IV

Iba á salir don José, cuando una figura singular interceptó la

puerta. Él y los dos muchachos se asustaron, porque la persona que

entraba, si no era alma del otro mundo, lo parecía. Iluminada de

frente por la luz de la cocina, brillaba su rostro de barnizada

muñeca; eran sus ojos como cuentas de vidrio, y su delgado cuerpo

rígido, con la blanca falda y el negro mantón, tenía fúnebres

apariencias.

--¿En dónde está mi sobrino?--preguntó sin dirigirse á ninguno.--Me

llevaron un recado diciendo que está gravísimo. ¿Se le puede ver?...

Y sin esperar respuesta, dando algunos pasos hacia dentro, prosiguió

así:

--¿Y la dueña de este palacio, dónde está? ¿No hay escobas aquí? Está

esa escalera que da asco. Pues las paredes de la sala, también tienen

que ver.

--Señora--le dijo Arias, ofreciéndole una de las dos sillas,--tenga

usted la bondad de sentarse...

--Gracias... Estoy horripilada... No puedo ver tanta suciedad.

Entró Cirila en aquel momento.

--¿Es usted, señora--le dijo doña Isabel pasando sus vidriosas

miradas por las cenefas de papel que adornaban los vasares,--la dueña

de este palacio?...

--¿Palacio?... Señora, por fuerza está usted tocada.

--Y dígame usted... ¿no hay por aquí escoba, ni estropajo, ni

jabón?... Diga usted, grandísima puerca, ¿no le da vergüenza de que

la gente entre aquí, y vea esta falta de pulcritud?

Atónita un momento Cirila, no sabía qué contestar... Las

circunstancias no eran propicias á una discusión sobre el uso

del estropajo. Venía del cuarto del enfermo, que estaba muy

malito... Quizá faltaban pocos minutos para la conclusión de sus

padecimientos...

--Señora--balbució Cirila,--ocúpese usted de su sobrino... que

está... ¡pobrecito! en las últimas...

--Tengo mucho horror á esta enfermedad. ¿En dónde está mi ángel?...

Le veré un momento... ¡Infeliz niño!... Estoy furiosa con el desaseo

de esta casa. ¡Qué inmundicia! Esto es el alcázar de la grosería.

Vean ustedes cómo me figuro yo que ha de ser el Infierno: un lugar

infinitamente privado de agua.

Poleró entró muy alarmado, diciendo:

--No conviene que la señora pase en este momento...

Ruiz entró en el cuarto. El pobre Miquis, acometido de un fuerte

paroxismo, parecía que agonizaba. Felipe no se movía de su lado.

--No hay nada que hacer--observó Cienfuegos sollozando.--¿Á qué

martirizarle, si no se ha de conseguir nada?

Entre tanto, Poleró y Cirila entretenían á la señora. La criada de

ésta, que la acompañaba, había entrado también en la cocina; mas

tampoco quería sentarse...

--Grande horror tengo de esa enfermedad--volvió á decir la

Godoy;--pero yo quiero verle... ¡Oh! si asearan la casa, si lavaran

esto, si limpiaran tanto polvo, y tanta mugre, y tanta basura, el

pobre angelito sanaría.

Querían detenerla; pero salió al pasillo y acercóse á la puerta de

la sala. Allí se detuvo aterrada, vacilante entre el deseo de entrar

y el temor ó escrúpulo que sentía del contacto del enfermo. Poleró

acudió junto á ella, temiendo que se desmayara... Desde la puerta

miró la tiíta el lastimoso cuadro, y todo su amor no fué bastante á

vencer su repugnancia. En la mano derecha tenía un finísimo pañuelo

que se llevaba á los ojos para secar sus lágrimas.

--Hace años y años que no lloro--dijo á Poleró.--Esto que ahora veo

me desmenuza el corazón... y no es mi corazón de carne, es de hierro

que late. Los desengaños me lo endurecieron; pero el dolor se quedó

dentro...

Y en la mano izquierda tenía otro pañuelo mojado en vinagre que

acercaba á la nariz...

