La escena representa el interior de un coche de alquiler. En
el fondo, _Aristóteles_ y _don José Ido_ ocupan el asiento
principal; á izquierda y derecha, cerradas portezuelas con
ventanillas, cuyas cortinas verdes agita el aire. Veterano
corcel tira con trabajo de la escena, á la cual preceden otros
cinco vehículos de igual aspecto mísero, con sus cortinillas,
su dormilón cochero y su caballo claudicante. La fila marcha
perezosa, por calles y caminos, siguiendo á otro armatoste poco
agradable de ver, cosa negra y desapacible, sobrecargada de
tristeza y duelo.
IDO.--(_Acariciando él hombro de su amigo._) Pues esto no tiene
ya remedio, amigo Felipe, bueno es que te vayas conformando con
la voluntad de Dios, y pongas ya término á tus lágrimas, ayes y
suspiros. Empiezas á vivir; tienes mucho mundo por delante; estás
en edad en que los duelos pasan pronto, sin dejar huella. No
quieras hacerte superior á tus años prolongando tu dolor más de lo
que corresponde, y desmintiendo tu niñez florida. Ánimo, hijo, y
considera que estos trances aflictivos son los mejores maestros que
podrías desear para instruirte en el gobierno de tí mismo y en todo
el saber de la vida. (_Sintiéndose inspirado._) Considera que esto
es para tí ventajoso, pues entras en los combates del vivir, no
desnudo y sin armas, cual entran los más, sino ya vestido con cota
de dolor y resguardado tras el durísimo broquel de la experiencia; y
francamente, naturalmente... yo, en tu lugar, me alegraría de haber
visto lo que has visto, de haber pasado lo que pasaste... No seas
tonto: encontrarás ahora colocación mejor y amos generosos que te
protejan...
ARISTÓTELES.--(_Dando un gran suspiro._) No encontraré otro amo como
el que se me ha muerto, señor don José... Hombre de mejores entrañas
no creo haya nacido. Era tan bueno, tan bueno, que no hacía más que
disparates. Yo no sé qué pensar... Si los buenos son así...
IDO.--(_Con agudeza filosófica._) Es que, según dice un libro que leí
anoche, no debemos ser buenos, buenos, buenos, sino buenos á secas,
con algo que tire á lo mediano, y cierto ten con ten de bondad y
picardía.
ARISTO.--Yo creo que si mi amo no hubiera sido tan... tan... Poleró
le llamaba el _goloso de las damas_, y Arias decía que había hecho
voto de... de lo contrario de castidad... Pues creo que si mi amo no
hubiera tenido esta falta, habría sido santo... ¿No lo cree usted...?
IDO.--(_Con penetración, que es forzoso atribuir á que algún espíritu
le sopla lo que dice, ó á que se ha encarnado en él, por milagroso
modo, la misma sabiduría._) Todos, todos los humanos, si no fuéramos
lo que somos, seríamos santos; es decir, que si no tuviéramos
esta maldita carne mortal, por la cual somos hombres, seríamos
ángeles... Estamos encarnados en nuestras flaquezas, y de ellas
recibimos nuestro ser visible. Por esto se dice: «somos fragilidad
y podredumbre.» De ellas se derivan todos nuestros males, y ellas
mismas son penitencia á la par que son pecados.
ARISTO.--Bien lo ha pagado él, ¡pobrecito! La suerte que se consolaba
con sus dramas y con las cosas bonitas que estaba siempre sacando
de su cabeza. Decía Sánchez de Guevara que mi amo era un _hombre en
verso_, y yo creo lo mismo. Todo en él era verso, todo música. Mi amo
sonaba, sí, sonaba como las panderetas.
IDO.--(_Grave, solemne, emulando á Confucio y á los profetas._) Mal
terrible es ser _hombre-poema_ en esta edad prosáica. El mundo
elimina y echa de sí á los que no le sirven. Nada es tan funesto como
la vocación de ruiseñor en una familia de castores.
