El joven Zarzoso se encuentra en París perfeccionando sus estudios por

mandato de su tío, y escribe cartas a María, enviándoselas por conducto

de la viuda de López, a quien creo habréis oído nombrar alguna vez, pues

es una publicista devota, cuya pluma y actividad emplea la Compañía para

ciertos actos de propaganda.

Dicha señora, que por una imprudencia censurable, propia de su carácter

intrigante, protegió en un principio los amores de estos jóvenes, está

hoy por completo a nuestra voluntad y haría cuanto yo le diga.

He comenzado por ordenarle que rompa cuantas cartas le envíe desde París

el joven Zarzoso para su amada, y que haga lo mismo con las que le

entregue María destinadas a aquél. El silencio que por este medio se

establecerá entre los dos amantes, excitará su desconfianza y les hará

pensar en una traición amorosa, especialmente a María, que es muy

susceptible, y cuyo amor propio resulta irritable en sumo grado; antes

de un mes las sospechas de infidelidad habrán acabado con la fe amorosa

que ambos pudieran profesarse, y entonces será el momento oportuno para

dar un golpe decisivo que acabe con ese amor.

Si a vuestra paternidad le gusta mi plan, puede encargar a cualquier

hermano hábil, de los residentes en París, ese golpe decisivo en que

cifro mis esperanzas.

París es la ciudad del placer, de las locas seducciones; Zarzoso es

joven, y, según mis informes, inocente e inexperto en materias amorosas,

como hombre que ha pasado su adolescencia entregado al estudio. No sería

difícil lanzarle al paso una de esas hermosas arañas de París, que le

enloquecería, arrancándole una prueba de amor, un objeto que demostrara

su infidelidad y que pudiéramos aquí enseñar a María.

Esta es impresionable y susceptible, y como, por otra parte, se sentiría

irritada por el inconcebible silencio de su novio, cuyas cartas no

recibirá de hoy en adelante, es indudable que, despechada, olvidaría su

amor, y en justa venganza daría su mano al primero que se presentara; a

Ordóñez, por ejemplo.

Espero, reverendo padre, que os dignéis manifestar el concepto que os

merece mi plan.

Por si os parece propio el intentar la seducción de ese joven médico que

ahora hace vida de estudiante en el Barrio Latino, os daré sus señas

para que las comuniquéis a vuestros subordinados en París.

Llámase Juan Zarzoso; hace próximamente medio año que se encuentra en la

gran ciudad; habita en el número 9 de la plaza del Pantheón, y asiste a

la clínica del doctor Charcot, en la Salpetrière, para estudiar las

enfermedades nerviosas, que es la especialidad en que tanto se ha

distinguido su tío. Al mismo tiempo, por sus propias aficiones, se

dedica al estudio de las dolencias de los niños, y asiste a varios

hospitales.

Aguardo con verdadera impaciencia vuestras órdenes, padre General.

No sé si os agradará mi plan; pero si éste es desacertado, que conste

una vez más mi vehemente deseo de allegar recursos para esa gran empresa

que la Compañía llevará a feliz término para mayor gloria de Dios.

Vuestro siervo que os pide la bendición,

P. TOMÁS FERRARI,

Vicario general de la Compañía de Jesús

en la provincia de España.

NOVENA PARTE

EN PARIS

I

La orilla izquierda del Sena.

En los pasados siglos, París era comparado a un navío, a causa de la

forma que afecta la isla de la Cité, pequeño territorio que era lo que

abarcaba entonces el perímetro de la ciudad, y que hoy no llega a

constituir uno de los barrios. Este barco simbólico lo adoptó la

municipalidad como escudo de la gran villa, y aún sigue siendo París la

ciudad del navío, a pesar de que la Babilonia moderna en la actualidad,

con su monstruosa grandeza y sus barreras que avanzan cada diez años

amenazando tragarse la campiña, no conserva nada de su antigua forma.

Si hoy se tratase de buscar una figura que simbolizase París, únicamente

podría buscarse en la sirena, animal fabuloso, compuesto de dos formas

tan distintas, como son un hermoso busto de mujer junto a una horrible

cola de monstruo.

