Zarzoso, criado en el templado clima de Valencia y poco acostumbrado al

invierno de Madrid, aún encontraba más intolerable el frío parisiense, y

muchas mañanas, al levantarse y ver las calles cubiertas de nieve,

sentíase acobardado, y en vez de ir a la Clínica, subíase al último piso

del hotel y entraba en el cuarto de Agramunt, para hablar con él junto a

la chimenea recién encendida, que les halagaba con su cálida caricia.

Agramunt hablaba del invierno parisiense como si fuese un personaje que

seis meses al año abandonaba su veraniega mansión del Polo y venía a

establecerse en París, envuelta la plomiza cara en un cuello de

diluviadoras nubes, y con unas patas de hielo que enfriaban la tierra

hasta cubrirla de escarcha congelada.

Aquella estación, que venía a aumentar su presupuesto de gastos con el

combustible que consumía en la chimenea, y que le causaba mil molestias

por no estar muy sobrado de ropa de abrigo, le tenía furioso, y

frotándose las manos para hacerlas entrar en reacción, prorrumpía en

invectivas contra el invierno.

--Aborrezco a ese canalla--decía Zarzoso con tono melodramático--; tiene

instintos de bandido y gustos de niño mal criado. Se pasea por esas

calles con aire de señor absoluto, y mientras que al banquero o a la

gran dama que van reclinados en el acolchado carruaje, sólo les envía

un helado suspirillo a través de los vidrios de las portezuelas que aun

les da placer y les hace gozar con más delicia del calor que les rodea,

tiene la cruel satisfacción de helarle las piernas al albañil que, por

dar sustento a su familia, trabaja en el alto andamio, y aun le empuja

con su aliento huracanado por ver si cae y se rompe la cabeza contra los

adoquines; cubre de sabañones las manos de la pobre obrerita que llena

su estómago en relación con la prontitud con que maneja su aguja; sopla

en la boca de la infeliz mujer que, metida en el Sena hasta las

rodillas, lava la ropa de su familia, y el ¡gran canalla! desliza la

pulmonía al fondo de su pecho; regala con horrible esplendidez a su

querida, que es la Muerte, cuantos desgraciados encuentra debilitados

por el hambre o corroídos por las enfermedades de la miseria, y si en

sus paseos nocturnos pilla dormido en los muelles del río a algunos de

esos muchachuelos que parecen hijos del barro de París, y que están

lejos de creer que alguna vez han tenido madres... ¡paf!, de una patada

lo deja yerto, da a su cuerpo la frialdad de la nieve, y metiéndose la

inocente alma bajo el brazo, la lleva a la eternidad, muy satisfecho de

haber dado materia a los periódicos para que al día siguiente publiquen

una triste gacetilla.

Zarzoso miraba fijamente a Agramunt, que se paseaba de un extremo a otro

del cuarto, gesticulando y adoptando actitudes de orador, como si se

hallara en uno de los meetings que le habían llevado a la emigración, y

como si aquel invierno odiado fuese la monarquía.

El joven médico encontraba a su extravagante amigo poseído de la fiebre

de la elocuencia, y le oía con gusto; así es que le alegró cuando

Agramunt volvió a reanudar la apasionada peroración que parecía dirigir

a la revuelta cama, las cuatro sillas desvencijadas, el estante de

libros y el mármol de la chimenea, sobre el cual se erguía el severo

busto de la República, entre dos pastorcillos italianos de barro cocido,

el uno manco y el otro falto de narices.

--Cuando ese gran ladrón no se siente poseído por tan crueles instintos,

se divierte con bromas pesadas, propias de un muchacho que falta a la

escuela. ¡Ah cochino invierno! Así que hiciste tu aparición en París, te

dió la manía por subirte a los árboles y robarles las hojas, despojando

de toda belleza al campo y a los paseos. Los árboles se han dejado

arrebatar la vestimenta, sin otra protesta que su acompasado balanceo, y

hoy presentan el aspecto ridículo y triste del hombre que a las dos de

la mañana se ve asaltado por audaces ladrones en cualquier calle de

París y se presenta sin pantalones, y en camisa, en el primer puesto de

Policía. ¿Cómo has dejado el Bosque de Bolonia? ¿Y el de Saint-Cloud? Da

lástima verlos. Los poéticos lugares cubiertos por bóvedas de verdura

han desaparecido con la misma facilidad que se desvanecen las aéreas

ojivas y las fantásticas arcadas que traza en el espacio el humo del

cigarro; no has dejado en los bosques ni un mal rincón discretamente

cubierto por una cortina de matorrales, donde puedan darse cita la

modistilla, que para llevar un traje a dos pasos de su taller, emplea

toda una tarde; y el muchacho, a quien el severo papá, haciendo cuentas

tras el mostrador, supone a tales horas enterándose en el aula de las

profundidades jurídicas de Justiniano o revolviendo humanos despojos en

el anfiteatro anatómico.

