Pantheón, que habitaba Zarzoso; preguntaba si el servicio era bueno; si
el garzón charolaba bien las botas que se dejaban por la noche a las
puertas de los cuartos, y comenzaba ya a sentir la comezón de la
novedad, que le obligaba cada dos meses a mudar de casa.
--Nada, paisano; que cualquier día le doy una sorpresa mudándome a su
casa. Estoy ya harto de las cochinadas de mi hotel.
Zarzoso no experimentaba ninguna sorpresa con la familiaridad insinuante
de aquel joven que aún no hacía media hora le había conocido y ya
hablaba de irse a vivir con él. Había algo en su persona que inspiraba
completa confianza, y por otra parte su buen humor, su natural
franqueza, le recomendaban como a un buen compañero.
Terminaron la comida los dos jóvenes con tanta familiaridad y confianza
como si se hubiesen conocido toda la vida. Zarzoso comprendía que al
lado de aquel nuevo amigo no podría experimentar las largas horas de
cruel nostalgia, de las que era la principal causa la absoluta soledad
en que vivía, y tal satisfacción experimentaba por el hallazgo de este
compañero, que en vez de retirarse inmediatamente a casa, como lo hacía
siempre, le propuso acabar la noche en el teatro.
Agramunt aceptó con verdadero entusiasmo; pero con una desenvoltura
adorable puso la condición de que fuese Zarzoso quien pagase, pues él se
hallaba en aquellos días en las últimas, esperando que llegara el primer
día del próximo mes para cobrar en la casa editorial.
Por exigencias de él, la noche se pasó en la Opera Cómica, único teatro
que, con la Grande Opera, merecía la aprobación de Agramunt, furibundo
filarmónico como buen catalán, y muy versado, según él mismo afirmaba
inmodestamente, en toda clase de asuntos musicales.
De sus aficiones artísticas podían hablar, mejor que nadie, los
habitantes de su hotel, pues continuamente les aturdía los oídos
cantando a toda voz los motivos más principales de todas las óperas
conocidas.
A la salida del teatro, Agramunt se empeñó en acompañar a su nuevo amigo
hasta la puerto de su casa, y a la una de la madrugada aún estaban los
dos jóvenes a un extremo de la desierta plaza del Pantheón al pie de la
estatua de Juan Jacobo, hablando con entusiasmo y cambiando con la mayor
facilidad de tema en su conversación.
Aquel mes de aislamiento y de continua soledad en que había vivido
Zarzoso parecía haber amontonado en su interior un inmenso caudal de
palabras, que ahora salían atropelladamente de sus labios, compitiendo
en locuacidad con el verboso Agramunt.
Los dos jóvenes, poseídos de una confianza sin límites, se tuteaban ya,
y al despedirse Agramunt lanzó una mirada escudriñadora al silencioso
hotel, cuyas cerradas ventanas alumbraban los grandes reverberos de la
plaza.
--¡Chico, no tiene mal aspecto tu casa! ¿Hay en ella cuartos baratos?
¿Me dejarían estar en el último piso por veinte francos al mes?... ¿Sí?,
pues me parece que mañana mismo te doy una sorpresa.
Y, efectivamente, al día siguiente, cerrada ya la noche, cuando Zarzoso
bajaba la escalera dirigiéndose al restaurant, tuvo que apartarse para
dejar franco el paso a un mozo de cuerda, cargado con un enorme cofre.
Detrás vió aparecer la greñuda cabeza de Agramunt, quien en una mano
llevaba su tesoro, su sagrado busto de la República, y en la otra un
quinqué encendido. A la luz de éste había hecho todos los preparativos
de mudanza en la calle de las Escuelas, y por no tomarse el trabajo de
apagarlo, lo había llevado encendido por todo el boulevard Saint-Michel,
sin producir movimiento alguno de extrañeza en aquella población de
muchachuelas y estudiantes habituada a las más estupendas
extravagancias.
III
La vejez del revolucionario.
Los dos jóvenes españoles vivían en el hotel del Pantheón, con la más
amigable familiaridad.
Agramunt se mostraba encantado por la mudanza, tachándose a sí mismo de
estúpido por no habérsele ocurrido hasta entonces trasladarse a una
plaza donde, según él decía, se gozaba el honor de tener tan ilustres
vecinos.
