III

Aquel día no tuvo Alejandro un instante de sosiego. Tan pronto

le acometía el prurito de verbosidad, tan pronto el desmayo. Si

dolorosa era la crisis, no lo era menos la sedación de ella. Por

la tarde, Moreno anunció que la noche sería funesta. Grandísimo,

cortante y brusco fué el dolor de Felipe, cuando Poleró y Arias, que

estaban en la cocina, le dijeron, cerca ya del anochecer:

--¿Á ver, Doctor, qué vas á hacer ahora? Porque esta noche, hijo, nos

quedamos sin tu amo.

La garganta se le apretó y no pudo dar contestación. Ni llorar

tampoco podía, porque, á su juicio, la obligación de trabajar y

atender á todo en aquellas tremendas horas, le cerraba la salida de

las lágrimas.

Tenía la casa dos aposentos grandes: la sala en que estaba Miquis,

y la cocina, donde se reunían los amigos cuando no acompañaban al

enfermo. En esta sala, ornamentada de fogón y fregadero, con espejos

de hollín y tapicerías de mugre, eran recibidos los visitantes, y

allí se hablaba del paciente, de su probable muerte y de todo lo que

es propio en tales circunstancias. Había dos habitaciones pequeñas y

obscuras, en una de las cuales sólo entraba Cirila, y la otra estaba

llena de baúles y trastos.

Ruiz fué de los más asiduos en acompañar y atender al manchego.

Estuvo todo aquel día, y después de una breve ausencia para comer,

volvió decidido á quedarse toda la noche.

--Me parece que hago falta--decía con petulancia,--porque esta casa

es un _pandemonium_. Aquí no hay quien tenga iniciativa. Los momentos

son preciosos, y alguien ha de representar á la familia. Nuestro

amigo Poleró y usted, Arias, no se atreven á nada, y es urgente tomar

ciertas determinaciones. Grave es la cosa, y por mi parte no quiero

responsabilidades. Se diría mañana que por nuestra culpa no murió

este buen amigo como católico cristiano; y si ustedes insisten en

que no se le hable sobre el particular, yo me lavo las manos, yo me

retiro...

Aquel hombre indolente se crecía y transformaba desde que le atacaba

la oficiosidad, y la oficiosidad aparecía infaliblemente con las

ocasiones de hacer un papel de hombre serio y atareado. Así, era de

ver cómo su pereza se trocaba en actividad, cómo entraba y salía,

dando proporciones gigantescas á su trabajo, buscando dificultades,

haciéndose el hombre necesario, el hombre de acción y de recursos. Á

cada momento se le veía entrar en la cocina, y encarándose con Poleró

ó con Arias, les espetaba una proposición como ésta:

--Á ver qué se determina. Yo me admiro de verles á ustedes tan

tranquilos... señores. En estas circunstancias se conocen los amigos.

¡Hay tanto á que atender...! Sin ir más lejos, creo que será preciso

hacer suscripción para el entierro. Á ver, ¿qué se decide, qué se

resuelve? Están ustedes ahí con las manos cruzadas...

Y en otra ocasión vino con este mensaje:

--Lo primero que hay que hacer aquí es restablecer el imperio de

la moralidad. ¿Qué casa es ésta? Nuestro pobre amigo no supo dónde

se metía. Es necesario que alguien represente á la familia: yo la

representaré si ustedes no quieren ó no saben hacerlo. Por de pronto,

estoy decidido á impedir que entre aquí esa mujer, esa cuyo nombre no

sé, ni quiero saberlo... ¡Porque sería un escándalo, una profanación,

un sacrilegio...! Como tenga la osadía de venir, yo seré quien salga

á la defensa de los principios morales; sí, señores, yo seré quien la

ponga en la puerta...

Arias disimulaba el enojo que las ínfulas de este señor y sus

oficiosas pretensiones de mando le causaban. Poleró decía:

--No hay que precipitarse. Calma, amigo Ruiz. Le vamos á poner á

usted _Don Urgente_, si sigue atosigándonos de ese modo... Quizás

Alejandro salga de esta noche. Ahora parece que está mejor.

--Sí, buena mejoría nos dé Dios... Eso es: esténse ustedes con esa

calma. ¿Y qué se hace en la cuestión de Sacramentos?... Señores, yo

tengo creencias y no puedo consentir que un amigo se muera como los

animales. Y también Alejandro tiene creencias. Es poeta, y basta.