--Si no fuera por esta precaución, me infestaría, ¿no es verdad,

caballero?... No puedo ver lo que veo... ¡Pobre Alejandro, pobre niño

mío, pobre ángel de mis entrañas!...

Lágrimas y vinagre se confundían en su rostro.

--Retírese usted, señora,--indicó Arias.

--Pase usted aquí... al salón de embajadores,--dijo Poleró, no

queriendo destruir la idea de palacio que tan encajada estaba en la

mente de la Godoy.

--¡Oh!, sí... me retiro... Que Dios le sane pronto y le vuelva la

robustez y la alegría. Ya sabía yo que pasaría esto. Lo supe hace

tiempo. Yo lo sé todo.

Ruiz, cuando volvió á la cocina, se acercó á ella y con gravedad

insufrible le dijo:

--Señora, en ausencia de la familia, yo me atreví á disponer que

nuestro pobre amigo recibiera los consuelos de la Fe... Mi opinión,

no obstante, no tuvo apoyo en los demás señores aquí presentes, y yo,

no queriendo tampoco insistir en ello, por no ser de la familia, me

lavé las manos...

--¿Se lavó usted las manos?--dijo la tiíta reparando en las

extremidades del astrónomo.--Pues no se conoce. Las tiene usted que

parecen manos de gañán. ¡Jesús! ¿no le da vergüenza de enseñar esas

uñas?... ¡Ay! ¡qué horror! Se me revuelve el estómago. ¿Y se atreverá

usted á dar esa mano á una señora?... Quiten para allá. Todos son

unos bigardos... ¡Qué chicos los de hoy! No se les puede mirar, ni

sentir, ni tocar... ¡Qué manazas, qué greñas sin peinar, qué barbas

de chivo! Quiten para allá...

Á cada frase aplicaba á su nariz el pañuelo de vinagre... El de las

lágrimas se lo había metido en el bolsillo.

--¿Por qué no se sienta usted, señora?

--Estoy bien...--replicó recogiéndose el vestido para no rozarse con

ningún mueble ni objeto de los que en la pieza había.--No me siento,

no. Sabe Dios lo que habrá en esas sillas... Habrá aquí poblaciones...

--Si la señora quiere pasar á mi casa--manifestó don José Ido con

urbanidad,--allí encontrará un asiento más cómodo. Tenemos una

butaca...

--Buena estará también... ¡Ay, qué palacios éstos!... Hay salones que

parecen cocinas inmundas... Prefiero mi choza... ¿Es usted el médico

que asiste á mi sobrino?

--No, señora--replicó Ido del Sagrario con un registro de voz

que parecía el aleteo de una mosca.--Soy profesor de Instrucción

primaria, con título y...

--Porque si fuera usted el médico, le diría que puede estar

tranquilo. Alejandrito no se morirá: yo lo sé, yo lo he visto...

Alejandrito no tiene más que un fuerte mal de amores: así lo dicen

las _acepciones de amor_, _desvío_, _mudanza_, _mujer morena_... Con

que no se aflijan, señores: lo digo yo, que he nacido en Jueves Santo.

Mirábanse Poleró y Arias aguantando la risa, y á pesar del dolor que

les embargaba, casi no podían contenerla.

--Pero siéntese usted, señora...

--Que no me siento... Y si pudiera no tocar el suelo con mis pies...

Es muy tarde: Teresa y yo no tenemos costumbre de andar de noche por

esas calles. Nos retiramos.

--Uno de nosotros la acompañará á usted.

--¡Oh!... no... gracias. No se molesten... Cuiden bien al pobrecito

enfermo, y denme aviso mañana de su mejoría... Aseo, aseo, agua y

jabón es lo que hace aquí falta.

En aquel mismo momento, cuando ya la Godoy estaba casi en la puerta

de la cocina para marcharse, oyóse en el pasillo rumor de agitado

coloquio. Dos mujeres disputaban en voz baja: la una era Cirila, la

otra su hermana. La primera, que había salido con una luz para buscar

algo en uno de los cuartos obscuros, decía: «No entres: está muy

mal. Estos señores no permiten... Más vale que te vayas.» Federico

Ruiz, desde que oyera estos cuchicheos, vió llegada la coyuntura

más bonita para el acto de ejemplaridad que anhelaba realizar.