Detúvose el declamador, y pasándose la mano por la frente, con expresión

trágica, añadió con el mismo acento del poeta que llora la ruina de

bellezas muertas ya:

--En aquellos lugares de delicia en el verano, donde la vista se ahitaba

de una orgía de verde y el oído se complacía con un interminable gorjeo,

no quedan ahora otras cosas que una gruesa alfombra de hojas secas y

millares de colosales escobas que con los rabos hincados en la tierra y

chorreando humedad, elevan su ramaje al cielo, suplicando al sol que les

haga una visita de atención, a lo menos dos veces por semana, y que

empeñe su valiosa influencia con la lluvia para que no sea tan

importuna... La belleza ha muerto por unos cuantos meses, y tú eres su

asesino, cruel invierno.

Zarzoso seguía mirando con creciente extrañeza a su amigo. ¿Se había

vuelto loco aquel muchacho?

Pero pronto comprendió la verdadera causa de tales lirismos.

Agramunt iba a verse obligado en adelante a salir de casa todos los días

para ganarse el pan. Su editor, ocupado siempre en el profundo estudio

de adquirir la mayor cantidad posible de cuartillas, dando poco dinero,

y encontrando que la traducción española de su famoso Diccionario le

resultaba cara, se había decidido por el trabajo en comunidad y obligado

a todos los que trabajaban en la citada obra a que acudiesen a su casa,

donde en una gran sala, y bajo la vigilancia de un dependiente antiguo,

habían de trabajar por horas.

Le era forzoso, pues, acudir diariamente a la oficina como un

empleadillo; abdicar por completo de aquella libertad que le permitía

fijar a su gusto las horas de trabajo; escribir bajo la vigilancia del

perro de presa del amo, como si fuese un muchacho en la escuela, e ir

en aquellas crudas mañanas de invierno pisando la nieve de las calles.

¡Oh! Aquello era cosa de desesperarse y de maldecir al invierno, al

editor que planteaba tan peregrinas ocurrencias y a la pícara necesidad

que le obligaba a sufrir tantas molestias, todo para ganar cuatro o

cinco francos traduciendo barbaridades, según él decía.

Aquella misma mañana iba a comenzar la traducción en comunidad, y

Agramunt se desesperaba pensando que en adelante tendría que levantarse

puntualmente como un colegial y permanecer encerrado hasta el anochecer,

almorzando en la misma casa del editor. Tan continua reclusión ¡a él!

que era un bohemio por vocación y que encontraba agradable la vida de

París por lo libre que resultaba.

Desde aquel día, los amigos, a excepción de los domingos, sólo pudieron

verse al anochecer cuando se reunían en el restaurante, a la hora de la

comida.

Pasaban alegremente la noche, eso sí, y se resarcían de aquella

separación que les resultaba violenta después de tres meses de amistad,

en que sus respectivos caracteres se habían compenetrado de un modo

absoluto.

Zarzoso fué quien más sufrió en los primeros días, por la ausencia de su

amigo. Las mañanas pasábalas bastante distraído en la Clínica,

estudiando ese inmenso caudal de enfermedades y de casos curiosos que

únicamente se presentan en los hospitales de París; pero por las tardes,

así que quedaba libre, acometíale un fastidio sin límites.

Algunas veces se entretenía escribiendo a María o releyendo sus cartas,

pero esto, a lo más, le ocupaba un par de horas, e inmediatamente el

fastidio volvía a aparecer.

Sentía nuevamente en su existencia aquel vacío del primer mes de

estancia en París, y era que el maldito catalán le había acostumbrado de

tal modo a sus genialidades y a su movediza actividad, que no podía

vivir apartado de él. Su carácter reposado y grave, necesitaba por la

ley del contraste tener cerca aquella imaginación exaltada y

extravagante, que empollaba a centenares las más atrevidas paradojas.

