Frente al Botánico detúvole una voz conocida, una voz amistosa, que
durante algún tiempo no había regalado sus oídos. Era Juanito del
Socorro, que le llamaba desde la verja del Botánico, en cuyo escalón
estaba sentado con otro amigo.
--Hola... _Redator_...
--_Míale_... _el Iscuelero_.
Entablóse franco y alegre coloquio. Juanito y su amigo habían
salido del taller, porque aquel día estaban allá de obra y no se
trabajaba... El insigne Socorro era aprendiz de dorador. ¿Qué ganaba?
Un sentido. El principal le quería mucho y le iba á poner en el
_estofado_. «Vente á este oficio, hombre, y ganarás lo que quieras.»
El tal Juanito entró en aquel arte por gusto de su madre, y de allí
pasaría á Ingeniero. Iba por las noches á la escuela gratuita de
dibujo, y pintaba hojas de _coluna_, narices y toda la pirámide de la
Geometría. Le iban á poner en el _adorno_ y á pintar una _comotora_.
Ya sabía las cuatro órdenes de la arquitectura, y á poco más, si le
dejaban, hacía _otra como el Escorial_. La _corintia_ era de este
modo, y la jónica de aquel otro... En su taller, era él capaz de
dorar el gallo de la Pasión, y en aquellos días estaban _refrescando
un altar_. Su principal doraba también con _galvana_, en un pilón con
agua muy agria, que quema... Como que él tenía la blusa agujereada
porque le cayeron gotas. Era el oficio más bonito que se podía ver.
¡Nada, que coges una cosa de palo ó de hierro, y en un momento la
pones dorada...! En fin, hijí, si te descuidas se te doran los
dedos, y hasta el resuello es oro. ¡Ganar! Lo que quieras. Todos los
días encargos, y «que vaya á sacarle _lustre al Padre Eterno de la
Iglesia_...» En medio día se despachaba él cuatro espejos. Primero
hacía la pasta, luego iba pegando molduras... Ahora venga barniz,
brocha de pelos de león y panes de oro... Un momento, un suspiro.
Da gusto ver que todo se va poniendo como un sol... Con los panes
que sobraban hacía maravillas en su casa, y hasta los vasares de la
cocina y la espuerta de la basura los había dorado.
Felipe, rebajando gran parte de lo que oía, conceptuaba feliz á su
amigo con aquel oficio regio. ¡Dorar! Poner en todas las cosas la
risa del sol, vestir de luz los objetos, endiosar la ruín madera,
fingiéndole la facha del más fino y valioso metal... ¡Dichoso el
que en tal industria se ocupaba! Daría él cualquier cosa por poder
disponer de los elementos de aquel arte, y dorar la cama, los libros
y hasta las botas de su amo. Subió de punto su admiración cuando
Juanito le enseñó sus uñas doradas.
--¿Qué es eso que llevas ahí?... Pastelitos.
--Me los han regalado. No sirven...
--_Mia_ éste... ¡que no sirven! Nos los comeremos.
--Es que... son para...
--Te los compraremos, hombre... Si creerás tú... Te vamos á convidar
á café... Fúmate un cigarro.
Sacó Juanito una cajetilla y repartió. El otro amigo encendió tres
cerillas.
--¿_Onde_ vamos? Á _Diana_, que dan mucho azúcar...--Café y copas,
Felipe...
Ya era de noche, y Centeno no quería detenerse; pero la obsequiosa
finura de aquellos dos caballeros le cautivaba, y también, dígase
con franqueza, no dejaba de sentir en su ánimo cierto apetito de
libertad, instintivo afán de hacer algo que rompiese la triste y
tediosa vida que llevaba. ¿Su esclavitud no tendría algún descanso, y
su trabajo el alivio de un ratito de café?... ¡Adelante!
--¡Mozo... café y copas... y un periódico!...
