escándalo y despilfarro que tanto amargó en los últimos años la vida de
tu difunto padre. Paco, has sido muy calavera.
--Me ha gustado divertirme; no lo niego.
--Has derrochado una gran fortuna.
--Hoy, en cambio, vivo sin rentas, conservando el mismo boato que cuando
era rico. Ya ve vuestra paternidad que para esto se necesita algún
ingenio.
--Tienes más acreedores que todos los calaveras de Madrid juntos.
--Tampoco lo niego; pero cuento con la protección de usted, que es para
mí un padre cariñoso, y que con su influencia sabe sacarme de todas las
situaciones difíciles. Sin usted, ¿dónde estaría yo a estas horas?
--En presidio; no lo dudes, joven atolondrado. Has cometido verdaderas
locuras; con tal de adquirir dinero, no has vacilado en firmar cuantos
papeles te han presentado, sin fijarte, las más de las veces, en su
contenido; si yo he podido salvarte hasta ahora de la deshonra, no sé si
en adelante seré tan afortunado. Por esto creo que ya es tiempo de que
pensemos en tu porvenir. Ya ves que no puedo interesarme más de lo que
lo hago en beneficio de un joven pervertido, y que ningún honor
proporciona al que lo protege. Este interés que me tomo, no es porque tú
te lo merezcas, sino porque pienso en tu padre, que fué gran amigo mío,
y quiero rendir tal tributo a su memoria.
Ordóñez, que era un hábil farsante, al oir el nombre de su padre creyó
del caso conmoverse afectando profunda confusión; pero pronto recobró
su aspecto natural, al ver que el jesuíta no hacía caso de sus gestos
forzados, que fingían contener unas lágrimas imaginarias.
--Reverendo padre; yo, por mi propio interés, deseo regenerarme y
encontrar un medio para salir de esta situación en que me encuentro.
Estoy cansado de la agitada vida de calavera, y crea usted que con mucho
gusto me convertiría en un hombre honrado y de costumbres tranquilas, si
es que encontraba una ocasión favorable para cambiar de estado. A mí me
convendría casarme.
Dijo estas últimas palabras Ordóñez, bajando los ojos con modestia y
afectando la sencillez del que habla sobre un acto que cree
irrealizable; pero el padre Tomás clavó inmediatamente en él su aguda
mirada, diciéndose interiormente que aquel grandísimo tuno le había
adivinado y tenía prisa en llevar la conversación al terreno de su
conveniencia.
El jesuíta, al convencerse de que su protegido había adivinado ya parte
de sus planes, no quiso divagar más tiempo, y bruscamente le preguntó:
--Y bien, ¿cómo están en casa de la baronesa de Carrillo? ¿Vas por allí
con mucha frecuencia?
Ordóñez sonrió con ingenuidad y contestó con expresión intencionada:
--Desde que tanto empeño se mostró en presentarme a la baronesa,
comprendí que algo bueno para mi porvenir podría encontrar en aquella
casa, y desde entonces la visito con asiduidad, y encuentro que allí se
pasan las horas muy agradablemente. Hay, sin duda, una Providencia, a la
que estoy muy agradecido, porque vela por mí y me señala los puntos
donde puedo encontrar la salvación para mi porvenir.
Y al decir esto, el joven sonreía intencionadamente, y miraba con fijeza
al jesuíta, el cual, con su rostro impasible, demostraba no darse por
aludido.
--¿Resultas muy simpático en aquella casa?--le dijo el padre Tomás--. A
mí la baronesa me habló el otro día muy bien de ti.
--¡Oh! En cuanto a la baronesa, todo va perfectamente. Demuestra tenerme
mucha afición y me oye con gusto. La sobrina es la que no me distingue
tanto. No creo que llegue hasta serle antipático, pero, por lo menos, le
resulto un tipo indiferente.
--Pues es un mal, querido Paco.
--Así lo creo yo también. Esa indiferencia puede dar al traste con mi
porvenir, con esa regeneración que usted, como protector bondadoso, ha
soñado para mí. ¿No es esto, reverendo padre?
El jesuíta sonrió bondadosamente.
