invierno de Madrid, aún encontraba más intolerable el frío parisiense, y
muchas mañanas, al levantarse y ver las calles cubiertas de nieve,
sentíase acobardado, y en vez de ir a la Clínica, subíase al último piso
del hotel y entraba en el cuarto de Agramunt, para hablar con él junto a
la chimenea recién encendida, que les halagaba con su cálida caricia.
Agramunt hablaba del invierno parisiense como si fuese un personaje que
seis meses al año abandonaba su veraniega mansión del Polo y venía a
establecerse en París, envuelta la plomiza cara en un cuello de
diluviadoras nubes, y con unas patas de hielo que enfriaban la tierra
hasta cubrirla de escarcha congelada.
Aquella estación, que venía a aumentar su presupuesto de gastos con el
combustible que consumía en la chimenea, y que le causaba mil molestias
por no estar muy sobrado de ropa de abrigo, le tenía furioso, y
frotándose las manos para hacerlas entrar en reacción, prorrumpía en
invectivas contra el invierno.
--Aborrezco a ese canalla--decía Zarzoso con tono melodramático--; tiene
instintos de bandido y gustos de niño mal criado. Se pasea por esas
calles con aire de señor absoluto, y mientras que al banquero o a la
gran dama que van reclinados en el acolchado carruaje, sólo les envía
un helado suspirillo a través de los vidrios de las portezuelas que aun
les da placer y les hace gozar con más delicia del calor que les rodea,
tiene la cruel satisfacción de helarle las piernas al albañil que, por
dar sustento a su familia, trabaja en el alto andamio, y aun le empuja
con su aliento huracanado por ver si cae y se rompe la cabeza contra los
adoquines; cubre de sabañones las manos de la pobre obrerita que llena
su estómago en relación con la prontitud con que maneja su aguja; sopla
en la boca de la infeliz mujer que, metida en el Sena hasta las
rodillas, lava la ropa de su familia, y el ¡gran canalla! desliza la
pulmonía al fondo de su pecho; regala con horrible esplendidez a su
querida, que es la Muerte, cuantos desgraciados encuentra debilitados
por el hambre o corroídos por las enfermedades de la miseria, y si en
sus paseos nocturnos pilla dormido en los muelles del río a algunos de
esos muchachuelos que parecen hijos del barro de París, y que están
lejos de creer que alguna vez han tenido madres... ¡paf!, de una patada
lo deja yerto, da a su cuerpo la frialdad de la nieve, y metiéndose la
inocente alma bajo el brazo, la lleva a la eternidad, muy satisfecho de
haber dado materia a los periódicos para que al día siguiente publiquen
una triste gacetilla.
Zarzoso miraba fijamente a Agramunt, que se paseaba de un extremo a otro
del cuarto, gesticulando y adoptando actitudes de orador, como si se
hallara en uno de los meetings que le habían llevado a la emigración, y
como si aquel invierno odiado fuese la monarquía.
El joven médico encontraba a su extravagante amigo poseído de la fiebre
de la elocuencia, y le oía con gusto; así es que le alegró cuando
Agramunt volvió a reanudar la apasionada peroración que parecía dirigir
a la revuelta cama, las cuatro sillas desvencijadas, el estante de
libros y el mármol de la chimenea, sobre el cual se erguía el severo
busto de la República, entre dos pastorcillos italianos de barro cocido,
el uno manco y el otro falto de narices.
--Cuando ese gran ladrón no se siente poseído por tan crueles instintos,
se divierte con bromas pesadas, propias de un muchacho que falta a la
escuela. ¡Ah cochino invierno! Así que hiciste tu aparición en París, te
dió la manía por subirte a los árboles y robarles las hojas, despojando
de toda belleza al campo y a los paseos. Los árboles se han dejado
arrebatar la vestimenta, sin otra protesta que su acompasado balanceo, y
hoy presentan el aspecto ridículo y triste del hombre que a las dos de
la mañana se ve asaltado por audaces ladrones en cualquier calle de
París y se presenta sin pantalones, y en camisa, en el primer puesto de
Policía. ¿Cómo has dejado el Bosque de Bolonia? ¿Y el de Saint-Cloud? Da
lástima verlos. Los poéticos lugares cubiertos por bóvedas de verdura
han desaparecido con la misma facilidad que se desvanecen las aéreas
ojivas y las fantásticas arcadas que traza en el espacio el humo del
cigarro; no has dejado en los bosques ni un mal rincón discretamente
cubierto por una cortina de matorrales, donde puedan darse cita la
modistilla, que para llevar un traje a dos pasos de su taller, emplea
toda una tarde; y el muchacho, a quien el severo papá, haciendo cuentas
tras el mostrador, supone a tales horas enterándose en el aula de las
profundidades jurídicas de Justiniano o revolviendo humanos despojos en
el anfiteatro anatómico.