ARISTO.--Ya, ya pagó bien mi amo su falta. El verso no le valió
de nada más que de consuelo y distracción. No tuvo un solo día de
tranquilidad... siempre pobre... Perdió la salud y la vida. ¡Maldita
tisis! Yo me consumía la sangre, viendo que todo el dinero que tenía
se lo arrebataban... Entre las dos Tales le pelaron: la una se
llevaba todo el dinero; la otra toda la ropa...
IDO.--(_Enternecido._) Sí, sí: triste cosa es que á un joven de tales
prendas, hijo de padres ricos, hubiera que amortajarle con ropa de
los amigos. Y no lo digo por vanagloriarme de la parte que tuve en
esta obra de caridad, pues sólo dí la corbata negra, que no vale un
ochavo, y aún me quedó esta otra cinta obscura y algo deshilachada
que me puse, para venir dignamente al entierro.
ARISTO.--(_Afligidísimo._) ¡Ay! usted no sabe, don José, lo que pasó.
Si se lo cuento, se horrorizará, porque ello es tan infame que parece
mentira. Pero es verdad, es verdad, como Dios que nos está mirando.
IDO.--(_Desperezándose._) Cuenta, hombre, cuenta esos horrores, que
francamente, naturalmente, este viaje es harto pesado, y con el
fuerte calor no sabe uno cómo ponerse, ni á dónde echar piernas y
brazos, ni de qué modo entretener el tiempo.
ARISTO.--Pues ya sabe usted que le pusimos el pantalón negro del
señorito Cienfuegos, las botas de Alberique, que me dió doña Virginia
y que le venían tan grandes, el chaleco de Arias y la levita de
Cienfuegos. Esta prenda era la única decente; las demás no valían
nada... Pues oiga usted. Anoche me estuve toda la noche velándole, y
nada pasó; pero esta mañana, cuando salí á llevar los recados á los
amigos para que vinieran al entierro... esa sinvergüenza, esa Cirila
de mil demonios, más mala que la langosta, y más ladrona que el
robar, esa Iscariota, esa judía, esa loba con cara de mujer...
IDO.--(_Aterrado._) ¿Qué hizo? Me parece que lo adivino. ¡Esa hembra
sin entrañas, esa mujer sin hijos, esa madre del robo, ese monstruo
rapaz, profanó el cuerpo de tu amo, desnudándole de alguna prenda
valiosa...!
ARISTO.--(_Llorando con rabia._) Le quitó la levita. Cuando entré y
lo ví, me dió una cosa, señor don José, me corrió un fuego por todo
el cuerpo... Volé á la cocina; allí estaba fingiendo sentimiento...
Me fuí derecho á ella, y le dije todo lo que había callado en tanto
tiempo... yo estaba como un león. No sentía más que no ser hombre
para dejarla seca allí mismo. Me la hubiera comido á bocados...
Ella agarró una escoba y las tenazas de la cocina. Si no me coge
Resplandor por la cintura y me sujeta, hay allí la del Dos de Mayo.
Todavía me dura el sofoco... Me la ha de pagar... No se la perdono,
no se la perdono.
IDO.--(_Con apacible serenidad y con unción que no parece suya, sino
de los espíritus de santos ó filósofos que andan por dentro de su
cuerpo._) Modérate, ¡oh, Felipe! y templa tus excesivos arrebatos,
impropios de estas fúnebres circunstancias. Elévate por cima de
las miserias humanas, y considera que esa indigna mujer tendrá el
castigo en su propia conciencia. Dios se encargará de ella. Déjala
tú... El hombre no es buen justiciero del hombre. Además, nunca
menos que en esta ocasión ha necesitado tu bendito amo del abrigo
y confortamiento de una levita. ¿No nos dice la Religión que el
cuerpo es polvo y ceniza? El polvo, digo yo, ¿para qué necesita del
auxilio de los sastres? Cierto que el acto... llamémosle acto... de
esa mujer, es una horrible profanación; pero esto que acompañamos no
es más que un despojo miserable que vamos á entregar con solemnidad
convencional á la tierra. No le quitará Cirila á tu amo su glorioso
vestido de inmortalidad, ni el espíritu excelso de Miquis padecerá
de frío en las regiones invisibles, intangibles é inmensurables. Y
sin traspasar con el pensamiento las fronteras que de tu amo nos
separan, podrás hallar consuelo considerando que la rapacidad de una
vil patrona no despojará á tu amo de la gloria mundana que envolverá
su nombre, cuando sea conocido ese portento literario, ese drama de
los dramas...