--¡Ay, qué diablo de muchacho!--exclamó--. ¡Cuan listo eres! Inútil es
ya ocultarte mi pensamiento. Yo pensaba casarte con María Quirós, una
buena muchacha, un ángel, al lado de la cual, forzosamente habrías de
regenerarte. Además, con esta unión salvarías tu porvenir, pues la
sobrina de la baronesa es muy rica; tiene una fortuna de más de nueve
millones de pesetas. Por esto hice que te presentaran en la casa, y
ahora que hace ya más de cinco meses que la frecuentas, deseaba
enterarme por ti mismo de los progresos que has hecho en ella. Pero veo,
con pesar, que has adelantado poco. No me extraña. Vosotros, los
calaveras, acostumbrados a las conquistas fáciles, aficionados a los
amores impúdicos que nacen, crecen y mueren en el espacio de un día, no
sabéis interesar el corazón de una joven honrada y sencilla. Estáis
corrompidos, y vuestro hálito parece como que avisa a la mujer inocente
a quien os dirigís.
Ordóñez reía cínicamente al escuchar estas últimas palabras.
--¡Bah! ¡Bah!--dijo interrumpiendo sus carcajadas--. Parece, reverendo
padre, que esté usted predicando un sermón. Tiene gracia eso del hálito
corrompido... A un hombre como yo, le es fácil conquistar una joven como
la sobrina de la baronesa. Más difíciles que ella han caído. Lo que hay,
cuando me mira con tanta indiferencia, a pesar de mis obsequios e
insinuaciones, es que su corazón debe estar ocupado por algún otro
hombre más feliz.
--Bien pudiera ser--dijo sonriendo el jesuíta--. Veo que sabes apreciar
las mujeres.
--Hace tiempo que estoy convencido de la existencia de un rival, y lo
que me desespera es no poder adivinar quién sea éste. No hay que pensar
en los otros hombres que entran en la casa, colección de vejestorios que
van a hacer la tertulia a doña Fernanda. El hombre amado debe estar
fuera de la casa, y yo, por más que busco, no puedo saber quién es. No
sé por qué, me dice el corazón que esa lagartona de doña Esperanza es la
que lo sabe todo; pero, por más que me protege y parece estar a mi
favor, no quiere hablar.
--Y no hablará, tenlo por seguro; no hablará, a pesar de su locuacidad
característica, hasta que se le dé permiso para ello.
--También lo creo yo así, y estoy convencido de que ella sólo dirá lo
que vuestra paternidad quiera, pues usted, seguramente, es el que sabe
quién es el incógnito novio de María y el que puede lograr que yo sea el
marido de la sobrina de la baronesa.
El jesuíta quedó silencioso y reflexionando, con la cabeza inclinada
sobre el pecho, y, tras una larga pausa, comenzó a hablar sin levantar
los ojos:
--Mira, Paco; ha llegado ya el momento de que hablemos claro y pensemos
francamente en tu porvenir. Voy a decirte cuál es mi pensamiento. Como
te quiero y veo que es imposible sostenerte por más tiempo en esa vida
de trampas y aventuras que llevas, pensé salvar tu situación buscando
una heredera rica con quien casarte, y fijé mis ojos en María Quirós.
Sabía bien, al hacer que te presentasen a la familia, que no
conseguirías interesar el corazón de la joven. Esta hace tiempo que ama
a un hombre a quien conoció siendo niña, allá en un colegio de Valencia,
y no era lógico esperar que abandonase su primer amor, para ir a
encapricharse de ti, joven gastado, de mala fama y que hasta en el
rostro llevas, las marcas de tus desórdenes.
Ordóñez hizo un movimiento de sorpresa y torció el gesto como ofendido
por tan rudas palabras, pues tenía pretensiones de belleza y creía que
ciertos afeites ocultaban en su rostro las huellas que había dejado la
lepra del vicio. El jesuíta no hizo caso de este movimiento y continuó:
--Mi intención, al pedir que te presentasen a la familia, era únicamente
lograr que te hicieses simpático a la baronesa, lo cual no era difícil,
y al mismo tiempo que adquirieses cierta amistad con la sobrina,
mostrándote a sus ojos como un hombre enamorado hasta la locura, que, a
pesar de todos los desprecios y frialdades, sigue resignadamente
adorando al objeto de su pasión.