Todas las mañanas, al levantarse, abría su ventana del último piso, y
mirando la inmensa mole del Pantheón, que extendía su cruz de ciclópeos
muros en el centro de la gigantesca plaza, saludábala moviendo sus
manos, y como si le pudieran oír en el fondo de la cripta del monumento,
gritaba:
--¡Buenos días, Voltaire!
Otras veces el saludado era Rousseau, o cualquiera de los demás hombres
ilustres, que tenían sus huesos en las entrañas del grandioso monumento.
El hotel estaba algo movido por la aparición de aquel nuevo huésped, que
en pocos días se había hecho amigo de todos los jóvenes que en él
vivían, y que eran estudiantes procedentes de los más distintos países.
No había en la casa un solo huésped francés; en cambio sus cuartos eran
un viviente cosmopolitismo, pues se albergaban en ellos lo mismo griegos
que yanquis, e ingleses que árabes.
En la tablilla indicadora de los vecinos, que figuraba en la portería,
veíanse confundidos los nombres más extravagantes, los apellidos más
impronunciables, y en los pasillos sonaba tal confusión de lenguas
extrañas, que, según afirmaba Agramunt, aquella casa era una verdadera
pajarera.
A pesar de esta confusión de lenguas, con todos se entendía él y
entablaba largas conversaciones, valiéndose del francés que conocía muy
a fondo, pero que destrozaba al hablar, con su pronunciación marcada,
que hacía sufrir igual suerte al castellano.
Cuando él se levantaba por las mañanas Zarzoso ya había marchado a la
clínica, y para pasar el tiempo, si es que no tenía que hacer algún
trabajo urgente para su editor, canturreaba sus fragmentos de ópera
favoritos por los pasillos del hotel o entraba en el cuarto de alguno de
sus nuevos amigotes, para preguntar a un griego o a un rumano si en su
país había muchos republicanos y enterarse del carácter que allí tenía
la Prensa.
Bromeaba campechanamente con los garzones del hotel, llevándolos en sus
días de opulencia a la taberna vecina para tomar la absenta, o salía a
dar una vuelta por el bulevar hasta la hora del almuerzo, en que se
reunía con Zarzoso, el cual, según la expresión del periodista, entraba
en el restaurará oliendo todavía al ácido fénico de la clínica.
Por las tardes iban los dos amigos al café de Cluny, que era el
establecimiento que gozaba en el barrio de mayor fama de seriedad, por
no permitirse en él la entrada a las alegres muchachuelas que pululaban
por el vecino bulevar.
Zarzoso veía siempre en dicho café el mismo público: burgueses de la
vecindad, graves y sesudos, que leían los más antiguos periódicos de
París; señoras viejas que escribían cartas y algún par de profesores
que, tomando su taza de café, discutían pausadamente sobre los sistemas
de enseñanza.
Los dos jóvenes no acudían a dicho establecimiento por su carácter serio
y tranquilo, sino porque en él tenía Agramunt antiguos amigos que
acudían diariamente al café de Cluny, desde puntos muy lejanos.
A un extremo del café, entre aquel público silencioso, mesurado y
prudente, agrupábanse unos cuantos parroquianos que no hablaban en
francés, que no sabían decir nada en voz baja, y que sus ruidosas
palabras las acompañaban siempre con fuertes puñetazos sobre el mármol
de las mesas: eran españoles, procedentes de las emigraciones
republicana y carlista, los cuales, a pesar de su radical divergencia en
punto a doctrina, reuníanse amigablemente sintiéndose atraídos por ese
espíritu de nacionalidad que tan imperiosamente se experimenta cuando se
está fuera de la patria.
La tertulia era, por lo general, pacífica, pero muchas veces, olvidando
la mutua conveniencia y reapareciendo antiguos odios, salían a plaza las
ideas políticas de cada uno, y entonces eran de ver los rostros
escandalizados de los tranquilos parroquianos del café, ante aquellas
discusiones tormentosas, en las que se sucedían sin interrupción los
puñetazos sobre la mesa y las vociferaciones matizadas por palabras tan
enérgicas como poco cultas.