ARISTO.--(_Con hondísima pena._) Esa es otra... ¡señor don José de mi
alma!... ¡Usted no sabe!...
IDO.--¿Qué?... No cuentas hoy más que desdichas... Apenas abres la
boca, ya tiemblo.
ARISTO.--Pues tiemble usted todo lo que quiera... pero sepa que el
drama ya no existe. Esta mañana, cuando fuí á casa de Resplandor
en busca de un poco de agua para lavarme, ví que doña Ángela (¡mal
demonio se la chupe!) tenía el acto primero, y le estaba arrancando
las hojas para hacer papillotes con que sujetar los rizos de las
niñas... Al ver esto me volé. Ella dijo: «pues tonto, ¿para qué sirve
esto? Los chicos lo han traído. Yo no sabía lo que era...» Recogí
algunas hojas. Después ví que Ruiz se llevaba otro acto. El tercero
le sirvió á Cirila para encender la lumbre. Con el quinto hacían
pajaritas los muchachos. El cuarto lo pude salvar y lo guardaré toda
mi vida...
IDO.--(_Meditando._) ¡Gran desastre es que obra tan supina haya caído
en manos de gente indocta! Yo que tú, procuraría restaurar toda la
obra, recordando algunos pasajes y añadiendo de mi cosecha lo que se
me hubiera ido de la memoria.
ARISTO.--(_Prontamente._) Usted es bobo... por fuerza... ¡Qué cosas
se le ocurren!
IDO.--Siento de veras la pérdida de ese precioso manuscrito... ¡Obra
más hermosa...! Si se representara, daría mucho dinero... Y no me has
dicho una cosa que deseaba saber. ¿Cómo se han arreglado para los
gastos del entierro?
ARISTO.--Como saben que don Pedro Miquis ha de mandar lo necesario,
echaron un guante entre todos para anticipar la cantidad. Poleró
dió ocho duros, Arias cinco, Cienfuegos devolvió la cantidad que
mi amo le había dado, menos treinta y dos reales. Doña Virginia
también dió algo, y Ruiz ni una mota, porque dice que tuvo que pagar
una cuenta. Ese es de lo más farsante que hay. No sirve más que
para dar órdenes, meterse en todo y hacer pamemas. Estaba durmiendo
cuando el señorito espiró. Al entrar en el cuarto, no hacía más que
lamentarse de que no se le hubiera avisado. Echó una voz muy hueca y
dijo: «Señores, el romanticismo ha muerto.» Y luego: «¿Qué hacemos,
pero qué hacemos?...» Yo no sabía lo que me pasaba. No quería creer
que don Alejandro estaba muerto, porque un momento antes me había
dicho cosas... Se murió en mitad de un suspiro, con medio sollozo
dentro y medio fuera. El alma se le salió sin darle ni una chispa
de padecer... Se quedó tan sereno, que parecía que estaba durmiendo
y soñando las cosas bonitas que él sabía soñar... Cienfuegos, que
no tiene más falta que ser tramposo, lloraba como un chiquillo; le
abrazaba y le besaba la mano... Yo también...
IDO.--Sosiégate... no llores, repitiendo la escena luctuosa. Tu edad
juvenil es propicia al olvido, y la energía reparatriz derramará
pronto en tu ánimo su bálsamo consolador.
ARISTO.--(_Cortando la relación con suspiros._) Poleró también
lloraba, porque es buen chico, y Arias, pálido y muy triste, decía:
«Yo no sirvo para esto.» Se quitaba y se ponía los lentes sin parar.
