No era mal mozo, pero encontraba en él algo que le desagrada

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VICENTE BLASCO IBAÑEZ

LA ARAÑA

NEGRA

NOVELA

TOMO OCTAVO

[Illustration: colofón]

EDITORIAL COSMÓPOLIS

APARTADO 3.030

MADRID

Imp. Zoila Ascasíbar. Martín

de los Heros, 65.--MADRID.

OCTAVA PARTE

JUVENTUD A LA SOMBRA DE LA VEJEZ

(CONTINUACIÓN)

VI

Cambio de decoración en casa de la baronesa.

Llegó el momento fatal en que Juanito Zarzoso, con su título de doctor

en Medicina, alcanzado con gran brillantez, obedeciendo las órdenes de

su tío, al que temía tanto como amaba, hubo de separarse de María para

trasladarse a París.

En los tres meses que transcurrieron desde la conferencia con el padre

Tomás hasta el día en que partió el joven médico, doña Esperanza no

había logrado aminorar el cariño de los novios ni enturbiar la confianza

que mutuamente se tenían.

Un día en que el estudiante esperó a la viuda en uno de los puntos que

ella frecuentaba para darle una carta con destino a María, doña

Esperanza aprovechó la ocasión para "abrirle los ojos", según decía.

Con afectada inocencia llevó la conversación al terreno que ella

deseaba; habló de la niñez de María, de su carácter ligero, de sus

atrevimientos hombrunos en el colegio, y como digno final de tanta

preparación, como el que cierra los ojos para disparar el trueno gordo,

sin ilación alguna... "¡paf!", la viuda espetó al estudiante la

relación de cuanto ella suponía ocurrido en aquella noche célebre,

cuando las monjas encontraron a la joven en el tejado, durmiendo en los

brazos de un muchacho.

Al ver la viuda que Juanito se ruborizaba intensamente escuchando sus

palabras, creyó que el joven iba a estallar en indignación; pero se

quedó fría, cuando en vez de la emoción terrible que esperaba, púsose a

reír el joven diciendo que nunca había él llegado a imaginarse que doña

Esperanza supiera tales cosas.

La intrigante viuda, que pensaba sorprender al estudiante, resultó la

sorprendida, y su asombro fué sin límites cuando Juanito la dijo que

aquel muchacho que amaneció en la azotea del colegio era él mismo.

El golpe había fracasado; y en vez de desunir a los novios aquella

revelación, sólo había servido para convencer a la viuda de que tal

amor, por lo mismo que era antiguo y nacido en el dulce despertar de la

pubertad, había de ser forzosamente de larga duración.

Apresuróse doña Fernanda a llevar la noticia al padre Tomás, quien, al

saberla, no mostró su acostumbrada y fría indiferencia.

--Ahora resulta--dijo--más preciso que nunca apartar cuanto antes a esos

dos jóvenes. Veo que la tarea va a ser más difícil de lo que al

principio creíamos; pero con tal de que él marche pronto a París todo se

logrará. Es simplemente cuestión de tiempo y paciencia.

--¿Y qué me aconseja usted, reverendo padre?--dijo la viuda--. ¿Debo

seguir siendo medianera en estos amores?

--Sí; continúe usted hasta que ese joven se vaya a París. Nada

adelantaríamos con que usted se negase a facilitar sus entrevistas y a

llevarles sus cartas; encontrarían otro medio para cumplir sus deseos.

Ya daremos el golpe cuando estén separados.

Desde que el padre Tomás supo los amoríos de María visitó con más

asiduidad la casa de la baronesa.

La tertulia de momias realistas alegrábase por esta distinción que la

dispensaba el padre Tomás. Aquello era, para los visitantes de doña

Fernanda, como un halagador holocausto a su terquedad reaccionaria y una

demostración de que el poderoso jesuíta, reconociendo que en la

aristocracia transigente con el siglo sólo se encontraba miseria e

impiedad, volvía al seno de sus antiguos amigos, los "puros", los

"integristas", los que protestaban contra todo lo que no oliese al polvo

del pasado.

Lejos estaban aquellos seres de adivinar el verdadero motivo que

impulsaba al padre Tomás a visitar con tanta frecuencia la casa de la

baronesa.

Doña Fernanda no era la que se sentía menos ufana por aquella asiduidad

del poderoso jesuíta. El más grave pesar a la muerte del padre Claudio

lo había experimentado pensando que el nuevo jefe de la Orden en España

no visitaría ya su casa con tanta frecuencia, y así ocurrió; por esto al

ver ahora al padre Tomás casi todas las tardes en su salón, confundido

entre sus habituales tertulianos, y hablándola con gran dulzura, el

orgullo y el amor propio satisfecho coloreaban su rostro con el rubor de

la felicidad, y se sentía dichosa como pocas veces.

Su satisfacción era inmensa al pensar que en los elegantes hoteles de la

Castellana, donde residía aquella aristocracia moderna, a la que odiaba

secretamente, se notaría la ausencia del padre Tomás, a quien ella

contaba ya como uno de sus acostumbrados tertulianos, y, ganosa de

retenerle, le asediaba con toda clase de consideraciones y se mostraba

dispuesta a obedecer su más leve indicación.

No le costó, pues, gran trabajo al jesuíta el inculcarla sus deseos.

Doña Fernanda, a pesar de tener su director espiritual, que era un

individuo de la Compañía, quiso confesarse con el padre Tomás,

arrastrada por el deseo de aparecer públicamente como penitente del

célebre jesuíta, que sólo se sentaba en el confesonario en muy contadas

ocasiones.

Durante la tal confesión, fué cuando el padre Tomás convenció a la

baronesa de que debía consentir en que su sobrina contrajera matrimonio,

no violentando su carácter y las tendencias de su temperamento.

Doña Fernanda oyó con recogimiento casi religioso las palabras del

jesuíta, e inmediatamente se propuso obedecerle como un autómata.

Tan grande era el poder que sobre ella ejercía el padre Tomás, que sus

indicaciones bastaron para derrumbar las ilusiones que la baronesa se

forjaba hacía ya muchos años.

