nivelador rasero de los tiempos presentes, y si no conserva todas sus
costumbres antiguas goza aún de existencia especial que la distingue.
Alemania tiene sus masonerías escolares, con sus grotescas y muchas
veces terribles ceremonias; Inglaterra conserva sus Universidades
rurales de Oxford y Cambridge, con sus eternas y originales luchas, y
Francia posee el Barrio Latino, con sus costumbres extravagantes y su
aspecto cosmopolita.
El distrito parisién que tiene por corazón la Sorbona es en realidad
una aglomeración de representantes de todos los pueblos. En sus calles
suenan las voces de todos los idiomas conocidos, pues a más de una
verdadera nube de estudiantes negros, americanos y rusos, los hay
chinos, japoneses, egipcios y árabes.
En el reducido espacio de un café del Barrio Latino, suenan confundidos
los más raros y difíciles idiomas. En cada mesilla se habla una lengua
diferente y muchas veces estudiantes de la misma nación se separan para
charlar en el dialecto de su provincia.
La misma confusión que reina en el Barrio Latino, en cuanto a idiomas,
impera también en cuestión de trajes. El centro de la orilla izquierda
del Sena vive en perpetuo carnaval, y de seguro que los vestidos que
allí pasan sin extrañeza provocarían una carcajada al exhibirse en la
orilla opuesta.
Confundidos con los alumnos de la escuela de Derecho o de la de
Ingenieros, que van siempre correctamente vestidos con arreglo a la
última novedad, lo que les vale cierto desprecio de los otros
compañeros, pululan los estudiantes de Medicina, con sus descomunales
boinas de terciopelo negro o sus chisteras de alas planas, que sirven de
coronamiento a unas hirsutas melenas que siempre rebasan los hombros;
los cursantes de Bellas Artes, imitando en sus trajes las modas de
pasadas épocas, con su capa española o italiana y un chambergo romántico
que pide a voces una tiesa pluma de gallo; las estudiantas, en su
mayoría procedentes de Rusia, feas como muchachos, con el pelo cortado,
sucias gafas sobre la chata nariz y por toda indumentaria un largo
pardesú, una gorra de astracán y una descomunal cartera de cuero para
meter los libros y papeles; y los alumnos de la escuela Politécnica, con
su vistoso uniforme negro y dorado, su airoso sombrero de picos, su
ferreruelo impermeable y su espada rabitiesa, atalaje que visto de
lejos, les da el aspecto de pájaros exóticos.
Singular vida la de los estudiantes de París. Entre ellos es rara la
desaplicación, y son muy contados los que pierden los cursos; pero a
pesar de esto, se les ve de continuo en las calles con una muchacha del
brazo, alborotando como energúmenos, o dedicándose a ejercicios de
fuerza o de destreza.
Como aquella juventud española de los pasados siglos que se agrupaba en
las aulas de la inmortal Universidad de Salamanca, y que se hizo célebre
por su carácter bullicioso y audaz, la juventud escolar francesa es
enérgica y aventurera; animada por su notable robustez ama la esgrima y
la gimnasia, y en sus clubs de recreo, se fortalece los brazos
levantando pesos enormes, o pasa horas enteras tirando a la espada y
contándose los botones a estocadas, cual aquellos licenciados de
Salamanca de que hablaba Cervantes.
El Barrio Latino, a principios de siglo, cuando sus principales vías
eran míseras callejuelas, cometía tan estupendas extravagancias, que
forzosamente la policía había de intervenir en ellas; hoy no conserva
del pasado tormentoso, más que una orgía anual, que consiste en el baile
que dan a sus compañeros los estudiantes que terminan su carrera.
Confundidos con esa población joven, bulliciosa e ilustrada, que es el
porvenir de la Francia, figuran los hombres graves del barrio, los
escritores que viven en él, y los catedráticos, graves, melenudos y
distraídos como el célebre doctor Miravel, que salen por la mañana de la
Sorbona o del Colegio de Francia después de haber explicado su lección,
puestos de frac y corbata blanca, traje oficial de los profesores
franceses, y marchan por la calle tan abstraídos con la lectura de una
revista científica, que se meten en el arroyo o están próximos a ser
aplastados por un carruaje.
