Fingen también que la tendencia hacia el centro no es propia de todos
los cuerpos, sino de aquellos especialmente compuestos de tierra ó
de agua, tales como los ríos que se despeñan desde altos montes para
confundirse en el vasto Océano, ó como la sólida porción del mundo; por
lo contrario, las tenues auras y los cálidos vapores siempre tienden
á separarse del centro, y si vemos que la bóveda celeste de fulgores
brilla y que su claridad nos alumbra, es porque en ella se reunen
elementos que por ser ligeros de la tierra escapan, aunque desde allí
contribuyen á la nutrición de los seres animados y á la fructificación
frondosa de los árboles. Así también suponen que por encima de las
estrellas existe un firmamento que todo lo rodea, el cual, mediante
eficaz presión ejercida sobre nuestro mundo, evita que salga del
centro fuego celeste que franquee los términos de la mansión humana;
impide que todo sea invadido por completo desorden; que el cielo caiga
sobre nuestras cabezas y la tierra se abra debajo de nuestros piés;
que nuestros cadáveres, destrozados y envueltos entre las ruinas del
cielo y de la tierra, se confundan en profundo caos; que los elementos
primarios queden sin energía, y rotas las puertas de la disolución, se
precipiten por ellas en turba amontonada todos los seres, y de cuanto
existe no quede más que universal desierto.