--Esa es precisamente mi situación actual. La tía me adora y en cuanto a
la sobrina, me considera como un ser insignificante; aunque bien
considerado, allá en el fondo de su corazón, debe profesarme esa
gratitud que toda mujer siente por el hombre que le ama, aunque no esté
dispuesta a aceptar su pasión.
--Me alegro que así sea. Ha llegado el momento, querido Paco, de que
nos entendamos. Tú serás el marido de esa joven, si es que yo quiero.
--Siempre lo he creído así. Conozco el poder de vuestra paternidad y la
influencia que tiene en aquella casa, y sé que si se empeña, antes de
unos cuantos meses habrán terminado los amoríos de María con su
desconocido novio y yo podré casarme con ella. Ahora, reverendo padre,
sólo faltan las condiciones, pues cuando usted plantea de tal modo la
cuestión, seguramente que algunas quiere imponerme.
--Tienes el raro don de adivinar lo que uno piensa. Efectivamente,
quiero imponerte condiciones, pues un hombre como yo, un sacerdote que
por mi augusto ministerio estoy encargado de velar por la virtud, no
puedo consentir que un calavera como tú, que aunque ahora manifiestas
propósitos de enmienda, puedes recaer, en tus antiguas locuras, se
apodere de la fortuna de una joven inocente y la derroche como
derrochaste el caudal que te dejaron tus padres. Mis condiciones son
éstas: al casarte con María gozarás de las rentas de su colosal fortuna,
y, además, yo me encargaré antes de que contraigas matrimonio, de poner
en claro tu situación, pagando a tus numerosos acreedores. Serás rico,
vivirás en la opulencia; pero te guardarás muy bien de inducir a María a
que retire la más pequeña parte de los millones que tiene depositados en
el Banco. Mientras viva ella serás millonario, y si por desgracia
muriese antes que tú, entonces no has de oponerte a que su fortuna pase
toda a manos de la baronesa.
--¿Y si tengo hijos?--preguntó con curiosidad Ordóñez.
--¡Bah!--contestó el jesuíta con escéptica sonrisa--. Hombres tan
gastados y corrompidos como tú no tienen hijos, y si por un capricho de
la Naturaleza llegan a tenerlos, la sangre que llevan en sus venas es
suficiente para envenenar su breve existencia; quedamos, pues, en que
hay que descontar esta circunstancia. ¿Aceptas mis condiciones?
El joven calavera parecía dudar, y el jesuíta continuó, sin esperar su
contestación:
--Hago todo esto en interés tuyo. Si no contraes este matrimonio, dentro
de poco la inmensa balumba de acreedores caerá sobre ti, y tienen motivo
más que suficiente para conducirte a la cárcel. Si aceptas, puedes
salvar tu nombre de la deshonra y al mismo tiempo vivir con ese boato
que tanto te place, gozando una posición sólida y segura. No puedo
prometer más. Sería un crimen injustificable a los ojos de Dios el que
yo no te impusiera estas condiciones, pues mi conciencia tendría que dar
estrecha cuenta, después de haber entregado una joven honrada y rica en
manos de un calavera capaz, si no se le pone freno, de devorar las
mayores fortunas del mundo. No puedo hacer más por ti. Piensa bien que
nada pierdes al aceptar estas condiciones y que ganas mucho saliendo de
tu actual situación y asegurándote el vivir en adelante en medio de la
mayor opulencia. Además, si muriera María, y su fortuna pasase a manos
de la baronesa, tú no te hallarías desamparado; pues siempre me
encontrarías a mí y a la Compañía dispuestos a protegerte. Con que
decídete. ¿Aceptas?
El joven aún reflexionó largo rato. Repugnábale el aceptar de un modo
tan condicional aquella fortuna, lo que equivalía a tener perpetuamente
como vigilante administrador al padre Tomás; pero pensó al mismo tiempo
en su situación apurada, en aquel tropel de acreedores rabiosos con que
le amenazaba el jesuíta, en la cárcel que podía tragarle para siempre, y
deseoso de seguir gozando el halago de la riqueza, sin el cual no
comprendía la vida, se decidió a aceptar, violentando su voluntad, y con
la misma decisión del fugitivo que, con tal de librarse de sus
perseguidores, se lanza en un precipicio cuyo fondo ignora.
--Acepto, reverendo padre. Queda cerrado el trato.
