II

Vino la noche. El enfermo la veía con espanto llegar, y sentía el

avanzar frío de las primeras obscuridades, como angustiosa niebla

cayendo sobre su alma. Traía por compañero el horrible insomnio, con

sus ojos como ascuas, su aliento embargante, fantasma siniestro que

no escondía en toda la noche su amarilla faz... ¡Si fuera posible

ahogarlo entre las almohadas! Pero cuando el fatigado sentido parecía

aletargarse un tanto; cuando una modorra de tres minutos atenuaba el

sufrimiento, el fantasma pinchaba por ésta ó la otra parte, y decía:

«mírame.»

Poleró y Ruiz se quedaron aquella noche velando á Miquis; no así

Cienfuegos, que tenía que acompañar á un tío suyo, recién venido

del pueblo. Estaba comprometidísimo por falta de dinero, y se veía

en las de Caín para obsequiar al egregio pariente. Aquella tarde

se rieron todos oyéndole contar los apuros que pasó en el café, y

las mentiras que había endilgado al buen señor para hacerle ver los

grandes peligros que resultan de ir á un teatro. Pudo convencerle de

que lo más higiénico y elegante es pasear por el Prado hasta media

noche, regalándose con un buen vaso de agua de Cibeles. En un puesto

de agua habían encontrado á don Florencio Morales, y Cienfuegos se

apresuró á presentarle á su tío, que simpatizó mucho con él, por ser

ambos progresistas templados, hidrófagos y españoles rancios.

Moreno Rubio, al retirarse ya de noche, hizo muy malos augurios. No

prescribía más que calmantes, en dosis heróicas, para hacer descansar

al enfermo. Encargó á Poleró la regularidad y puntualidad de las

tomas, manifestándole que si, como amigo del enfermo, quería proponer

á éste que cumpliera con su conciencia y con la Religión, lo hiciese

cuanto antes, porque pronto sería tarde. Cuando se fué Moreno,

Poleró consultó con Ruiz el delicado punto, y no pudieron ponerse

de acuerdo, porque mientras Poleró se negaba resueltamente á hablar

al enfermo de semejante cosa, el otro, exponiéndole razones de fe y

decoro, decía:

--Pues no habrá más remedio que indicárselo. Creo que estamos en el

deber...

Felipe no se daba punto de reposo. Sin fin de veces hubo de bajar á

la botica, y arriba no faltaba trabajo. El paciente pedía sin cesar

ésta ó la otra cosa, buscando en la variedad distracción, ensayando

contra la violentísima tos extraños remedios é increíbles posturas.

Cirila ayudaba poco. Á cada instante iba Felipe á la cocina en busca

de agua tibia ó fría, de un limón, leche, azúcar, té... Cuando no

encontraba á mano lo que necesitaba, iba á pedirlo á cualquier

vecino. Al entrar en casa de Ido, halló á éste sentado en mitad de su

humilde salita, junto á una mesilla con luz. Rodeábanle su familia

y dos vecinas que solían ir allí de tertulia. Parecía que el buen

_Cerato simple_ estaba enternecido, y que de sus ojos manaba mayor

caudal lacrimatorio que de ordinario. Un sobado cuaderno tenía en su

mano, y desde que vió á Centeno, corrió á darle un abrazo.

--Supongo que no te enfadarás por lo que he hecho--le dijo.--Tenía

tantas ganas de conocer el drama de tu amo, que no pude vencer la

tentación esta mañana... Lo ví sobre la mesa, y cogí un acto para

leerlo aquí, en familia... Francamente, naturalmente, yo no creía

que fuera tan bueno. Te digo que estamos entusiasmados... ¡Qué

versos! ¡qué pensamientos! Á mí se me saltan las lágrimas y se me

corta el resuello. Nicanora, que es inteligente, dice que otra obra

como ésta no se ha hecho desde el tiempo de Gil y Zárate... Si esto

se representa... acuérdate de lo que te digo... se vendrá el teatro

abajo.

Agradecido á este lenguaje, Felipe no podía entretenerse en

comentarios sobre la soberana obra. Necesitaba un huevo que á su amo

se le había antojado comer.

