Finalmente, ¿por qué el deseo de vivir nos abate con tantos males, y
por qué nos hacen temblar tan dudosos peligros? Ciertamente el fin de
la existencia, para todos los mortales, ha de llegar, y no es posible
evadirse de él ni evitarlo; hay que morir.
Sabemos además que aquí, donde siempre hemos residido, ningún completo
goce hemos de tener, aunque se prolongara nuestra existencia, porque
siempre nos ha de parecer mejor que lo presente aquello que no tenemos,
y después que lo hubiéramos conseguido con el mismo afán desearíamos
otra cosa; de este modo, siempre nos ha de abrasar la misma sed de
prolongar la vida, y nunca dispondremos de un solo instante en que deje
de preocuparnos la suerte futura y el destino que en lo por venir nos
aguarda.
Y, por último, no ha de pensarse que la duración de la eternidad sea
menor cuanto más vivamos; aunque lográsemos aumentar el número de los
días de nuestra existencia, y aunque pudiéramos vivir muchos siglos,
siempre nos esperará eterna muerte. Aquél que hoy mismo haya alcanzado
el término de su vida, no estará muerto menos tiempo que los que
sucumbieron hace ya muchos meses y muchos años.