Por las noches, después de comer, los dos, agarrados del brazo,

conversaban amigablemente por el boulevard; iban a la Opera, o se metían

en Bullier, el tradicional lugar de la borrascosa alegría del Barrio

Latino, y allí veían bailar el can-can por todo lo alto y convidaban a

cerveza a unas cuantas señoritas sin querer llegar hasta las últimas

consecuencias de tales encuentros.

Agramunt era despreocupado en materia amorosa, y su compañero hacía la

vista gorda cuando le veía arrastrar tras sí a alguna antigua amiga a

altas horas de la noche, invitándola a que subiera a ver su nuevo

cuarto. En cuanto a Zarzoso era inflexible en esta cuestión y Agramunt

nada le decía, pues tenía noticias de los amores con aquella joven de

Madrid cuyas cartas recibía, y él, además, no gustaba de desempeñar el

papel de tentador.

Pero todas las diversiones nocturnas no impedían que Zarzoso se

fastidiase horriblemente por las tardes.

Gustaba de entregarse a una profunda meditación, recordando sus

entrevistas con María, aquellos paseos por el Prado y las calles de

Madrid; pero esto no siempre conseguía endulzar sus horas de tedio.

La vida de París había penetrado insensiblemente en sus costumbres;

sentía esa atracción que por el boulevar experimentan los parisienses, y

en vez de permanecer como antes encerrado en su cuarto, tomaba el

sombrero y pretextándose a sí mismo la necesidad de hacer una compra

cualquiera al otro lado del Sena, pasaba los puentes e iba a callejear

en los grandes bulevares centrales, cuyo ruido y animación le

encantaban.

En las tardes que hacía buen tiempo pescaba por el Luxemburgo, alrededor

del quiosco de la música, y cuando no se sentía con ánimo para ir hasta

el centro de París, entraba en el café de Cluny para charlar un rato con

el grupo de emigrados, que había disminuído considerablemente, tanto

porque la mayoría de ellos trabajaban a aquellas horas con Agramunt en

la casa editorial, como porque don Esteban Alvarez prefería quedarse en

casa escribiendo a salir a la calle, donde las nieves o las lluvias eran

casi continuas en tal época.

Una tarde, a las cinco, cuando ya comenzaba a anochecer, Zarzoso,

cansado de hojear libros nuevos en los puestos de venta establecidos en

las galerías del Odeón, dirigióse al bulevar Saint-Germain con la

intención de bajar por tan largo paseo hasta la plaza de la Concordia.

Acababa de entrar en la citada calle, cuando las nubes comenzaron a

descargar un fuerte chaparrón. Zarzoso no llevaba paraguas y se refugió

en un portal, donde ya se habían agolpado algunas gentes.

El bulevar casi desierto por aquella brusca acometida del cielo, dejaba

barrer sus anchas aceras por los turbiones de agua, al mismo tiempo que

los árboles se inclinaban a impulsos del huracán.

Zarzoso veía frente a él extenderse la recta calle del Sena, e

inmediatamente pensó en su viejo amigo que vivía en ella. Aquella era la

ocasión más apropiada para hacerle una visita, y apenas formuló tal

pensamiento, sosteniéndose con ambas manos el sombrero de copa que

quería arrebatarle el viento, atravesó corriendo el boulevard, y mojado

de cabeza a pies, se metió en la calle del Sena.

Sabía dónde estaba la casa de Alvarez, por habérsela mostrado Agramunt

un día que pasaron por dicha calle. Se entraba por un pasillo estrecho,

húmedo y tenebroso que se abría entre una _rotisserie_ y una tienda de

libros viejos, y que al final se ensanchaba formando un patio cuadrado,

con una bomba de agua en el centro, y un pavimento musgoso y húmedo, al

cual nunca había bajado un rayo de sol.

La portera estaba encendiendo un farolucho que alumbraba el estrecho

pasillo, cuando entró Zarzoso sacudiéndose el agua como un perro recién

salido del baño.

--¿El señor Alvarez?--preguntó a la mujer del conserje.

--Primera escalera, piso segundo, segunda puerta--contestó con laconismo

la vieja.

El joven médico comenzó a subir los peldaños de madera, fijándose en los

rótulos que tenían las puertas de las habitaciones, y en los cuales se

marcaba el nombre del inquilino y su profesión.