El jesuíta estaba seguro de esta determinación, así es que no hizo el
menor movimiento al ver aceptada su propuesta.
--Te casarás con María--dijo con la rígida frialdad del que está seguro
de su poder--. Yo lograré romper esos amores que tanto preocupan ahora a
esa joven, y poco he de poder, o también he de alcanzar que ella te ame.
Quiero que seáis felices, y mi conciencia gozará de dulce tranquilidad
al ver realizada una obra tan hermosa como es regenerar a un pervertido
como tú, creando al mismo tiempo una familia cristiana. Unicamente he de
advertirte que estás muy equivocado si piensas engañarme en lo futuro.
--¡Yo, reverendo padre!--exclamó el joven ruborizándose, como si el
jesuíta hubiese adivinado su pensamiento.
--Tal vez hayas creído posible engañar mi santa previsión el día en que
te encuentres casado. Entonces, aprovechando un descuido mío, podías
inducir a tu esposa a que enajenase una parte de su fortuna para tus
locos despilfarros, y como yo no soy miembro de la familia ni tengo
realmente ningún derecho para intervenir en esas cuestiones íntimas,
gozarías de completa impunidad y volverías a repetir el juego cuantas
veces lo permitiese la inexperiencia y la buena fe de María. Pero vas
equivocado si crees posibles tales desmanes; por tu propia conveniencia
te advierto que te tendré cogido segura y fuertemente. Conozco todas tus
trampas, tus sucios negocios. Antes de un mes habré pagado a tus
acreedores; pero será con la condición de utilizarlos contra ti cuando
yo quiera. Has tomado dinero firmando escrituras de depósito, has
percibido préstamos sobre fincas que ya no eran tuyas, has cometido toda
clase de repugnantes estafas que no quiero repetir ahora por no
avergonzarte, y, en una palabra, con menos motivos que tú hay muchos
centenares de hombres en presidio. El día en que faltes a lo convenido
aquí, el día en que me irrites con nuevas canalladas, ten la seguridad
de que inmediatamente lloverán en los Tribunales muchas denuncias contra
ti, por estafador y falsario, y no confíes en el auxilio de la
influencia que puedas tener por tus amigos, pues contra la Compañía de
Jesús no valen recomendaciones, y si la rectitud de la Justicia ha de
torcerse, seguramente que será en favor de la Orden y nunca en contra.
Piensa, pues, bien a lo que te expones, no obedeciéndome. Si eres fiel a
mis órdenes vivirás feliz y en la opulencia; si te rebelas, morirás en
un presidio. Ya conoces mi carácter y sabes que cumplo cuanto digo.
Ordóñez había escuchado con marcado sobresalto estas amenazas que
profería el terrible jesuíta, sin que se descompusiera en lo más mínimo
la impasibilidad de su rostro.
Estaba en lo cierto el padre Tomás al decir que le tenía cogido fuerte y
seguramente. Era imposible el ser ingrato y faltar a los compromisos
después del casamiento, y forzosamente había de marchar unido a la
pesada protección del padre Tomás.
Pero esto no le hacía cambiar de propósitos, pues en su situación era
imposible rebelarse. Estaba decidido a casarse con María y a no faltar a
las condiciones que le exigía el padre Tomás.
--¡Oh, reverendo padre! Hace usted mal en dudar de mí. Estoy demasiado
agradecido a su benévola protección para que intente serle infiel.
Mándeme como guste, que obedeceré inmediatamente.
Después de estas seguridades que el joven dió al jesuíta, extremándose
en demostrar su desinterés, ya que le era imposible engañarlo, los dos
siguieron conversando sobre el asunto que tanto les interesaba, o sea el
lograr que María abandonase a su antiguo novio para admitir el amor de
Ordóñez.
Al cuarto de hora de conversación, el joven calavera comprendió que
estaba estorbando en sus ocupaciones al poderoso jesuíta, y se apresuró
a retirarse.
--Con que quedamos, reverendo padre--dijo Ordóñez abandonando su
acento--, en que usted se encarga de quitarme de en medio el estorbo de
ese amante desconocido.
--Eso es. Permanece tranquilo, que no tardaremos en vernos libres de ese
obstáculo.
--¿Y yo que hago entretanto?
