que nada
les dice; muchas pasan andando con gravedad soberana, vestidas con
arreglo al último figurín, dejando tras sí una estela de punzantes
perfumes; pero todas ellas miran de igual modo y llevan idéntica
expresión en el rostro, lo mismo la que viste de negro con cierto aire
monjil y lleva la cabeza descubierta que la que ostenta el ancho
sombrero de alas serpenteadas y ondulantes plumas.
La virtuosa madre de familia, la joven honrada, no se atreven a salir
así que cierra la noche sino del brazo del esposo o del hermano, porque
muchas veces las identidades en el vestir producen gran confusión y
tremendas equivocaciones.
Esa invasión que nocturnamente sufre la gran ciudad es lo que la
deshonra a los ojos del mundo; es la que hace aparecer como centro
únicamente de placeres y vicios a una población cuyo vecindario en su
gran mayoría es honrado, trabajador y virtuoso.
Pero el inmenso número de seres que alberga París, pertenecientes a la
clase antes descrita, es suficiente para dar a una capital un carácter
poco honroso, que realmente no tiene.
¿Cuántas son las mujeres que en las primeras horas de la noche salen a
las calles de París a buscar el sustento a cambio del honor?
Primeramente se imagina que son algunos miles; pero cuando se acaba por
ver que apenas hay calle ni establecimiento de recreo de la inmensa
ciudad donde ellas no envíen su representación, no se puede menos de
creer que, semejantes a los descendientes de Abraham, su número es tan
inmenso como las estrellas del cielo o las arenas del mar.
Su cifra espanta y hace pensar con tristeza en que otras tantas son las
madres honradas que ha perdido la sociedad.
Este inmenso ejército del vicio se ve diariamente combatido con gran
rudeza por la miseria y las enfermedades; en él la muerte se ceba con
una insistencia feroz que no guarda para otras clases; y a pesar de
esto, sus filas no se aclaran, y en el hueco que deja una que cae para
siempre aparece inmediatamente otra que trae todavía en las mejillas el
color de melocotón sazonado, signo de salud y robustez que no tardará
mucho en perder.
Para que tan incesante reemplazo se verifique en su ejército, el vicio
tiene especiales y activos reclutadores, y el más principal de éstos, es
la atmósfera de corrupción de las grandes ciudades.