En el piso segundo detúvose ante una puerta que ostentaba una pequeña

tarjeta de visita clavada con cuatro tachuelas y en la que se leía el

nombre del que buscaba.

Llamó y vino a abrirle el mismo Alvarez, que parecía haber sido

interrumpido en su trabajo, pues aún conservaba la pluma en la mano.

--Siento haber venido a incomodar a usted. Es mala hora, ésta para

visitas.

--¡Ah! ¿Es usted, joven? Hace tiempo que deseaba esta visita. El otro

día pensaba en usted. Adelante; pase usted adelante sin cumplimientos.

Y Alvarez, con su simpática franqueza de viejo militar, empujaba a su

joven amigo hacia el salón en el que ardía un gran fuego en espaciosa

chimenea.

Aquella habitación tenía mejor aspecto que la casa vista desde la calle.

Constaba de un pequeño comedor, un gran salón y dos dormitorios, todo

esto con proporciones desahogadas, techos altos y sin ese raquitismo de

las modernas construcciones en que se utiliza hasta el más pequeño

rincón.

Zarzoso, cariñosamente empujado por Alvarez, tuvo que ir a sentarse

ante el gran fuego que ardía en la chimenea del salón, y allí estuvo

secándose, mientras que el dueño de la casa permanecía en pie junto a él

sonriendo paternalmente.

El joven mientras se calentaba lanzó una mirada curiosa a todo el salón,

que aparecía iluminado por el rojizo reflejo de la chimenea y la luz de

una gran lámpara puesta sobre una mesa escritorio, entre un revuelto

montón de libros y cuartillas.

Estaba amueblada aquella vasta pieza con modestia no exenta de

comodidad, y sus sillones panzudos, sus sillas de estilo Imperio, y su

alfombra con una escena mitológica ya casi borrada, daban a entender que

procedían del Hotel de Ventas, siendo su adquisición en alguna subasta

del mobiliario de un antiguo palacio.

Las paredes, cubiertas de obscuro papel, estaban adornadas a trechos por

algunos cuadros, uno de los cuales, era una litografía, que representaba

al general Prim en su traje de campaña de la guerra de Africa, y que

tenía al pie una larga dedicatoria. Los demás cuadros eran cromos

baratos, láminas de periódicos ilustrados, a excepción de uno al óleo

que ocupaba el puesto preferente sobre la chimenea. El rojizo vaho de

ésta dando de lleno en la pintura, parecía animar con palpitaciones de

vida aquel retrato de mujer.

Zarzoso, para disimular su atención, le miraba con el rabillo del ojo,

al mismo tiempo que se imaginaba toda una novela sobre aquel retrato. La

mujer que el cuadro representaba debía ser una de las conquistas que le

había relatado Agramunt; tal vez aquella condesa que tan enamorada había

estado del célebre revolucionario.

Este curioso examen que el joven hizo del salón, sólo duró algunos

instantes, pues comprendía, que era, forzoso entablar conversación con

su viejo amigo.

--¿Se trabaja mucho?--dijo el joven, no encontrando otra palabra vulgar

para comenzar su conversación.

Inmediatamente comenzó ésta, pues Alvarez púsose a lamentarse de aquella

necesidad imperiosa, en que se veía de trabajar todos los días para

poder ganarse la subsistencia. Y cuando se hubo quejado bastante de su

situación, preguntó con interés al joven sobre sus ocupaciones actuales

y los progresos que hacía en la vida de París.

Alvarez volvía a sus lamentaciones de hombre desalentado al hablar de

los placeres y distracciones que proporciona la gran ciudad.

--Yo soy aquí un hurón--decía sonriendo con amargura--. Me siento viejo

y cansado, y vivo en París como podría vivir en Alcobendas; metido en mi

casa sin ver apenas a nadie, ni tener otra distracción que mis

conversaciones con Perico y con esos buenos compañeros que se reúnen en

el café de Cluny. En otros tiempos le hubiera podido ser a usted de

alguna utilidad en esta Babilonia, acompañándole a todas partes; pero

hoy soy viejo, y ya que no puedo entretener mis horas de fastidio

rezando el rosario como los imbéciles, me distraigo dando vueltas a esa

noria literaria, a la que estoy amarrado. Mi vida es escribir cuartillas

y más cuartillas, y hablar con mi fiel compañero sobre cosas que estén

al alcance de su pobre imaginación. Es un porvenir bien triste, pero hay

que resignarse a él... ¡Y pensar que hubo una época en mi juventud en

que yo imaginé llegar a ser célebre y alcanzar una vejez hermoseada por

los laureles de la gloria!