Mirando á mi amo, echaba suspiros. Ruiz era el que no dejaba de
hablar, y siempre á gritos. Salía al pasillo, diciendo á todo el
que pasaba: «Ya espiró, ¡pobre amigo!» Y luego entraba otra vez,
y cruzándose de brazos decía: «Pero ¿qué hacemos? ¿Están ustedes
lelos ó qué...? Hay que determinar algo.» ¡Cansado hombre, qué ruido
hacía para nada!... Después se quejó de que don Alejandro se hubiera
muerto sin religión, y dale otra vez con aquello de «yo me lavo las
manos, yo no tuve la culpa...» Un rato larguísimo estuvieron tratando
del parte que habían de poner á la familia... si lo pondrían así
ó asado. Por fin salió el parte y yo fuí al telégrafo. Ruiz bajó
por la mañana á la estación por si llegaba doña Piedad... pues...
para prepararla, y enterarla poquito á poquito de la defunción del
hijo. Pero doña Piedad no vino. Como al Toboso no va telégrafo,
creen que el parte puesto ayer al Quintanar no se habrá recibido
hasta hoy... Después que se arregló lo del telégrafo, empezaron á
ocuparse de cómo le vestían. Yo buscaba ropa... nada; revuelvo todo
y... nada. ¡Aquella ladrona, aquella Caifasa...! ¡Ay! don José, yo
tengo envenenada la sangre... Por fin le vestimos, como usted sabe
mejor que nadie, porque me ayudó en ello... Los señoritos, reunidos
en la cocina, hicieron cuentas de lo que costaba el entierro, y luego
echaron un guante... y con el dinero que sobró, compró Cienfuegos una
corbata negra. Los coches los pagan ellos también á escote, para lo
cual pidieron á todos los amigos, y éste una peseta, aquél dos, se
juntó la cantidad. En el primer coche va Ruiz con un señor manchego
que conoce á la familia. Don Federico preside, porque si le quitan el
presidir y el ponerse delante de todos, creo que le da un soponcio...
Á mí no me querían llevar... Yo hubiera ido á pie... pero el señorito
Arias fué el primero que dijo: «Felipe no puede faltar.» Total: seis
coches y catorce personas.
IDO.--(_Patéticamente._) ¡Tales desengaños encierran los designios
de los hombres! El que estaba designado á ser fanal de gloria, muere
obscuro; el que parecía llamado á conmover y entusiasmar á las
muchedumbres, es conducido á su última morada en pobre convoy sin más
compañía que la de unos cuantos amigos. (_Mostrándose tan inspirado
que sin duda no es él, sino Salomón, el que habla._) ¿De qué valen
las glorias humanas? ¡Ay! humo son y polvo de los caminos. Para
combatir la aflicción, seamos buenos y echemos de nuestros corazones
la vanidad. La memoria del justo será bendita; mas el nombre de los
impíos se pudrirá... Ten confianza en Dios, Felipe, que si con tu
amo ha sido justiciero, lo será también contigo, dándote alientos
para seguir por el derrotero de la vida. Y no te aflijas porque estés
algunos días sin colocación. En mi casa, hijo, ya sabes que no reina
la abundancia; pero lo poco que hay será partido alegremente contigo,
mientras no halles acomodo... No, no tienes que agradecernos nada.
(_Con iluminismo._) Bien dijo el otro: «Bienaventurado quien piensa
en el pobre; en el día malo lo librará Jehová...» Y ahora que me
acuerdo, voy á proponerte una colocación decorosa. Es más de lo que
podías soñar.
ARISTO.--(_Con vivo interés._) Dígamelo pronto.
IDO.--Pues un amigo tengo, persona respetabilísima... no vayas
á creer que es un cualquiera... que se dedica á especulaciones
mercantiles y al comercio ambulante de petróleo, quiero decir, que
es de esos que van por las calles con un caballo cargado de cántaras
de aquel inflamable líquido. Á un chico, de tu edad poco más ó menos,
que era su dependiente, le despidió hace pocos días por ciertas
desazones, y ayer me dijo: «Señor de Ido, búsqueme usted un buen
muchacho de estas y estas circunstancias para que me ayude en mi
trajín.» Al pronto no me acordé de tí; pero ahora caigo en la cuenta
de que te ha venido Dios á ver con esta proporción... Todo se reduce
á conducir el caballo; el trabajo no es grande; paseas de lo lindo,
y hasta es un gusto ir por esas calles tocando la corneta para que
bajen las criadas. Parecerás el ángel del Juicio Final. ¿Te conviene?
