Era teniente cuando en la Piedad, allá por 18..., un asturiano llamado
José Cañete y Puertas, hombre ahorrativo y económico, amigo de las
monedas como un judío, y más deseoso de hacer fortuna que de llegar a
conquistar fama de santo y verse un día adorado en pintarrajeada efigie
por creyentes masculinos y femeninos.
A fuerza de guardar sus sueldos, limpiar las alcancías cuando podía y
desplegar toda su astucia para cazar propinas y estipendios, había
llegado a juntarse sus buenos cincuenta y cinco mil pesos de la antigua
moneda, los cuales, en billetes del Banco de la Provincia, dormían
tranquilos en el fondo del inmenso baúl que lo acompañaba desde su
tierra.
Cosa es que nunca pudo averiguarse cómo dos lunfardos llegaron a conocer
el tesoro de Cañete: el hecho es que se lo robaron de una manera
ingeniosa.
Una tarde, al toque de oraciones, llegó a la sacristía un individuo al
parecer italiano, cohibido, tímido, cortado, y le dijo que un amigo suyo
que estaba moribundo deseaba confesarse con él, que sabía era caritativo
y generoso.
--No puedo salir ahora.
--¡Pero señor!..., ¡el pobre Juan está enfermo!..., ¡mañana no hablará
más!..., ¡por caridad, vaya a verlo!
--¡No puedo y no puedo!...
--¡Le haremos cualquier demostración!... ¡Tenemos dinero!
--¿Dinero?..., ¿cuánto me dará?
--¡Doscientos pesos!
--Bueno... ¿dónde está la casa?
--Aquí cerca... calle Paraná número setenta.
Y el cura Cañete, próximo a tener un suplemento de doscientos pesos,
entró contoneándose al número 70 de la calle de Paraná, acompañado de
aquel cuya oratoria había vencido su voluntad.
El número 70 era un cuartujo de mala muerte. El cura, al penetrar, no
encontró sino un miserable catre en un rincón y en él, agonizante, un
hombre ya de edad.
Alumbraba la escena una luz mortecina, emanada de una vela colocada en
el cuello de una botella.
El moribundo, al entrar el sacerdote, levantó la cabeza toda reatada[89]
y la dejó caer pesadamente sobre la bolsa que le servía de almohada.
--¡No se mueva, hermano!...—dijo Cañete con voz que quiso hacer tierna,
y acercando a la cama del enfermo la única silla que había en el cuarto,
se sentó.
Su acompañante se paseaba cabizbajo a lo largo del muro más lejano del
grupo.
El cura Cañete comenzó a hablar como interrogando, luego acercó más su
silla al enfermo y volvió a escuchar lo que éste hablaba.
De repente se levantó y dirigiéndose al que había sido su acompañante,
le dijo con tono compungido:
--Da lástima, ¿eh?... Ya vuelvo; voy a buscar un crucifijo..., ¡es
necesario que ese pobre muera como buen cristiano que es!
Y salió.
El enfermero se acercó al enfermo y éste le dijo con cara alegre:
--¡Pisó el palito!.. _¡cái_ como un ángel!
Minutos después se sintió el taloneo del cura, que esta vez venía como
volando.
Volvió a acercarse al enfermo, habló algo con él y no tardó en dejarlo.
El enfermero lo salió acompañando, y lo acompañó hasta la misma esquina
de la iglesia: Cañete volvió varias veces la cabeza mientras atravesaba
el atrio y allí estaba el pobre italiano mirándolo y poniendo una cara
como de quien no puede aguantar el llanto.
Cañete siguió el largo pasadizo que, abriéndose sobre el atrio, conduce
a la sacristía, y no bien desapareció, el acompañante echó a correr
calle arriba.
Dos minutos después, el cura atravesaba el atrio con la sotana levantada
y llevando una bolsita en la mano.
Corrió hasta el número 70, y llamó: no obtuvo respuesta.
Siguió llamando apresurado, y al fin, a los golpes, vino el almacenero
de la esquina, quien al encontrarse con el cura se sorprendió, y más al
oírle decir:
--¿Dónde está el enfermo?
--¿Qué enfermo?
--El que vivía en este cuarto.
--¡Si este cuarto no está habitado todavía!... ¡Hoy me lo alquilaron
unos mozos, pero aun no han traído sino un catre!...
El cura no oyó más, y salió en dirección a la comisaría a dar cuenta de
que lo habían robado.
Se abrió la puerta y en el cuarto no se encontró sino un catre y un cabo
de vela.
Enfermo y enfermero se habían hecho humo.
Para engañar al pobre Cañete, los ladrones halagaron su pasión
dominante.
El enfermo le dijo que bajo la almohada guardaba cinco mil pesos en
oro,--que entonces tenía un premio de ciento veinticinco por
ciento[90]--y que quería dejarlos para misas, pero que deseaba dejarle
cincuenta mil pesos papel a su cuñada, que vivía en Flores, y era el
único pariente que tenía.
Cañete se ofreció para decir las misas.
El enfermo aceptó, pero agregó:
--Hay una dificultad. ¡El dinero de mi cuñada quiero que lo lleve mi
amigo que me ha ayudado tanto! Deseo darle algo a él, pero quisiera que
no supiese que dejo para misas... así, si usted pudiera cambiarme por
papeles, yo haría el reparto mañana... ¡No he de morir todavía!
Cañete vio un negocio espléndido en el cambio y trajo sus pesos a
pretexto del crucifijo, recibiendo por ellos una bolsita llena de...
balas achatadas.
Su amor a las monedas lo dejó en el mismo estado financiero en que llegó
al país: todo fue, pues, cuestión de comenzar de nuevo.
Jamás pudo dar la policía con los ingeniosos autores de este cuento.