I
Todo el mes de Mayo se pasó en alternativas de engañosa mejoría y de
recrudecimiento del mal, resultando un alza y baja sintomatológica,
con oscilaciones no menos bruscas que las de los fondos del enfermo.
Días hubo en que, cubiertas con esplendidez las principales
atenciones, aún sobró lo bastante para poner un duro en la mano
fría y flaca del apóstol de la escritura; pero otros, teñidos en
todas sus horas de un lúgubre color de tristeza, no traían consigo
más que necesidades, disgustos con Cirila, apuros y carencias de lo
más preciso. Fué por San Isidro cuando recibió Alejandro carta de
su padre, en la cual se manifestaba ya el buen señor enterado de la
vuelta que habían tomado los dineros de la tiíta. Vivísimo enojo
resaltaba en cada renglón de la epístola. El iracundo padre, pidiendo
cuentas del uso de aquel capital, declaraba al niño su resolución de
no mandarle un cuarto más en todo el año. Al Toboso habían llegado
noticias de la desaplicación del estudiante dramaturgo, de su vida
errática, de sus costumbres equívocas é indecorosas, por todo lo cual
estaba el buen don Pedro echando chispas. Concluía la tremebunda
carta diciendo al rebelde hijo que en vista de que no estudiaba, de
que era un perdido, no se gastaría más dinero en su carrera; que
después de los exámenes de Junio, si es que se examinaba, tomara el
camino del Toboso, donde se le tenía preparada una hoz para segar,
una azada para romper tierra, y un bielgo para aventar, únicos
instrumentos adecuados á la corrección de su holgazanería.
Consternado leyó el joven la filípica, siendo cada palabra de ella
puñal que le abría las entrañas, agravando su profunda dolencia.
¿Qué contestaría? Optó aquella vez por el mejor partido, que era
confesar su falta y pedir perdón. Se disculpó diciendo que había
tenido una larga enfermedad; pero á renglón seguido incurrió en la
torpeza, ya muchas veces cometida, de ocultar su verdadero estado
por no disgustar á su madre. Anunció que se había restablecido, que
ya iba á clase, y que esperaba examinarse y salir bien. Así lo creyó
el pobrecito, que antes perdería la vida que la esperanza. Era tan
ciego, que hacía proyectos para la semana próxima, contando con
restablecerse; prepararse en cuatro días, como lo había hecho otros
años; examinarse, y después irse tan alegre á su pueblo... _á acabar
de ponerse bueno_.
Para mayor tormento suyo, presentóse un día Torquemada, el
prestamista á quien Arias llamaba _Gobseck_, y con buenos modos, mas
con perversa intención, le exigió el pago de cierta suma. Alejandro
sintió un dogal que le estrangulaba. No supo qué contestar, y á cada
momento se contradecía. «La semana que entra... Precisamente estaba
esperando... No tuviera cuidado el señor Torquemada...» Este embozaba
con taimadas razones su exigencia. Aquel dinero no era suyo, sino
de un señor que se lo había confiado, para emplearlo, y el señor lo
necesitaba para ir á tomar baños de ola. Volvería al día siguiente;
volvería todos los días, mañana y tarde... ¡Poder de Dios, qué
hombre! Si no se le pagaba, pondría dos letritas al señor don Pedro
Miquis, _á ver qué determinaba_... Al buen Alejandro se le congeló
el sudor sobre la frente, y se le apretó el lazo corredizo que en el
cuello sentía.
--Felipe, chiquillo--dijo á su criado cuando el buitre les dejó
solos.--Es preciso hacer un esfuerzo. Abre la cómoda, saca toda mi
ropa, empéñala, que por ahora no la necesito, y para cuando pueda
levantarme ya tendré con qué sacarla... Á ver si te dan aunque no sea
más que lo bastante para pagarle á Torquemada los intereses.