No quiero que la familia me pida cuentas mañana... Con que decidamos

ahora mismo quién le dice al infeliz el estado en que se halla y la

urgencia de atender á su alma.

--Yo no se lo digo.

--Ni yo...

--Pues yo se lo diré--afirmó Ruiz con énfasis.--No son ustedes

hombres para casos de seriedad. Siempre con bromitas... No, señores:

hay que hacer frente á las circunstancias, y saber colocarse á la

altura de las circunstancias, y acometer las circunstancias... Voy á

hablar con Miquis.

Éste permanecía en el sillón. Don José Ido le daba aire con un grande

abanico, y Felipe, sentado cerca, le miraba y hacía por distraerle.

Las facultades mentales de Alejandro subsistían perfectamente claras,

y aun si se quiere sutilizadas, recibiendo su fuerza final del

recogimiento de toda la vida en el cerebro.

--¿Qué tal te encuentras?--le dijo Federico acariciándole la barba.

--Ahora, bien--replicó el tobosino con cierta facilidad de

respiración y palabra que antes no había tenido.--¿Qué hora es?

--Las ocho.

--¡Qué días tan largos! Encended luz. Ya es de noche. ¡Qué obscuro

está el cuarto! Felipe, abre toda la ventana. Mira, Ruiz: ya

empiezan á verse tus estrellas. El cielo católico enciende las luces

de su santoral nocturno. Lámparas infinitas alumbran á la piedad y á

la ciencia. ¿Qué santos son aquéllos, según tu sistema?

--Por allí veo el _Escorpión_. Aquella hermosa estrella es la llamada

_Antarés_, que para mí es Santo Domingo de Guzmán. La constelación

correspondiente á este mes es el _Toro_, San Marcos, porque el

sol entra en sus dominios, y en ellos está _Aldebarán_, San Juan

Bautista, que se celebra el 24 de este mes...

--¿Y estamos á...?

--Á 18... Te encuentro muy bien esta noche.

--Sí--dijo el paciente con animación.--Respiro sin trabajo. Se me

figura que de esta vez la mejoría va de veras. Ya es tiempo. Hay

conciencia física, como decía el bendito don Jesús Delgado, y la mía

me está dando avisos de salud... Esta noche me dijo Moreno que ya la

semana que entra podré marcharme. El ordinario me ha dicho que está

hermosísimo el campo en la Mancha, por lo mucho que ha llovido...

¡Qué ganas tengo de verlo!...

--Estás mejor; pero por lo mismo que estás mejor, ¿me entiendes?

debes ocuparte, debes pensar... No quiere esto decir que haya

peligro... Los hombres deben hallarse siempre preparados para todo lo

que pueda venir. Tú eres persona seria y de creencias; así es que...

Poleró, que desde la puerta oía esto, adelantóse prontamente,

diciendo:

--Ruiz, que le llaman á usted...

_Don Urgente_ salió.

--Este pobre Ruiz--observó Miquis con penetración admirable,--porque

me ve un poco malo, me quiere poner en paz con Dios... ¡Ya se ve...

él es tan religioso!... Respeto sus ideas y sus temores, nacidos

de una conciencia recta y noble. En ello prueba lo mucho que me

quiere... ¡Y qué talento tiene! ¿No es verdad, Arias? ¿Viste su

comedia? Es preciosísima... Lástima que no se dedique al Teatro.

Ahora le da por la filosofía de Santo Tomás... Querido don José,

estará usted cansado. Dé usted el abanico á Felipe. La verdad es que

cada vez parece que hay menos aire, y más calor.

En la cocina, Poleró y Ruiz sostenían agria contienda, á la que

también aportó sus razones Cienfuegos, que acababa de llegar,

poniéndose de parte del catalán.

--No te metas en eso--le dijo el aprendiz de médico.--El pobrecito

está tranquilo y lleno de ilusiones. ¡Si él se ha de ir al Limbo,

allá con los Santos Inocentes!...

--Se me está usted pareciendo á Montes, que todo lo ve _bajo un

prisma_,--decía Poleró.

