Á ti ¡oh varón ilustre, gloria de las gentes griegas, primero que de
tenebrosa obscuridad supo extraer clara luz que iluminase los senderos
de la vida! á ti sigo. Sobre las huellas de tus pasos coloco mis piés,
no porque pretenda rivalizar contigo, sino porque deseo imitarte. ¿Cómo
podría la golondrina contender con el cisne, ó cómo débil cordero de
miembros trémulos podría disputar en la carrera con fogoso caballo? ¡Oh
genio creador de la ciencia! Tus sabias lecciones son para nosotros
rico patrimonio, y en tus discursos, lo mismo que en el floreciente
prado la abeja liba miel de color de rosa, nosotros tomamos áureos
conceptos, áureos y dignos de ser repetidos eternamente. Bastó que
tu razón clamara que el orden universal no era obra de inteligencia
divina, para que se disiparan los terrores del ánimo y el Mundo
quedara abierto á nuestra investigación: vemos el Todo formarse en el
vacío, y se nos aparece el poder de los dioses en sede neutral jamás
sacudida por los vientos ni rociada por nubes tempestuosas, ni violada
por los copos de nieve que penetrante frío condensa, pero rodeada
siempre del límpido éter lleno de sonriente luz difundida á largas
distancias. La Naturaleza todo lo da hecho á los dioses; éstos no
sienten alterada en ningún tiempo y con motivo alguno la paz del ánimo:
por lo contrario, nunca ven los antros aquerusios, y pueden siempre
observar, sin que bajo sus piés les estorbe el suelo, todas las escenas
que se ejecutan en el vacío. Ante esas consideraciones experimento
divino placer y cierto asombro, porque, merced á tus investigaciones,
están para nosotros de manifiesto los arcanos todos y toda la obra de
la Naturaleza.