Zarzoso, a pesar de aquellas disputas que diariamente surgían,
encontraba muy agradable la tertulia porque en ella podía hablar la
lengua de su patria, y, además, reía con las ocurrencias ingeniosas de
algunos de aquellos desgraciados que paseaban su hambre y su levita
raída por todo París, con una altivez digna del carácter español.
El joven médico tenía grandes deseos de conocer al que era como el jefe
de aquel ruidoso cenáculo, personaje de importancia, del que le hablaba
Agramunt con mucho respeto.
--Ya verás cuando venga don Esteban--decía Agramunt--, cómo te resultará
muy simpático. Es todo un hombre, y yo estoy seguro de que si en su
esfuerzo consistiera, hace ya tiempo que habríamos triunfado. Tiene una
historia heroica; se ha batido un sinnúmero de veces en favor de la
República, y en el año 73, si no hubiese sido tan modesto, hubiese
llegado a hacer grandes cosas. En fin, tú ya conoces de nombre a don
Esteban Alvarez. Aquí lo pasa bastante estrechamente; trabaja para el
mismo editor que yo y ahora está en Caen, adonde le ha enviado la casa
para ciertos asuntos, pues tiene en él absoluta confianza. Lo que yo más
siento es que goza de poca salud, y cualquier día nos va a dar un
disgusto.
Zarzoso, que continuamente oía hablar de aquel señor, tanto a su amigo
como a los demás emigrados que acudían al café, sentía grandes deseos de
conocerle.
Por fin, una tarde logró ver en el café de Cluny a aquel hombre que, por
su historia política tan accidentada y aventurera, le había resultado
siempre interesante.
Al entrar él con Agramunt, fijáronse en las mesas que solía ocupar la
reunión de emigrados.
La tarde era muy desapacible. Caía una de esas lluvias torrenciales
propias del otoño parisiense, y tal vez por esto la concurrencia era
escasa, pues muchos de los emigrados vivían en barrios que estaban a
algunos kilómetros de distancia.
Sólo dos hombres ocupaban las mesas de la tertulia, y Zarzoso se fijó
inmediatamente en uno de ellos, al mismo tiempo que Agramunt, tocándole
en el codo, murmuraba:
--¡Mírale! ¡Allí está!
Zarzoso había visto muchas veces en periódicos republicanos el retrato
de Esteban Alvarez, tal como era en el año 73, pero esto sólo le sirvió
para experimentar una gran extrañeza, al ver los estragos que una vejez
prematura había hecho en el famoso revolucionario.
De su época pasada de juventud, bríos y marcial presencia, sólo le
quedaba su bigote, aquel hermoso bigote que era el encanto de todo el
regimiento en sus tiempos de militar, y que ahora caía lacio, desmayado
y horriblemente canoso sobre unos labios contraídos por amarga expresión
de desaliento y de dolor.
Alvarez había engordado mucho al hallarse cercano a la vejez, pero su
obesidad era floja y malsana; era la transformación en grasa de aquellos
músculos de acero.
Su rostro abotagado y de una palidez verdosa, estaba surcado por arrugas
profundas, y lo único que en él quedaba de su antiguo esplendor eran los
ojos, que, bajo unas espesas y salientes cejas grises, brillaban con
todo el fuego y la audacia de la juventud.
Acercáronse los dos jóvenes a la mesa que ocupaba Alvarez, e
inmediatamente Agramunt hizo la presentación de su amigo.
El revolucionario sonrió con amabilidad, y tendiendo su mano
amigablemente a Zarzoso, le hizo tomar asiento a su lado. El conocía el
nombre de su tío, el célebre doctor, y se enteraba con mucho interés del
objeto que había llevado al joven a París.
--Celebro mucho--decía con su voz cansada--que un joven como usted venga
aquí a ser de los nuestros. Seremos amigos; aunque esto, bien mirado,
poco puede halagarle a usted, que es joven y tiene ante su paso un
brillante porvenir. Yo, hijo mío, ya no soy más que una ruina, un
andrajo que para nada sirve. Mi misión ha terminado ya en el mundo y
ahora sólo me queda el morir aquí olvidado de todos.
Y bajaba tristemente la cabeza, como un reo que está seguro de su
próximo fin.