Por fin, gracias á él, los buenos principios iban á tener cumplida

satisfacción en aquella casa; por fin, la malicia y la impureza

sufrirían rudo escarmiento en la más solemne de las ocasiones. Salió

prontamente, y encarándose con la Tal, echóle de buenas á primeras

esta indirecta:

--Óigame, señora: haga usted el favor de salir de aquí. En nombre de

la familia, yo...

--¡Eh!--dijo Poleró,--no hacer ruido. Ruiz, no se acalore usted: le

tengo más miedo á su celo que á un cañón Krupp.

Del estrecho pasillo de la casa salieron todos al larguísimo y no muy

ancho que era ingreso común de los diversos cuartos. Allí la claridad

competía con las tinieblas; pero Cirila, que también salió, ganosa

de aplacar á don Federico, llevaba la luz y alumbraba las figuras

movibles y agitadas, cuyas sombras se extendían á lo largo de las

paredes y salían hasta la escalera.

--No se puede tolerar--dijo Ruiz, con acento de calorosa

honradez,--que en estos momentos críticos, en este trance aflictivo,

venga usted á escarnecer con su presencia...

--Señor de Ruiz--observó Cirila incomodándose, pero sin atreverse á

alzar la voz,--es mi hermana; y esta casa...

--No hay casa que valga, no hay hermana que valga...--clamó el

astrónomo poniéndose furioso, ó simulando el enojo por el gusto que

tenía de darse importancia.--Si usted me levanta el gallo, ahora

mismo llamo una pareja. Y esta señora se va á la calle. Pronto...

¿Pues qué? ¿después que ha sido la causa de la perdición de nuestro

desgraciado amigo, ha de venir á turbar la paz de sus últimos

momentos, y á insultarnos á todos...?

--No alborotar, no hacer ruido--volvió á decir Poleró, creyendo que

la expulsión se debía verificar con menos bambolla...--Está con la

moralidad como chiquillo con zapatos nuevos.

Pero Ruiz, que se pirraba por el aparato escénico, siguió perorando

de esta suerte:

--¡Representamos á la familia... y en nombre de la familia... en

nombre de lo más sagrado...!

¡Con qué énfasis señalaba su dedo la escalera! La Tal no dijo una

palabra. Dirigióle una mirada que lo mismo era de enojo que de burla.

Pero no se movía; no parecía dispuesta á obedecer.

--Para evitar cuestiones--gruñó Cirila, empujando suavemente á su

hermana,--más vale que...

En esto llegó doña Isabel. Su sombra pasó por encima de las sombras

de los demás. Paróse, miró á todos uno por uno, después á la Tal...

La admiración túvola suspensa un instante, y sus ojos de muñeca de

porcelana y vidrio no se hartaban de contemplar la otra muñeca, de

carne y hermosura, torneada con gallardía, y barnizada de expresión

melancólica.

--Esta señora--dijo Ruiz,--es la perdición de nuestro amigo...

¡Preséntase aquí en estos críticos momentos! Ó ella, ó nosotros...

Con espontaneidad, que resultaba muy donosa, se escaparon de los

labios de la Godoy estas palabras:

--María Santísima, ¡qué mujer tan guapa!

Tomando la luz de manos de Cirila, acercóla al hermoso rostro de

la mujer de vida libre, el cual, iluminado, resplandeció como sol

de belleza dentro de aquel círculo de semblantes vulgares. Desdén

y burla, contenida pena y amargura echaba de sus fulmíneos ojos la

Tal. De sus labios, ni una sola sílaba... Dejando la luz, doña Isabel

lanzó un gran suspiro. Siguió observando.

--¡Gracias á Dios que veo aquí una persona limpia...! Y eso que las

manos no están muy lavadas que digamos... Usted es de las que no

cuidan más que el palmito...