París es hoy un nuevo Jano de doble faz, que ofrece una sonrisa, una

caricia, un halago, para cada uno de los gustos.

Una de sus caras tiene la alegre contracción de la sonrisa del vicio

voluptuoso y atractivo; la otra cara lleva impresa el gesto sublime del

genio en el momento de recibir el beso de la inspiración.

Los dos grandes genios de la Francia parecen ser los santos patronos de

la gran ciudad; los que se la han repartido amigablemente, organizando

cada uno de sus dominios con arreglo a su carácter y a sus ideas.

A un lado, Rabelais, con su guasona sonrisa, su panza de vividor y su

mirada de escéptico, cantando la vida en lo que tiene de agradable y

sensual, idealizando los placeres groseros y diciendo a la humanidad:

"ama, bebe y danza, que ésta es la felicidad". Al otro lado, Víctor

Hugo, con su serenidad olímpica y su frente de dios, en la que se

refleja el iris de la inmortalidad, dejando caer de sus tranquilos

labios las perdurables estrofas que hacen tener fe en el porvenir, que

elevan el ánimo a las regiones de lo infinito y hacen creer en un más

allá, que es la regeneración de la humanidad libre y dichosa; y

corriendo entre los dos, manso y tranquilo, para marcar y diferenciar

los diversos campos, el Sena, el histórico Sena, que divide la ciudad,

empujando y aglomerando en su orilla derecha a todo lo que brilla, a

todo lo que seduce a Europa y la corrompe al mismo tiempo, y guardando

en su orilla izquierda el pensamiento que alumbra al mundo, la gente que

estudia, que piensa y que trabaja.

Teniendo en cuenta este doble carácter de la gran ciudad, esta

diferencia tan completa en sus gustos y aficiones, es como se comprenden

los radicales cambios que París sufre en su fisonomía y que lo

convierten en una antimonia viviente.

Es la ciudad de los cafés cantantes y de las sublimes discusiones

políticas; de los desvergonzados _couplets_ y de la divina _Marsellesa_;

baila una danza de monos que se llama _Cancan_, y eriza sus calles de

barricadas apenas la libertad está en peligro; sostiene unas veces a una

raza de aventureros dementes con el nombre de Bonapartes, y otras

conmueve al mundo elevando entre general clamoreo la majestuosa imagen

de la República; admira lo mismo a la _cocotte_ de gracia felina, que en

una noche devora una fortuna, que al sabio que con una teoría asombra al

Universo; y considera tan hijos suyos al patriota como al vividor audaz,

al libro como al escándalo, a la nueva forma política que regenera la

humanidad, como a la postrera extravagancia que se llama última moda.

¿En qué consiste esa terrible y continua contradicción? Es, que, para

producir tan diversos resultados, basta sencillamente que se agite una u

otra orilla del Sena.

El aspecto que presentan esos dos trozos de la gran ciudad separados por

el río, es lo que manifiesta más claramente su diverso carácter.

En la orilla derecha, los Ministerios, los grandes almacenes, los

boulevares, la vida moderna en todo lo que tiene de más atractivo y

seductor, y el vicio convertido en primer medio de explotación, casi

elevado a la categoría de un culto; y en la orilla izquierda, los

grandes centros de enseñanza, los faros que proyectan su luz vivificante

sobre el Universo entero, el Instituto, la Sorbona, el Colegio de

Francia, la Escuela de Medicina, y una población laboriosa, ilustrada,

que vive en perpetuo abrazo con el cuerpo siempre joven y fecundo de la

Ciencia, y que piensa y estudia para media Europa.

La orilla derecha del Sena es la cortesana de gastada hermosura que se

cubre de afeites y apela a diabólicos excitantes para seducir

ruidosamente; la Cleopatra que lleva tras sí un tocador inmenso y cifra

su gloria en la fugaz conquista de los más groseros sentidos; la orilla

izquierda es la hermosura tranquila y natural, la belleza que brilla por

su propia fuerza retirada y oculta como la violeta tras el follaje; la

Margarita de Goethe, que pasa los días inclinada sobre el laborioso

torno, sin pensar que esto puede ajar su belleza y que vive sin darse

cuenta de su valer y sin preguntarse si son ciertos los floreos que la

dirigen.