Detúvose el declamador, y pasándose la mano por la frente, con expresión
trágica, añadió con el mismo acento del poeta que llora la ruina de
bellezas muertas ya:
--En aquellos lugares de delicia en el verano, donde la vista se ahitaba
de una orgía de verde y el oído se complacía con un interminable gorjeo,
no quedan ahora otras cosas que una gruesa alfombra de hojas secas y
millares de colosales escobas que con los rabos hincados en la tierra y
chorreando humedad, elevan su ramaje al cielo, suplicando al sol que les
haga una visita de atención, a lo menos dos veces por semana, y que
empeñe su valiosa influencia con la lluvia para que no sea tan
importuna... La belleza ha muerto por unos cuantos meses, y tú eres su
asesino, cruel invierno.
Zarzoso seguía mirando con creciente extrañeza a su amigo. ¿Se había
vuelto loco aquel muchacho?
Pero pronto comprendió la verdadera causa de tales lirismos.
Agramunt iba a verse obligado en adelante a salir de casa todos los días
para ganarse el pan. Su editor, ocupado siempre en el profundo estudio
de adquirir la mayor cantidad posible de cuartillas, dando poco dinero,
y encontrando que la traducción española de su famoso Diccionario le
resultaba cara, se había decidido por el trabajo en comunidad y obligado
a todos los que trabajaban en la citada obra a que acudiesen a su casa,
donde en una gran sala, y bajo la vigilancia de un dependiente antiguo,
habían de trabajar por horas.
Le era forzoso, pues, acudir diariamente a la oficina como un
empleadillo; abdicar por completo de aquella libertad que le permitía
fijar a su gusto las horas de trabajo; escribir bajo la vigilancia del
perro de presa del amo, como si fuese un muchacho en la escuela, e ir
en aquellas crudas mañanas de invierno pisando la nieve de las calles.
¡Oh! Aquello era cosa de desesperarse y de maldecir al invierno, al
editor que planteaba tan peregrinas ocurrencias y a la pícara necesidad
que le obligaba a sufrir tantas molestias, todo para ganar cuatro o
cinco francos traduciendo barbaridades, según él decía.
Aquella misma mañana iba a comenzar la traducción en comunidad, y
Agramunt se desesperaba pensando que en adelante tendría que levantarse
puntualmente como un colegial y permanecer encerrado hasta el anochecer,
almorzando en la misma casa del editor. Tan continua reclusión ¡a él!
que era un bohemio por vocación y que encontraba agradable la vida de
París por lo libre que resultaba.
Desde aquel día, los amigos, a excepción de los domingos, sólo pudieron
verse al anochecer cuando se reunían en el restaurante, a la hora de la
comida.
Pasaban alegremente la noche, eso sí, y se resarcían de aquella
separación que les resultaba violenta después de tres meses de amistad,
en que sus respectivos caracteres se habían compenetrado de un modo
absoluto.
Zarzoso fué quien más sufrió en los primeros días, por la ausencia de su
amigo. Las mañanas pasábalas bastante distraído en la Clínica,
estudiando ese inmenso caudal de enfermedades y de casos curiosos que
únicamente se presentan en los hospitales de París; pero por las tardes,
así que quedaba libre, acometíale un fastidio sin límites.
Algunas veces se entretenía escribiendo a María o releyendo sus cartas,
pero esto, a lo más, le ocupaba un par de horas, e inmediatamente el
fastidio volvía a aparecer.
Sentía nuevamente en su existencia aquel vacío del primer mes de
estancia en París, y era que el maldito catalán le había acostumbrado de
tal modo a sus genialidades y a su movediza actividad, que no podía
vivir apartado de él. Su carácter reposado y grave, necesitaba por la
ley del contraste tener cerca aquella imaginación exaltada y
extravagante, que empollaba a centenares las más atrevidas paradojas.