Bruscamente tomó un tono como de alborozo infantil para exclamar:

--Princesa... no me le dejes morir.

Absortos los presentes, no observaron que sus ojos brillaban como

esmeraldas sobre rieles de plata. La Tal seguía muda; mas la

expresión de su cara variaba... Casi, casi sonreía.

--La señora es de la familia--dijo Cirila señalando á la Godoy y

mirando á Ruiz,--y ya ve usted cómo no hace esos aspavientos.

--Pero la señora--objetó Ruiz,--se ha escapado de un manicomio.

Doña Isabel, perdido ya hasta el último asomo de claro discurso, dió

tres vueltas sobre sí misma, y en cada una tocaba el brazo de la Tal,

repitiendo:

--No le dejes morir, no le dejes morir.

Aterrado de aquella escena, Arias tomó la mano de la señora para

encaminarla á la escalera. La criada quiso también llevársela...

Adiós, Isabel Godoy; adiós, pitonisa, burladora del tiempo, émula

de la eternidad, cuyos senos mides, cuyos secretos exploras; virgen

madre de todos los desatinos; maga, sibila, vestal, momia llena de

gracia, archivo de la superstición y sacerdotisa del estropajo.

Llévante unos demonios inocentes, infantiles, muy limpios, parecidos

á los ángeles, como te pareces tú á una pura ninfa de los tiempos que

no volverán.

Al poner el primer pie en el peldaño de la angosta escalera,

acompañada de Arias, le dijo al oído, en el tono vulgar de una

observación corriente:

--Al pobrecito enfermo le sentará bien la presencia de tan hermosa

medicina. Los ojos matan, ¡ay! los ojos también curan... y

resucitan. Que la vea... Se pondrá bueno al instante: lo sé, lo

leo bien claro en las _acepciones de reconciliación, cariño mutuo,

castidad_.

Bajaba precedida de su sombra, que iba reconociendo los escalones,

por si no estaban seguros... Desapareció en la espiral tenebrosa como

si se la tragara la tierra.

En el pasillo largo continuaba la escena, cuyos actores eran: Ruiz

en el foro de los principios morales; la Tal en el de la pasiva

resistencia á los dichos principios; Poleró en segundo término,

murmurando:

--No hay cosa más cargante que un moralista que no sabe dónde pone el

púlpito.

--Ya, ya se está usted marchando de aquí--decía Ruiz.--No tengo que

añadir una palabra más.

Y ella no hacía más que retorcer las puntas de su pañuelo, y

estirarlo luego y volverlo á torcer. Cuando el moralista alzaba mucho

la voz, los ojos de ella fulguraban desprecio y cólera. Después,

cansada de enredar con el pañuelo, se puso una punta de él en la

boca, y tirando fuerte se aplastaba el labio inferior, mostrando sus

blancos dientes y sus encías rojas.

--Más vale que te vayas--le dijo Cirila.--Así no tendremos cuestiones.

--¡Que traigo una pareja!

--Sosiéguese usted, hombre de Dios.

--¡Que la traigo!...

La Tal tiraba tan fuerte de su pañuelo, que sacó de él una tira con

los dientes. Sólo con mirar á Ruiz, sin proferir una palabra, sabe

Dios las perrerías que le dijo:

--Vaya, vaya--dijo Poleró empujándola con suavidad y llevándola

consigo.--Ahora no puede usted verle... Acábese esto de una vez.

Cirila se retiró, dejando la luz á Ruiz. Cienfuegos alejóse también.

La inflexible figura del astrónomo permaneció en medio del pasillo,

con la luz en una mano, señalando con la otra la salida y término

de aquel luengo conducto. Era la estatua de la moral pública

alumbrando el mundo, y expulsando al vicio del cenáculo de las

buenas costumbres. La consabida le echó unas tan atroces rociadas de

desprecio, todo con el mirar, nada con la palabra, que casi, casi

hicieron conmover en su firme asiento á la iracunda estatua, y se fué

despacio, con irrisorios alardes de dignidad. Daba pataditas, y en la

escalera marcaba los peldaños con cadencia insolente... Abur, espanto

de las edades, viruela de los corazones, epidemia social, brújula

del Infierno, carril de perdición, vaso de deshonra, rosa mustia,

torre de vanidades, hijastra de Eva, tempestad de males, hidra

corruptorísima. Carguen contigo los diablos feos y llévente, con tu

séquito y corte de pecados, á donde no te volvamos á ver.