La orilla izquierda del Sena tiene tal atractivo para la juventud
estudiosa y al mismo tiempo alegre, que ésta vive siempre encerrada en
los límites del Barrio Latino, bastándose a sí misma, y encontrando
vulgar y burgués, como ella dice en su jerga, todo lo que ocurre en la
orilla opuesta.
Como dice Julio Simón, el estudiante del Barrio Latino, sólo cuando se
siente empujado de esa fiebre por lo desconocido que acomete a los más
heroicos viajeros, es cuando se atreve a pasar el Sena, y así y todo, a
costa de un esfuerzo supremo, llega hasta la calle de Rívoli.
El escolar que esto hace es un Stanley que pronto se arrepiente de su
heroicidad, y fastidiado por el París comercial y elegante de la ribera
derecha, vuelve a su querido Barrio Latino en el que no hay fábricas
ruidosas, sino silenciosas bibliotecas; en el que la amistad y el
compañerismo son algo más que palabras, en el que las mujeres se
entregan por amor, y pudiendo hacer fortuna a la otra parte del río,
prefieren compartir el mísero cuarto y la menguada comida con el
estudiante que habla de cosas que ellas no entienden y que en un rapto
de locura amorosa, no contentos con dar su juventud vigorosa e
incansable, llega a regalarlas un ramo de violetas de a cinco céntimos.
A este distrito de París, al célebre Barrio Latino, fué a establecerse
Juanito Zarzoso, apenas llegó a la gran metrópoli.
II
El primer amigo.
Alquiló el joven médico un cuarto en el segundo piso de un hotel de
estudiantes de la plaza del Pantheón.
Conocía, por referencias de algunos de sus condiscípulos de Madrid, la
vida del estudiante parisién en el Barrio Latino. Se abonó por meses en
un restaurant de los más concurridos, adonde acudían las notabilidades
del porvenir a nutrirse con elementos tan problemáticos que, según
afirmaban los estudiantes, las chuletas eran de caballo enfermo y las
tortillas se componían de los más absurdos ingredientes.
El doctor Zarzoso, que era espléndido por carácter, y más aún tratándose
de su sobrino, no quería que éste hiciese en París una vida miserable, y
le había dado letra abierta para el banquero a quien iba recomendado;
pero el muchacho, acostumbrado a una existencia modesta y con poca
afición al lujo y los placeres, no pensaba abusar de la magnanimidad de
su tío, y se proponía seguir las costumbres de un estudiante pobre.
Al día siguiente de su llegada, se apresuró a presentarse a los célebres
profesores a quienes iba recomendado y que le recibieron muy bien, e
inmediatamente entró como alumno en aquellas famosas clínicas de las que
salen los más portentosos descubrimientos de la ciencia médica.
Zarzoso oyó con profundo respeto, como si se hallase en presencia de
seres sobrenaturales, las profundas observaciones de Charcot y las
elocuentes explicaciones de Tillot en el anfiteatro de la Escuela de
Medicina; asistió con fruición sin límites a las operaciones de Pean y
del modesto Championet, y estos espectáculos científicos, reavivando su
amor a la ciencia, le hicieron entregarse de nuevo en cuerpo y alma al
estudio.
Esto le hizo experimentar un gran consuelo. El panorama grandioso que
desarrolla París a los ojos del viajero que le visita por primera vez,
sólo llegó a distraer a Zarzoso por muy pocos días.
Así que se desvaneció la primera impresión de sorpresa, el recuerdo de
María, de aquella mujer adorada de la que ahora estaba separado por
tantas leguas de distancia, volvió a obsesionarle, ocupando por completo
su imaginación.
No podía admirar cualquiera de las cosas sorprendentes que encierra la
gran ciudad, sin que al momento dejase de ocurrírsele la misma idea:
--¡Oh, si se hallase aquí María! ¡Cómo se alegraría de ver esto!
Por otra parte, causábale cruel martirio el ver continuamente en el
Barrio Latino amorosas parejas que, acariciándose con sus miradas casi
tanto como con sus palabras, iban por las aceras cogidas del brazo
haciendo descarado alarde de su juventud y su dicha. Pocos eran los
estudiantes que no tenían por compañera una cabeza picaresca coronada de
cabellos rubios.