Por las noches, después de comer, los dos, agarrados del brazo,
conversaban amigablemente por el boulevard; iban a la Opera, o se metían
en Bullier, el tradicional lugar de la borrascosa alegría del Barrio
Latino, y allí veían bailar el can-can por todo lo alto y convidaban a
cerveza a unas cuantas señoritas sin querer llegar hasta las últimas
consecuencias de tales encuentros.
Agramunt era despreocupado en materia amorosa, y su compañero hacía la
vista gorda cuando le veía arrastrar tras sí a alguna antigua amiga a
altas horas de la noche, invitándola a que subiera a ver su nuevo
cuarto. En cuanto a Zarzoso era inflexible en esta cuestión y Agramunt
nada le decía, pues tenía noticias de los amores con aquella joven de
Madrid cuyas cartas recibía, y él, además, no gustaba de desempeñar el
papel de tentador.
Pero todas las diversiones nocturnas no impedían que Zarzoso se
fastidiase horriblemente por las tardes.
Gustaba de entregarse a una profunda meditación, recordando sus
entrevistas con María, aquellos paseos por el Prado y las calles de
Madrid; pero esto no siempre conseguía endulzar sus horas de tedio.
La vida de París había penetrado insensiblemente en sus costumbres;
sentía esa atracción que por el boulevar experimentan los parisienses, y
en vez de permanecer como antes encerrado en su cuarto, tomaba el
sombrero y pretextándose a sí mismo la necesidad de hacer una compra
cualquiera al otro lado del Sena, pasaba los puentes e iba a callejear
en los grandes bulevares centrales, cuyo ruido y animación le
encantaban.
En las tardes que hacía buen tiempo pescaba por el Luxemburgo, alrededor
del quiosco de la música, y cuando no se sentía con ánimo para ir hasta
el centro de París, entraba en el café de Cluny para charlar un rato con
el grupo de emigrados, que había disminuído considerablemente, tanto
porque la mayoría de ellos trabajaban a aquellas horas con Agramunt en
la casa editorial, como porque don Esteban Alvarez prefería quedarse en
casa escribiendo a salir a la calle, donde las nieves o las lluvias eran
casi continuas en tal época.
Una tarde, a las cinco, cuando ya comenzaba a anochecer, Zarzoso,
cansado de hojear libros nuevos en los puestos de venta establecidos en
las galerías del Odeón, dirigióse al bulevar Saint-Germain con la
intención de bajar por tan largo paseo hasta la plaza de la Concordia.
Acababa de entrar en la citada calle, cuando las nubes comenzaron a
descargar un fuerte chaparrón. Zarzoso no llevaba paraguas y se refugió
en un portal, donde ya se habían agolpado algunas gentes.
El bulevar casi desierto por aquella brusca acometida del cielo, dejaba
barrer sus anchas aceras por los turbiones de agua, al mismo tiempo que
los árboles se inclinaban a impulsos del huracán.
Zarzoso veía frente a él extenderse la recta calle del Sena, e
inmediatamente pensó en su viejo amigo que vivía en ella. Aquella era la
ocasión más apropiada para hacerle una visita, y apenas formuló tal
pensamiento, sosteniéndose con ambas manos el sombrero de copa que
quería arrebatarle el viento, atravesó corriendo el boulevard, y mojado
de cabeza a pies, se metió en la calle del Sena.
Sabía dónde estaba la casa de Alvarez, por habérsela mostrado Agramunt
un día que pasaron por dicha calle. Se entraba por un pasillo estrecho,
húmedo y tenebroso que se abría entre una _rotisserie_ y una tienda de
libros viejos, y que al final se ensanchaba formando un patio cuadrado,
con una bomba de agua en el centro, y un pavimento musgoso y húmedo, al
cual nunca había bajado un rayo de sol.
La portera estaba encendiendo un farolucho que alumbraba el estrecho
pasillo, cuando entró Zarzoso sacudiéndose el agua como un perro recién
salido del baño.
--¿El señor Alvarez?--preguntó a la mujer del conserje.
--Primera escalera, piso segundo, segunda puerta--contestó con laconismo
la vieja.
El joven médico comenzó a subir los peldaños de madera, fijándose en los
rótulos que tenían las puertas de las habitaciones, y en los cuales se
marcaba el nombre del inquilino y su profesión.