No; María no sería monja, ya que así se lo aconsejaba un sacerdote tan

ilustre y digno de respeto. Ella había soñado en hacer de María una

santa como su tío Ricardo; quería meter a su sobrina en un convento,

creyendo que esta resolución sería muy grata a los ojos de Dios y que

resultaría del gusto de los padres jesuítas, a los que ella consideraba

como legítimos representantes del Señor; pero ya que un sacerdote tan

respetable le aconsejaba todo lo contrario, ella estaba dispuesta a

obedecer inmediatamente.

Y doña Fernanda, al decir estas palabras, extremaba el gesto y los

ademanes, intentando demostrar de este modo que su sumisión a las

órdenes del jesuíta era inmensa.

Lo que ella pedía únicamente, lo que solicitaba a cambio de su

obediencia, era que, ya que María debía casarse, fuese el mismo padre

Tomás quien se encargase de buscarla un marido propio de su condición

social, con la seguridad de que la elección sería acertada.

Nadie como él conocía a los jóvenes de la aristocracia. Habíanse educado

todos ellos en el colegio de los jesuítas, a los más principales los

dirigía el padre Tomás en los momentos difíciles de su vida, y, merced

al espionaje perfecto de la Compañía, conocía hasta en sus menores

detalles la vida y las costumbres de cada uno.

--Casar a María--decía doña Fernanda en la rejilla del confesonario--es

un asunto tan difícil, que yo misma no me atrevo a encargarme de ello, y

preferiría que usted, reverendo padre, llevado del cariño con que

siempre ha distinguido a nuestra familia, se encargase del asunto. Mi

sobrina es riquísima, como usted ya sabe; el título de condesa de

Baselga a ella le pertenece, y ya ve usted que una joven que tales

condiciones reúne bien merece que se fije toda la atención al buscarla

un esposo. ¡Oh, reverendo padre! ¡Si usted fuese tan bueno que accediera

a encargarse de este asunto! Ya que María ha de tener marido, viviré yo

tranquila si éste es del gusto de usted.

Y el padre Tomás fué tan bueno, que, después de exponer algunos

escrúpulos sobre la incompatibilidad que existía entre su augusto

ministerio y el ser agente de matrimonios, accedió por fin a encargarse

de buscar un esposo para María.

Para esto era necesario, según consejo del jesuíta, que doña Fernanda

cambiase algo su sistema de vida, que olvidase un poco la exagerada

devoción y se acordara algo más del mundo; en una palabra, que ella y su

sobrina ocupasen el lugar que les correspondía por su rango en ese mundo

elegante que brilla, se agita y se divierte.

Fiel doña Fernanda a los consejos de su director, desde aquel día cambió

por completo de vida.

Los rancios tertulianos de la baronesa vieron con asombro que su amiga

deponía una parte de su intransigencia con el mundo, y que en aquel

retorno a la vida de la juventud, arrastraba a su sobrina, con gran

contento de ésta.

El palacete de la calle de Atocha perdió rápidamente aquel sello

conventual que le distinguía. Parecía como que, abiertos los balcones,

el viento de la calle había penetrado arrollándolo todo y desvaneciendo

aquella atmósfera pesada que olía a incienso.

Los carruajes de forma antigua y modesta que usaba la baronesa para ir a

la iglesia fueron cambiados por elegantes "landós"; los salones

perdieron su aspecto conventual y sombrío, siendo adornados con nuevos

muebles, y en las personas de doña Fernanda y su sobrina operóse igual

cambio, pues sus antiguos vestidos obscuros y de corte casi monjil,

fueron reemplazados por trajes de última moda.

María se dejaba llevar dulcemente por aquella tendencia que su tía

manifestaba a favor de las costumbres que poco antes anatematizaba con

severo lenguaje.

Tan vehemente era el deseo de entrar de lleno en la vida elegante

experimentado por doña Fernanda, que muchas veces reñía a su sobrina

cuando ésta se mostraba reacia a asistir a las diversiones, sin duda

porque la falta de costumbre influía en su carácter.

--Mujer; eres un hurón--decía la tía--. Es preciso que te acostumbres a

esta vida agitada y de continuo goce. Por ti hago yo también esta vida.

Se acabaron ya nuestras costumbres de antaño, y es preciso que vivamos a

la moderna. Otras muchachas se darían por muy contentas con tener una

tía tan amable y complaciente como yo lo soy para ti, y tú parece que no

quieres agradecerme lo que por ti hago. ¿No te negabas a ser monja? Pues

bien; no lo serás; yo no quiero violentar a nadie que no se sienta con

vocación suficiente para abrazar la vida de santidad. Ya que tu carácter

te aleja del claustro, serás mujer elegante, dama del gran mundo, y te

casarás con un hombre que sea digno de ti. Ya ves que no puedo ser más

complaciente. A ver si tienes talento para brillar en sociedad y

distinguirte entre las jóvenes de tu clase.

María, con el cambio que la baronesa hacía en su modo de vivir, veía

realizado aquel bello ideal que ocupaba su imaginación en Valencia,

cuando soñaba en ser una señorita del gran mundo y asistir a las

suntuosas fiestas, que sólo de oídas conocía, o por las relaciones de

las pocas novelas que a hurtadillas leía en el colegio.

Ya figuraba en aquella sociedad tan acariciada por su pensamiento; ya

asistía todas las noches a las óperas del Real en una platea de las más

elegantes; paseaba por la Castellana, contestando a numerosos saludos, y

hasta un día había figurado su nombre con los adjetivos de hermosa y

distinguida, en una reseña que del baile de la Embajada francesa hizo un

periódico de gran circulación; pero estas satisfacciones, que en otra

época hubiesen constituído su felicidad, no bastaban ahora para

amortiguar el dolor que sufría, justamente en los días en que verificaba

su iniciación en la vida elegante.

Juanito estaba ya próximo a partir.

El doctor Zarzoso le apremiaba para que cuanto antes fuese a París, pues

ya había escrito recomendándole a los más famosos profesores de Francia,

y el pobre muchacho no sabía qué excusa inventarse para prolongar

algunos días más su estancia en Madrid.

El pesar que a ambos amantes producía la próxima separación era lo que

hacía que María se mostrase huraña a los halagos de su tía y asistiese a

todas las diversiones con el ánimo preocupado por tristes ideas.

En el teatro, en el paseo, en las reuniones elegantes, en las suntuosas

funciones religiosas, en todos los puntos de distracción donde se

encontraba, la idea de que Juanito iba a partir enturbiaba todas sus

alegrías.