Centeno se recreaba en el fácil uso de su albedrío, en aquel
desembarazo que le hacía hombre; y cuando se acordaba de la soledad
de su amo, sintiendo, con el recuerdo, asomos de pena, se consolaba
mirando el mucho azúcar que sobraba y haciendo propósito de guardarlo
todo para el enfermo. Tomaban el café despacio, porque estaba muy
caliente, y entre sorbo y sorbo, corría de la boca de Juanito, como
del caño de abundosa fuente, un chorro de hipérboles. No tenía Felipe
su espíritu muy gozoso; pero desde el malaventurado instante en que
llevó á sus labios la copa de ron, sintió que se transformaba y
se volvía muy otro de lo que era. El maldito licor picaba como un
demonio, producíale llamaradas en todo el cuerpo, y en la cabeza un
levantamiento, un tumulto, una insurrección de todas las energías, un
motín de ideas, bullanga y trapatiesta extraordinarias... Pero él,
impávido, seguía bebiendo para que no le dijeran memo, y, por fin,
no quedó nada en la copa.
¿Qué alegría era aquélla que le entraba, qué prurito de moverse, de
reir, de alzar la voz, de hacer ruido y dar saltos sobre el asiento
cual muñeco que tuviera en cada nalga un bien templado resorte?
Juanito y su amigo se reían de verle en tal estado, y le incitaban á
seguir bebiendo; pero él, con seguro instinto, se negó á dar un paso
más por camino tan peligroso.
Era el tal café de los que llaman cantantes. Á cierta hora un
melenudo artista sentóse en la banqueta próxima al piano, y aporreó
las teclas de éste. Á su lado, un hombre flaco y pequeño cogió el
violín, y rasca que te rasca, se estuvo media hora tocando. El efecto
que la música hacía en Felipe era como si se le levantara dentro del
alma un remolino de júbilo, el cual corriera haciendo giros, con
delicioso vértigo, desde lo más bajo del pecho á lo más alto de la
cabeza. Pues digo... cuando cesó el del violín y subió á la tarima
una tarasca que cantaba romanzas de zarzuela y jotas y fandangos...
Felipe, entusiasmado, no cesaba de dar palmadas, y á la conclusión
de cada estrofa le faltaban pies y manos para hacer sobre la mesa y
en el suelo toda la bulla que podía. Juanito, con más calma, tenía
fijos sus ojos en la cantatriz, y admiraba sus dejos, sus gorjeos,
sus ayes picantes y todo lo demás que salía por aquella salada boca.
Él no decía más sino ¡qué boca, qué boca!... ¡Y con qué entusiasmo la
contemplaba!... Se la doraría.
Otros efectos, á más de la inquietud y el gozo, produjeron en el
alma de Felipe aquellos dos agentes: alcohol y música. Fueron la
pérdida de toda noción del tiempo transcurrido y unos arranques de
generosidad que habían de serle muy nocivos. Viendo que Juanito se
registraba sus bolsillos sin lograr sacar de ellos cosa de provecho,
Felipe se llenó de punto y de vanidad caballeresca, sacó sus siete
pesetas y las desparramó sobre la mesa con gallardo movimiento.
--Yo pago, yo pago...--gritó con cierto frenesí.
Parte del dinero cayó al suelo. Mientras el amigo de Juanito lo
recogía, Felipe, atento sólo á batir palmas en celebración de la
cantatriz, llegó á perder hasta el verdadero conocimiento del sitio
en que estaba. Veía diferentes personas á su lado y delante; mas no
se hizo cargo de nada. Por un momento creyó distinguir en una de
las mesas próximas un semblante conocido, mujer hermosa, rodeada de
hombres: asaltóle sobre esto un pensamiento, hizo una observación;
pero imagen, ideas, apreciaciones, todo se desvaneció en su mente,
dejándole otra vez en su aturdimiento deleitoso. No vió al mozo
que cobraba y devolvía cuartos, ni supo él lo que de sus propios
bolsillos había salido, ni lo que á ellos restituyera.
Tampoco supo cómo y cuándo salió del café, ni dónde se separaron
de él sus amigos... Oyó la campana del reloj de la Puerta del Sol.
Atento y como volviendo en sí, con la facultad de apreciar el tiempo,
contó las once... ¡las once! Llevóse la mano con ardiente ansiedad
al bolsillo... Nada: bolsillo más limpio no se había visto nunca. En
rápido giro pasaron por su mente todos los sucesos de aquel día...