Este continuo alarde de amor en las calles, esta felicidad juvenil que
no cabía en las estudiantiles buhardillas y se esparcía por las aceras,
irritaba a Zarzoso al par que le hacía sentir amarga envidia.
La soledad en que vivía agravaba aún más su situación. Nunca se había
agitado en un vacío tan absoluto. Primero con su madre, después con su
tío, siempre había vivido en familia; y ahora, al encerrarse en su
cuarto y pasar la noche completamente sólo, al pasear por las calles sin
encontrar una cara amiga, parecíale que le habían arrancado de la
tierra, donde tenía sus afecciones, para arrojarle en un mundo
desconocido y extraño.
En las clínicas, donde asistía diariamente, habíase formado amistades
con otros médicos extranjeros que estaban en París para estudiar una
especialidad; pero estas relaciones no tenían otro carácter que el de
compañerismo, y Zarzoso no quería intimar con aquellos hombres austeros,
dedicados de lleno a la ciencia, y en los que no adivinaba afecto
alguno.
El primer mes de estancia en París, lo pasó Zarzoso en la más absurda
soledad. Por las mañanas asistía a las clínicas; por las tardes, después
del almuerzo, paseaba por el Luxemburgo, el gran pulmón del barrio
Latino, o visitaba los Museos; y la noche pasábala en su cuarto, si es
que no se sentía con fuerzas para atravesar los puentes y entrar en un
gran teatro.
Detestaba los cafés ruidosos del boulevard Saint-Michel con sus
orquestas ratoneras y sus pendencias de estudiantes, y se aburría en el
tempestuoso baile de Bullier, donde solía ver a alguno de sus compañeros
valsando con la misma muchacha a la que meses antes había hecho el
diagnóstico en el hospital.
Su único placer en tal época de aislamiento era escribir a María, y
permanecía horas enteras trazando largas cartas, en las que amontonaba
las exclamaciones propias de una pasión excitada por la ausencia y la
distancia.
En aquella vida de aislamiento y de continua monotonía que obligaba al
joven a refugiarse en el estudio como único medio de olvido, también
experimentaba inquietudes y alegrías producidas por las cartas de María,
que doña Esperanza se encargaba de remitirle desde Madrid.
Bastaba que se retrasase unos cuantos días la contestación de la joven a
cualquiera de sus cartas para que inmediatamente Zarzoso se mostrase
inquieto, y una triste y continua preocupación le embargase aun en los
momentos que dedicaba al estudio.
Su imaginación, alarmada por tal silencio, volaba hasta Madrid,
forjándose las más absurdas suposiciones; en la clínica se distraía y
cometía torpezas, inexplicables en un alumno de tan reconocida
aplicación, y se mostraba meditabundo y como obsesionado por aquella
carta que tanto esperaba sin llegar nunca.
Todo lo más extraño, novelesco y excepcional que pueda existir en el
mundo, lo imaginaba Zarzoso, antes que pensar en explicarse la tardanza
por una circunstancia tan sencilla como era la de no haber podido María
entregar su carta a la viuda de López, a causa de la vigilancia de su
tía.
Por las noches, cuando el joven médico se retiraba a su casa, pensando
en la posibilidad de encontrar en ella la ansiada carta, andaba
lentamente, como si temiese llegar demasiado pronto y que una cruel
desilusión viniera a desvanecer la vaga esperanza que le alentaba.
Con tardo paso, como si quisiera prolongar aquella dulce ilusión, subía
Zarzoso la ancha calle de Soufflot, y al entrar en la plaza del
Pantheón, iba a detenerse al pie de la estatua de Juan Jacobo, donde
permanecía algunos minutos calculando mentalmente y por centésima vez,
en aquel día, el tiempo que había transcurrido desde que María recibió
su última carta, y lo extraño que resultaba el que no le hubiese
contestado.