V

Á las diez, Alejandro, dando un suspiro, pareció que salía de

aquel espasmo congojoso. Cienfuegos y Felipe no se movían de su

lado. Poleró y Arias, que entraban y salían de puntillas, en la

sala callaban atentos, en la cocina se comunicaban sus tristes

impresiones; y Ruiz, satisfecho de sus rasgos de carácter, sintiendo

la gloriosa fatiga del que ha trabajado enormemente por la Humanidad,

se echó á dormir en el camastro situado en uno de los cuartos

obscuros. Cirila había ido á buscar cháchara á la puerta de la

casa de Resplandor. Don José Ido, instalado en la cocina, esperaba

las órdenes que se le quisieran dar, como salir en busca de los

Santos Óleos ó de algún heróico remedio. Rosita se dejaba ver por

allí alguna vez, soñolienta, deseando que la mandaran traer algo,

ó prestar cualquier servicio. «Hija, ¿por qué no te acuestas?» le

decía su padre. La infeliz no perdía ocasión de entrar en el cuarto

del moribundo y coger con disimulo cortezas de pan, de las que

había sobre la mesa, para comérselas y llevar algo á sus hermanos,

acostados ya, pero despiertos, los tres juntos en un desvencijado

catre.

Al despertar Alejandro de su pesado sopor, asombróse de ver á Felipe,

y le dijo:

--¡Oh!... Flip... Ahora que te veo, comprendo que todo ha sido

sueño... Creía estar en mi casa... Me pareció que ví entrar aquí á mi

madre, y que me cuidaba... ¿De veras no ha estado aquí mi madre?

--¡Qué cosas se le ocurren! ¿Y para qué ha de venir su mamá si

nosotros nos vamos á ir para allá la semana que entra?

--Dices bien... Pero yo, aun despierto, juraría que la ví entrar con

su vestido de rayas blancas y negras. También juraría que andaba

por aquí mi hermanillo Augusto enredando con un palo largo y un

carretoncillo.

--Era Rosita Ido, que entra, como los pájaros, á buscar migas de pan.

--Dale todo lo que haya. Dinero no nos hace falta. Mi madre ha

mandado mucho. ¿Sabes que me encuentro ahora muy bien? ¡Respiro

con facilidad y me dan ganas de conversación!... Puede que podamos

largarnos dentro de dos ó tres días. Á ver, probaré á levantarme.

Cógeme por aquí... Y tú, Cienfuegos, por este otro lado. ¡Arriba,

guapo!

Entre los dos le levantaron, dió dos pasos, y al instante volvió á

caer en el sillón.

--Perfectamente. Aunque no puedo moverme, reconozco que estoy ágil,

relativamente... Y no me duelen las piernas cuando las estiro, ni los

brazos... Esta tarde he padecido horriblemente. Deseaba morirme, ¡qué

disparate! y decía para mí que siendo la vida un suplicio, la muerte

es la convalecencia de la vida, y que morir es sanar. ¿Qué te parece,

Cienfuegos?

--Que no pienses en eso. Pronto estarás hecho un roble. Duérmete

ahora.

--¡Si no tengo sueño, hombre de Dios!--replicó el enfermo, respirando

con cierto desahogo, y pronunciando claramente las palabras una á

una.--¿Sabes lo que haría yo ahora de buena gana? Pues me pondría á

escribir. Siento cierta frescura en el entendimiento. Esta tarde, en

aquel padecer horrible, estaba viendo clarita, verso por verso, toda

una escena de _El Condenado por confiado_.

--La escribirás en la Mancha. ¿Tienes sed?