Dí sí ó no.
ARISTO.--Lo pensaré, señor Ido, y la cosa está en saber lo que su
amigo ha de darme por ese trajín de estar todo el santo día en la
calle dando trompetazos.
IDO.--Creo que los emolumentos no serán flojos. Y en todo caso,
más vale siempre algo que nada. (_Repítese el fenómeno de que la
sabiduría se le pasea por el cuerpo y sale á sus labios._) El hombre,
en toda ocasión, debe aprovechar lo que encuentra, y sin perjuicio
de sus aspiraciones á lo mejor, coger lo bueno y lo posible que á
su lado vea. Sí: cuando no tienes nada y te ofrecen medio, no te
impida tomarlo la idea de poseer uno entero. Y sobre todo, hijo,
lo mejor es contentarse con poco, para esperar siempre más, pues si
alimentaras aspiraciones desmedidas, al satisfacerlas creerías tener
menos de lo deseado. El que es humilde es rico, y bien dijo quien
dijo: «¿Hallaste la miel? Come lo que te baste, no sea que te hartes
de ella y la revieses.»
ARISTO.--(_Mirando con malicia á don José, pues no comprendiendo que
Salomón es el que habla, sospecha que el pobre maestro está algo
bebido._) Don José, usted está hoy muy sabio.
IDO.--Cosas son éstas, amigo Felipe, que leí anoche y se me han
quedado fijas en la memoria. Yo me animo con la lectura, y una frase
feliz, un pensamiento agudo parece que me regeneran y dan nuevo ser
á mi espíritu. No olvides aquello de: «el cuidado congojoso en el
corazón, lo abate; mas la buena palabra lo alegra...» Yo, además,
tengo motivos para no estar tan triste como otras veces. Sabrás, caro
Felipe, que me han salido dos discípulos.
ARISTO.--¿De veras? Ese sí que es favor de Dios.
IDO.--Sí, dos discípulos. ¡Y qué buenos chicos! Estaban en casa de
don Pedro, y como allí no aprendían jota, los han sacado sus padres,
y desde mañana voy á la casa á darles lección privada... Hijo, son
cinco duros al mes que me caen como el maná... Y ahora que nombro
á don Pedro, diréte que ya ese hombre no es hombre, es una bestia.
La familia está desorganizada; cada cual tira por su lado; la madre
parece que ha caído poquito á poco en la mala costumbre de echar unas
siestas muy largas después de comer... Ya en mis tiempos gustaba de
lo añejo. Marcelina, entregada á la embriaguez del fanatismo, pasa
todo el día en la iglesia, borracha de rezos, y don Pedro... ¡Oh! ese
merece capítulo aparte, y si tenemos un rato libre, te he de contar
los horrores que sé, y hacerte ver los pasos del incierto camino
por donde marcha nuestro maestro sin ventura... ¡Oh, aquí de tu
amo! Con aquella imaginación suya y aquel arte, bien hubiera podido
coger la pluma y endilgar un drama que sería el _non plus_ por lo
terrible y lo verdadero... Ya hablaremos de esto más despacio. Yo,
no sintiéndome con fuerzas para tan alto asunto, puede que agarre la
de ganso y enjarete una media resma para echar también mi cuarto á
espadas en literatura, porque francamente, naturalmente, los tiempos
son malos; todos servimos para todo, quién más, quién menos, y como
se trate de ganar un real, no hay cosa que me espante ni escrúpulos
que me arredren (_con exaltación_). José Ido del Sagrario es hombre
para todo; José Ido del Sagrario tiene alientos de poeta, bríos de
inventor y un correr de pluma que ya...