Por fin, en un rapto de heroica resolución, se decidía a entrar en el
hotel y temblando de incertidumbre acercábase al casillero de madera que
había en la portería, donde colgaban las llaves de los diferentes
cuartos y dejaba el conserje la correspondencia de cada huésped. Si
Zarzoso contemplaba negra y vacía la casilla marcada con el número de su
cuarto inclinaba la cabeza con desaliento, y encendiendo su bujía en el
mechero de gas, subía la escalera con la resignación del reo a quien
llevan al cadalso, y en toda la noche lograba conciliar el sueño; pero
si veía blanquear la esperada carta junto a la colgante llave,
experimentaba un sacudimiento de pies a cabeza, salvaba los peldaños con
loca precipitación, y allá arriba, en la soledad de su cuarto, gozaba
una felicidad sin límites, leyendo y releyendo la anhelada carta. Todas
las sospechas y las suposiciones trágicas que le habían estado agitando
durante algunos días, desvanecíanse inmediatamente a la vista de aquella
letrita angulosa y elegante que evocaba en su imaginación el recuerdo de
los finos dedos y los graciosos hoyuelos de la mano que la había
trazado; y cuando se cansaba de leer besaba con pasión aquellos períodos
más apasionados de la carta, y al dormirse, estrujaba aún amorosamente
entre sus manos el papel que de tan lejos le traía la felicidad, y en el
que percibía el mismo perfume que le había acariciado cuando se hallaba
cerca de la mujer amada.
De este modo transcurrió para Zarzoso el primer mes de su estancia en
París; siempre solo, unas veces agitado por la duda y la incertidumbre,
otras poseído por una vaga felicidad, y siempre con el pensamiento fijo
en Madrid, donde se hallaba aquella mujer, cuyo recuerdo le hacía
encontrar horribles a todas las muchachas parisienses que encontraba a
su paso.
El joven médico entraba y salía como un autómata en su restaurant del
boulevard Saint-Michel, sin fijarse en ninguno de aquellos rostros
alegres y vivarachos que se le aparecían en la nube formada por el vaho
de los calientes platos y el humo de las pipas.
Comía el joven español con silencioso recogimiento, con la cabeza baja,
sin fijarse en nada de lo que ocurría a su alrededor. Fastidiábanle los
desplantes graciosos de muchos de los parroquianos; entristecíale el
aspecto de todas aquellas muchachuelas de cabello rubio, que solas o
acompañadas comían apresuradamente para comenzar cuanto antes su noche
de aventuras; y sentía una sorda irritación contra las risotadas
brutales y los cínicos chistes que se cruzaban de una a otra mesa.
Zarzoso era para todas las gentes que se veían diariamente en aquel
lugar casi a la misma hora un parroquiano insignificante, que al entrar
y al salir les arrancaba un ceremonioso saludo; y únicamente le merecía
cierta estimación cariñosa a la gruesa señora encargada del mostrador,
la cual simpatizaba con el joven español por su seriedad y buen porte.
Una tarde, a la hora de la comida, Zarzoso tuvo un encuentro en dicho
restaurant. Ocupó al entrar una pequeña mesa que vió desierta, y cuando
acababa de comer su sopa, entró otro joven, que vino a sentarse frente a
él y que le saludó con un desenfadado movimiento de cabeza.
Zarzoso contestó fríamente al saludo y como al mismo tiempo estallase un
concierto de chillidos al extremo del comedor en una gran mesa ocupada
por varias parejas de las más revoltosas del barrio, el recién venido
volvió la cabeza, y con sorpresa para Zarzoso, murmuró en español, con
acentuación muy marcada:
--¡Redios! ¡Cómo escandalizan esos marranos!
Era un compatriota, y esta circunstancia hizo que Zarzoso, siempre tan
retraído y ensimismado, fijase en él la atención con curiosidad, y lo
encontrara muy simpático desde el primer momento.
Aparentaba tener la misma edad que el joven médico, y era robusto y
sonrosado como un tudesco, luciendo en su rostro una barba muy espesa y
peinada melodramáticamente, que se le comía más de la mitad de la cara.
