El fluido generador, como antes he dicho, ejerce en nosotros cierto
influjo cuando la edad adulta fortalece los órganos: entonces se
reparte por todo el cuerpo, se acumula en los nervios é irrita los
aparatos propios que determinan arranques pasionales de amor ansioso de
emociones tranquilizadoras. En los combates se lucha cuerpo á cuerpo,
salta la sangre de allí donde se dirige enconado golpe y el vencedor
tan cerca de la víctima se halla que puede sacar manchado su vestido.
Así, pues, el que recibe el dardo punzante de Venus, ya sea éste
lanzado por mancebo de afeminada apariencia, ya por mujer que provoque
amor con todo su porte, desea aproximarse á quien lo hiere para
colmarlo de halagos: de este modo se despierta la pasión, que no es
otra cosa más que el ansia de conseguir un goce apetecido: ese deseo,
llamado Venus, lleva también el nombre de amor, penetra gota á gota en
el corazón y nos inunda con suaves dulzuras y férvidos cuidados; pues
aun cuando esté ausente la persona á quien amemos los simulacros suyos
estarán con nosotros y llevaremos su grato nombre en los oídos.
Pero si los simulacros encienden en nosotros exagerada pasión, debemos
huir de ellos, separarnos de todo lo que favorezca su concentración, y
distraer nuestra inteligencia entre objetos varios: si una exclusiva
pasión nos produce cuidados y tormentos que pueden acortar nuestra
vida, porque obra como llaga que se amplía por momentos, ó como frenesí
que aumenta por grados, ó como enfermedad que se agrava incesantemente,
es necesario que se busquen nuevas emociones para apaciguar la
anterior, y en una prudente inconstancia hallar medios para dar al
sentimiento rumbo distinto.
No se priva de las dulzuras de Venus aquel que evita el amor; por lo
contrario, obtiene frutos sin pasar quebrantos; pueden los individuos
sanos alcanzar dichas completas, pero no aquellos miserables que tienen
la razón trastornada, fluctúan con frenético ardor, fijan sus ojos y
no distinguen, lastiman con sus manos crispadas y hacen daño con sus
labios convulsos: todas esas rabiosas manifestaciones son incompatibles
con el verdadero amor; pero Venus con delicias quebranta las penas
y ahuyenta las amarguras. Se espera equivocadamente que tenga poder
bastante para apagar la llama del amor el mismo ser que ha podido
encenderla; pero esa pretensión es contraria al orden natural: es el
amor un vivo afán que más se excita cuanto más se lisonjea. Cierto es
que las substancias alimenticias sólidas ó líquidas, al asimilarse á
nuestros órganos fácilmente matan la necesidad que de ellas tenemos;
pero un semblante agraciado y un color bello no dan de sí más que
simulacros tenuísimos que solamente producen una vaga esperanza con
facilidad desvanecida en el aire: como el sediento se esfuerza en beber
durante el sueño y no consigue extinguir la sed en que sus miembros
arden, porque los simulacros del agua no llegan á sus labios aunque el
necesitado se imagina que se halla dentro del agua, así Venus burla
con los simulacros á los apasionados que no pueden apagar su deseo
con la mera contemplación del objeto que aman; ni tampoco mediante el
movimiento de las manos que errantes vagan inciertas por el cuerpo
amado como si en él buscaran algo que los satisficiera.