Y Alvarez decía estas palabras con expresión tan amarga, que el mismo

Zarzoso se sentía conmovido.

Miraba el viejo al suelo, y al joven médico le parecía ver sobre la

desteñida alfombra, despedazadas y muertas todas las ilusiones de aquel

hombre que había sido famoso durante unos pocos años, para caer después

en el más absoluto olvido y vegetar lejos de la patria. ¡Si la fatalidad

le reservaría igual suerte a él, que también se forjaba ilusiones sobre

el porvenir y pensaba en la celebridad!

--Hoy--continuó el emigrado--no tengo más esperanza de dicha que la que

me proporcione el inalterable descanso de la tumba. No puedo siquiera

volver a ver el sol de España, aquel cielo hermoso que aún me parece más

esplendente cuando el cruel invierno cae sobre París. En mi primera

emigración todo me resultaba fácil y hermoso; el suelo extranjero me

parecía igual al de la patria. Era joven, sentía entusiasmo, tenía fe en

el porvenir, y con estas condiciones se está bien en todas partes. Pero

hoy soy viejo y no me quedan en el mundo seres que me amen, a excepción

de ese pobre muchacho que es el fiel compañero de mi existencia; me

parece la vida tan aborrecible, que de buena gana me libraría de ella en

algunos instantes. ¡Ah! ¡Soy un cobarde! A mí me sucede como a un buen

anciano que conocí en cierto momento de mi vida y el cual confesaba que

si permanecía en el mundo era por falta de valor.

Se detuvo Alvarez algunos instantes mirando con extraña fiereza a

Zarzoso, y por fin, dijo haciendo con su cabeza un movimiento de

decisión:

--A usted se lo digo todo. Es usted más serio que ese aturdido de

Agramunt, y además, hay en este mundo ciertas caras que basta verlas una

sola vez, para que inspiren inmediatamente confianza. Sépalo usted,

joven. Siento un violento deseo de acabar con mi existencia, y parece

que hay algo dentro de mí que me insulta, porque no me meto

inmediatamente entre los bastidores de la muerte, y permanezco en escena

haciendo reír al mundo. Varias veces he tenido el revólver en la sién,

pero siempre me ha hecho bajar la mano la maldita idea que me recordaba

el profundo pesar, la desesperación que este acto causaría a ese pobre

muchacho, a ese Perico, que es toda mi familia. Sería un crimen, una

infamia incalificable, el que yo pagase con un disgusto desesperante

toda una vida de abnegación y de inmensos sacrificios. Y esto es lo que

me detiene, esto es lo que me hace subsistir sufriendo a todas horas,

pues no hay nada tan terrible como vivir desesperado, sin ilusiones, y

convencido hasta la saciedad de que en la vida el mal es lo seguro, lo

generalizado, lo vulgar; mientras que el bien y la virtud son raras

excepciones, fenómenos que únicamente se presentan por una equivocación

de la naturaleza. Hoy soy un escéptico; no creo ni aun en la República,

que en mi juventud me merecía una adoración fanática. Sólo esos

muchachos de la emigración pueden tener fe en el triunfo de la libertad

y de la justicia. Locos como Agramunt son los que sirven para el caso;

yo soy demasiado viejo y estoy convencido de que el país que después de

lo del 68 y del 73 admite y sostiene la restauración de los Borbones es

una nación perdida, un pueblo que no merece que nadie se sacrifique por

él.

Zarzoso escuchaba con asombro al viejo revolucionario que se expresaba

con un excepticismo tan desconsolador, y su sorpresa aún fué en aumento

cuando le oyó decir con una frialdad que espantaba:

--Lo único que me consuela es que la muerte, viéndome tan cobarde, viene

en mi auxilio. No tengo valor para acabar con mi vida, pero llevo dentro

de mí el medio que ha de librarme de esta existencia que me pesa. Los

médicos dicen que tengo un aneurisma, regalo que me han proporcionado

los muchos sustos y zozobras que he sufrido en esta vida, por cosas que

miro ahora con la mayor frialdad. Usted, como médico, sabe mejor que yo

lo que es eso. El mejor día ¡crac!... estalla algo aquí dentro del

pecho, y me retiro discretamente de la vida, sin que nadie pueda

motejarme de suicida ni me maldiga por mi desesperada resolución. Crea

usted que estoy muy agradecido a la naturaleza, por haber inventado

enfermedades que le permiten a uno retirarse a la nada sin escándalo y

sin convulsiones que afean y atormentan.