Centeno obedeció en silencio; pero al pasar revista á la ropa,
observaba que faltaban muchas piezas; preguntaba por ellas á
Cirila; pero ésta se hacía de nuevas, y hasta se sorprendía de ser
interrogada sobre cosas con las cuales nada tenía que ver. «Allá tú,»
dijo á Felipe con lacónica malicia. La ropa blanca estaba reducida
á la mitad. Felipe hacía recuentos y comentarios; pero Miquis,
impaciente por terminar, cortaba las cuestiones, diciendo:
--No me marees. Me duele horriblemente la cabeza. Lleva lo que haya y
saca todo lo que puedas.
Y cargaba Felipe el lío, y salía y tornaba, y sin dar tiempo á que
Alejandro dispusiese del dinero allegado por tan fatal medio, se
presentaba Torquemada para llevárselo todo, lamentándose de que la
cantidad no fuera mayor, y anunciando su grata visita para dentro de
cuatro días. ¡Dios grande, qué hombre!
Apartado este peligro, se presentaban amenazadores otros muchos, y
entre ellos el de no tener para las medicinas, ni para lo poco que
allí se comía. Cirila, impasible, dijo una mañana:
--Como no me vuelva yo dinero... Hoy sí que no puedo hacer nada,
señorito de mis pecados. Ni la lumbre puedo encender. ¡Bonito genio
tiene el carbonero! ¿Oyó usted el escándalo que armó esta mañana por
lo mucho que se le debe?...
--Felipe...
--Señor.
--Hijito, por Dios... haz un esfuerzo. Échate á la calle... Hoy
tendrás suerte: me lo dice el corazón.
Salió Felipe desalentado y triste aquel día. Sentía un cansancio
moral que le abrumaba. Aquella escuela de iniciativa y de voluntad
era superior á sus años, y de vez en cuando la naturaleza juguetona y
pueril se rebelaba contra los quehaceres graves, y contra la pesada
carga de deberes más propios de hombre que de niño. Salió á mediodía,
y vagando estuvo por las calles más de una hora, discurriendo
qué camino tomaría y á qué amigos embestir en tal ocasión con la
cortante arma de sus peticiones: no se le ocurría nada; se reconocía
torpísimo, con desmayo muy grande en sus alientos; pasaba revista
mental de personas, sin hallar en ninguna probabilidades de un feliz
resultado... ¡Si tuviera la suerte de encontrarse en la calle un
bolsillo de dinero...! Miraba á las baldosas; pero no vió en ellas
ningún bolsillo ni cartera con billetes. ¡Si encontrara quien le
diera trabajo, pagándole sus servicios...!
Pensó en Mateo del Olmo; pero éste le había dicho que si volvía
otra vez á su casa haciéndose el tonto para pedir cuartos, le
tiraría por la ventana á la calle. ¡Doña Virginia...! ¡Sí, buena
estaba la señora!... Cuando fué ella misma á llevar las chuletas á
don Alejandro, había encontrado en el cuarto de éste á una... ¡á la
Tal!... y se retiró escandalizada. Tenía que oír doña Virginia...
El don Alejandro era un perdido y no había que acordarse más de él.
Estaba rodeado de gente de mal vivir, y lo que se le daba era para
mantener... cállate, boca.
Á pesar de esta mala disposición de la excelsa patrona, Centeno fué
allá. Podría ser que alguno de los señoritos... ¡María Santísima,
cómo se puso Virginia cuando le vió entrar! No le echó por la
escalera abajo porque no dijeran... Día más desgraciado que aquél
no lo había visto Felipe en su vida. ¡Vaya unas caras que ponían
los huéspedes! Verdaderamente estaban cansados de tanta y tanta
postulancia. Cienfuegos, desde que Miquis había llamado á otro
médico, no iba por allá, y además estaba, como siempre, en malísima
situación. Los demás no tenían voluntad de dar ó carecían de dinero.