--Ni pizca... ¡Ah! sí. Felipe, dame agua... ¿Con que lo he soñado, ó

es cierto que viene mi madre á buscarme?

--Es cierto que viene--manifestó Cienfuegos.--Ya te dije que la

espero mañana.

Cienfuegos y Poleró habían puesto un parte á la familia, y esperaban

que alguien viniese. Pero al enfermo no habían dicho nada de esto por

no alarmarle.

--¿Pusísteis telegrama?

--No, hombre. ¿Á qué venía eso, si tú no tienes gravedad?

Los amigos habían recibido el día anterior una carta de don Pedro

Miquis, en la cual decía que él ó su señora irían á Madrid, en caso

de recibir aviso telegráfico de la importancia del mal.

--¿De modo que tú crees que vendrá mi madre?...

--Mañana la tendrás aquí.

El gozo que esto le produjo le animó extraordinariamente.

--Ó me engaño mucho, ó sólo con verla entrar creo que me restableceré

por completo.

--Como si lo viera... Procura serenarte ahora, y duerme. Voy á ver si

se han dormido esos chavales y á echar un cigarro con ellos si están

despiertos. (_Sale Cienfuegos._)

--Aristóteles.

--Señor...

--¿Estás aquí? No te veo bien.

--Si estoy aquí...--dijo Centeno, acariciándole las manos, que tenía

entre las suyas.

--¿Hay luz en el cuarto?

--Sí.

--Me pareció que estaba esto muy obscuro. Pues lo que es mis ojos

bien claro ven. Á tí te distingo como un bulto. ¿Sabes una cosa...?

--¿Qué?--preguntó Centeno con ansiedad, notando en la voz de su amo y

en su manera de decir un sentimiento y dulzura inexplicables.

--Que me han entrado fuertes deseos de...

--¿De qué?

--Te vas á reir,--murmuró Alejandro riendo á su vez; pero su

jovialidad era triste como flor nacida en grietas de sepulcro.

--No, no me río.

--Pues me han entrado ganas de darte un apretado abrazo... Yo no

puedo, porque tengo los brazos como si fueran de algodón. ¡Cosa más

particular!... Dámelo tú á mí.

Tan aturdido estaba Felipe, que no acertó á satisfacer el deseo de

su amo. Fué preciso que éste repitiera su mandato para que el Doctor

se pusiese en pie, y acercándose á Miquis todo lo más que podía, le

estrechara en sus brazos.

--No, no aprietes tanto, que me ahogas... así. Ya ves qué antojos me

entran. ¿Qué dices á esto?

Aristóteles no podía decir nada. Invisible mano le estrangulaba.

Retiróse un instante para disimular su pena y sofocarla.

--¿Qué haces, Felipe? ¿Lloras?

--No, señor--replicó el otro con risa convulsiva:--es que me he dado

un golpe en este codo.

--Ven acá; no te separes de mí...

--Aquí estoy.

--Pero te pones á diez leguas... Más cerca... ¡Qué alegría me da

cuando pienso que vamos á estar juntos en el Toboso!... Mañana llega

mi madre, y cuando te conozca, me dirá que de dónde he sacado esta

alhaja... Toda tu vida me la tienes que consagrar y estar siempre

conmigo, hasta que los dos nos caigamos de viejos.

--Eso sí.

--Otras veces, cuando he estado tan malo, he pensado qué sería de tí

si yo muriera; ahora que estoy mejorando á pasos de gigante, pienso

que los dos hemos de llegar á viejos... Con todo, me parece que

hace tiempo que no te he visto, ó que voy á estar mucho tiempo sin

verte... no sé por qué. Se me antoja ahora... mira tú qué tontería...

se me antoja que vamos á separarnos.

--¡Vaya un desatino!... ¡qué bro...mitas!

--Chico, es que esta noche estoy lleno de manías. ¿Sabes la que me ha

entrado ahora? Pues verás. Como mi madre llega mañana y trae dinero,

no necesito del que tengo ahora. Se me ha ocurrido darle una parte

á Cienfuegos, otra á don José Ido, y lo demás á esa pobre Cirila...