El París de la derecha tiene los más suntuosos edificios, los templos de

la burocracia, del dinero y del vicio; pero frente al Pantheón, que se

levanta majestuoso en la orilla izquierda, elevando hasta las nubes la

gloria de Francia, sólo puede presentar el _Folies Bergere_, que, en sus

salones, resume toda la aspiración, todo el ideal de tal parte de París.

El hombre instruído y serio que no se deja seducir por el falso oropel

del vicio, al atravesar el París de la derecha, esplendoroso, retocado y

lleno de mejunjes como una cortesana vieja, siente la tentación de

gritar, como el dulce poeta François Copée:

--¡Viva la antigua ribera izquierda, en la cual el transeúnte lleva casi

siempre un libro debajo del brazo y un pensamiento o un ensueño en la

mirada!

La orilla derecha tiene en sus majestuosas calles, en sus deslumbrantes

edificios, algo de la atmósfera de la orgía. Allí se agolpa el bandidaje

de frac; el canallesco arte del vividor, elevado a la categoría de

ciencia; y precisamente ese París es el que seduce y admira al mundo, el

que atrae las miradas de todas las naciones, el que devora a cuantos

viajeros penetran en la gran ciudad por los cuatro puntos cardinales. Es

como el espejuelo giratorio que atrae las alondras de todas partes y en

sus tiendas de lujo, santuarios elevados a la divinidad del dinero, y

que sobrepujan en fasto y majestad a los más grandiosos templos de

todas las religiones, se agita un confuso cosmopolitismo y allí se

codea, el ruso con el brasileño y el árabe con el yanqui.

Ese es el París de los cafés, el París de los teatrillos desvergonzados,

de las bandadas de _cocottes_, de los _restaurants_ que admirarían a

Gargantúa; el París que dice al mundo entero con acento dictatorial cómo

ha de ser la forma de los sombreros y los trajes, y que en el último

arrebato de su extravagancia ha puesto en moda la _danza del vientre_.

La mayor parte de los viajeros que llegan a París desde los más

apartados rincones del mundo, no pasan nunca del Sena, desconocen por

completo la orilla izquierda, y al volver a su país, viviendo tal vez en

la opulencia, recuerdan con fruición la gran ciudad, con su restaurant

en que les envenenaban lentamente, y sus mujeres embadurnadas de

blanquete que adoran por una noche al mejor postor, a tanto la caricia.

La orilla izquierda del Sena, tal vez porque no es frecuentada por esa

horda de viajeros con el bolsillo repleto y el apetito hambriento de

toda clase de pasiones, es lo más notable que tiene París, lo que guarda

mejor el carácter de esa primacía intelectual que distinguió a la gran

ciudad en los pasados siglos y aun la distingue hoy.

En esa orilla izquierda, el centro, el corazón, lo más selecto y

atrayente es el Barrio Latino, nombre que hace palpitar de emoción el

pecho de toda persona que haya visitado la metrópoli francesa con el

deseo de estudiar.

Ese barrio es la representación del gran París antiguo; el París que

guarda la Sorbona, antorcha de la ciencia, que disipaba las tinieblas

universales de la Edad Media y atraía a los hombres eminentes de todo el

mundo, los cuales, al abandonar la Universidad madre, volvían a sus

respectivas naciones a difundir los conocimientos que habían adquirido.

Las calles que componen este barrio de París son, sin disputa, las más

importantes del mundo, pues en ellas han vivido y viven los primeros

genios de Francia, junto con hombres eminentes de todas las naciones que

fueron a establecerse en el distrito de la ciencia, empujados por

persecuciones políticas o por el deseo de estudiar.

El viajero ilustrado, al transitar por las calles del Barrio Latino, no

puede impedir el sentirse dominado por espontánea emoción. En los sitios

que le sirven de paseo, en los cafés donde descansa, y tal vez en el

mismo hotel que le alberga, han vivido los grandes hombres, cuyas obras

son el encanto de la generación presente.