--Seguir visitando a la baronesa y haciendo el amor a María. Ten calma,
que tal vez llegue un momento en que, despechada y herida en su amor
propio esa joven, te recuerde tus anteriores declaraciones de amor y
solicite que la hagas tu esposa.
--¡Je, je! Tendría gracia verme solicitado por una señorita. Sería el
mundo al revés. Y todo es posible si usted se empeña; le reconozco poder
para eso y mucho más.
--Lo importante es que al casarte no olvides que tú sólo eres un
usufructuario de la fortuna de tu mujer, y que si ésta muere, sus
millones deben pasar a la tía. Ya sabes por donde te tengo cogido. O la
obediencia ciega, o el presidio.
Ordóñez hizo un signo de afirmación, como dando a entender que estaba
sobradamente convencido de que el padre Tomás era hombre que cumplía sus
amenazas.
--Seré fiel a la palabra que doy, reverendo padre. Creo que no tendrá
usted el menor motivo de descontento.
Ordóñez tenía ya el sombrero en la mano, y el jesuíta se levantó de su
asiento para despedirle.
--Ten calma y confianza. La viuda de López te ayudará en el asunto; y
además, aquí estoy yo.
Después sonrió amablemente el jesuíta, como si nada hubiera ocurrido, y
tendió su mano al joven, que la estrechó con efusión.
--Estamos ya entendidos... ¿Trato hecho?
--Trato cerrado, reverendo padre.
IX
El vicario de España al padre general.
Gustábale al padre Tomás despachar por sí propio todos los asuntos
importantes, temiendo la traición y espionaje, bases de la organización
de la Compañía de Jesús y que se encierran siempre en la persona del
"socius", del individuo más allegado y querido.
No quería él tener a todas horas en su despacho subordinados que en
apariencia eran autómatas, pero que sin abandonar su actitud impasible,
lo veían y recordaban todo, y por esto mismo procuraba, al trabajar, el
aislarse por completo en el fondo de su sombrío despacho.
Pero las grandes necesidades que en sí llevaba la administración de la
Orden, la inmensa correspondencia que había que sostener con la oficina
central de Roma, dando cuenta al General de cuantos trabajos había
realizado la Compañía durante el mes, y las apremiantes necesidades de
aquel archivo secreto, en el que había que almacenar hasta el más
pequeño dato de las personas que por algún concepto eran interesantes
para la Orden, obligaban al padre Tomás a tener empleados más de una
docena de jesuítas jóvenes, hábiles e infatigables para el trabajo de
pluma, los cuales, si no le merecían una confianza completa, al menos le
proporcionaban cierta seguridad relativa, a causa de la reserva de su
carácter y de que se profesaban un odio mutuo, lo que impedía toda clase
de inteligencia en contra del superior.
Esta oficina de escribientes con sotana funcionaba lejos del despacho
del jefe, al otro extremo del viejo edificio, y el más hábil de todos
los funcionarios, un joven vascongado que era quien mejor merecía la
recelosa confianza del padre Tomás, estaba encargado de la
correspondencia con Roma, siendo el único que, por especial favor,
conocía la clave misteriosa que usaban los altos padres de la Compañía
para comunicarse; clave tan segura, que su secreto no podía ser
descubierto ni aun por los más consumados diplomáticos.
Este funcionario fué el que pocos días después de la conferencia habida
entre el padre Tomás y Ordóñez, recibió de su superior el encargo de
poner en cifra una larga comunicación que le entregó, dirigida al padre
general, encargándole que, apenas terminase la traducción del documento,
lo remitiera a Roma.
El documento decía así:
[imagen: cruz]
A. M. D. G.
=Negocio Baselga-Avellaneda.=--Recordaréis, respetable padre, que desde
que ingresó en nuestra Orden nuestro bienaventurado mártir, el padre
Ricardo Baselga, que hizo donación a la Compañía de toda su importante
fortuna, quedó pendiente de resolución el hacer que llegase a nuestras
manos el resto de la herencia Baselga, empresa que ya inició en sus
tiempos el difunto padre Claudio, a quien la Orden castigó por traidor.
Hace ya muchos años que yo tenía puestos los ojos en tal negocio, pues
creo que la Compañía no debe iniciar nada sin acabarlo; pero permanecía
inactivo comprendiendo que las circunstancias no eran propicias para
reanudar el asunto.