Zarzoso se sentía conmovido por la expresión desalentada de aquel
hombre, en otros tiempos todo vigor y energía y que ahora, con las
fuerzas agotadas por una vida de infortunios, aventuras y terribles
agitaciones, hacía recordar al limón mustio, blanducho y despanzurrado
después que le han exprimido todo el jugo.
Mientras tanto, Agramunt daba palmaditas amistosas en la espalda a un
sujeto morenote, fornido, con la cara afeitada, a excepción de unas
patillejas, y que de vez en cuando lanzaba a don Esteban miradas
cariñosas como las de un perro fiel.
El joven catalán le preguntaba cómo iban sus asuntos, pues hacía ya
algún tiempo que no le había, visto.
--Van bien, no puedo quejarme--contestaba aquel hombre, que no era otro
que Perico, el antiguo asistente de Alvarez--. En el almacén me tratan
con bastante consideración, sólo que el trabajo es mucho y no puedo
venir por aquí con tanta frecuencia como deseo. La dirección de la casa
es muy rígida en punto a las obligaciones. Hoy he logrado alcanzar un
permiso para ir a recibir a mi amo a la estación, y por eso puedo estar
en el café. ¿No es verdad que don Esteban ha venido más fuerte de Caen?
Le han probado los aires por allá; lo que siento es lo mucho que habrá
sufrido al no tenerme por la noche cerca de él para que le cuidase.
Y el fiel criado, a quien el tiempo y los infortunios habían elevado a
la categoría de compañero y primer amigo de su señor le dirigía miradas
que demostraban la fuerza de aquel cariño indestructible que tanto
tiempo existía entre el ex comandante y su asistente.
Alvarez, entre tanto, como si le molestasen las muestras de mudo cariño
que le daba su criado, aparentaba no fijarse en ellas y hablaba a
Zarzoso de su viaje a Caen.
Había ido allá con el único objeto de arreglar ciertos asuntos de su
editor, que le apreciaba mucho y tenía en él una completa confianza. Y
hablando de esto, el revolucionario pasó insensiblemente a tratar de su
situación.
No se quejaba de la suerte. La casa editorial pagaba de un modo harto
modesto, pero al fin le distinguía, retribuyendo sus trabajos mejor que
a los otros emigrados que para ella traducían.
Su tarea no era para matarse de fatiga.
Traducía cuentecillos de los más célebres escritores franceses, y cuando
no, escribía libros de texto para la niñez; obrillas insubstanciales,
formadas por retazos que tomaba de aquí y allá, y que el editor enviaba
a miles al otro continente para que sirviesen de pasto intelectual a la
juventud de las escuelas americanas.
El emigrado, al dar cuenta de sus trabajos a su nuevo amigo, sonreía
amargamente como si todavía no se hubiese desvanecido el asombro que le
causaba el verse en su vejez dedicado a tan nimias tareas, después de
haber sido un verdadero héroe revolucionario y haber gozado de poder
suficiente para trastornar a cualquiera hora el orden de su país.
Aquella tarde la pasaron por completo en el café los dos jóvenes,
hablando con don Esteban y su criado sobre la política española, las
costumbres de la patria, que tan hermosas resultan cuando se vive en el
extranjero suelo, y las probabilidades de éxito que podía tener en
aquellos instantes una intentona revolucionaria. Hablando
acaloradamente, forjándose ilusiones y demostrando a ratos gran
confianza en el porvenir, transcurrieron las horas de la tarde para
aquellos hombres agrupados en un rincón del café, mientras fuera seguía
lloviendo cada vez con más fuerza, y por encima de las blancas
cortinillas de las vidrieras desfilaba un inacabable ejército de
paraguas, goteando por todas sus varillas.
La sombra del crepúsculo comenzaba ya a invadir las calles, en las que
brillaban los primeros reverberos, pero el grupo de emigrados, animados
por el recuerdo de la patria y fiando cándidamente en el porvenir,
parecía como que recibía en sus ardientes cerebros un cálido rayo del
sol de España.
Llegó la hora de retirarse, y entonces don Esteban, levantándose
trabajosamente de su banqueta, tendió la mano a Zarzoso.