Contribuía a hacer aún más penosa su situación la circunstancia de que

la baronesa, con su nuevo género de vida, hacía menos frecuentes las

ocasiones en que María podía hablar con su novio.

La joven rara vez lograba ir de paseo acompañada únicamente por doña

Esperanza, pues así que manifestaba deseos de salir, la baronesa se

prestaba a acompañarla.

Fueron, pues, poco frecuentes las entrevistas de los novios en los

últimos días que pasó el joven médico en Madrid, y forzosamente hubieron

de contentarse con verse de lejos, como en los primeros tiempos de sus

amores, y cambiar apasionadas cartas, que doña Esperanza, siempre

complaciente, llevaba de uno a otro, cada vez más amable y satisfecha,

conforme se acercaba el momento de partida para Juanito.

La última vez que los novios se hablaron fué en el Retiro, una mañana en

que María consiguió salir a pie, en compañía de la viuda de López.

La escena fué sencilla y conmovedora, tanto, que impresionó un poco a

doña Esperanza. ¡Ay, Dios! Así se despedía ella de su difunto marido,

cuando aún era su novio, cada vez que abandonaba el pueblo para ir a

estudiar a Madrid.

Hablaron poco los dos amantes; parecía que cada palabra que salía de sus

labios iba a provocar una explosión de sollozos, y se limitaban a

mirarse con expresión compungida, estrechándose las manos nerviosamente.

Convinieron en la forma que debían adoptar para cartearse sin que se

apercibiera la baronesa.

El dirigía las cartas a doña Esperanza, que se encargaría de entregarlas

a María, y recoger las de ésta remitiéndolas a París.

Despidiéronse veinte veces, para volver otra vez a entablar una

conversación incoherente y temblorosa, en la cual las miradas

significaban más que las palabras, y, al fin, se separaron, no sin

volver a cada paso la cabeza para verse por última vez.

Al día siguiente, cuando comenzaba a cerrar la noche, María contemplaba

melancólicamente el reloj de su gabinete.

Era la hora en que el "exprés" salía para Francia. En él se alejaba

Juanito.

María creía percibir en torno de ella un espantoso vacío, que por

momentos se agrandaba, y se sintió próxima a llorar.

Pero la voz de su tía vino a sacarla de esta estupefacción dolorosa.

Había que prepararse para ir aquella noche al Real. Era noche de debut;

un célebre tenor cantaba "Los Hugonotes", y todo el mundo elegante se

había dado cita en el aristocrático coliseo para tomar parte en aquella

fiesta, que iba a ser una de las grandes solemnidades de la temporada.

La baronesa callaba el interés que tenía en asistir a dicha función.

Uno de los más respetables individuos de su tertulia le había pedido

permiso para presentarle en un entreacto a Paco Ordóñez, muchacho

distinguido, e hijo segundo del difunto duque de Vegaverde.

VII

En el teatro Real.

Cuando la baronesa y su sobrina entraron en su platea, la representación

de "Los Hugonotes" había comenzado ya.

El debutante, un Raúl algo aviejado, con tipo de mozo de cuerda y un

poco patizambo, que según era fama le costaba a la Empresa seis mil

francos por noche, estaba en aquel momento lanzándole al público,

ensimismado y silencioso, el famoso "raconto", describiendo su primero y

novelesco encuentro con la gentil Valentina.

La media voz del tenor, subiendo y bajando siempre igual, sin perder en

intensidad como deslumbrante hilillo con que se tejiera una tela de

plata, resonaba en medio del profundo silencio que reinaba en el

gigantesco teatro, y las dos damas hubieron de entrar en su palco casi

de puntillas, por no turbar la profunda atención del público.

No les gustaban a la baronesa ni a la sobrina esos arranques de

distinción de muchas de aquellas damas que estaban en los otros palcos,

las cuales tomaban asiento después de producir algún estrépito para

llamar la atención, atrayéndose con esto los feroces siseos de los

"dilletantis" fanáticos que estaban en las alturas.

María, al tomar asiento, apoyó un codo en la baranda del palco, y

cogiendo sus gemelos de nácar y oro, paseó su mirada por todo el

coliseo.

Presentaba el vasto teatro el mismo aspecto deslumbrador y lujoso de

todas las noches, sólo que en aquélla era más perceptible el

recogimiento, la expectación de un público deseoso de juzgar por sí

mismo a una notabilidad que llega precedida por el ruido de las

ovaciones recibidas en los primeros coliseos del mundo.

Los palcos estaban deslumbrantes, como doble fila de dorados

canastillos, dentro de los cuales brillaban montones de joyas sobre las

rizadas cabezas y hombros esculturales de nítida blancura; al agitarse

algún torneado y desnudo brazo, dejaba tras de sí el reguero de azuladas

chispas que la luz arrancaba a las pulseras de brillantes, y semejantes

a estrellas parpadeando en blanquecino cielo, en el centro de tersas

pecheras, tiesas y crujientes como corazas, titilaban gruesos diamantes

envueltos en irisados resplandores. Todo el Madrid elegante se

amontonaba en aquellos palcos, y desbordado, se extendía por las

infinitas butacas del patio, donde los vistosos uniformes militares y

los alegres trajes de las señoras, matizaban con vivos colores la

sombría monotonía del frac negro.

María paseó sus gemelos por encima del patio, vasto mar de cabezas

peinadas, las más en correcta raya desde la nuca a la frente, y erizadas

las otras de airosas plumas y cabellos rizados que dejaban en el

ambiente un grato perfume femenil.

Para completar María su examen, apuntó sus gemelos a lo alto, y entonces

fué viendo los palquitos superiores para hombres solos, donde se

agrupaban como pollada recién salida del cascarón los socios de los

Clubs elegantes, los gomosos que a aquellas horas comenzaban su

existencia diaria hasta las primeras horas de la mañana; y más arriba

aún, el populacho, según decía doña Fernanda, el público anónimo, la

gente sin gusto, que iba allí a oír la ópera con el silencioso

recogimiento del fanatismo musical, sin fijarse para nada en aquel

derroche de suntuosidad y elegancia que tenían a sus pies.