--Ante esa singular manera de juzgar los asuntos de

conciencia--manifestó el astrónomo con cierta pompa,--yo me lavo las

manos. La responsabilidad, la gravísima responsabilidad, es de usted,

no mía.

Y un tanto atufado salió al pasillo, volvió á meterse en la cocina

y se puso á leer. ¿Qué leía? El cuaderno del tercer acto, que había

tomado de la mesa de Alejandro. Á ratos iba por allí don José Ido,

á ratos Arias, conforme se relevaban de la guarda y compañía del

moribundo.

--¿Qué tal está ahora, amigo Arias?

--Lo mismo... Se ha desvanecido un momento, y parece que duerme.

--Yo no pienso acostarme en toda la noche, porque sabe Dios lo que se

podrá ofrecer.

--¿Qué lee usted?

--Un acto de _El Grande Osuna_. Ya lo conocía; pero veo que hay

modificaciones.

--Yo intentaré descabezar un sueño--murmuró Arias, tendiéndose en

un catre de tijera que Cirila había puesto en aquel estrambótico

departamento.--¡Hace un calor!...

--Indudablemente este pobre Miquis valía--declaró Ruiz, dejando

la lectura con aires de indulgencia crítica.--No lo digo por este

drama, que, á la verdad, me gusta poco. Es un ensayo infantil, una

inocentada. Esto no pasa; esto no tiene atadero. Figúrese usted que

la verdad histórica anda aquí á la greña con el plan dramático. El

pobre Alejandro se quitó de cuentos, y haciendo de su capa un sayo,

permitióse levantar testimonios á la verdad. Sin ir más lejos, el

pensamiento ambicioso que se atribuye al Duque de Osuna de levantarse

con el reino de Italia, no es hecho histórico probado. Se cree que

fué más bien conjeturas y recelos del Gobierno de Madrid; envidiosa

trama del Duque de Uceda para hundir al Virrey. En cambio, de lo

que es un hecho positivo, la terrible conjuración contra Venecia,

urdida por el Marqués de Bedmar, con ayuda de Osuna y de don Pedro de

Toledo, Gobernador de Milán, no saca ningún partido Miquis. Verdad

que la cosa no es dramática, y que los misteriosos proyectos de

Osuna lo son. Pero, lo repito, no hay pruebas, y el drama histórico

no debe ser una calumnia en verso. Además, ¿de dónde saca este niño

que Osuna quisiera unificar la Italia y hacer un grande reino, como

el que mucho después soñó Cavour, contra los fueros de las dinastías

reinantes y de la Iglesia? Osuna, si alguna idea tuvo de ser Rey,

fué contando sólo con la soberanía de Nápoles y Sicilia. Pero este

pobre soñador le supone propósitos de derrocar á Venecia y hacerla

suya, de someter á Florencia, de barrer los Estados pequeños, y,

por último (y esto es ridículo), de quitar al Papa su reino. ¿Qué

le parece á usted? El Duque, para este niño, es un precursor de

Víctor Manuel y un émulo de Garibaldi. Resulta de todo un dramón

progresista y populachero que no hay quien lo aguante. Y si esto se

representara, que no se representará, el público tiraría las butacas

al escenario... La versificación tiene algunos trozos bonitos; pero

hay hinchazón, culteranismo. El plan y desarrollo son abominables:

no creo que hay un adefesio mayor. Sin ir más lejos, fíjese usted en

la catástrofe, que es un hatajo de absurdos. El teatro parece una

carnicería, y el apuntador se salva por milagro. Luego, no resulta de

aquí la menor idea de moralidad... Aquí los buenos reciben el palo,

y los malos triunfan y se quedan tan frescos... en fin, horrores,

disparates, cosas de chiquillos...

Don José Ido, que presente estaba, sentía violentas ganas de alzar la

voz protestando contra tal crítica; pero no se atrevió á hacerlo, por

ser hombre en quien la timidez podía más que todas las fuerzas del

alma. En su interior se dijo y se repitió, con verdadero fervor, que

aquel Aristarco no estaba en lo cierto, y que el drama era magnífico,

sorprendente, excepcional. Prueba de ello eran las lágrimas que,

oyéndolo leer, habían vertido Nicanora y las vecinas, y la emoción

grandísima que él había sentido.

El Doctor Centeno (Tomo II) · 第 32 / 41 题