Su cabeza greñuda y cierto desaliño en el vestir, delataban el afectado
empeño de adquirir un aspecto terrorífico y siniestro, que era
contradecido inmediatamente por la expresión atrayente de sus miradas
dulces y cándidas. Adivinábase en él al buen muchacho de simpático
carácter, sencillos sentimientos y entusiasmos ruidosos, empeñado en
falsificarse, fingiéndose peligroso y terrible. Era, en una palabra, uno
de esos ilusos, agitados por el amor al renombre, y capaces de
arrancarse la existencia con tal de llamar la atención. Su levita raída,
brillante por los codos, y con el galón deshilachado, formaba un rudo
contraste con un gran chambergo blanco que se echaba sobre las cejas,
adquiriendo con esto el aire de uno de esos terribles dinamiteros que
tanto pasto dan a la caricatura.
Sin fijarse gran cosa en la curiosidad que su presencia había despertado
en el compañero de mesa, comenzó a examinar la carta del restaurant
frunciendo el ceño y murmurando con enfado:
--Siempre dan los mismos platos. Esta cocina es insufrible. Me...
Y acompañó sus quejas con una serie de votos y blasfemias que soltaba
con la mayor facilidad, como si la costumbre no le permitiese apreciar
el valor de las palabras.
Zarzoso se sentía atraído por aquel individuo que le resultaba original
en extremo, y sin proponérselo, como si una fuerza oculta le impulsara,
le dirigió la palabra en castellano.
--¿Es usted español?
El interrogado levantó con viveza la frente, y un flujo de palabras
desbordóse ante aquella pregunta. ¡Vaya si era español!, y, por
añadidura, catalán, de la misma Barcelona; y después de decir su nombre,
que era el de José Agramunt, comenzó con el mayor desenfado a moler a
preguntas a su interlocutor, enterándose a los pocos minutos de quién
era, cómo le llamaban, dónde había nacido, a qué familia pertenecía y
qué era lo que iba a hacer en París.
El catalán, animado por aquel encuentro que parecía encantarle, dejaba
suelta su locuacidad a toda prueba.
Mientras el camarero le iba sirviendo, él preguntaba a Zarzoso, y cuando
se creyó ya bien enterado de quién era, entonces comenzó a hablar de sí
mismo con un descuido tal, con una franqueza tan absoluta que al mismo
tiempo que le hacía simpático ponía toda su existencia de cuerpo
presente.
Era hijo de un fabricante arruinado de Sabadell; huérfano desde su
infancia, había estado al cuidado de unos tíos que ejercían una pequeña
industria en Barcelona. A causa de su precoz inteligencia, de su
vivacidad de carácter y de aquella audacia infortunada que había
adquirido de su difunto padre, en vez de ser dedicado al comercio, sus
parientes le hicieron entrar en la Universidad, donde cursó la carrera
de Leyes, adquiriendo el título de abogado; un papelote, según él decía,
que para nada podía servirle.
Odiaba a la Monarquía como puede odiarla un muchacho que se dormía todas
las noches teniendo a la cabecera de la cama los libros más populares
sobre la revolución francesa; soñaba en la grandeza de los héroes
republicanos y en su sublime austeridad, como apasionado lector de _Los
Girondinos_, de Lamartine, y sabía de memoria cuantos apóstrofes
elocuentes y períodos de oratoria tempestuosa se habían pronunciado en
la Convención. Para él Danton era el primer hombre del mundo, y al
tratar de la política española creía que Ruiz Zorrilla era el llamado a
representar idéntico papel en nuestra patria.
Había sido periodista en Cataluña; orador de plantilla en cuantas
manifestaciones republicanas se organizaban; peatón encargado de dar
recados insignificantes en varias conspiraciones fracasadas; y tanto
empeño puso en el ejercicio de estos cargos, que haciéndose sospechoso
unas veces a la policía y procesado otras muchas, a causa de las
embestidas de su entusiasmo, que no respetaba cosa alguna y lo mismo
atacaba en un mitin a la persona del rey que en un artículo se burlaba
graciosamente de la Santísima Trinidad, llegó a excitar tantas iras con
su conducta y a atraerse tan enconada persecución, que, al fin, para no
ingresar en presidio, tuvo que pasar _de ocultis_ la frontera,
estableciéndose en París, donde estaba a las órdenes del que él llamaba
siempre don Manuel, o el _hombre_, con una expresión de familiaridad
respetuosa y admirativa.