María miró al palco de la familia real y lo vió vacío, lo que no le

extrañó. Sabía por las murmuraciones de salón que para el rey Alfonso la

música era el ruido que menos le incomodaba, y cuando asistía a la ópera

estaba siempre próximo a dormirse, si es que no le entretenían

hablándole de corridas de toros o de "juergas" en las posesiones reales.

El acto primero tocaba a su fin. El tenor, al terminar su "raconto",

había ya recibido una ovación, aunque ésta había sido recelosa y en gran

parte obra de la "claque", como si el público no estuviera del todo

convencido de la eminencia del artista y reservase su opinión para más

adelante.

La baronesa, después de contestar a varios saludos, curioseaba con sus

gemelos de un modo impertinente, sin fijarse para nada en el escenario,

al cual volvía la espalda.

María por su parte, después de examinar el teatro, que todas las noches

le causaba idéntica impresión de deslumbramiento, miraba a la escena

deseosa de distraerse y olvidar aquella idea fija que la martirizaba.

¡Ay, Dios! Aquel Raúl, que tan melancólicamente expresaba su tristeza al

no ver la mujer que se había apoderado de su corazón, a pesar de que

físicamente, con su abdomen algo hinchado y su aspecto maduro, no tenía

la menor semejanza con Zarzoso, forzosamente le hacía recordar al joven

médico, que a aquellas horas, mientras ella encontrábase en un lugar de

diversión, era arrebatado por el veloz "exprés", y en el interior del

vagón iba sin duda llorando, desalentado por la larga ausencia que veía

en su porvenir.

Y luego aquella música de Meyerbeer, que cual ninguna sabe interpretar

con exacta verdad los diversos estados del alma humana, en vez de

producirla placer, causaba en su corazón el efecto de una lluvia de

fuego que todavía aumentaba sus sufrimientos.

La joven se sentía molesta, y casi deseaba que dejase de sonar cuanto

antes aquella música que, sin que ella pudiera explicarse la causa, la

entristecía hasta el punto de que en los pasajes más vivos y alegres la

acometían deseos de llorar.

Cuando terminó el acto no faltaron visitantes en el palco.

La platea de la baronesa era una de las mejores del teatro, y doña

Fernanda, para adquirirla, había tenido que dar una prima de algunos

miles de pesetas a sus anteriores poseedores que tenían prioridad en el

abono. Esto parecía dar alguna distinción a la actual dueña del palco y

a los que la visitaban, lo que, unido a la hermosura de María y a su

fama de millonaria, hacía que se considerase como un gran honor el ser

admitido en la tertulia del palco, y el que fuesen muchos los que

durante los entreactos dirigían a él los gemelos con insistencia.

El primero que entró aquella noche fué el viejo señor que en la vetusta

tertulia de la baronesa hablaba de Donoso Cortés y el cual, entre la

aristocracia anticuada, era respetado como un genio literario, porque en

su juventud había escrito dos sonetos y cinco romances, méritos, que con

el de tener un título de marqués, habían sido considerados suficientes

para hacerle sentar en un sillón de la Academia Española.

El aristocrático académico, que para sostener su fama de poeta creía

necesario mostrarse galanteador y pegajoso como un cadete, dirigió

algunos floreos a Fernandita, asegurando, bajo palabra de honor, que la

encontraba cada día más joven y distinguida (afirmación que repetía

todas las noches), y después le disparó a María unos cuantos requiebros

mitológicos mostrando al hablar así la facha más deplorable, con su

tupé teñido, su dentadura postiza que le hacía cecear y su chaleco

bordado, de moda veinte años antes, y que no quería abandonar, porque,

según afirmación propia, le sentaba muy bien.

El fué quien se encargó de toda la conversación, pues su charla

incesante nunca dejaba meter baza; comenzó a hablar del tenor,

repitiendo su biografía y sus anécdotas que ya conocían todos por

haberlas publicado la Prensa días antes.

La conversación duró hasta que los timbres eléctricos dieron la señal de

que iba a comenzar el acto segundo.

El académico se levantó dando su mano a tía y sobrina, con el mismo

extravagante ademán de los gomosos cuyas costumbres imitaba.

--Adiós, baronesa; vuelvo a mi butaca. Hasta luego.

--Adiós, marqués; y no olvide usted el presentarme a ese joven de quien

me habló. Tendré mucho gusto en que sea nuestro amigo: basta que sea

presentado por usted.

--Paco Ordóñez también tiene deseos de conocer a ustedes. En el

entreacto vendremos.

Y el aristocrático poeta, al ver que comenzaba el acto, salió del palco

con toda la ligereza que le permitían sus gotosas piernas.

Transcurrió el segundo acto sin incidentes. El tenor hacía esfuerzos por

agradar al público que le aplaudía, pero a pesar de las demostraciones

de agrado con que era acogido su canto, notábase en el entusiasmo

general cierto fondo de frialdad; era el convencimiento de que aquello

no valía seis mil francos, reflexión justísima que acomete al público en

presencia de todos esos hijos del arte, que al par son hijos mimados de

la fortuna.

En el otro entreacto se presentó en el palco el marqués académico,

seguido de un joven alto, enjuto de carnes, con una fisonomía a primera

vista agradable, y que llevaba con una soltura sobradamente graciosa

para no ser estudiada, su frac cortado tan mezquinamente como aconsejaba

el último figurín.

--Baronesa. Presento a usted a mi amigo don Francisco Ordóñez, hermano

del senador del reino duque de Vegaverde.

El presentado se inclinó haciendo una reverencia ceremoniosa, copiada

sin duda de algún galán amanerado de comedia.

María le examinó con esa curiosidad pronta e instintiva de las mujeres,

que con una sola mirada aprecian a un individuo desde la cabeza hasta

los pies.

No era mal mozo, pero encontraba en él algo que le desagradaba.

Parecíale algo fatuo, y, además, demasiado viejo para los treinta años

que representaba. Iba peinado según la moda favorita de los gomosos, y

su cabeza relamida y charolada tenía algo de bebé. Olía toda su persona

a tonta insubstancialidad, pero a su rostro asomaba en ciertos momentos

una expresión maliciosa que le hacía antipático.

Había algo en aquellos ojos negros, moteados de pintas doradas, que no

era una expresión de astucia, sino de despreocupación canallesca, y en

sus facciones cuidadas y un poco embadurnadas por afeites de tocador

mujeril notábanse ciertas placas violáceas que eran como el indeleble

sello de placeres buscados en los postreros estertores de la orgía y en

las últimas capas del vicio.