--Seremos grandes amigos--dijo con su voz que revelaba franqueza--. Yo
tengo mucho gusto en tratarme con la juventud ilustrada y valerosa, que
es la que ha de regenerar a España. Venga usted a verme cuando tenga un
rato libre. Vivo en la calle del Sena, cerca de aquí. Ya le acompañará
Agramunt cuando usted se digne visitarme.
Los dos jóvenes fuéronse al restaurant, y allí, mientras comían,
Agramunt fué relatando a Zarzoso todo cuanto sabía de la vida de don
Esteban Alvarez.
Después de la caída de la República española, el famoso revolucionario
había huido de España, a la que ya no debía volver más.
Había sido sentenciado a muchos años de presidio por varios procesos que
se le habían formado a consecuencia de ciertos actos violentos, pero
propios de las circunstancias, que había llevado a cabo en tiempos de
don Amadeo de Saboya, cuando mandaba partidas republicanas.
En opinión de Agramunt, debía existir algún poder oculto que trabajaba
ferozmente contra don Esteban, pues las sentencias habían caído sobre
éste por actos que a otros no les habían causado la menor inquietud.
No había esperanza de que ningún indulto le permitiese regresar a
España, donde sin duda estorbaba su presencia; y don Esteban, por otra
parte, no mostraba el menor despeo de volver a la patria, si esto había
de costarle alguna humillación, pues, aun en los momentos de mayor
desgracia, seguía mostrando su intransigencia sin límites contra
aquellos enemigos políticos a los que tantas veces había combatido.
Agramunt explicaba así la vida de Alvarez, desde que dejamos a éste, en
el momento que abandonó Valencia, después de su dramática visita al
colegio de Nuestra Señora de la Saletta.
Se había establecido en París, en compañía de Perico, su antiguo
asistente y fiel acompañante, que no le abandonaba aun en las
circunstancias más difíciles.
La primera época de su estancia en la gran ciudad fué terrible y penosa,
pues Alvarez, a pesar de haber desempeñado grandes cargos durante el
período de la República, se hallaba tan falto de recursos como antes.
Por otra parte, el estado de la emigración había variado mucho.
Ya no ocurría como antes del 68, en aquella época en que era capitaneado
por un Prim el grupo de la emigración, en el cual figuraban los hombres
más ilustres de España. Entonces la revolución tenía dinero, y
ayudándose unos a otros con fraternal compañerismo la vida resultaba
fácil; pero ahora veíase Alvarez casi solo en París y sin otros medios
de subsistencia que los que él mismo pudiera proporcionarse.
Buscó trabajo como escritor, y los principios fueron dificilísimos, pues
sólo encontraba traducciones baratas y esto con poca frecuencia.
En un período tal de miseria y horrible penuria, fué cuando se reveló en
toda su sublime grandeza el carácter de Perico, aquel servidor fiel que
consideraba a su señor como un padre y un hermano. Sin que don Esteban
llegase a enterarse, hizo los mayores sacrificios para que nunca faltase
la comida a su mesa, ni el portero pudiera ponerlos en la calle por
falta de pago.
Fué toda una epopeya de sufrimientos, de titánicos esfuerzos, de
recursos heroicos para la conquista de un franco, la vida que arrastró
el fiel aragonés durante el primer año de estancia en París. Conocedor
de las costumbres de la gran ciudad, por la vida que en ella hizo
durante la primera emigración, encontró el medio de dedicarse a un
sinnúmero de bajas ocupaciones, mientras buscaba trabajo más lucrativo.
Fué mozo de cuerda, revendedor de contraseñas en los teatros, cargador
en los muelles, y hasta pidió limosna en las calles más concurridas,
exponiéndose a ser arrestado por la Policía; todo para ganar dos o tres
francos diarios que entregaba a su señor, el cual estaba desesperado por
la inercia forzosa a que le obligaba su falta de ocupación.
Afortunadamente, la vida de los dos desgraciados varió por completo así
que hubo transcurrido un año.
El aragonés logró una colocación de mozo en uno de los grandes almacenes
de novedades, con cuatro francos diarios, y casi al mismo tiempo don
Esteban entró en relaciones con la casa editorial para la cual trabajaba
actualmente y que le proporcionó un trabajo medianamente retribuído,
pero continuo.