--¡Ay, hijo!--exclamó doña Nicanora afligidísima.--Cuánto siento no

poder dártelo.

Una mujer vieja, arrugada, vivaracha, que estaba en el ruedo de la

tertulia y que había oído leer el drama con delectación, se levantó

prontamente, diciendo:

--Yo te daré, no uno, sino tres huevos, para que se los coma ese

caballerito que ha escrito cosas tan buenas... Hemos llorado á

moco y baba. Al oír ese verso que dice que el pueblo español es el

más valiente de la tierra, me entraron ganas de salir gritando al

pasillo, y meterme en el cuarto del enfermo para darle un abrazo.

Bien, bien, requetebién... Ven á mi casa, y te daré los huevos.

--Si el señor don José me quisiera dejar el drama--dijo otra de las

presentes cuando Felipe salía,--para que lo lea mi marido... Él lo

entiende; es oficial de pintor de decoraciones, y todo lo tocante á

teatro lo sabe al dedillo.

Muy mal pasó la noche Miquis; pero tuvo en ella un gusto no flojo.

Su mamá le había anunciado el envío de cierta cantidad, á escondidas

de su padre. No venía en letra, sino en oro, y la traía el ordinario

de Quintanar. Durante dos días fué Centeno repetidas veces á la Cava

Baja, en busca del precioso encargo; mas el ordinario no parecía. Las

diez eran de aquella noche, cuando se presentó en la casa un hombre

de malas trazas que entregó á Alejandro el lacrado paquetito. Venía

como rocío del cielo, porque la patria estaba sumamente oprimida, y

otra vez, para que no se desmintiera el destino del gran manchego,

carecía de lo más necesario. Rompiendo impaciente la envoltura del

regalo, dijo á Poleró:

--Creo que te debo algo. ¿Son ocho duros?

--Ocho, sí; pero déjalo. Ya me lo darás otra vez.

--No, ahora. Lo primero es pagar. Yo soy así. Y á tí, Federico, ¿te

debo algo?

--¿Á mí? Nada, hijo.

Era verdad que no le debía nada, porque Ruiz, hombre previsor y

hormiguita, no había jamás abierto la bolsa para su desordenado y

rumboso amigo. Era hombre aquel Ruiz que, cuando se le pedía algo,

respondía invariablemente: «Chico, estoy á cero. Acabo de pagar una

cuenta que me ha baldado.»

Después de un breve descanso, al amanecer, Miquis llamó á Felipe:

--Aristóteles... me vas á hacer un favor... En toda la noche he

podido apartar de mi pensamiento al pobre Cienfuegos. ¡Qué tormentos

habrá pasado con su forastero, á quien no puede obsequiar ni con un

triste vaso de agua clara!... Ve corriendo á llevarle tres duros...

Tómalos del cajón.

Cuando Felipe salió á la calle para desempeñar este caritativo

encargo, pensaba, con admirable madurez de juicio, que mucho más

cuerdo era emplear aquel dinero en unas botas, de que tenía

muchísima falta, que en socorrer al aprendiz de médico. Sanguijuela

insaciable, mientras más le daban, más pedía, sin hartarse nunca.

¡Al diablo Cienfuegos y su forastero! Si no podía convidarle, que le

diera morcilla. ¿No era un desorden que el otro se gastara en pitos

y flautas aquellos tres duros tan bonitos, mientras él, Aristóteles,

que tanto trabajaba, salía á la calle casi descalzo?

Después de mil vacilaciones, el valiente Doctor se dirigió á una

zapatería. Cuando su amo le preguntó, una hora después, si había

hecho el encargo, Aristóteles, fiado en la gran familiaridad que con

él tenía, adelantó un pie, y riendo le dijo:

--¿Los duros para Cienfuegos? En ellos andamos.

--¡Ah! ¡pillo!...--replicó Alejandro, riendo también.--Bien es verdad

que tenías falta, y no se me ocurrió.. Pero á Dios gracias, hay para

todo... Coge otros tres duros y ve á socorrer al pobre Cienfuegos.

El Doctor Centeno (Tomo II) · 第 31 / 41 题