María no comprendía el verdadero significado del exterior de aquel

hombre, pero adivinaba en él algo repugnante y le resultaba antipática

su presencia.

Atraída por la fuerza del contraste, hizo mentalmente un parangón entre

aquel hombre, fiel representación de la juventud aristocrática, y el que

a aquellas horas marchaba en el "exprés" de Francia, y se sintió próxima

a maldecir en voz alta a la fatalidad, que dejaba a su lado tipos como

Ordóñez, mientras alejaba al joven doctor Zarzoso.

El hijo segundo del difunto duque de Vegaverde era bien conocido por

toda la aristocracia de Madrid.

Su hermano mayor, el heredero del título de la casa, prócer sesudo, que

en el Senado llamaba la atención por la manera de decir "sí" o "no" en

las votaciones y que desde niño había sentado plaza de hombre tan formal

como imbécil, demostraba cierto rastro de buen sentido, despreciando a

su hermano menor y diciendo en todas partes que era un perdido, que

deshonraba a su familia; pero la sociedad elegante no le hacía coro,

antes bien, encontraba que Paco era un muchacho distinguido, ligero, eso

sí, pero con mucho "chic".

A los veinticinco años, cuando entró en posesión de su herencia, ésta

quedó entre las uñas de prestamistas y usureros, a causa de los enormes

anticipos aumentados por intereses bárbaros que se le habían hecho antes

de ser dueño de su fortuna.

El elegante Ordóñez se encontró arruinado y casi en la miseria,

justamente cuando más agradable comenzaba a encontrar la existencia;

pero no era él (según decía) mozo capaz de ahogarse en tan poca agua y

siguió adelante en su vida de despilfarros y locuras sin fijarse en el

presente, ni importarle gran cosa el porvenir.

Las grandes fortunas son como esos navíos colosales, que al ser tragados

por el mar, dejan sobre la superficie innumerables objetos que

sobrenadan y son todavía utilizados. Ordóñez, a pesar de su total ruina

y de que su fortuna entera había quedado en manos de los usureros,

todavía gozaba de recursos que sobrevivían a su empobrecimiento y el más

principal era el crédito que le daba su apellido y sus relaciones

sociales.

El hijo del duque de Vegaverde fué el tipo perfecto del aventurero

aristocrático, que explota su nacimiento y vive a costa de los que le

rodean, explotándolos con gran frescura, como quien hace uso de un

derecho y tiene por feudataria a toda la sociedad. Dió sablazos de miles

de pesetas; vendió fincas que ya no le pertenecían; tomó cantidades a

préstamo que nunca debía devolver, firmando para ello escrituras de

depósito; importunó a todos sus amigos, que él creía ricos e imbéciles,

pidiéndoles favores pecuniarios con diversos pretextos; llegó hasta la

estafa, y todo esto lo hizo con la mayor sangre fría, con la más

asombrosa indiferencia, con una ligereza insolente y sin arrepentirse de

sus acciones ni temer las consecuencias, pues, según él decía, los

presidios se habían hecho únicamente para gentes sin distinción, y era

imposible que llegase a entrar en ellos un individuo, cuyos antecesores

gozaban de la grandeza de España desde muchos siglos antes, y que,

además, tenía un hermano senador por derecho propio.

Por dos veces había estado próximo a ser expulsado del Casino a causa de

sus trampas en el juego; gozaba, entre la juventud elegante, una fama

poco envidiable; pero, a pesar de esto, ninguno se negaba a estrechar su

mano, y era frase corriente al hablar de él, exclamar:

--¿Quién? ¿Paco Ordóñez? ¡Lástima de chico! Tiene mala cabeza, pero en

el fondo es un corazón de oro. Su defecto más capital es no tener un

céntimo.

El corazón de oro consistía en que Ordóñez, en su época de opulencia,

había derramado el dinero con loca prodigalidad, dejando tras sí muchos

estómagos agradecidos, y en que gozaba fama de espadachín, habiendo

muchas veces pagado a algún acreedor de los que se creaba en torno de la

mesa de juego, primero con insultos y después con una estocada.

Además, entre la balumba de necios con quienes vivía en intimidad en el

Casino y en todos los puntos de reunión de la juventud elegante, tenía

sus admiradores, y llamaba la atención por la originalidad de sus

maneras y la extremada novedad de sus trajes. Sus reverencias y saludos,

copiados de actores, eran imitados por su corte de gomosos, que también

en el vestir se regían por aquel aventurero, que tenía como acreedores a

los principales sastres y sombrereros de Madrid.

Ordóñez vivía en grande, gastaba como un potentado, era uno de los

árbitros de la moda, ocupaba un lindo entresuelo en la calle de Alcalá,

y él mismo no sabía explicarse cómo verificaba el milagro de gastar cual

un potentado, sin otras rentas que el dinero ganado en la ruleta alguna

noche de buena suerte.

Era muy inteligente en materia de caballos; asistía todas las noches a

la Opera, sin que sus conocimientos artísticos fuesen más allá de saber

que la tiple tenía buenos brazos y conocer algunas obscenas anécdotas de

bastidores; y en las corridas de toros, distinguíase como furibundo

aficionado, tuteándose con todos los toreros de renombre, a los cuales

consideraba como compañeros de "juerga".

Su mala fama no era un secreto para nadie. Sus canalladas trascendían y,

aumentadas por la voz pública, eran conocidas por todas las pudibundas

señoritas y severas señoras de la alta sociedad; pero, a pesar de esto,

no se le cerraba la puerta de casa alguna, antes bien, en las fiestas

aristocráticas, era muy apreciado como un hábil organizador de

cotillones.

Ordóñez era hombre de suerte. También, entre las mujeres se había

fabricado una frase en honor de él, y las mamás se decían:

--¡Oh! ¡Ordóñez! Un buen muchacho; algo ligero de cascos, ¡eso sí!, pero

muy distinguido; muy "chic", y, además, ya sentará la cabeza cuando se

case. Esos que son tan calaveras en la juventud, después resultan

maridos modelos. Lástima que esté arruinado.