¿Qué opinas?

El reparto de capitales no le parecía bien á Felipe; mas en la

situación de congoja en que estaba no quiso contradecir á su amo.

--Me parece muy bien.

--Llámate á Cienfuegos. ¡El pobre...! Quiero darle una sorpresa.

Verás qué alegre se pone.

Felipe salió. Deseaba estar un momento fuera para dar expansión á la

pena que le ahogaba. Cuando se presentó en la cocina con un puño en

cada ojo, los amigos, alarmadísimos, sospecharon un mal suceso.

--Que vaya usted, señor de Cienfuegos,--fué lo único que dijo Felipe.

Y él se quedó allí, llorando con gran desconsuelo. Don José Ido no

estaba presente; pero sí Rosita, la cual creyó muy del caso consolar

á su amigo con las frases propias de la ocasión, entremezcladas de

suspiritos:

--Hijo, es preciso conformarnos con la voluntad de Dios. ¡Ay, Jesús,

qué mundo éste!... No hay más que penas.

El Doctor se limpió las lágrimas, y serenándose un tanto habló así

con su amiga:

--Chiquilla, ¿por qué no vas á acostarte? ¿Qué haces tú por aquí á

esta hora?

--Puede ofrecerse algo... ya ves... Hasta que papá no se acueste...

Vaya un escándalo que hubo esta noche, ¿lo oíste? cuando vino la

señora aquélla, loca... Dicen que esa señora lava la sal antes

de echarla en el puchero... ¿Pues y la _chubasca_?... ¡Lo que te

perdiste! Ella no se quería marchar; pero tanto le dijo el señor de

Ruiz... ¡Ay! hijo, el señor Ruiz es como un predicador. Dice mamá

que para obispo no tiene precio. Ahora está durmiendo. ¿No oyes sus

ronquidos?... Pues la Tal salió hecha un veneno. Yo subía la escalera

cuando ella iba para abajo. En cada descanso se paraba y volvía los

ojos para arriba. Daba miedo verla. El señorito Poleró bajó con

ella, y el señorito Arias también. Los dos se reían y le decían

cosas... «Mujer, no te enfades... no hagas caso de ese farsante de

Ruiz...» El señorito Poleró la pellizcaba. ¡Qué pillos!... ¿eh? y

ella tan seriota...

--Rosa--dijo don José, presentándose de improviso en la puerta de la

cocina,--acuéstate al momento. Es muy tarde.

Notó Felipe en su amigo una exaltación, un extraño júbilo, que hacía,

sobre su apenado semblante, efecto parecido al de los fuegos fatuos.

Sus mechones bermejos parece que tendían á engalanarle el rostro como

guirnalda de triunfo.

--¿No sabes lo que ocurre?--dijo á Felipe mostrando en la palma de

la mano dos monedas de oro.--Pues verás: me llama ese bendito don

Alejandro... Entro, hijo, y me da estos doblones... Dice que no le

hacen falta; que tiene el mayor gusto en atender á mis necesidades.

Francamente, naturalmente, yo lo agradezco mucho, yo estoy

conmovido... ese joven es un santo... pero si mañana hiciera falta

este dinero para el entierro...

Diciendo esto, guardaba las monedas.

--Si quieres completar el rasgo de generosidad de tu noble

amo--añadió retrocediendo,--amigo Felipe, liberal joven, digno

Panza de aquel bravo don Quijote, ¿por qué no me das uno de los dos

panecillos que tienes allí? Creo que no te harán falta. Tu amo está

rico. Estos pobres niños no quieren dormirse por la gran necesidad

que tienen...

Centeno le dió sin vacilar lo que deseaba. Partió el pendolista un

pedazo para darlo á su hija, y el resto destinólo á los chicos, no

sin coger para sí un bocado que se comió con muchísima gana.