Si todavía quedan en las viejas casas del barrio recuerdos de la

juventud de Voltaire y Crebillon, cuando eran pasantes de un curial,

mejor se conserva aún la memoria de personajes contemporáneos que

asombran al mundo con su gloria, y que en la pobre, pero brillante cuna

del cuartel Latino, nacieron y crecieron. Aún quedan en él viejos dueños

de hotel o encargados de restaurant, que recuerdan cómo alborotaba

durante el imperio de Napoleón III los cafés del barrio con sus

discursos republicanos dichos con voz de trueno, un estudiante tuerto y

de figura atlética, gran perseguidor de caras bonitas, y que llevaba el

nombre entonces desconocido de León Gambetta; aún se conserva fresco en

la memoria de algunos, la imagen de un muchacho tímido y enteco con

melenas merovingias y las manos ocupadas siempre por paquetes de libros,

el cual respondía al nombre de Alfonso Daudet; conocido fué también en

el boulevard Saint-Michel, principal arteria del Barrio Latino, un tal

Emilio Zola, que era entonces dependiente de una librería; y

remontándose a muchos años antes, queda memoria de que en un mal figón

inmediato a la Sorbona, comía a franco el cubierto un joven pequeñito,

de raída levita cuyos bolsillos estaban atestados de libros y notas y el

cual tenía de apellido Thiers.

En ese barrio han llorado y han reído, cuando muchachos, todos los

hombres que estaban destinados a dar a la Francia esa hegemonía

intelectual que tiene sobre el resto del mundo; en él han sufrido hambre

y fríos, solos y desconocidos, los que después han ganado millones con

su pluma o han ascendido a la primera magistratura del país; y en él

también han tenido primeros amores los genios a quienes la admiración

universal ha colocado en la categoría de semidioses.

Muchachas del Barrio Latino, pizpiretas, sonrientes, maliciosas como

duendes y aturdidas como chorlitos, eran las Zoraidas y las Fátimas para

quienes escribía sus primeras _Orientales_, allá por 1825, un jovenzuelo

melancólico y pobre que se llamaba Víctor Hugo.

Y así como se encuentran en tal barrio los vestigios que han dejado de

su paso hombres eminentísimos, se halla también el café donde lucía su

imaginación inmensa y su fatuidad innata un joven mulato llamado

Alejandro Dumas, que era entonces empleado en la administración del

Duque de Orleáns, y no pensaba todavía en escribir novelas; la

cervecería donde Alfredo de Musset recitaba sus escépticas poesías a una

turba de admirados estudiantes, que inocentemente hacían gala de un

cinismo afectado; la taberna donde Enrique Murger, ahumando a todos con

su pipa, predicaba con el ejemplo las dulzuras de aquella vida bohemia

que después imitó la juventud literaria e ilusa de todos los países; y

la tasca miserable del _tío Anteojos_, donde se reunían los principales

ladrones y asesinos de París, y a la cual asistió muchas noches Eugenio

Sué, con el príncipe heredero de Suecia, disfrazados ambos de granujas;

el uno para estudiar del natural los tipos de _Los misterios de París_,

y el otro en busca de sensaciones fuertes.

Así como de la orilla izquierda del Sena han salido todos los grandes

hombres de Francia, en ella han vivido los políticos extranjeros en sus

épocas de emigración, atraídos por la vecindad de las mejores

bibliotecas del mundo y de las cátedras, donde dejan oír su voz los

sabios que forman en la vanguardia del ejército de la ciencia.

El aspecto que presenta el Barrio Latino es el más propio del lugar

donde tiene su nido la ciencia y la ilustración.