Y el aventurero, con su cabeza charolada, su bigotillo erizado y su fría

sonrisa de hombre audaz y fatuo, seguro de su cinismo, exhibíase en

todas partes, siempre distinguido y correcto, con su frac a la última

moda, la camelia en el ojal y el "claque" apoyado en el muslo.

Las jóvenes casaderas, con el instinto propio de las mujeres, leían en

su cerebro. Bailaban con él, admitían con gusto los obsequios de un

hombre de moda, pero no hacían el menor esfuerzo para retenerle. Todas

decían lo mismo:

--¡Oh! Ese no sirve; no hay que poner en él esperanzas. Ese busca una

buena dote.

Cinco años de aquella vida de despilfarro, sin una base firme,

comenzaban a agotar su ingenio y a gastar rápidamente sus hábiles

procedimientos de elegante estafador. El número de acreedores era tan

inmenso, que le aplastaba como una inmensa mole, y todas las fuentes de

dinero comenzaba a encontrarlas cegadas.

Había contado, como un protector seguro, al padre Tomás, de la Compañía

de Jesús, que era antiguo amigo de su familia por ser el difunto duque

uno de los hermanos laicos de la Orden.

El poderoso jesuíta le había protegido en varias ocasiones. Nunca le

pidió dinero, porque sabía el aventurero que a los hijos de Loyola los

distribuyen desde Roma sobre las diversas naciones, para que chupen el

jugo de éstas, afectando siempre la mayor pobreza para ponerse a

cubierto de toda clase de demandas; pero, en cambio, Ordóñez solicitó

del jesuíta lo único que éste podía hacer, que eran favores.

Cuando se veía asediado por los acreedores y su ingenio agotado no le

proporcionaba recursos para salir del paso, cuando contemplaba próxima

una causa criminal por sus ligerezas en tomar dinero, entonces acudía a

impetrar el auxilio del padre Tomás, y el enemigo del difunto duque,

tocando todos los ocultos resortes que constituían su poder, hablando a

unos y mandando a otros, lograba alejar por algún tiempo la nube

amenazadora que se cernía sobre la frente del calavera.

Esta amistad con el padre Tomás, servía también al joven para dar a su

persona cierto tinte de religiosidad, que no sentaba mal en los salones

que frecuentaba. Podía ser calavera, tener costumbres canallescas,

cometer ligerezas penadas en el Código, pero cuando en las tertulias

elegantes se hablaba de religión, Ordóñez sabía ponerse serio, y, con la

gravedad del hombre sesudo, declaraba, cerrando los ojos, que era

preciso creer en algo y de paso ensartaba cuatro lugares comunes que

había leído en cualquier periódico conservador y que recordaba por

casualidad.

El padre Tomás, que era quien conocía mejor su vida y sus enredos,

apreciábale, a pesar de esto. La audacia y el cinismo del aventurero de

frac, gustábanle al aventurero de sotana, y el poderoso jesuíta sentía

por Ordóñez la misma simpatía que en otros tiempos había profesado el

padre Claudio a Quirós.

Ordóñez sentíase próximo a la ruina en la época que fué presentado a la

baronesa de Carrillo y su sobrina.

Su amigo, el poderoso jesuíta, no quería ya sacarle a flote de sus

enredos, o no podía alcanzar nada de los acreedores para desenmarañar la

situación del aventurero, y éste, a pesar de su serenidad, comenzaba a

desconfiar sobre su porvenir.

Un matrimonio de negocio era su única esperanza; pero lo juzgaba

irrealizable, pues las herederas ricas eran cada vez más raras y él

ofrecía pocos alicientes para encontrar una que le concediese su mano.

En esta situación fué cuando el marqués académico, otro de sus

protectores, a quien hacía blanco de sus aceradas burlas, sin duda

despechado por lo poco que le servía, le propuso presentarlo a la

baronesa de Carrillo, que era para Ordóñez casi desconocida. La casa de

la baronesa, con aquel aspecto claustral que hasta entonces había tenido

y la beatería que en ella se reunía, ofrecía pocos alicientes para un

aventurero que iba siempre en busca de gente que pudiera serle útil, y a

esto era debido que desconociese la existencia de tal familia él, que se

trataba con toda la alta sociedad.

La sobrina de la baronesa era una estrella mate que tímidamente se había

presentado en el cielo de la elegancia y en la cual apenas se fijó

Ordóñez hasta entonces. Pero cuando el académico, con ciertas palabras

indiscretas que se le escaparon, dió a entender que su presentación a la

tal familia le había sido recomendada por una persona importante,

Ordóñez pensó que ésta no podía ser otra que el padre Tomás, y esta

circunstancia le interesó bastante.

Puesto que el poderoso jesuíta descendía a ocuparse de un asunto tan

baladí, como era su presentación, resultaba indudable que sentía interés

por el porvenir de su joven protegido.

Ordóñez no tardó en suponer el significado de aquel acto.

--Sin duda--se dijo--el padre Tomás, compadecido de mí, al verme en

situación tan apurada, piensa en mi porvenir y me pone en camino de

hacer fortuna. Algo significa el querer que me presenten a la baronesa

de Carrillo cuya sobrina es millonaria. ¡Adelante, amigo mío! No hay que

desconfiar del éxito; pues en este asunto, el reverendo padre trabajará

en la sombra como él sólo sabe hacerlo.

Y Ordóñez se dejó presentar.

La baronesa le recibió con gran amabilidad. Sabía muy poco de su vida y

costumbres, y el padre Tomás le había hablado con grandes elogios de

aquel muchacho, que, aunque algo calavera, tenía muy buen fondo, y

prometía ser un hombre de provecho el día en que la edad le hiciese

sentar la cabeza. Además, doña Fernanda, como la mayoría de las devotas

viejas, sentía cierta inclinación en favor de los calaveras.

A invitación de la baronesa, sentóse Ordóñez entre ella y su sobrina; el

académico quedó en pie apoyándose en un sillón y adoptando esa actitud

rebuscada de personaje de cromo, que a él le parecía el colmo de la

elegancia espiritual, y entre los cuatro entablóse una conversación

animada sobre el asunto de la noche, o sea la ópera y sus intérpretes.

La baronesa experimentó gran satisfacción al ver que el joven se adhería

en todo a la opinión que ella manifestaba. ¡Cuán pronto se conoce la

buena y sana educación! ¡Cómo se daba a entender que aquel joven había

sido educado por los padres jesuítas!