--Yo no me acuesto esta noche. Pienso que he de hacer falta. Y

además, ¿para qué dormir? ¿para soñar que soy director de un colegio

y luego despertar lleno de desconsuelo y amarguras? Mejor es velar,

velar...

Poleró entró en la cocina diciendo:

--Parece mentira... Está despejadísimo; pero cree Cienfuegos que

durará pocas horas... Felipe, te llama.

Cuando Centeno entró, su amo callaba. De pronto murmuró estas

palabras:

--Que me dejen solo con Felipe.

Arias salió; pero Cienfuegos quedóse oculto tras el sillón.

--Aristóteles...

--Aquí estoy.

--Ponte más cerca.

Felipe hizo reclinatorio de las rodillas de su amo.

--Así... Ahora siento una languidez, un sueño... No me duele nada.

Parece que me voy á dormir, y que estaré durmiendo días y días. Ya

es tiempo, porque estoy fatigadísimo con tanta mala noche como he

pasado. Un encargo te voy á hacer. ¿Lo cumplirás?

--Pues ya...

--Cuidado, Felipe, cómo te descuidas... Si me duermo esta noche,

y mañana sigo durmiendo con ese sueño pesado, con ese sueño

profundísimo que siento venir, ¿entiendes?... en cuanto llegue mi

madre, me despiertas. Me llamas, y si no te respondo, me sacudes el

cuerpo bien sacudido...

--Descuide usted,--dijo Felipe con el corazón traspasado.

--En tí confío, Aristóteles... y así podré dormirme tranquilo...

Aunque si mi madre llega, creo que el corazón, saltando, me

despertará por muy dormido que esté.

Dejó caer los párpados... Murmullo lento y hondo salía de sus

entreabiertos labios. Cienfuegos se adelantó para observarle de

cerca. Como el desmemoriado que retrocede, se agitó Alejandro, abrió

los ojos...

--Aristo...

--Señor.

--Hace tiempo que pensaba preguntarte una cosa, y esta maldita

memoria mía... Se me escapan las ideas... Dime si en estos últimos

días ha venido á verme...

Felipe, comprendiendo al instante, creyó oportuno consolarle en

aquella ocasión...

--Ya lo creo que ha venido, sí, señor... Sólo que no hemos querido

dejar entrar á nadie... Como estaba usted durmiendo...

--Ha venido...--balbució Miquis, y en aquel mismo instante apareció

tan descompuesto su rostro, que Cienfuegos y Felipe se espantaron.

Era otro, era un muerto.

--Sí, señor--dijo Felipe, hablando junto al oído de su amo;--ha

venido... siempre tan... cariñosa... Llorando por no poder verle, y

diciendo que...

--Cállate,--dijo bruscamente Cienfuegos.

Pasó un rato. De repente oyóse otra vez:

--Aristo...

--Señor...

--Duermo... ¡qué sueño!... Despiértame mañana, que quiero hacer una

cosa...

--¿Qué?

--Quemar _El Grande Osuna_...--murmuró Alejandro con visible

esfuerzo, que parecía un tanto doloroso.--Es detestable... Es feo y

repugnante como mi enfermedad. Todo lo que contiene resulta vulgar al

lado de la excelsa hermosura artística que ahora veo, al lado de esta

creación de las creaciones, que titulo _El Condenado por confiado_...

Es la salud, es el vivir sin dolor... Aquí veo otra figura, otra

belleza suprema... Á su lado aquélla es fealdad, impureza...

podredumbre... consunción...

--¡Quemar _El Osuna_!... no, señor... ¡qué dirá la señorita

Carniola..!

Miquis, ya con los ojos cerrados, hizo contracciones de disgusto.

Creeríase que tragaba una cosa muy amarga, muy amarga... Más que

habladas, fueron estertorizadas estas palabras:

--La aborrezco...

Felipe le observaba... Cienfuegos le puso la mano en la frente...

Momento de terror... Inmenso sueño aquél.

--Se ha dormido,--murmuró Felipe atónito.

--¡Qué muerte tan dulce!--dijo Cienfuegos.

El Doctor Centeno (Tomo II) · 第 33 / 41 题