--Esto ya es vicio--dijo Poleró.--Si su padre no le mandara, vamos...
pero él tiene sus mesadas... Aunque le diéramos millones, lo mismo
que nada. Aquello es un tonel sin fondo. Felipe, vete á la Casa de la
Moneda, única que puede surtir á tu amo. En la tuya hay por fuerza
muchas bocas de chupópteros... ¡Pobre Alejandro! ¡pobre chico! Al
fin ha de ir al hospital, y será lo mejor para él.
Casi lo mismo dijeron los demás. De la mano de ninguno de ellos se
desprendió ¡ay! el rocío de un solo cuarto.
Fuése á la calle muy descorazonado, y dió, durante media hora,
vueltas y más vueltas por el barrio, pensando, discurriendo,
cavilando... ¿Sobre quién dejaría caer el filo de su tajante
sable?... ¡Ah! ¡qué idea! si se atreviera... Si se atreviera á dar
un ataque á don Pedro Polo... Pero ¡quiá! con el genio tremebundo de
este señor... Á buena parte iba... Con todo, ¿por qué no había de
probar? Si don Pedro le decía que no, bueno; si, por el contrario,
se hallaba en situación favorable, en uno de aquellos momentos en
que parecía que se ablandaba y se derretía la masa durísima de su
genio...-¡Nada, á él! Quien no se atreve no pasa la mar. ¡Á don
Pedro, y salga lo que saliere! Dirigióse á la calle de la Libertad;
pero tan poca confianza tenía y tanto miedo de presentarse á su
antiguo amo y maestro, que moderaba el paso, y ya en la puerta,
volvió atrás y se entretuvo dando tiempo al tiempo, asustado del
momento que anhelaba... ¡Cobarde! Sintiendo al fin arranques de
energía, afrontó la terrible situación. ¡Adentro! ¡Cómo le temblaban
las manos, cómo le palpitaba el corazón! Subió y llamó. Era la hora
en que don Pedro, ya bien comido y bebido, acostumbraba entretenerse
un rato en su cuarto, fumando y hojeando algún libro de clase...
Desde que la criada abrió la puerta, sintió Felipe la voz de
Marcelina, y esto le fué de tan mal augurio, que se habría vuelto á
la calle si al mismo tiempo no oyera la del maestro, diciendo:
--¿Quién es?
El mismo Polo salió al recibimiento. ¡Sorpresa! Felipe como un
muerto... ¡Con qué ganas se precipitaría por la escalera abajo!
--¡Felipe!... ¿tú por aquí? Pasa, hombre... ¡Jesús! derrotadillo
estás...
Estas palabras, dichas con benevolencia, le volvieron el alma al
cuerpo.
--Que entres, hombre. Parece que me tienes miedo. ¿Qué es de tu vida?
Don Pedro le llevó á su cuarto. Felipe le miraba, regocijándose de
haberle encontrado de buen temple. Daba gracias á Dios de que no
estuvieran delante, mientras él hacía su petición, ni la madre ni
la hermana del Cura, pues de ambas temía desfavorables informes...
¡Vaya, que estaba aquel día de buenas el león! Para que todo fuera
lisonjero, don Pedro le facilitaba la penosa exposición de su cuita,
saliéndole al encuentro con esta hidalga y familiar frase:
--Ya, tú estás mal y vienes á que te socorra.
Felipe dió un gran suspiro. Bien comprendía que ninguna palabra sería
más elocuente. En pie, la roja boína en la mano, no apartaba los
ojos del suelo. El rubor le quemaba el rostro.
--No me coge de nuevas que estés tan mal. Desde que saliste de mi
casa no habrás hecho más que vagabundear. Eres un perdido, un pillete
de esas calles, y no teniendo ya quien te dé, no encontrando ya en
dónde merodear, vienes á que yo te ampare...
Felipe sintió que materialmente se le desprendía la cara y al suelo
se le caía. Hizo con ambas manos un movimiento encaminado á evitar
esta catástrofe anatómica. Comprendió que era preciso decir algo. El
silencio le acusaba.
--No, señor...--murmuró;--yo no soy vago... Estoy sirviendo á un
caballero...