En cualquiera de sus grandes calles hay más estatuas que en uno de los

barrios de la orilla derecha, con la diferencia de que estos monumentos

no están destinados, como los que existen en el resto de París, a

inmortalizar guerreros más o menos heroicos, o políticos mejor o peor

reputados, sino a eternizar la memoria de grandes hombres en ciencia y

literatura, que han influído notablemente en el progreso humano. Homero,

con la frente arrugada por la contracción del pensamiento gigantesco,

pulsa su lira de mármol en el peristilo de la nueva Sorbona; y Dante y

Claudio Bernard, los dos grandes descriptores del infierno y del cuerpo

humano, yerguen su figura de bronce en el centro de un jardincillo a las

puertas del Colegio de Francia. Esteban Dolet, el librero y filósofo del

siglo XVI, eleva al cielo, sobre grandioso pedestal, su frente de

mártir, en el mismo lugar donde se encendió para consumirle la hoguera

inquisitorial; a corta distancia, Broca, el padre de la antropología,

aparece con un cráneo en la mano, libro infalible, en el que fundó toda

su doctrina; y, a pocos pasos, como un inmenso bloque de bronce, fundido

por la tempestad y cincelado por los rayos, remóntase en el espacio la

figura del gran Danton, en el momento que su voz de trueno gritaba a la

Francia amenazada por toda la Europa monárquica:--Audacia, audacia,

siempre audacia, y salvaremos la República.

En el Luxemburgo, a la fresca sombra de árboles seculares, alíneanse

innumerables filas de estatuas de mármol, y el gran pintor Delacroix,

al susurro de los surtidores de artística fuente, muestra al porvenir su

rostro de bronce, aplaudido por Apolo y sintiendo cerca de su frente los

laureles con que va a coronarle la Fama, levantada por los brazos del

Tiempo.

En el Barrio Latino agólpanse todos los célebres establecimientos de

enseñanza, a los que no sólo acude la juventud francesa, sino los

estudiantes de todas las naciones. La Sorbona es el centro; y a mayor o

menor distancia de ella, álzanse los suntuosos edificios de las Escuelas

de Derecho, Medicina, Ingeniería, Química, Politécnica, Bellas Artes, y,

además, la Biblioteca de Santa Genoveva, soberbio palacio atestado de

miles de libros escritos en todos los idiomas.

Como si Francia concediera al barrio que ha sido el _alma mater_ de su

ciencia el honroso encargo de velar el eterno sueño de sus hijos

ilustres, en el centro de él, sobre el lugar más eminente, hundiendo sus

cimientos en la antigua colina de Santa Genoveva, álzase el Pantheón, en

cuyo frontispicio, cincelado por David D'Angers, brilla en letras de oro

el reconocimiento de la patria, y cuya gigantesca cúpula, apoyándose en

aérea columnata, escala el cielo hasta hundir en las nubes su cruz, en

torno de la cual revolotean las aves, reinas del espacio. En lo profundo

de este grandioso edificio, que, con la monotonía colosal de sus paredes

de sillares no rasgadas por ventana alguna, y su ambiente misterioso,

recuerda las faraónicas pirámides, duermen envueltos en la obscuridad de

la sepulcral cripta Voltaire y Rousseau, campeones de la libertad

teórica, junto a los paladines de la República Marceau y Latour

d'Auvergne, que dieron su sangre por implantar las doctrinas de

aquéllos; y encerrado en su féretro de metal cuajado de estrellas, bajo

un monte de flores y laureles, descansa Víctor Hugo, quien, como si

adivinara el sitio donde sus huesos irían a reposar, al escribir su Oda

a los muertos en la revolución de julio, dedicaba a ese mismo Pantheón

una estrofa grandiosa:

_¡Para estas caras sombras lanza y sube_

_Hasta la parda nube_

_El Pantheón su columnata bella,_

_Y cada día al asomar la aurora,_

_Nuevamente la dora_

_Y el gran París corónase con ella!_

En el lugar más visible del Barrio Latino, a la orilla del boulevard San

Miguel, álzase, entre ruinosas arcadas mordidas por la dentellada del

tiempo y bóvedas que se sostienen milagrosamente, el Museo de Cluny,

viviente recuerdo de aquel París que se llamaba Lutecia en remotos

siglos, y que comenzó como edificio por servir de Thermas y palacio a

Juliano el apóstata.

Todas las épocas han venido a depositar su gusto artístico, sus

caprichos arquitectónicos en este edificio de corte extraño y original.

