Vino la noche. El enfermo la veía con espanto llegar, y sentía el
avanzar frío de las primeras obscuridades, como angustiosa niebla
cayendo sobre su alma. Traía por compañero el horrible insomnio, con
sus ojos como ascuas, su aliento embargante, fantasma siniestro que
no escondía en toda la noche su amarilla faz... ¡Si fuera posible
ahogarlo entre las almohadas! Pero cuando el fatigado sentido parecía
aletargarse un tanto; cuando una modorra de tres minutos atenuaba el
sufrimiento, el fantasma pinchaba por ésta ó la otra parte, y decía:
«mírame.»
Poleró y Ruiz se quedaron aquella noche velando á Miquis; no así
Cienfuegos, que tenía que acompañar á un tío suyo, recién venido
del pueblo. Estaba comprometidísimo por falta de dinero, y se veía
en las de Caín para obsequiar al egregio pariente. Aquella tarde
se rieron todos oyéndole contar los apuros que pasó en el café, y
las mentiras que había endilgado al buen señor para hacerle ver los
grandes peligros que resultan de ir á un teatro. Pudo convencerle de
que lo más higiénico y elegante es pasear por el Prado hasta media
noche, regalándose con un buen vaso de agua de Cibeles. En un puesto
de agua habían encontrado á don Florencio Morales, y Cienfuegos se
apresuró á presentarle á su tío, que simpatizó mucho con él, por ser
ambos progresistas templados, hidrófagos y españoles rancios.
Moreno Rubio, al retirarse ya de noche, hizo muy malos augurios. No
prescribía más que calmantes, en dosis heróicas, para hacer descansar
al enfermo. Encargó á Poleró la regularidad y puntualidad de las
tomas, manifestándole que si, como amigo del enfermo, quería proponer
á éste que cumpliera con su conciencia y con la Religión, lo hiciese
cuanto antes, porque pronto sería tarde. Cuando se fué Moreno,
Poleró consultó con Ruiz el delicado punto, y no pudieron ponerse
de acuerdo, porque mientras Poleró se negaba resueltamente á hablar
al enfermo de semejante cosa, el otro, exponiéndole razones de fe y
decoro, decía:
--Pues no habrá más remedio que indicárselo. Creo que estamos en el
deber...
Felipe no se daba punto de reposo. Sin fin de veces hubo de bajar á
la botica, y arriba no faltaba trabajo. El paciente pedía sin cesar
ésta ó la otra cosa, buscando en la variedad distracción, ensayando
contra la violentísima tos extraños remedios é increíbles posturas.
Cirila ayudaba poco. Á cada instante iba Felipe á la cocina en busca
de agua tibia ó fría, de un limón, leche, azúcar, té... Cuando no
encontraba á mano lo que necesitaba, iba á pedirlo á cualquier
vecino. Al entrar en casa de Ido, halló á éste sentado en mitad de su
humilde salita, junto á una mesilla con luz. Rodeábanle su familia
y dos vecinas que solían ir allí de tertulia. Parecía que el buen
_Cerato simple_ estaba enternecido, y que de sus ojos manaba mayor
caudal lacrimatorio que de ordinario. Un sobado cuaderno tenía en su
mano, y desde que vió á Centeno, corrió á darle un abrazo.
--Supongo que no te enfadarás por lo que he hecho--le dijo.--Tenía
tantas ganas de conocer el drama de tu amo, que no pude vencer la
tentación esta mañana... Lo ví sobre la mesa, y cogí un acto para
leerlo aquí, en familia... Francamente, naturalmente, yo no creía
que fuera tan bueno. Te digo que estamos entusiasmados... ¡Qué
versos! ¡qué pensamientos! Á mí se me saltan las lágrimas y se me
corta el resuello. Nicanora, que es inteligente, dice que otra obra
como ésta no se ha hecho desde el tiempo de Gil y Zárate... Si esto
se representa... acuérdate de lo que te digo... se vendrá el teatro
abajo.
Agradecido á este lenguaje, Felipe no podía entretenerse en
comentarios sobre la soberana obra. Necesitaba un huevo que á su amo
se le había antojado comer.