Zarzoso, a pesar de estar junto al fuego, sentía escalofríos al oír

hablar a aquel hombre con tal naturalidad sobre el próximo fin que tanto

deseaba, y debió ser visible su inquietud por cuanto Alvarez cambió

inmediatamente la expresión de su rostro, y sonriendo con amabilidad,

exclamó:

--¡Pero bravas cosas le estoy diciendo a usted para entretenerle! ¡Vaya

un modo de recibir las visitas! Dispense usted a la vejez, amigo

Zarzoso, que siempre tiene rarezas. Ya procuraré otra vez no dejarme

llevar por tan tristes pensamientos; y ahora voy a ver si ese muchacho

ha dejado por ahí algo que sirva para hacer a usted los honores de la

casa.

Y Alvarez se levantó, y con expresión alegre, como si él no fuese el

mismo que había hablado momentos antes, dirigióse al comedor y momentos

después volvió a entrar, llevando sobre una bandeja una botella de coñac

y dos copitas azules.

--Bebamos un poco--dijo dejando la bandeja sobre un velador--. Se ha

secado usted ya, pero no le vendrá mal una copita después de la mojadura

que ha sufrido para llegar aquí. En la campaña de Africa, el coñac era

muchas veces el capote impermeable que nos servía para defendemos de las

inclemencias del tiempo.

Los dos bebieron y, encendiendo sus cigarros, tomaron la actitud de dos

amigos que se disponen a conversar familiarmente.

Alvarez, como si tuviera empeño en alegrarse y olvidar sus melancólicas

ideas de momentos antes, parecía un muchacho con su rostro animado y los

ojos brillantes, que miraban a Zarzoso con simpatía.

--Vamos a ver, amigo mío: con franqueza--le preguntó--. ¿Cómo vamos de

conquistas en París? Usted debe ser muy afortunado con las bellezas del

Barrio Latino.

Zarzoso protestó ruborizándose ante tan inesperada pregunta. No, él no;

eso de las conquistas quedaba para el buena pieza de Agramunt, que se

trataba con casi todas las muchachas del barrio y las hacía desfilar por

su nuevo cuarto, procurando que no se enfriasen antiguas relaciones.

Zarzoso manifestaba su situación a su viejo amigo con entera franqueza.

No es que él sintiese la aspiración de ser un asceta, ni que se

considerase más virtuoso que los demás; él era un hombre como todos,

pero resultaba que en más de cuatro meses de residencia que llevaba en

París no se le había ocurrido tener otras relaciones con aquellas

mundanas callejeras que continuamente le codeaban en el boulevard y en

los bailes que alguna conversación alegre en torno de los bocks de

cerveza a que las habían convidado Agramunt, o él.

Alvarez hizo un guiño malicioso al escuchar estas explicaciones.

--Vamos, ya comprendo. Usted tiene sus amores en España. Ha dejado allá

en Madrid alguna cara bonita, cuyo recuerdo le obsesiona y hace que le

parezcan horribles todas las mujeres de por aquí. Es usted un enamorado

que vive de ilusión.

--Efectivamente; hay algo de eso--contestó sonriendo Zarzoso, que veía

de este modo descubierto su secreto.

--¡Oh! Yo conozco perfectamente esas cosas. Aunque ahora soy viejo,

también he tenido mi época, pero sería una enorme mentira el querer

hacerme pasar por calavera. He hecho lo que todos; he tenido mis

trapicheos y, sobre todo, un amor serio, que como a usted me hacía mirar

a las demás mujeres con indiferencia.

Zarzoso, cediendo a un movimiento instintivo y sin considerar que

cometía una inconveniencia, fijó su mirada en el gran retrato que estaba

sobre la chimenea.

Entonces fué Alvarez quien se inmutó, ruborizándose un poco.

La araña negra, t. 8/9 · 第 6 / 12 段