Entonces fué cuando se trasladaron a la calle del Sena, a una casa vieja
y sombría, pero de desahogadas piezas, y cuando normalizaron su vida
azarosa y llena de privaciones.
Perico permanecía en el almacén desde las siete de la mañana a igual
hora de la tarde; pero apenas quedaba libre de sus ocupaciones, corría a
reunirse con su amo, el cual permanecía trabajando casi todo el día en
su casa, a excepción de las pocas horas que pasaba en el café de Cluny
para leer los periódicos españoles y charlar con los otros emigrados,
única distracción que gozaba en su existencia de continuo trabajo.
La vieja portera de su casa era la encargada de guisarles, y por la
noche amo y criado sentábanse amigablemente a la mesa; distinción que
enorgullecía a Perico y al mismo tiempo le hacía comer con escasa
tranquilidad, pues bastaba que don Esteban hiciese el menor movimiento
buscando algo, para que inmediatamente se pusiera él en pie, ansioso de
servirle.
Los domingos paseaban los dos por algún bosque de las inmediaciones de
París, y este día de descanso y holganza les ponía alegres para toda la
semana, como colegiales que se desquitan en alegre jira del quietísmo y
de la falta de luz que sufren en su vivienda.
Agramunt le estaba muy agradecido a Alvarez y hablaba de él siempre
tributándole los mayores elogios.
Solamente en un punto se mostraba contrario a don Esteban, y era en la
frialdad que éste demostraba por su ídolo.
Alvarez, a pesar de su carácter de emigrado y de su historia política,
iba poco a casa de don Manuel, como le llamaba por antonomasia Agramunt,
y sonreía con cierta frialdad siempre que oía hablar de aquel hombre
ilustre.
Subsistía aún en don Esteban su antiguo fanatismo federal, que le hacía
intransigente dentro del republicanismo, y esta conducta excitaba la
indignación del catalán, que no consentía en nadie la frialdad y la
indiferencia al tratarse del que él titulaba el Danton español.
Variando Agramunt su conversación sobre Alvarez con uno de aquellos
saltos de imaginación que tan característicos le eran, hablaba de su
vida privada con el respeto instintivo y la admiración que todo joven
siente ante un hombre afortunado en materia de amores.
El no conocía a fondo la vida privada de Alvarez, pero algo había oído
en el grupo de los emigrados, y la misma vaguedad de sus noticias
contribuía a agrandar en su imaginación la figura de don Esteban, al que
consideraba ya como un antiguo Tenorio de irresistible seducción.
--Tú no puedes imaginarte--decía a Zarzoso--lo que ese hombre ha sido de
joven. Yo no sé ni la mitad de sus aventuras, pero lo triste es que, ahí
donde lo ves ahora, con su facha de desaliento y su triste sonrisa, ha
sido en su juventud un conquistador terrible que ha rendido a docenas
las mujeres, sin pararse a distinguir en punto a condición social.
Cuando era militar tenía fama de guapo mozo, y mira si picaba alto, que
según me han dicho, estuvo próximo a casarse con una condesa muy guapa.
La cosa tuvo consecuencias, pues según mis noticias, hay en el mundo una
hija como resultado de aquellos amoríos.
IV
El padre de María.
Todas las mañanas al levantarse de su cama, Agramunt alzaba la blanca
cortina de su ventana, y mirando el vasto horizonte que dejaba visible
la anchura de la plaza del Pantheón, murmuraba con desaliento:
--Definitivamente, el sol ha muerto.
Había cerrado ya el invierno; una luz mortecina y sucia se filtraba por
los vidrios, entristeciéndolo todo y dando al modesto cuarto del
periodista un tinte fúnebre. París hacía cerca de un mes que tenía sobre
sus tejados un cielo ceniciento, monótono y tétrico, y si alguna vez por
casualidad el sol, con un coletazo de su flamígero manto, desgarraba las
plomizas nubes, asomaba tan sólo un rostro pálido que daba lástima y se
retiraba inmediatamente, dejando que las nubes descargasen torrenciales
chaparrones sobre la gran ciudad, acostumbrada a sufrir estas injurias
del cielo.