En el piso segundo detúvose ante una puerta que ostentaba una pequeña
tarjeta de visita clavada con cuatro tachuelas y en la que se leía el
nombre del que buscaba.
Llamó y vino a abrirle el mismo Alvarez, que parecía haber sido
interrumpido en su trabajo, pues aún conservaba la pluma en la mano.
--Siento haber venido a incomodar a usted. Es mala hora, ésta para
visitas.
--¡Ah! ¿Es usted, joven? Hace tiempo que deseaba esta visita. El otro
día pensaba en usted. Adelante; pase usted adelante sin cumplimientos.
Y Alvarez, con su simpática franqueza de viejo militar, empujaba a su
joven amigo hacia el salón en el que ardía un gran fuego en espaciosa
chimenea.
Aquella habitación tenía mejor aspecto que la casa vista desde la calle.
Constaba de un pequeño comedor, un gran salón y dos dormitorios, todo
esto con proporciones desahogadas, techos altos y sin ese raquitismo de
las modernas construcciones en que se utiliza hasta el más pequeño
rincón.
Zarzoso, cariñosamente empujado por Alvarez, tuvo que ir a sentarse
ante el gran fuego que ardía en la chimenea del salón, y allí estuvo
secándose, mientras que el dueño de la casa permanecía en pie junto a él
sonriendo paternalmente.
El joven mientras se calentaba lanzó una mirada curiosa a todo el salón,
que aparecía iluminado por el rojizo reflejo de la chimenea y la luz de
una gran lámpara puesta sobre una mesa escritorio, entre un revuelto
montón de libros y cuartillas.
Estaba amueblada aquella vasta pieza con modestia no exenta de
comodidad, y sus sillones panzudos, sus sillas de estilo Imperio, y su
alfombra con una escena mitológica ya casi borrada, daban a entender que
procedían del Hotel de Ventas, siendo su adquisición en alguna subasta
del mobiliario de un antiguo palacio.
Las paredes, cubiertas de obscuro papel, estaban adornadas a trechos por
algunos cuadros, uno de los cuales, era una litografía, que representaba
al general Prim en su traje de campaña de la guerra de Africa, y que
tenía al pie una larga dedicatoria. Los demás cuadros eran cromos
baratos, láminas de periódicos ilustrados, a excepción de uno al óleo
que ocupaba el puesto preferente sobre la chimenea. El rojizo vaho de
ésta dando de lleno en la pintura, parecía animar con palpitaciones de
vida aquel retrato de mujer.
Zarzoso, para disimular su atención, le miraba con el rabillo del ojo,
al mismo tiempo que se imaginaba toda una novela sobre aquel retrato. La
mujer que el cuadro representaba debía ser una de las conquistas que le
había relatado Agramunt; tal vez aquella condesa que tan enamorada había
estado del célebre revolucionario.
Este curioso examen que el joven hizo del salón, sólo duró algunos
instantes, pues comprendía, que era, forzoso entablar conversación con
su viejo amigo.
--¿Se trabaja mucho?--dijo el joven, no encontrando otra palabra vulgar
para comenzar su conversación.
Inmediatamente comenzó ésta, pues Alvarez púsose a lamentarse de aquella
necesidad imperiosa, en que se veía de trabajar todos los días para
poder ganarse la subsistencia. Y cuando se hubo quejado bastante de su
situación, preguntó con interés al joven sobre sus ocupaciones actuales
y los progresos que hacía en la vida de París.
Alvarez volvía a sus lamentaciones de hombre desalentado al hablar de
los placeres y distracciones que proporciona la gran ciudad.
--Yo soy aquí un hurón--decía sonriendo con amargura--. Me siento viejo
y cansado, y vivo en París como podría vivir en Alcobendas; metido en mi
casa sin ver apenas a nadie, ni tener otra distracción que mis
conversaciones con Perico y con esos buenos compañeros que se reúnen en
el café de Cluny. En otros tiempos le hubiera podido ser a usted de
alguna utilidad en esta Babilonia, acompañándole a todas partes; pero
hoy soy viejo, y ya que no puedo entretener mis horas de fastidio
rezando el rosario como los imbéciles, me distraigo dando vueltas a esa
noria literaria, a la que estoy amarrado. Mi vida es escribir cuartillas
y más cuartillas, y hablar con mi fiel compañero sobre cosas que estén
al alcance de su pobre imaginación. Es un porvenir bien triste, pero hay
que resignarse a él... ¡Y pensar que hubo una época en mi juventud en
que yo imaginé llegar a ser célebre y alcanzar una vejez hermoseada por
los laureles de la gloria!