ARISTO.--(_Asustado, y sospechando otra vez, viendo la animación y
el brillo de los ojos de su amigo, que ha tenido alguna debilidad
anacreóntica._) Don José, ¿pero va usted á volverse literato?
IDO.--(_Con marrullería._) No te diré que sí ni que no... Puede
ser, puede no ser. Ello es que hace días se me ha clavado aquí
una idea, y no puedo echarla de mí... (_con cierto misterio_). Ya
sabes que hay ahora una literatura harto fácil de componer y más
fácil de colocar: hablo de las novelas que se publican por entregas
á cuartillo de real, y que gozan del favor de miles de miles de
lectores. Editorcillo hay que da una onza por cada reparto al
forjador de tales composiciones; otros dan diez duros, otros siete,
según la correa de invención que saca de su cabeza cada autor. Pues
bien: un amigo mío que trabaja en estas cosas, y que ha ganado mucho
dinero, me aconsejó no há mucho que me meta yo también á novelador...
Francamente, naturalmente, al pronto me pareció absurdo; después lo
he pensado, hijo... Es cosa facilísima idear, componer y emborronar
una de esas máquinas de atropellados sucesos que no tienen término,
y salen enredados unos en otros, como los hilos de una madeja...
Yo he de probarlo, Felipe; yo he de hacer un ensayo en esta cosa
bonita y cómoda del novelar. Ya tengo pensado un principio, que es
lo que importa; y cuando menos lo pienses, verás mi nombre por esas
esquinas de Dios, y te echarán por debajo de la puerta un cuaderno
con láminas muy majas y un poquito de texto para que caigas en la
tentación de suscribirte.
ARISTO.--(_Con inocencia._) Pues, hombre de Dios, si quiere componer
libros para entretener á la gente y hacerla reir y llorar, no tiene
más que llamarme; yo le cuento todo lo que nos ha pasado á mi amo
y á mí, y conforme yo se lo vaya contando, usted lo va poniendo en
escritura.
IDO.--(_Con suficiencia._) ¡Cómo se conoce que eres un chiquillo y
no estás fuerte en letras! Las cosas comunes y que están pasando
todos los días no tienen el gustoso saborete que es propio de las
inventadas, extraídas de la imaginación. La pluma del poeta se ha de
mojar en la ambrosía de la mentira hermosa, y no en el caldo de la
horrible verdad.
ARISTO.--Pues ponga todo eso de don Pedro Polo que, según dice, es
tan bueno...
IDO.--No, hombre, no: yo no voy á escribir para que se duerman los
lectores... Pienso desarrollar un estupendo plan moral: enaltecer la
virtud y condenar el vicio... ¡Buena zurra les daré á los pícaros...!
pondré como ropa de pascuas á los perdularios y jugadores, y á las
mujeres levantadas de cascos que faltan á sus maridos, y á todas
esas bribonazas que corrompen á la sociedad... Algo, naturalmente,
francamente, he de tomar del mundo visible; y, por ejemplo, al
pintar un empedernido avaro, me acordaré de Resplandor; si pongo
hembras malas, tendré presentes á Cirila y su hermana; al ocuparme
de los hombres oprimidos del peso de su condición social, sacaré á
relucir á nuestro don Pedro Polo, si bien cuidaré de presentarles
á todos en fantasía y de hacerles hablar un lenguaje escogido,
sutil y que no sea como el lenguaje que hablamos en el mundo. Ya he
principiado á revolver mis libros leyendo ésta ó la otra página, para
que se me vayan pegando las frases bonitas y voces refinadas que
debo usar. Tipos no han de faltarme: para el de la mujer virtuosa,
tengo á Nicanora, á quien veo como ángel de fidelidad, dulzura y
belleza; y para modelo de muchachos leales, tú... Pero ya llegamos.
El vehículo mortuorio se detiene ya en la puerta del descanso eterno;
los convidados bajan, y vamos todos á cumplir este deber triste con
los fríos despojos que nuestro desventurado amigo nos dejó al partir
para la Gloria Eterna.
Madrid, Mayo de 1883.