--¿Y ese caballero no te da salario, no te da ni siquiera de comer?
--Sí, Señor... pero...--balbució Felipe, aturdidísimo y sin saber
cómo explicar el extraño y nunca visto caso de su miseria.
--Á ver, explícame eso.
--Es que mi amo no tiene nada... está pobre...
--¿Quién es?
--Un estudiante.
--Nunca he visto estudiantes que tengan sirvientes. ¿Es, por ventura,
hijo de reyes?
Felipe se cortó. Su garganta oprimida no daba paso á la voz ni al
resuello. Las ideas se le escapaban por un gran boquete abierto en su
cráneo. Empezó á hacer pucheros.
--No, con llantico no me convences... Mientras no me expliques bien
qué amo es ese, y por qué está tan miserable... ¿Y tú para quién
pides, para tí ó para él?
--Para él.
Don Pedro rompió en franca risa. Haciendo juego con él, en contrario,
Felipe lloraba como una Magdalena.
--Si usted no quiere creerme...--decía entre sollozo y sollozo...
--Pero si no me has explicado nada...
Y seguía llorando, llorando. Cada ojo era un río inagotable. Don
Pedro, mejor dicho, el caimán de la escuela, le miraba sonriendo con
cierta ferocidad escudriñadora, detrás de la cual quién sabe si se
escondía la compasión.
Limpiándose las lágrimas con ambas manos, á puñados, Felipe suspiró
estas palabras: «adiós, señor don Pedro,» y dió media vuelta y salió
del cuarto, encaminándose á buen paso hacia la puerta de la escalera.
Por el recibimiento iba, cuando la voz del maestro, iracunda, gritó:
--¡Doctorcillo!
Éste retrocedió.
--Demuéstrame tu necesidad--le indicó entre ceñudo y
compasivo;--hazme ver que no pides para vicios y para entretener tu
vagancia, y entonces te daré...
Felipe no respondía nada. Ya no lloraba.
--Pruébame...
¿Y cómo lo había de probar el desventurado? Pensó decir á Polo que se
diera una vuelta por la malhadada casa de la calle de Cervantes, para
que se convenciera, por el testimonio de sus ojos, de la verdad del
lastimoso cuadro; pero esto le pareció ineficaz. Don Pedro no había
de ir allá.
--Á ver, habla...
--Adiós, señor don Pedro,--volvió á decir el Doctor, dando otra vez
la media vuelta para retirarse.
--Haz lo que quieras... Bueno, hombre, abur. ¿Y á dónde vas con tu
cantinela?
Felipe se detuvo y le miró bien.
--Voy á ver si me quiere socorrer--dijo--una persona que ya otra vez
me socorrió.
--¿Quién?
--La señorita doña Amparo.
Don Pedro, súbitamente, se volvió para la pared. Así no pudo ver
Felipe su palidez, que era como la del bronce que quiere ser plata.
Haciendo que miraba un mapa. Polo exhaló estas palabras:
--¿Cómo fué eso?... ¿cuándo?
--El día que me marché de aquí, la señorita doña Amparo, que tiene
tan buen corazón, me dió seis pesetas que se había sacado á la
lotería.
Don Pedro empezó á revolver papeles sobre la mesa, quitando cosas de
su sitio para llevarlas á otro. Se hacía el distraído, refunfuñando:
--¿Es eso verdad?... ¡Qué cosas te pasan, hombre! ¿Con qué seis
pesetas...?
No miraba á Felipe, ni éste podía advertir en el rostro de su maestro
señales de interior borrasca. El caimán se metió la mano en el
bolsillo. Sonó dinero. Era como el roce y frotamiento de metálicas
escamas. Felipe fué todo ojos. Una de las manos de don Pedro contaba
sobre la otra, pasando y repasando monedas.
--Toma siete,--le dijo la domada fiera, poniendo un montoncillo sobre
la mesa.
--Dios se lo pague, don Pedro, y le dé mucha salud á usted y á toda
su familia.