El complemento del pillo es la mujer.
¡Cómo saben educarla para el fin que la necesitan, con qué egoísmo
judaico explotan los tesoros de su cariño inagotable, cómo la
sugestionan y la envilecen, haciéndole perder, o ya el miedo para
acompañarlos en sus empresas tortuosas sino la noción elemental del bien
y del mal, llegando ellas, en su obsesión por el hombre que las
martiriza y las deprime, hasta a creerlo un dechado de virtudes, un
ejemplo de honorabilidad, una víctima desgraciada de las injusticias
sociales!
¡Cuántos poemas de ternura y de amor tienen por teatro diariamente los
calabozos!
¡He visto madres que no sólo abandonan las comodidades que un hijo
honorable puede proporcionarles, sino que hasta cubren de vergüenza su
nombre por disimular las bajezas de uno de estos canallas que ha rodado
al abismo y que les paga sus sacrificios imponiéndoles cada día otros
mayores!
He visto mujeres hambrientas, casi desnudas, vender, no ya su cuerpo si
algo valiera, sino lo más indispensable para su subsistencia, a fin de
llevar cigarrillos o bebidas a sus maridos que, cuando están fuera de la
cárcel, dilapidan con otras de mala vida el dinero que pueden atrapar, y
a ellas les compensan su abnegación con caricias que dejan sobre sus
cuerpos indelebles cicatrices que no se borran jamás.
¡Son las madres, son las mujeres, son esas pobres mártires que arrastran
su cruz a través del mundo--_las minas_, como ellos les llaman--las que
les sirven de escudo contra los golpes de la suerte!
Pueden abandonarlos sus amigos, sus cómplices, los empresarios, por
cuenta de quienes emprendieron _un trabajo_, pero ellas no les faltarán
y, sacando fuerza de flaqueza, removerán con sus débiles brazos el mundo
entero a fin de hacerles más llevadera su desgracia.
Ellas, las mártires de los días de luz, serán el rayo de sol de los días
de sombra.
¡Luego, tras de la fila de mártires, de las que son escudo simplemente,
viene la interminable de las que no son sólo escudo, sino también garra.
Son éstas las que forman la temible falange de espías, de correos, de
negociadoras de los robos, de ocultadoras y, luego, en los días negros,
las que servirán de agentes para corromper a la justicia, usando el
dinero, si el hombre que necesitan es afecto a él; halagando su lujuria,
su gula o cualquiera de los pecados capitales que prime en su espíritu;
amenazando su tranquilidad si es un timorato, o insinuándose
pérfidamente en su corazón, si es un alma fuerte y vigorosa!
¡Ellas podrán no saber leer ni escribir, podrán ignorar las sutilezas
del espíritu y aun hasta la existencia de la palabra psicología, pero
nadie las sobrepasará en el arte difícil de conocer una flaqueza humana
y de saber aprovechar y explotar su conocimiento!