Doña Fernanda lanzaba dulces miradas a Ordóñez, cada vez que éste se

manifestaba de su misma opinión, y, rebuscando palabras, alambicando

conceptos, ni más ni menos que si estuviera presidiendo una junta de

Cofradía, hablaba de la ópera y del debutante, que era el tema de

conversación en todos los palcos, alternando con las noticias del día y

la crítica del vestido y de las joyas de la que se sentaba en el

compartimiento inmediato.

¡El tenor!... ¡Phs! No le parecía mal a la baronesa; además, ella, según

confesión propia, no entendía gran cosa de apreciar el mérito de las

voces. Pero... la ópera que se cantaba aquella noche, "Los hugonotes",

no le merecía igual indiferencia desdeñosa.

Era un atentado contra la moral y las buenas costumbres que se

permitiera la representación de óperas como aquélla. No negaba ella que

la música era buena; así lo afirmaban los que lo encendían, y, además, a

ella le parecía muy bien, sobre todo en los bailables.

Pero la baronesa de Carrillo fijaba por completo su atención en el

libreto, en el argumento, y al llegar aquí, se mostraba iracunda e

inexorable. ¿No era una vergüenza que en un país tan eminentemente

católico como España asistiera la gente más distinguida a una

representación, en la cual los protestantes desempeñaban la parte más

noble y simpática, y los representantes de la buena causa, los

defensores de la Iglesia y del Papa, aparecían como verdugos alevosos,

como asesinos dominados por el salvajismo? Aquello era inicuo, y parecía

imposible que un público tan distinguido no silbase a Meyerbeer, que

creaba un Raúl simpático, a pesar de ser protestante, y un Saint-Bris,

torvo y sanguinario, sin tener en cuenta que era un señor católico.

Y luego aquel Marcelo, grosero soldadote, que siempre tiene en los

labios la monótona canción del maldito Lutero; y aquella Valentina,

mozuela corretona y desobediente, que, a pesar de ser educada por su

señor padre en los sanos principios católicos, se hace hugonote por

seguir al boquirrubio de Raúl, eran personajes que irritaban a la

baronesa, quien, hablando de la obra de Meyerbeer, resumía su opinión

con estas desdeñosas palabras:

--Al fin y al cabo, la obra de un judío. A mí, en óperas, nada me gusta

tanto como el "Poliuto".

El académico, para dejar bien sentado su prestigio de poeta y volver por

el honor de los de la clase, protestaba débilmente, limitándose a

formular una sentencia tan profunda como ésta:

--Baronesa; es usted muy injusta. El arte es el arte.

Y aquí se atascaba su luminosa inteligencia, no encontrando mejores

argumentos.

Ordóñez acogía las palabras de la baronesa con sendas inclinaciones de

cabeza, y hacía esfuerzos para demostrarla que era en un todo de su

opinión.

¡Oh! El también pensaba así, la ópera era inmoral; iba contra el

catolicismo, y esto no podía consentirse, porque era preciso confesar

que "había algo". Y esto lo decía con tono sentencioso, mirando arriba,

y con la expresión de un hombre que, tras profundas reflexiones, ha

llegado a adivinar la existencia de la divinidad.

Además, él, arrastrado por el deseo de agradar a la baronesa, llegaba

hasta la exageración, y no se contentaba con criticar "Los Hugonotes",

sino que encontraba la ópera, en general, digna de ser suprimida, como

atentatoria a la moral y a las buenas costumbres. Y daba pruebas de

ello. En "La Africana", poníase en ridículo a la respetable clase de

obispos; en "La Hebrea", un cardenal resultaba padre de una judía, y así

casi todas; y cuando no resultaban tales obras encaminabas a escarnecer

la Religión, aún era peor, pues hacían ruborizar con sus bailes

inmorales y sus dúos de amor, en que faltaba poco para que el tenor y la

tiple se comieran a besos a la vista del público.

Y aquel granuja, a quien tuteaban todas las bailarinas del Real y que en

cierta ocasión galanteó a una tiple para empeñarle los brillantes,

hablaba de la inmoralidad de la ópera con un santo horror de capuchino,

que impresionaba a la baronesa.

Doña Fernanda, oyéndole se afirmaba en su primitivo pensamiento. ¡Qué

gran cosa era la educación de los jesuítas, cuando aquel joven, después

de la borrascosa vida de calavera, todavía conservaba tan buenas ideas,

tan sanos principios!

Pero el académico, más sencillo, o menos crédulo, contemplaba a Ordóñez

con mirada fija, y pensando en las mil perrerías que acometía todos los

días, se decía interiormente, poseído de cierta admiración:

--¡Ah, redomado hipócrita! ¡Ah, grandísimo tuno! ¡Cómo mientes!

María sólo atendía a ratos a la conversación. Ordóñez le resultaba

antipático y adivinaba algo de la falsedad que encerraban sus palabras.

La proximidad de aquel hombre había servido para excitar en ella el

recuerdo de Juanito Zarzoso y la tristeza la invadía de tal modo, que,

para disimularla, miraba a todas partes con sus gemelos, sin fijarse en

nada.

El acto tercero había comenzado, y los dos hombres seguían en el palco,

pues la baronesa les había invitado a quedarse.

Doña Fernanda y Ordóñez seguían conversando sobre el tema religioso; el

académico miraba a todos los palcos con expresión aburrida, y María

fijaba toda su atención en la escena, buscando en las sensaciones

artísticas un medio para olvidar momentáneamente su dolor.

Estaba de espaldas a Ordóñez, y dos o tres veces que éste, aprovechando

momentos de silencio con la tía, intentó dirigirla la palabra y hacerla

sonreír con alguno de sus chistes mordaces que tanto efecto lograban

entre las damas, quedó desconcertado ante la frialdad con que le

contestó la joven.

María estaba conmovida. Conocía muy bien la ópera; pero en aquella noche

las diversas escenas le impresionaban más que de costumbre, sin duda, a

causa del estado de su alma. Aquella Valentina que, con el velo de

desposada, se escapaba de la iglesia e iba en la oscuridad nocturna

buscando a su Raúl, parecíale que era ella misma, que marchaba desolada

en busca de su novio, huyendo de la baronesa, que quería casarla con

otro hombre; por ejemplo, con el majadero pretencioso e hipócrita que

tenía al lado.

