ENTRE LA CUEVA

Buenos Aires encierra dos clases de pícaros: los naturales y los

extranjeros.

Los primeros son pocos, relativamente, y menos peligrosos que los

segundos, pues que, desde los primeros pasos, la policía los conoce y

les corta las alas, ya no dejándolos al aire sino mientras llevan una

vida honrada, que para ellos es la miseria, el hambre, la falta de

queridas y de goces, u obligándoles a emigrar.

Montevideo, el Brasil, Europa, Méjico y la América del Norte son su

salvación.

El ladrón argentino es, por lo general, astuto, audaz y emprendedor allí

donde no le conocen; sus uñas le dan réditos fabulosos.

De tiempo en tiempo se le ve regresar lleno de dinero, bien vestido, y

afectando maneras superiores a la clase en que nació; busca a quienes lo

recuerdan en la policía y les dice con toda franqueza:

--¡Vengo por una temporada a visitar a la familia! ¡Le prometo que no

haré ningún daño!... ¡Ya me he retirado de la _vida_!... ¡No me persiga

y ocúpeme en cualquier averiguación!

Y después se le encuentra en las casas de juego o de prostitución,

derrochando afanosamente el producto de sus _trabajos_ en el extranjero.

Cuando se ha agotado el bolsillo, se le ve desaparecer como llegó: sin

que nadie lo sienta.

Otros hay que, después de llevar una vida de continuo sobresalto, pues

un paso en la calle es para ellos una semana de arresto, se encierran en

sus guaridas, se aíslan de sus compañeros y, pasada una temporada, salen

transformados, pidiendo a la policía que no los persiga y declarando que

van a trabajar.

Parapetados detrás de un oficio o empleo cualquiera, se dedican al

juego, haciendo de él un instrumento de robo como cualquier otro.

Viven de los _otarios_, como llaman a las víctimas que caen entre sus

garras, ya por su esfuerzo o por el de los _changadores_ del oficio--el

gremio auxiliar más importante--que se las venden por un tanto de lo que

produzcan.

Cuando un mocetón empieza a andar en malos tratos, ya los del oficio, al

hablar de él, dicen: "jamás será nada" o "es un muchacho de esperanzas y

que irá lejos", según sea que tal pájaro haya salido bien o mal en sus

primeros revuelos. En el primer caso, no encuentra protectores y tiene

que hacerse carne de cañón, soldado de la gran falange, brazo ejecutor y

por lo tanto frecuentador de calabozos y abonado a la _tumba_ del

Departamento Central.[74]

Estos desgraciados, cuyas entradas a la policía alcanzan a veces a

centenares, son los que el vulgo toma por los más temibles, ignorando

que ellos son piezas insignificantes en una partida en que los jugadores

permanecen en la sombra. El ladrón hábil es aquel que sabe permanecer

más desconocido; el que ascendiendo en el gremio presta dinero para los

gastos preparatorios de un robo tal como un comerciante lo daría para

una operación honesta; el que dirige empresas; el que estudia un golpe y

lo combina y luego lo vende para que otro lo realice; en fin, el que

pesca... sin mojarse las manos.

En el segundo caso, asciende en la consideración del gremio y su tarea

se facilita con ventaja personal: se hace _changador de otarios_, es

decir, buscador de víctimas, empresario, director, prestamista,

consejero e intermediario entre los capitalistas y grandes dignatarios

de la orden y los pobres ejecutores que pagarán con el martirio de su

cuerpo cualquier contrariedad de la suerte.

El pillo criollo, en sus comienzos, se revela con facilidad al ojo menos

observador.

Le cuesta deshacerse de la cáscara del compadrito, origen común de todos

ellos, que son generalmente muchachos de la última clase, vendedores de

diarios ascendidos a carreros o sirvientes, y cuya educación e

ilustración son casi nulas.

Sin embargo, ellos aprenden a leer y escribir en los meses de reclusión,

y luego la emprenden con los libros de leyes, medicina y cualquier otra

ciencia útil para su arte de vivir de gorra[75].

He visto un ladrón que a fuerza de leer se ha hecho un leguleyo[76];

tiene toda la exterioridad de un hombre de educación esmerada, se

expresa correctamente y no deja traslucir en su trato que, diez años

atrás, era un compadrito que escupía por el colmillo y se quebraba[77]

hasta barrer el suelo con la oreja.

El pillo extranjero es el más abundante.

Éste ya viene aleccionado, por lo general, y no deja que se deduzcan

reglas para conocerlo.

Viste como un caballero, como un compadre o como un artesano, de esos

que recorren nuestras calles en las faenas de su oficio: adopta la forma

necesaria para cada una de sus empresas oscuras y malignas.

Se cambia de nombre cada vez que cae preso, y es obra de romanos

identificar su personalidad en cada caso, pues recurre a cuanta artimaña

puede sugerirle su imaginación a fin de ocultar su pasado, teniendo como

recurso invencible su poco conocimiento del idioma.

Para probarle un hecho no hay más remedio que tomarlo con la masa en la

mano; con él no valen nada la deducción ni la inducción, y se le queman

los libros al más listo.

Sin embargo, no es largo su jolgorio.

Después de un período de tres o cuatro meses de hazañas--si no ha

logrado salir de su mísera posición de instrumento--la policía, que no

le pierde ojo, lo pilla en un renuncio[78] y tiene que confesar su vida

y milagros, quedando en la categoría de criollo.

¡Se le acabaron sus privilegios de extranjero!

Memorias de un vigilante · 第 36 / 56 题