EL ARTE ES SUBLIME

El punguista--como en lenguaje de ladrones se llaman los pick-pockets, o

sea, hablando en español, los limpiadores de bolsillos--es el más

artista de todos los ladrones, y mira con cierto desdén a sus

congéneres, a los cuales desprecia soberanamente..., tanto como puede

despreciarlos un hombre honrado.

Para él, robar un reloj, una cartera, un rollo de dinero o cualquier

otra cosa de valor que una persona pueda llevar sobre sí, no es un

delito, sino un trabajo de arte, una hazaña.

Es por eso que se le ve tan tranquilo, tan seguro de sí mismo, meterle a

cualquiera la mano en el bolsillo y sustraerle lo que guarda: su único

dolor es ser sentido por su víctima, o tomado _infraganti_ por la

policía a causa de su poca habilidad.

Esto lo desespera, pues le desbarranca su fama, ataca su crédito.

La gloria de un punguista es serlo y que nadie pueda probárselo: su

orgullo es poder decir en la policía:

--¡Busque, señor, en los libros!... ¡Yo no tengo ninguna condena!

¡Gracias a Dios, no soy ladrón!

Y luego, su frase la repite con aire modesto a cuanto individuo

investido de autoridad encuentra a mano, pegándole a modo de

coeficiente: "así le dije el otro día al señor don Fulano".

Tiene por teatro la calle y los parajes donde ocasional o habitualmente

hay aglomeración de gente.

Con frecuencia se le oye decir: yo trabajo en el Banco tal, en la

estación cual, en el papel sellado, en el correo, en el tramway, en el

cementerio, en la plaza, en el remate, dondequiera que haya codazos y

apretones.

Para el _trabajo_ jamás va solo: lleva dos o tres ayudantes, según la

necesidad.

Estos ayudantes, que son, por lo general, practicantes-asociados, tienen

por misión _formar la cadena_, es decir, estacionarse detrás del

artista, de tal modo que, efectuado el hurto, lo hurtado se encuentra a

salvo con la rapidez del rayo, pasando de mano en mano.

Si el golpe es desgraciado y el practicante no puede huir, deja caer lo

hurtado, lo echa en el bolsillo de cualquiera de los presentes, en fin,

se deshace como puede del cuerpo del delito, y trata de evitarse una

condena o ahorrarle un mal rato a su asociado.

Un comandante del ejército--cuento al caso--se hallaba una noche en su

casa, y al ir a sacar su pañuelo, rueda sobre la alfombra un magnífico

reloj de oro, con un monograma en la tapa. Lo recoge y se echa a cavilar

sobre cómo había venido a su poder.

--¡Y no daba en bola!

Al día siguiente lee en un diario una noticia que decía:

RELOJ ROBADO.--_Hallábase ayer en el remate de Constela el señor X. X., y

de repente notó que le sacaban su reloj, y que la mano que lo llevaba

pertenecía al vecino que tenía a la derecha_. _Lo hizo conducir a la

comisaría 2ª y resultó ser, el tal vecino, nada menos que Ángel Artirel

(a) Minga-Minga_. _El reloj no ha sido encontrado._

El comandante se dio un golpe en la frente, recordando que se había

hallado en lo de Constela durante el incidente; pero no atinaba a dar en

cómo el reloj había llegado a su bolsillo.

A que le esclareciesen el punto y a devolver la prenda fue a la

comisaría 2ª.

El comisario oyó toda la relación y luego le preguntó si recordaba qué

vecinos había tenido durante su estada en la casa de remates.

--¡No me fijé, señor!

--¡Pues bien, uno de ellos era cómplice del ladrón, y temiendo ser

descubierto ocultó en usted lo que podía comprometerlo!

El comandante ha jurado, desde entonces, usar sacos sin bolsillos.

Otro cuento, ya que en tal terreno he pisado.

Uno de estos practicantes fue sorprendido una vez con un reloj en la

mano, en momentos que iba a _pasarlo_, y no bien vio que lo habían

sorprendido, se echó a gritar:

--¿De quién es este reloj? ¿De quién es este reloj? No le valió la

artimaña, y fue preso. El juez tuvo que absolverlo, pues se encerró en

esta declaración:

--Yo encontré el reloj, señor, y lo levanté; no ha habido más. Tengo

malos antecedentes, es cierto, pero eso no hace al caso..., ¡el decir

adiós no es _dirse_![81]

¡Estos practicantes llegan a ser unos doctores que dan miedo, y no pasa

mucho tiempo sin que den vuelta y raya a su maestro!

_El punguista_, cuando _camina_, jamás lo hace llevando al lado a sus

compañeros.

Éstos marchan escalonados a retaguardia, a fin de poder, al menor asomo

de un empleado de policía que los descubra, hacerse entre sí los

perfectamente desconocidos.

Si suben a un tramway tratan de rodear a la persona que han elegido por

víctima, y allí son los empujones por el menor motivo, los codazos, los

pisotones, con el objeto de distraer al desgraciado candidato y

facilitar la obra del artista.

Éste está en acecho, espiando todas las oportunidades, y a la primera

que se presenta, ¡zas!, se apodera del objeto deseado, que desaparece

como por arte de magia.

Para dar el golpe, el _punguista_ tiene siempre sus dedos índice y medio

prontos para la acción, y los introduce en el bolsillo ajeno con una

suavidad incomparable.

Cuando es necesario interceptar la vista de alguien, ahí se encuentra el

practicante, que hará de nube, o si no el brazo que no va a operar y que

se baja o se levanta a la altura necesaria.

Hay punguistas que son muy hábiles en esta maniobra, que se llama

_esparo_, y que es reputada como uno de los escollos del arte.

Cuando dos o tres habilidosos se reúnen y se complementan, las joyas van

a ellos como el acero atraído por el imán.

Jamás se reúne con los que no son de su arte, a no ser cuando entra por

el aro del diablo, con tal de hacer plata.

De lo contrario evita compañías, y dice:

--¡Los amigos _cantan_ (descubren) y no sirven sino para hacerlo

_embrocar_ (conocer) a uno!

Cuando ya son muy conocidos en sus mañas, y no pueden trabajar, se

dedican a _schacar escabios_, es decir, a robar a borrachos.

Este es el atorrantismo, la vejez miserable del arte: son los arrestos

frecuentes, los días sin comida, las condenas por cincuenta centavos.

Sin embargo, un punguista podrá robar, jugar y poseer todos los vicios,

pero nunca se embriagará ni llevará vida de perro.

Mira el mundo a través de los placeres que no embrutecen, y vive lo

mejor que puede.

Un día dije a uno de ellos que hablaba conmigo, en el café de Cassoulet,

esquina Viamonte y Suipacha, un centro de pillos:

--¿Y tú no bebes?... ¡Pide un gin!

--¡Yo!... ¡Qué esperanza!... ¡El alcohol afloja la lengua y entorpece la

mano!

Memorias de un vigilante · 第 40 / 56 题