Los que hacen el _scrucho_ o _cuentan el cuento_, son simplemente, en
buen romance, los estafadores, los más inteligentes, más astutos y de
más buen tono en el mundo lunfardo; son, como si dijéramos, su
aristocracia.
¡Y así son de odiados por sus congéneres los punguistas y los
escruchantes!
Éstos se llaman _batidores_--delatores--y cuidan de ocultarles sus
manejos lo más que pueden; pero todo es inútil: no escapan al ojo sagaz
del estafador que es un infatigable caminador, y que, como anda día y
noche por las calles en busca de _otarios_--víctimas--no deja de
conocerles las guaridas y los _trabajos_ en que andan ocupados. Se les
oye decir con mucha frecuencia:
--¡Vea!... ¡El _trabajo_ (robo) que hace un hombre, se conoce en el modo
de caminar!... ¡Si fuéramos de la policía, qué pesquisas de mi flor!
El estafador, como el punguista, nunca camina solo. Siempre lleva a la
distancia un compañero que le sirve para cualquier papel que sea
necesario desempeñar.
Sus útiles de trabajo son simples: consisten sólo en un diario doblado,
al cual le llaman el toco _mischo_--el montón pobre--o el _balurdo_, y
en algunos cobres.
No se tienen por ladrones, y siempre dicen:
--¡Nosotros lo que hacemos es embromar a quien nos tiene por zonzos! ¡A
los _otarios_ les contamos un cuento, les ofrecemos una ganancia enorme,
y _encandilados_, los clavamos[87]: eso es todo!... ¡No les hacemos
daño, no los golpeamos, ni asustamos!... ¡Si se clavan, nadie tiene la
culpa!