¡Don Pedro, las siete pesetas; don Florencio, los hojaldres!...
¿Y dónde estaban los hojaldres? Como se recuerda una pesadilla,
con indistintos contornos y matices, recordó Centeno la descomunal
boca del amigo de Juanito abriéndose de par en par para comerse los
hojaldres... Y el dinero, ¿qué vuelta había tomado?... Y su amo, ¿qué
pensaría de la tardanza? ¿Qué le habría pasado en aquel largo día de
soledad y escasez?...
Recobró Felipe sus facultades instantáneamente. Entraron como de
golpe y con tumultuosa sorpresa, cuál guerreros que acometen airados
el puesto de que les expulsó la perfidia. De todo lo que entró en
el cerebro del hijo de Socartes, lo primero y lo que más ruido hizo
fué la vergüenza... Esta era tan fuerte y le dominaba tanto, que no
sabía si apresurar ó detener su vuelta á la casa. ¿Qué le diría don
Alejandro? ¿Qué diría él para disculparse?
Llegó, al fin, temblando. Le horrorizaba el pensar que encontraría
muerto á su señor. Si muerto no, de fijo le hallaría muy enojado.
Seguramente habría carecido de alimento, de asistencia, de
compañía... Y lo peor de todo era que al volver á la casa después de
doce horas de ausencia, no llevaba ni un real, ni siquiera un par de
cuartos. Ganas le daban á Felipe de estrellarse la cabeza contra la
pared de la espalera... Bribón mayor que él no había nacido de madre.
¿Qué cara pondría su amo al verle, qué le diría?
Entró por el pasillo adelante más muerto que vivo; y cuando á la
puerta se acercaba, diéronle ganas de retroceder y volverse á la
calle. Cirila le abrió diciendo: «Me gustan las horas de venir.»
Vió Felipe luz en el cuarto de su amo, y oyó una voz que le parecía
ser el propio órgano parlante de don José Ido. Esto como que le dió
ánimos para empujar la puerta...
Grandísimo consuelo tuvo al ver que su amo conversaba tranquilamente
con el calígrafo. Hablaban de política, y don José decía con soberana
perspicacia:
--Lo que es Narváez, señor don Alejandro, lo que es Narváez...
Apartó su atención Miquis de aquella importante declaración para
increpar á su criado:
--Perdido, ¿ya estás aquí? Más valía que no hubieras vuelto más.
Centeno no supo qué responder. En medio de la vergüenza y pena que
sentía, observaba que su amo no estaba colérico. Reñía sonriendo.
--Á ver, cuenta... ¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho en tanto tiempo?
--Vaya... pues con el permiso de usted...--indicó don José, dispuesto
á retirarse.--Ya tiene el señor compañía...
Quedáronse solos... ¡Con qué arte se disculpaba Felipe, y qué vueltas
y revueltas tomaba su pensamiento para evadir la dialéctica de su
amo, que implacable le perseguía! ¡Qué de mentiras dijo, y cuántas
combinaciones de lugares y horas hizo para encontrar atenuación
cumplida de su tardanza!
--Para que veas cómo no te valen conmigo tus embrollos--le dijo
Miquis riendo,--te voy á probar que soy adivino. Sin moverme de mi
cama sé dónde has estado: te he visto, Felipe, te he visto, aunque
no nací en Jueves Santo, como mi señora tía. Has estado en el café
de Diana tomando copas; te has emborrachado... No hacías más que
aplaudir á la tiple y decir barbaridades. Y seguramente eres un
hombre rico, porque allí sacaste muchas pesetas... Á ver, hombre,
enseña esos tesoros... abre esos bolsillos...
Desconcertado se quedó Felipe al oír esto. Su amo se reía, y él
no sabía si enfurruñarse ó reir también. ¡Otro caso extraño, muy
extraño! En la mesa de noche había dinero, pesetas... ¡Fenómeno más
extraño aún y verdaderamente maravilloso!... Las pesetas eran siete.
No pudo Alejandro obtener de él una confidencia explícita, y al fin
se durmió... Felipe cayó también sobre el sofá rendido de sueño y
cansancio.