La satisfacción, la ufanía que llenaban el alma del buen Doctor al
salir de la casa de don Pedro, no son para descritas. Se asombraba
de que un hombre tan atroz, que había tenido la crueldad de dejar
sin pan al infeliz Ido, se ablandase hasta el punto de darle á él
un auxilio mayor de lo supuesto. No alcanzando la rudimentaria
agudeza de Felipe á penetrar el motivo del brusco enternecimiento
del monstruo, forjaba en su mente una pueril explicación del caso.
«Es que el señor don Pedro, decía, tiene dentro una lucecita que se
enciende en cuanto le tocan un botón, como el de las campanillas
eléctricas que se usan ahora. El que acierta con el botón y enciende
la luz, hace de él lo que quiere. El que no, se _amuela_.»
Tan grande éxito le envalentonó, despertando su codicia: Preciso
era trabajar más aquel día, para obtener una colecta considerable
con que sorprender á Alejandro y alegrar su espíritu. ¿Á quién más
acudiría?... ¡Ah! ¡Don Federico Ruiz debía de estar rico!... ¡á él!
De paso, ¿por qué no tocar los registros á don Florencio Morales por
si quería dar alguna cosa? ¡Al Observatorio como un rayo!... Recordó,
no obstante, que su amo había dicho alguna vez á propósito de la
liberalidad del astrónomo: «Antes dará aceite un ladrillo.» Pero no
importaba... ¡adelante! Podría ser que también Ruiz tuviera botón,
y que él, sin saber cómo, por inspiración del Cielo, lo tocara. En
cuanto á don Florencio, bien presentes tenía los ofrecimientos que
le hizo una tarde que le encontró en el Prado, tomándose con gran
deleite un vaso de clarísima agua de Cibeles. ¡Á ellos! ¿Quién dijo
miedo?
¡Qué contrariedad! Don Federico no estaba en la casa. Había ido á
los ensayos de su comedia, que á la noche siguiente se estrenaría.
El que sí estaba era el gran Morales; mas no fueron sus primeras
palabras muy lisonjeras.
--Sí, te veo... te veo venir... Me traes la monserga de la otra
tarde. Sí: que tu amo está malo, que ni tú ni él tenéis que comer. Yo
he visto mucho mundo, amiguito. Si fuéramos á dar á todo el que tiene
necesidad, andaríamos desnudos y abriríamos la boca al viento.
Felipe, desconcertado, se esforzó en la réplica, diciendo con
quejumbroso y dolorido estilo que si no se fiaba de él, fuera pronto
á la calle de Cervantes para ver con sus ojos la verdad de tan
terribles apuros; á lo que don Florencio contestó lleno de entereza:
--Sí, justo: no tengo yo más que hacer que subir escaleras... Y entre
paréntesis, lo que á tu amo le pasa le está bien merecido, porque
es un libertino, un mala cabeza. Lo sé por Ruiz, que está al tanto
de todo... No me vengas con cuentos. Yo no soy de piedra. Si tienes
hambre, vente á la hora de comer, y no faltará con qué la mates. Pero
lo que es metálico, no lo esperes. Está la patria oprimida, hijo,
y hay mucho pobre y mucha boca que tapar. Pasa, entra, siéntate un
rato, y veremos si Saturna tiene algo que darte. Creo que se le han
echado á perder unos hojaldres... ¡Saturna! ¡Saturna!
Empezó á dar gritos, y luego, encarándose otra vez con Felipe que
había ya perdido toda esperanza de recoger algo sonante, le dijo:
--Tienes suerte, chiquillo. Parece que lo hueles. Y entre paréntesis,
¿quieres que te diga en qué consiste el mal de tu amo, y por qué está
tan miserable?
Centeno era todo oídos y no quitaba sus ojos de don Florencio,
mientras éste, que acababa de subir la rampa, se limpiaba el sudor de
la frente y cráneo, natural desahogo y salida de tan gran hervidero
de ideas.
--Pues te diré, para que tú también vayas aprendiendo. Tu amo es un
loco, es uno de estos jovenzuelos que se han emponzoñado con las
ideas extranjeras. ¿Qué nos traen las ideas extranjeras? El ateísmo,
la demagogia y todos los males que padecen los países que no quieren
ó no saben hermanar la libertad con la religión. ¿Qué dicen por allá?
Pues dicen: «Fuera Papa, fuera catolicismo y venga república; hacer
cada uno lo que le dé la gana.» ¿Es esto prudente? No, señor; y lo
que es en Francia, hijo, lo que es en Francia, te digo que Napoleón
_Tres_ les sentará las costuras. ¿Tengo ó no tengo razón?
Compenetrado Felipe de tan sabias ideas, mostraba su asentimiento con
grandes cabezadas afirmativas.
--Pues esas ideas, ese ateísmo, ese desbarajuste es lo que nos
quieren meter aquí--prosiguió el insigne conserje, haciendo el orador
y paseándose en un espacio como de tres varas.--Hay unos cuantos...
todos muchachos, chiquillos, estudiantejos que leen libros franchutes
y no saben palotada de nada... hay unas cuantas cabezas ligeras, y tu
amo es de ellos... que nos quieren traer aquí todas esas andróminas
forasteras. ¿Sabes lo que están diciendo?