Y Alvarez decía estas palabras con expresión tan amarga, que el mismo
Zarzoso se sentía conmovido.
Miraba el viejo al suelo, y al joven médico le parecía ver sobre la
desteñida alfombra, despedazadas y muertas todas las ilusiones de aquel
hombre que había sido famoso durante unos pocos años, para caer después
en el más absoluto olvido y vegetar lejos de la patria. ¡Si la fatalidad
le reservaría igual suerte a él, que también se forjaba ilusiones sobre
el porvenir y pensaba en la celebridad!
--Hoy--continuó el emigrado--no tengo más esperanza de dicha que la que
me proporcione el inalterable descanso de la tumba. No puedo siquiera
volver a ver el sol de España, aquel cielo hermoso que aún me parece más
esplendente cuando el cruel invierno cae sobre París. En mi primera
emigración todo me resultaba fácil y hermoso; el suelo extranjero me
parecía igual al de la patria. Era joven, sentía entusiasmo, tenía fe en
el porvenir, y con estas condiciones se está bien en todas partes. Pero
hoy soy viejo y no me quedan en el mundo seres que me amen, a excepción
de ese pobre muchacho que es el fiel compañero de mi existencia; me
parece la vida tan aborrecible, que de buena gana me libraría de ella en
algunos instantes. ¡Ah! ¡Soy un cobarde! A mí me sucede como a un buen
anciano que conocí en cierto momento de mi vida y el cual confesaba que
si permanecía en el mundo era por falta de valor.
Se detuvo Alvarez algunos instantes mirando con extraña fiereza a
Zarzoso, y por fin, dijo haciendo con su cabeza un movimiento de
decisión:
--A usted se lo digo todo. Es usted más serio que ese aturdido de
Agramunt, y además, hay en este mundo ciertas caras que basta verlas una
sola vez, para que inspiren inmediatamente confianza. Sépalo usted,
joven. Siento un violento deseo de acabar con mi existencia, y parece
que hay algo dentro de mí que me insulta, porque no me meto
inmediatamente entre los bastidores de la muerte, y permanezco en escena
haciendo reír al mundo. Varias veces he tenido el revólver en la sién,
pero siempre me ha hecho bajar la mano la maldita idea que me recordaba
el profundo pesar, la desesperación que este acto causaría a ese pobre
muchacho, a ese Perico, que es toda mi familia. Sería un crimen, una
infamia incalificable, el que yo pagase con un disgusto desesperante
toda una vida de abnegación y de inmensos sacrificios. Y esto es lo que
me detiene, esto es lo que me hace subsistir sufriendo a todas horas,
pues no hay nada tan terrible como vivir desesperado, sin ilusiones, y
convencido hasta la saciedad de que en la vida el mal es lo seguro, lo
generalizado, lo vulgar; mientras que el bien y la virtud son raras
excepciones, fenómenos que únicamente se presentan por una equivocación
de la naturaleza. Hoy soy un escéptico; no creo ni aun en la República,
que en mi juventud me merecía una adoración fanática. Sólo esos
muchachos de la emigración pueden tener fe en el triunfo de la libertad
y de la justicia. Locos como Agramunt son los que sirven para el caso;
yo soy demasiado viejo y estoy convencido de que el país que después de
lo del 68 y del 73 admite y sostiene la restauración de los Borbones es
una nación perdida, un pueblo que no merece que nadie se sacrifique por
él.
Zarzoso escuchaba con asombro al viejo revolucionario que se expresaba
con un excepticismo tan desconsolador, y su sorpresa aún fué en aumento
cuando le oyó decir con una frialdad que espantaba:
--Lo único que me consuela es que la muerte, viéndome tan cobarde, viene
en mi auxilio. No tengo valor para acabar con mi vida, pero llevo dentro
de mí el medio que ha de librarme de esta existencia que me pesa. Los
médicos dicen que tengo un aneurisma, regalo que me han proporcionado
los muchos sustos y zozobras que he sufrido en esta vida, por cosas que
miro ahora con la mayor frialdad. Usted, como médico, sabe mejor que yo
lo que es eso. El mejor día ¡crac!... estalla algo aquí dentro del
pecho, y me retiro discretamente de la vida, sin que nadie pueda
motejarme de suicida ni me maldiga por mi desesperada resolución. Crea
usted que estoy muy agradecido a la naturaleza, por haber inventado
enfermedades que le permiten a uno retirarse a la nada sin escándalo y
sin convulsiones que afean y atormentan.