Y esta novela que rápidamente se forjaba en su imaginación, la hacía

mirar con odio a aquel Ordóñez que se mostraba obsequioso y galante de

un modo que desesperaba.

Terminó el acto, y los dos hombres se levantaron para retirarse.

La baronesa ofreció a Ordóñez su casa. Ella no tenía muchos amigos, ni

las reuniones en su casa ofrecían gran atractivo; allí sólo entraban

personas sesudas y de sanos principios, y, por esto mismo, tendría mucho

gusto en recibir a un joven tan sensato que, por sus ideas y su modo de

ver las cosas, tenía alguna analogía con su difunto cuñado Quirós, el

padre de María, el héroe de la causa santa en el 22 de junio, y del cual

la sociedad, ingrata y olvidadiza, no se acordaba para nada.

Ordóñez consideróse muy honrado por tal invitación, y se retiró.

El académico, que se quedó en el palco, siguió hablando con la baronesa

y contestando a las preguntas que ésta le hacía sobre Ordóñez.

Iba a comenzar el acto cuarto, cuando la baronesa se levantó. Estaba muy

excitada por la conversación que había sostenido con el joven.

--¿Nos vamos ya, tía?--preguntó con extrañeza María.

--Sí, hijita. No me siento con fuerzas para ver ese acto, que siempre me

ha repugnado; y esta noche más aún. No quiero presenciar esa infernal

"conjura", en la que salen revueltos frailes y monjas con el puñal en la

mano. Detesto ese acto.

--¡Pero Fernandita!--exclamó escandalizado el académico--. ¡Si es lo

mejor de la obra!... Además, todos esperan en el gran dúo al tenor,

creyendo que en él hará prodigios. ¡Vamos, quédense ustedes!

--¡Que no! No quiero tragar bilis viendo tales impiedades en escena.

Niña, ponte el abrigo.

Y las dos mujeres salieron del teatro. El académico las acompañó hasta

el vestíbulo, y tía y sobrina subieron en su carruaje.

María se felicitaba de la resolución de la baronesa. Aquel dúo de amor,

con sus gritos de suprema pasión y su penosa despedida, le hubiese

causado mucho daño, y tal vez, haciendo estallar su comprimido llanto,

habría revelado el dolor que la dominaba por la marcha de su novio. Bien

había hecho la baronesa en retirarse.

Rodaba el elegante carruaje con dirección a la calle de Atocha, y las

dos mujeres guardaban el más absoluto silencio.

María iba ensimismada, hasta el punto de no darse cuenta exacta de en

dónde estaba. La voz de la baronesa le sacó de tal situación.

--Di, niña, ¿qué te ha parecido ese joven?

--¿Quién?--preguntó azorada la muchacha, que aún no había salido de la

sorpresa producida por tan repentina pregunta.

--¿Quién ha de ser, tonta? Paco Ordóñez, ese muchacho que nos ha

presentado el marqués.

María tardó en responder, y, por fin, dijo con indiferencia:

--Pues me ha parecido un hombre insignificante.

Y reclinándose otra vez en el fondo del coche, cerró los ojos y volvió a

entregarse de lleno a sus pensamientos, que le arrastraban lejos, muy

lejos, a la infinita cinta de hierro por donde, rugiendo y exhalando

bufidos de fuego, volaba el tren que le arrebataba a su novio.

VIII

Trato cerrado.

El hermano que desempeñaba junto al padre Tomás el cargo de doméstico de

confianza dijo al elegante joven que esperaba en la antecámara:

--Señor Ordóñez; el revendo padre dice que ya puede usted pasar.

Paco Ordóñez entró en el despacho del poderoso jesuíta con el mismo

aplomo que si estuviera en su propia casa.

Siempre que entraba allí, su ojo certero de inteligente en materias de

lujo y "confort" no podía menos de irritarse a la vista de aquellas

paredes polvorientas, con el papel rasgado en flotantes jirones, los

muebles viejos, construídos con arreglo a la moda de principios de

siglo, y aquellos innumerables armarios atestados de panzudas carpetas

verdes, que apenas si lograban contener tan inmensa cantidad de papeles.

Percibíase allí ese olor húmedo y pegajoso de sacristía que forma el

ambiente de todas las habitaciones cuyos balcones se abren muy de tarde

en tarde para dejar franco el paso al aire exterior.

Ordóñez, por el instintivo impulso de la costumbre, lanzó una mirada a

la larga fila de armarios que rozaba al pasar. Los estantes, arqueados

por un peso que soportaban tantos años, parecían próximos a romperse,

como si no pudieran sufrir por más tiempo la inmensa carga de papeles

rotulada y numerada.

--¡Diablo!--se dijo el joven--. Conozco bien lo que este archivo

significa. Aquí está, como en conserva, la conciencia de media

humanidad.

El padre Tomás, sentado a la gran mesa de roble, seguía escribiendo, sin

levantar la cabeza, como si no se hubiera apercibido de la presencia de

Ordóñez, y únicamente cuando éste, plantándose a pocos pasos de él,

obstruyó con su cuerpo la luz que caía sobre los papeles en que escribía

el jesuíta, sin salir de su mutismo, hizo un gesto como indicándole que

se sentara y esperase en silencio.

Transcurrieron algunos minutos sin que nada turbase la calma sepulcral

de aquel vasto edificio, en el que se adivinaba la existencia de una

omnipotente voluntad, que gobernaba sin trabas y era obedecida

automáticamente.

Por fin, el padre Tomás dejó de escribir, y, fijando su aguda mirada en

Ordóñez, que seguía contemplando con ojos burlones el aparato anticuado

y polvoriento de aquella gran sala, comenzó la conversación.

--¿Cómo va, pollo? ¿Qué tal es la situación que atravesamos?

--Mal, muy mal, reverendo padre; y de seguro que si usted no viene en mi

auxilio, como otras veces, y me salva del naufragio, soy hombre perdido

por completo. Por eso me he apresurado a venir a verle apenas recibí su

aviso, esperando que usted con ese talento y esa bondad que nadie como

yo le reconoce, sabrá salvarme.

La araña negra, t. 8/9 · 第 1 / 12 段