--¡Mía no; pero sí de mis hijos que han nacido aquí!
Hay pillos de estos para quienes es una mala noticia saber que un
trabajador extranjero ha abandonado el país, llevándose una fortuna.
_Alcachofa_, el ladrón más decidor que he conocido, decía siempre,
cuando lo llevábamos a la comisaría:
--¡Aquí me _tráin_[88], señor!... ¡siempre por lo mismo!..., _secuestro
de marengos_--parodiando el estilo de los partes policiales--¡a un
gringo que quería volar!
Y éste murió en su ley: lo mató una puñalada, tirada por uno que,
próximo a embarcarse, llevando unos ahorros, se encontró en un minuto
más pobre que Job.
El método de robo en que la inteligencia desempeña un papel más activo,
es la estafa.
El buen resultado para el ladrón depende de mil circunstancias que deben
estudiarse, tales como el carácter del individuo, candidato a robado,
sus tendencias, sus aficiones, sus amistades, su parentela, etc.
Todo debe ser tenido en cuenta, y no puede darse un paso sin
premeditación, bajó pena de perder el tiró.
Por eso los estafadores veneran el tiempo: teniéndolo, son capaces de
robar a un avaro.
Sus _trabajos_ son largos, pero seguros.
Rara vez emprenden ellos la tarea de estudiar el individuó a quien van a
hacer víctima de su habilidad: ese es trabajo del auxiliar, a quien
ellos llaman _changador de otarios_, y que permanece siempre en la
sombra, aun cuando lleva la parte más gorda de la empresa.
Este auxiliar es, por lo general, un almacenero, que es el confidente de
todos los artesanos y sirvientes de su barrió, un amigo desleal e
infamemente codicioso, un pequeño negociante con apariencias de
honorable, en fin, un individuó que a mansalva se informa de las
peculiaridades de cada semejante, y las vende luego a los que inventarán
el cuento apropiado para despojarlo, los que fabricarán la ganzúa que
les franqueará el acceso hasta la caja anhelada.
Jamás los estafadores dignos de fama malogran un esfuerzo: cuando se
determinan a dar su golpe, es ya sobre seguro.
El vulgo generalmente dice:
--¡Amigo, que todavía haya tontos que se claven con estas cosas!
Esta frase es hija de la ignorancia: no es que la víctima sea un tonto,
no es que haya visto el lazó que le tienden: es que las cosas se le
presentan con tal habilidad y con tal disimuló, que no hay previsión ni
desconfianza que valgan.
Un buen día se encuentran con un paisano y amigo--recién venido, a estar
a su declaración--que les habla de la familia ausente, de la carta
última que ha recibido, de las noticias en ella consignadas, relativas
al estado de ánimo y fortuna del pariente que está en América, y éste
cree a pie juntillas que quien le habla es efectivamente persona de su
pueblo, amigo de los suyos, uno de esos seres indiferentes, cuyo
recuerdo se ha borrado de la memoria con el transcurso del tiempo.
Y entabla la relación; establecida la confianza, pronto la empresa habrá
llegado a su término.
¿El individuó es desconfiado y avaro?
El cuento que se prepara halagará su pasión predominante, y será no para
que hable a su imaginación, sino a su juicio.
¿Es la víctima futura un imaginativo o un aventurero que quiere forzar
la suerte?
El cuento tendrá todos los caracteres necesarios para arrebatarlo.
El sargento Gómez y Regnier--mi maestro inolvidable más tarde, en los
días en que ya la fortuna comenzó a sonreírme y que me sirvió de guía
para penetrar en el bajó mundo social de Buenos Aires, cuyos misterios
haré desfilar ante la vista de mis lectores en cursó de estas
Memorias--me fueron enseñando poco a poco a distinguir los caracteres de
las cosas que como en un caleidoscopio pasaban ante mi vista.
El primero me contó algunas estafas en que él había intervenido como
empleado, en el tiempo viejo, que son, para aquella época lejana, obras
maestras de habilidad, que si bien no pueden compararse con las de la
época actual, que son verdaderas maravillas, dan ya una idea de lo que
es el estafador y de los recursos de que echa mano para conseguir sus
fines.