Zarzoso, a pesar de estar junto al fuego, sentía escalofríos al oír
hablar a aquel hombre con tal naturalidad sobre el próximo fin que tanto
deseaba, y debió ser visible su inquietud por cuanto Alvarez cambió
inmediatamente la expresión de su rostro, y sonriendo con amabilidad,
exclamó:
--¡Pero bravas cosas le estoy diciendo a usted para entretenerle! ¡Vaya
un modo de recibir las visitas! Dispense usted a la vejez, amigo
Zarzoso, que siempre tiene rarezas. Ya procuraré otra vez no dejarme
llevar por tan tristes pensamientos; y ahora voy a ver si ese muchacho
ha dejado por ahí algo que sirva para hacer a usted los honores de la
casa.
Y Alvarez se levantó, y con expresión alegre, como si él no fuese el
mismo que había hablado momentos antes, dirigióse al comedor y momentos
después volvió a entrar, llevando sobre una bandeja una botella de coñac
y dos copitas azules.
--Bebamos un poco--dijo dejando la bandeja sobre un velador--. Se ha
secado usted ya, pero no le vendrá mal una copita después de la mojadura
que ha sufrido para llegar aquí. En la campaña de Africa, el coñac era
muchas veces el capote impermeable que nos servía para defendemos de las
inclemencias del tiempo.
Los dos bebieron y, encendiendo sus cigarros, tomaron la actitud de dos
amigos que se disponen a conversar familiarmente.
Alvarez, como si tuviera empeño en alegrarse y olvidar sus melancólicas
ideas de momentos antes, parecía un muchacho con su rostro animado y los
ojos brillantes, que miraban a Zarzoso con simpatía.
--Vamos a ver, amigo mío: con franqueza--le preguntó--. ¿Cómo vamos de
conquistas en París? Usted debe ser muy afortunado con las bellezas del
Barrio Latino.
Zarzoso protestó ruborizándose ante tan inesperada pregunta. No, él no;
eso de las conquistas quedaba para el buena pieza de Agramunt, que se
trataba con casi todas las muchachas del barrio y las hacía desfilar por
su nuevo cuarto, procurando que no se enfriasen antiguas relaciones.
Zarzoso manifestaba su situación a su viejo amigo con entera franqueza.
No es que él sintiese la aspiración de ser un asceta, ni que se
considerase más virtuoso que los demás; él era un hombre como todos,
pero resultaba que en más de cuatro meses de residencia que llevaba en
París no se le había ocurrido tener otras relaciones con aquellas
mundanas callejeras que continuamente le codeaban en el boulevard y en
los bailes que alguna conversación alegre en torno de los bocks de
cerveza a que las habían convidado Agramunt, o él.
Alvarez hizo un guiño malicioso al escuchar estas explicaciones.
--Vamos, ya comprendo. Usted tiene sus amores en España. Ha dejado allá
en Madrid alguna cara bonita, cuyo recuerdo le obsesiona y hace que le
parezcan horribles todas las mujeres de por aquí. Es usted un enamorado
que vive de ilusión.
--Efectivamente; hay algo de eso--contestó sonriendo Zarzoso, que veía
de este modo descubierto su secreto.
--¡Oh! Yo conozco perfectamente esas cosas. Aunque ahora soy viejo,
también he tenido mi época, pero sería una enorme mentira el querer
hacerme pasar por calavera. He hecho lo que todos; he tenido mis
trapicheos y, sobre todo, un amor serio, que como a usted me hacía mirar
a las demás mujeres con indiferencia.
Zarzoso, cediendo a un movimiento instintivo y sin considerar que
cometía una inconveniencia, fijó su mirada en el gran retrato que estaba
sobre la chimenea.
Entonces fué Alvarez quien se inmutó, ruborizándose un poco.