--¡Ay, hijo!--exclamó doña Nicanora afligidísima.--Cuánto siento no
poder dártelo.
Una mujer vieja, arrugada, vivaracha, que estaba en el ruedo de la
tertulia y que había oído leer el drama con delectación, se levantó
prontamente, diciendo:
--Yo te daré, no uno, sino tres huevos, para que se los coma ese
caballerito que ha escrito cosas tan buenas... Hemos llorado á
moco y baba. Al oír ese verso que dice que el pueblo español es el
más valiente de la tierra, me entraron ganas de salir gritando al
pasillo, y meterme en el cuarto del enfermo para darle un abrazo.
Bien, bien, requetebién... Ven á mi casa, y te daré los huevos.
--Si el señor don José me quisiera dejar el drama--dijo otra de las
presentes cuando Felipe salía,--para que lo lea mi marido... Él lo
entiende; es oficial de pintor de decoraciones, y todo lo tocante á
teatro lo sabe al dedillo.
Muy mal pasó la noche Miquis; pero tuvo en ella un gusto no flojo.
Su mamá le había anunciado el envío de cierta cantidad, á escondidas
de su padre. No venía en letra, sino en oro, y la traía el ordinario
de Quintanar. Durante dos días fué Centeno repetidas veces á la Cava
Baja, en busca del precioso encargo; mas el ordinario no parecía. Las
diez eran de aquella noche, cuando se presentó en la casa un hombre
de malas trazas que entregó á Alejandro el lacrado paquetito. Venía
como rocío del cielo, porque la patria estaba sumamente oprimida, y
otra vez, para que no se desmintiera el destino del gran manchego,
carecía de lo más necesario. Rompiendo impaciente la envoltura del
regalo, dijo á Poleró:
--Creo que te debo algo. ¿Son ocho duros?
--Ocho, sí; pero déjalo. Ya me lo darás otra vez.
--No, ahora. Lo primero es pagar. Yo soy así. Y á tí, Federico, ¿te
debo algo?
--¿Á mí? Nada, hijo.
Era verdad que no le debía nada, porque Ruiz, hombre previsor y
hormiguita, no había jamás abierto la bolsa para su desordenado y
rumboso amigo. Era hombre aquel Ruiz que, cuando se le pedía algo,
respondía invariablemente: «Chico, estoy á cero. Acabo de pagar una
cuenta que me ha baldado.»
Después de un breve descanso, al amanecer, Miquis llamó á Felipe:
--Aristóteles... me vas á hacer un favor... En toda la noche he
podido apartar de mi pensamiento al pobre Cienfuegos. ¡Qué tormentos
habrá pasado con su forastero, á quien no puede obsequiar ni con un
triste vaso de agua clara!... Ve corriendo á llevarle tres duros...
Tómalos del cajón.
Cuando Felipe salió á la calle para desempeñar este caritativo
encargo, pensaba, con admirable madurez de juicio, que mucho más
cuerdo era emplear aquel dinero en unas botas, de que tenía
muchísima falta, que en socorrer al aprendiz de médico. Sanguijuela
insaciable, mientras más le daban, más pedía, sin hartarse nunca.
¡Al diablo Cienfuegos y su forastero! Si no podía convidarle, que le
diera morcilla. ¿No era un desorden que el otro se gastara en pitos
y flautas aquellos tres duros tan bonitos, mientras él, Aristóteles,
que tanto trabajaba, salía á la calle casi descalzo?
Después de mil vacilaciones, el valiente Doctor se dirigió á una
zapatería. Cuando su amo le preguntó, una hora después, si había
hecho el encargo, Aristóteles, fiado en la gran familiaridad que con
él tenía, adelantó un pie, y riendo le dijo:
--¿Los duros para Cienfuegos? En ellos andamos.
--¡Ah! ¡pillo!...--replicó Alejandro, riendo también.--Bien es verdad
que tenías falta, y no se me ocurrió.. Pero á Dios gracias, hay para
todo... Coge otros tres duros y ve á socorrer al pobre Cienfuegos.