Zarzoso escuchaba con mucho agrado la interminable relación de aquel
locuaz compatriota, y lo encontraba cada vez más simpático.
Aquel fanatismo político rudamente intransigente que demostraba; aquella
fe en el éxito de la revolución y en el ídolo a quien seguía, hacíale
gracia el joven médico, quien, por otra parte, sentía hacia el nuevo
amigo la atracción que produce la comunidad de doctrinas.
--¿Usted también será republicano?--decía sonriendo el simpático
catalán.
Zarzoso hacía signos afirmativos.
--Indudablemente también querrá poco a los curas, o, de lo contrario, no
sería sobrino del eminente doctor Zarzoso.
El médico volvía a contestar afirmativamente, y el joven revolucionario
seguía preguntando:
--¿Y no ha sido usted republicano militante?
--¡Oh! no, señor--contestó con modestia Zarzoso--. Yo hasta ahora sólo
me he dedicado a la ciencia, y no he tenido tiempo para meterme en
belenes políticos.
--Eso es cuestión de carácter--declaró Agramunt con expresión
doctoral--. El ser revolucionario está en la masa de la sangre.
Y con un salto inesperado e incoherente propio de una imaginación
sobradamente viva, el joven catalán pasó de repente a hablar de su vida
en París. Vivía en un sucio hotel de la calle de las Escuelas, en el
último piso, y no contaba con otros medios de subsistencia que el
producto de ciertas crónicas de París que enviaba a los principales
periódicos de Cataluña, y el jornal de tres francos que le daban en una
gran casa editorial por traducir, en compañía de otros españoles
emigrados, un gran diccionario enciclopédico destinado a las naciones de
la América latina.
En la actualidad vivía contento y satisfecho, y únicamente amargaba la
existencia lo mucho que don Manuel tardaba en hacer la revolución, y las
innumerables porquerías que se cometían era el hotel de la calle de las
Escuelas.
Zarzoso sonreía encantado, al escuchar la relación que hacía el joven
emigrado de las angustias e irritaciones que todas las noches había de
sufrir en su casa. Era aquél un hotel de mala fama, una hospedería
sospechosa, un edificio de entrada lóbrega y disimulada, que, por esto
mismo, era el escenario de todos los _rendez-vous_ que se daban en el
barrio las personas que por su posición tenían interés en ocultar sus
amoríos.
Eran muchos los vecinos de la casa que no vivían solos; las paredes
parecían de papel, según la facilidad con que dejaban pasar los ruidos,
y Agramunt no podía dormir por las noches ni escribir de día, pues le
distraían de un modo horrible todos aquellos roces sospechosos.
--Le aseguro a usted, paisano--decía a Zarzoso--, que aquello es el
acabóse. Las paredes son horriblemente indiscretas y dicen todo cuanto
presencian; las camas chillan y crujen como una locomotora vieja a la
que se hace andar demasiado aprisa; en fin, que aquello es un burdel;
que ya me voy cansando de tales serenatas, y que el mejor día agarro mi
busto de la República y me mudo de casa.
Y el muchacho daba otro salto en su conversación y se ponía a describir,
con caluroso entusiasmo, el tesoro que poseía, consistente en un busto
de la República hecho en yeso, que había comprado por tres francos a un
saboyano que colocaba su museo barato sobre el pretil del puente del
Chatelet.
Aquel busto tenía una historia bastante accidentada, pues le había
ocasionado al joven más de un disgusto. Por él había reñido con una
muchacha del barrio, que iba a hacerle compañía por las tardes mientras
escribía, y que, furibunda realista como la mayor parte de las señoritas
de vida aventurera, tenía la costumbre de colocar su sombrero de
vistosas flores sobre el gorro simbólico de la severa matrona, desacato
que la rigidez republicana del joven no podía consentir.
Y Zarzoso seguía riendo, al decirle Agramunt que era ya popular en casi
todos los hoteles baratos del barrio a causa de que cada dos meses
mudaba de habitación, y al hacer el traslado dejaba que el mozo de
cuerda se encargase del equipaje, presentándose él después, abrazando
amorosamente el busto, con el mismo cuidado de un sacerdote que no
quiere dejar la sagrada imagen confiada a manos sacrílegas.