Los sólidos muros de argamasa romana, agujereados por esbeltas ojivas

góticas de afiligranados remates, vístense con lápidas de inscripciones

en idiomas casi desconocidos, o se erizan lanzando en el espacio

gesticulantes gimios o mascarones de piedra, tan horribles y epilépticos

como los podían concebir las extraviadas imaginaciones de los artistas

de la Edad Media; y los tonos sombríos y negruzcos del viejo edificio

alégranse y cobran un agradable claroscuro con las verdes culebras de

hiedra, que, enroscándose a los salientes, suben hasta lo más alto de

almenas y torrecillas. En el interior del histórico edificio agólpase la

historia de la humanidad descrita por los mismos productos de los

pueblos. Allí figura desde el hacha de piedra de los tiempos

prehistóricos hasta el sutil espadín del pasado siglo; lo mismo el

extravagante zapato de la castellana mediévica, que el microscópico

chapín de la _incroyable_; en una misma estancia amontónanse armaduras

de todos los tiempos, trajes de todas las épocas y carruajes de todas

las formas, desde el trineo del esquimal, a las casas con ruedas que

llamaban carrozas; y sólo algunos metros separan el yatagán del

sarraceno del lecho del rey gótico; la férrea corona del duque feudal,

de la diadema de un emperador romano; y un primoroso cincelado de

Benvenuto Cellini, del férreo cinturón de castidad que el señor feudal

cerraba sobre las caderas de su esposa antes de partir a las guerras de

las Cruzadas.

El jardín que rodea al edificio es tan notable por su carácter romántico

que podría servir de decoración para el cuadro fantástico de _Roberto il

Diabolo_.

Entre los altos árboles álzanse fragmentos de arcadas góticas y ásperas

piedras sepulcrales, con borrosas inscripciones; estatuas de obispos

lacios consumidos, en actitud de bendecir; grifos quiméricos y bustos

griegos, todo ello roído por los dientes del tiempo, gastado por los

vientos y las lluvias, devorado por las plantas trepadoras que se

empeñan en encerrarlo en un estuche de hojas, pero en pie, a pesar de

tales enemigos, y pareciendo entonar, en nombre de los siglos pasados,

un himno mudo de interminable protesta contra los faros de luz eléctrica

que por la noche envían sus rayos desde el vecino boulevard; contra el

vapor que brama en los barcos del cercano Sena, y contra el Gobierno,

que les hace permanecer en una gran ciudad moderna, al lado de una

calle populosa, y en un jardín donde muchas veces sirven de ridícula

diversión a imbéciles y a niños.

Este jardín guarda todo un mundo de recuerdos. En él fué proclamado

Juliano el apóstata emperador de los romanos por los legionarios de las

Galias, y a la sombra de sus árboles paseó en otro tiempo un monje

alemán llamado Hildebrando, que después debía tomar el nombre de

Gregorio VII, para asombrar al mundo con su audaz tentativa de monarquía

universal en favor del Papado; y este escenario de tantas grandezas y

tan gigantescas y prematuras ambiciones, ¡oh poder del tiempo!, hoy sólo

se ve frecuentado por unas cuantas viejas, que, sentadas en los verdes

bancos, hacen calceta, hablando de los tiempos en que ellas eran jóvenes

y había reyes en Francia, o por turbas de chiquillos que se meten en la

hierba, para contemplar de cerca, y con cierto temor, el dragón de

piedra que tiene eternamente abiertas sus amenazantes fauces, o hacerle

muecas a la estatua de algún preste barbudo, que envuelto en su capa

pluvial mira al cielo desesperadamente con sus huecos ojos.

Tan notable y original como el Barrio Latino resultan sus habitantes. Es

el único punto de París donde, en el tropel de los transeúntes, se puede

ver una cara dos veces en un mismo día, pues su población está alejada

del contacto de los grandes boulevares y no se mezcla en ella ese

incesante torrente de gente que Europa entera hace desfilar por las

grandes arterias del París lujoso.

En las calles del Barrio Latino se ven siempre los mismos rostros e

idénticos tipos a causa de que tiene una población propia que no se

renueva más que muy de tarde en tarde.

Los estudiantes, que constituyen su vecindario, guardan aún cierto

espíritu de clase y se agrupan para hacer la vida en común, y resistirse

contra la tendencia igualitaria que reina en la sociedad presente y que

destruye todas las asociaciones tradicionales.

La araña negra, t. 8/9 · 第 3 / 12 段