El punto de contacto es _el campana_, es decir, el que busca la casa o
el hombre fácil de robar, el que estudia el medio de efectuarlo, el que
está en relaciones con los que cambian lo robado por dinero: la
providencia en forma de hombre.
Bien considerado, estos _campanas_ son los verdaderos ladrones; los que
efectúan el robo son solamente sus instrumentos.
Jamás se comprometen en nada, y es difícil que la policía los descubra.
Adoptan todo el aire de gentes honradas, trabajan, tienen oficio,
profesión o industria conocida: son sirvientes, mozos de hotel,
changadores, comerciantes, rentistas y hasta pueden inspirar confianza y
ser honorables, mientras no haya posibilidad de tirar la piedra y
esconder la mano.
¡Cuántas veces están protestando honradez y tienen entre los dedos el
pedazo de masilla o cera con que al menor descuido, moldearán una llave!
¡Cuántas veces están jurando adhesión a sus patrones y ya tienen oculto
dentro de un mueble al amigo que va a dar el golpe! ¡Y luego son los más
empeñosos en llamar a la policía y darle cuenta del hecho, suministran
datos y noticias, sospechan que al ladrón lo han visto rondando la casa
y que es de este porte y del otro!
¡Cuántos de ellos han acompañado en sus investigaciones a un comisario y
lo han extraviado con sus mentiras, y cuántos también han sido
imprudentes y han ido a pagarlo en la Penitenciaría!
¡El _campana_ presta servicios a los ladrones, pero que digan éstos lo
que les cuesta: siempre se lleva él lo mejor del toco, o sea del monto
de lo atrapado!
¡Sus comisiones son algo de fabuloso!
Sin embargo, el negocio tiene sus contras. Veces hay que ha hecho
efectuar un robo valioso, y cuando va a retirar su parte se encuentra
con una puñalada o con que, sencillamente, le dicen que no sea zonzo, y
se le alzan con el santo y la limosna, acción que se llama _dar el
rostro_.
Al campana robado le queda aún como arma la delación y la usa como
venganza; si los ladrones son tomados, éstos no dejan de envolverlo en
sus declaraciones, y se hunde con ellos, y si no lo son, se ve libre y
queda aguardando una oportunidad de hacerles caer en las garras del
gallo policial: este es el origen verdadero de más de una pesquisa
curiosa que ha servido para bombo a algún inútil.
¡Venganzas _de campana_, o como quien dice, puñaladas por la espalda!
Y los ladrones saben lo que vale un buen _campana_. Una vez me dijo uno,
habiéndole yo preguntado que "a qué se dedicaba por ahora".
--¡Vea, señor, tengo un _campana_ que ni de oro..., y trabajo de
católico!
--¿De católico?
--Sí, señor...; es decir, ando con el asunto de las limosnas para el
hospital..., ¡y al que me cree lo ensarto!