Hoy ha cambiado la situación y creo que es llegado el momento de dar el
golpe, por lo que he dado principio a las negociaciones.
Los nueve millones de pesetas que restan de la fortuna de Avellaneda
corresponden a la joven María Quirós de Baselga, nieta del difunto
conde, heredera de su título y bisnieta del afrancesado don Ricardo
Avellaneda.
Administra actualmente esta fortuna la baronesa de Carrillo, tía de la
poseedora, y cuyos informes secretos obran en la sección española de ese
archivo central. La baronesa es buena cristiana, muy afecta a la
Compañía, y, además, obediente a nuestros mandatos; y tanto se interesa
por la Orden, que de "motu proprio" quiso obligar a su sobrina a que
entrase en un convento, haciendo antes donación de sus bienes terrenales
en favor nuestro.
Pero el carácter de la joven se aviene mal con la vida religiosa, según
he podido apreciar yo mismo en un estudio detenido que he hecho de su
parte moral, y según consta también en los informes que sobre ella
existen en ese archivo.
Como la Compañía, en los presentes tiempos, al realizar sus negocios no
debe usar de violencias, como muchas veces lo ha recomendado así esa
suprema dirección, aconsejando que, para provecho de la Orden,
supiéramos explotar las aficiones y tendencias de cada individuo, yo no
he creído prudente oponerme a los deseos de la joven María Quirós, que
en vez de entrar en un convento quería casarse, y he procurado utilizar
en provecho de nuestros intereses esa tendencia que ella manifiesta en
favor del matrimonio.
Nuestro negocio sería casarla con un hombre que estuviera por completo a
merced de la Compañía, y de este modo, aunque tardáramos en percibir su
fortuna, ésta estaría en seguridad, y en plazo más o menos largo
vendríamos a ser dueños de ella.
El plan que expongo a la aprobación del reverendo padre General,
consiste en lo siguiente: casar a María Quirós con Francisco Ordóñez, el
hijo segundo de nuestro difunto amigo el duque de Vegaverde. Por los
informes que de él existen en ese archivo, puede conocer el padre
General sus malos antecedentes y lo obligado que está a obedecer a la
Compañía en todo aquello que le mande. El se compromete, al contraer
este matrimonio, a gozar únicamente las rentas de la fortuna de su
esposa, sin inducirla nunca a que haga la menor enajenación,
consintiendo en que si muere su esposa, la fortuna pase íntegra a manos
de la baronesa, la cual haría inmediatamente donación en favor nuestro.
Como en estos negocios conviene siempre partir de una base firme, y
Ordóñez, por su carácter y sus costumbres, no presenta la menor
seguridad de que una vez realizado su matrimonio cumpla lo que ha
prometido, conviene sepa esa dirección que poseo el medio de tener
perpetuamente asegurada la obediencia de dicho joven, pues existen
numerosos acreedores que pueden entablar contra él una acción criminal
por manifiestas estafas. Como la mayor parte de esos acreedores son
afectos a la Compañía, ya buscaremos el medio de ajustar con ellos un
arreglo ventajoso, reservándonos el derecho de perseguir a Ordóñez, si
es que llegara a faltar a sus compromisos.
Este plan ofrece a primera vista el inconveniente de que el matrimonio
puede tener hijos, circunstancia que desbarataría toda nuestra
combinación; pero no es verosímil que un hombre gastado y corrompido por
los placeres llegue a tener prole; y si la tuviera, ésta, por un vicio
de origen, no alcanzaría larga vida, tanto más cuanto que nosotros nos
encargaríamos de su educación y no nos faltaría un medio hábil y
disimulado para suprimir tales estorbos.
El inconveniente más serio con que actualmente tropieza este plan, es
que María Quirós no siente la menor simpatía por Ordóñez, y, en cambio,
está enamorada de un joven médico llamado Juan Zarzoso, sobrino del
famoso doctor Zarzoso, sabio de reputación universal y librepensador
furibundo, cuyos antecedentes figurarán indudablemente en ese archivo,
en la sección de "Enemigos terribles de la Compañía".
Este inconveniente sería fácil de destruir, si es que a vos, padre
General, os parece aceptable mi plan.