Espanto de Felipe, que no sabía nada, pero sospechaba que era cosa
gorda y coruscante.
--Pues ahora se salen mis amigos con eso de _todo ó nada_. En
resumidas cuentas, que quieren nada menos que destronar á Su Majestad
la Reina. Ya les he dicho que no les sigo por ese camino, y me he
borrado de la Tertulia... Porque Dios sabe lo que va á venir aquí.
Tú, figúrate... Se van á desbordar las masas...
Felipe creyó por un momento que aquellas masas eran los hojaldres que
le habían prometido, y tembló por ellos.
--Á tí, vamos á ver, ¿no se te ponen los pelos de punta al pensar...?
--Sí señor, sí señor que se me ponen.
--Ese empeño de que todo ha de ser extranjero... Yo soy español por
los cuatro costados. ¡Señor, si aquí nos entendemos muy bien, si aquí
sabemos hacer las cosas...! Póngannos la Milicia, la Constitución
del 12, y basta. El clero en su puesto, la Milicia para defender
el orden, el Ejército para caso de guerra, Cortes todo el año,
buenos seminarios, mucha discusión, mucha libertad, mucha religión y
venga paz. ¡Si esto es claro y sencillo...! Pues no ha de ser así,
sino ateísmo, demagogia y filosofía alemana... Yo les veo venir, y
me callo... Ya veremos la que se arma. Aquí me estoy achantadito,
esperando á ver por dónde salen. Una tarde discutimos aquí tu amo
y yo... Se quedó turulato... Sí, pregúntale. Callado le dejé, y
pegado á la pared. Él, defendiendo lo extranjero, me sacó poetas y
descubrimientos... qué sé yo... ¡La ciencia y la industria! Á mí no
me vengan con solfas. Yo he viajado, yo sé lo que hay... Concedo, sí
señor, concedo que la Inglaterra nos aventaje en ciertas cosillas;
pero en otras estamos por encima de todos. Fíjate tú en los productos
de nuestro suelo, y dime si hay algo que les iguale. Aquí tenemos
para todo lo que nos hace falta, y nos sobra para mantener á tanto
hambriento de extranjis... Castilla es el granero del Orbe terráqueo.
Nuestros vinos van por todo el mapa. Pues el día que queramos poner
en un apuro á los inglesotes, no hay más que decirles: «caballeros,
ya no hay más Jerez.» Y en cada localidad tenemos un producto
excelente, sin rival en el mundo. Y si no, dime dónde hay otra Málaga
para pasas, otra Astorga para mantecadas, otra Jijona para turrón,
otra Soria para mantequilla y otro Madrid para un buen vaso de agua.
En industria, ahí están Cataluña con sus hilados, y Toledo con sus
armas. En buques no te digo nada. Cada marino nuestro vale por ocho
extranjeros, y con un cachucho cualquiera nos ponemos delante de la
mejor escuadra. Nuestro ejército ya se sabe que es el primero del
mundo. Yo querría ver correr á ingleses, franchutes y austriacos en
una batalla en que se dijera: «¡Cazadores de Madrid, adelante!...»
Y todo, hombre, todo. Si aquí no necesitamos de lo forastero para
nada. En generales, ¿qué nación tiene un Espartero y un O’Donnell?
En abogados... habías tú de ver un escrito puesto por don Manuel
Cortina ó don Joaquín Francisco Pacheco... ¿Y aquella palabra de
Olózaga en el Congreso? Atrás la Europa toda. Hasta en cómicos
estamos por encima. Pues á donde llega la Matilde, ¿quién llegó? ¿Tú
la has visto? Aquel modo de llorar es cosa que parte el corazón. Pues
te digo que en papeles de gracia vale tanto como en los de ahogo y
sentimiento... Poetas los tenemos por fanegas, mejores que todos los
extranjeros; y si vamos á pintores, ya quisieran ellos... Nada, nada,
no le des vueltas: aquí no necesitamos para nada esos países. Díselo
así á tu amo, y que se vaya curando de sus manías, y se haga rancio
español y católico á macha-martillo, y se deje de patrañas ateas y
de locuras demagógicas... Saturna, los hojaldres... ¿No los ibas á
tirar? Aquí está Felipe que los aprovechará.
Cuando don Florencio puso punto final en su recitado, que á Felipe
le pareció discurso por lo elocuente, sermón por lo largo, el
muchacho, admirando tan soberano talento y facundia, no comprendía la
oportunidad de la lección que con tales alegatos daba el conserje á
Miquis, ni el provecho que éste había de sacar de ella para remediar
su desdicha. Hizo propósito de retener en su fiel memoria lo más que
pudiese de aquel discurso, para repetírselo á su amo, cláusula por
cláusula, seguro de que éste se había de reir. Tomando sus hojaldres,
que envolvió cuidadosamente en un número de _Las Novedades_,
despidióse del matrimonio y echó á correr hacia su casa.