¡Y qué bien durmió aquella noche! Las doce del día serían cuando
Felipe se aventuró á despertarle. Toda la tarde estuvo charla que
charla, y habría salido á la calle si Cienfuegos no se lo prohibiera
por estar el tiempo frío y amenazando lluvia. Como no carecía de
dineros, mandó traer comida de la fonda. ¡Lástima grande que el
apetito le faltara! Era muy extraño que apeteciera éste y el otro
plato, y que en el momento de verlos delante, le entraran invencibles
repugnancias. Esto le ponía triste, y decía:
--¿Sabes tú, Felipe, una cosa que yo creo que comería con gana? Pues
cañamones. Si mi tía me los mandara... Creo que con esto me volverían
las ganas de comer y me pondría bueno.
Benditos platos traídos de la fonda, no os podríais quejar del
desaire que el amo os hacía, porque, en cambio, el criado os trataba
con extremados miramientos. Así estaba él de nutrido y saludable, y
así echaba aquellos colores, pregoneros de su naturaleza vigorosa y
de un organismo admirablemente regularizado.
Al anochecer quejóse Alejandro de frío, y se acostó. No había acabado
de hacerlo, cuando alguien llegó á la casa preguntando por él. Felipe
salió á enterarse. Era una mujer...
--¡Ya, ya sé!--dijo Miquis turbadísimo cuando Felipe le dió cuenta
de la visita.--Enciende luz, dí á esa persona que entre, y vete en
seguida.
Felipe vió el demacrado rostro de su amo encenderse con llamarada de
rubor, cual hoja seca que arde. Los ojos del enfermo chisporrotearon
gozosos.
Al punto entró la mujer, señora ó lo que fuese. Pero la puerta
quedó entreabierta, y Centeno atisbó desde el pasillo... ¡Vaya, que
era arrogante y hermosa! No se la debía diputar por señora, porque
ninguna que tal nombre merezca se presentaría en visita con aquel
mantón pardo, de un color como café con leche, y con un pañuelo de
seda negro y rojo por la cabeza, puesto con donaire, haciendo como
un cucurucho prolongado sobre la frente. Á la sombra de este pañuelo
brillaban con expresión de acecho los ojos de aquella ninfa, amorosos
y traicioneros, como en verso decía Miquis, hablando del mirar de la
Carniola. Lo de las flechas que tanto usan los poetas, venían bien
allí; mas eran flechas untadas de caramelo envenenado. ¡Bonito aire
el de la Tal, y qué bien calzada!
Todo esto lo observó Felipe en un instante, asombrado, primero de la
hermosura, luego de la voz de aquella mujer. ¿Qué lenguaje hablaba?
Ya... se comía la mitad de las palabras, y las otras las remataba
con un dejo... ¡ay! Era andaluza... El metal de voz sonaba un
poquito ronco; pero la dicción no por eso resultaba menos lánguida y
suspirante.
¡Felipe, oído! La Tal se acercaba al lecho de Miquis y le tomaba la
mano. Él, turbado, sin duda, de la alegría de verla, le decía que
se sentara, lo que ella hizo de muy buena gana, porque estaba harto
cansina. Hablando, hablando, ella le llamaba niño, cosa que á Felipe
le pareció muy razonable, porque su amo estaba física y moralmente en
situación de ser llevado en brazos, y aun de que le dieran biberón.
¡Oído, Felipe!... La Tal charlaba, charlaba en su graciosa lengua
andaluza... ¡Tanto tiempo sin verle! No hacía más que pensar en él...
¡pobrecito! Era menester que se pusiera pronto bueno... Ella estaba
muy disgustada. ¡Le pasaban unas cosas... pero unas cosas...! No
podía vivir. Aún creyó entender Felipe que lloriqueaba algo. Lo que
su amo decía no llegó á los sutiles oídos de Centeno, porque la voz
de Alejandro, á consecuencia del mal que padecía, era como un soplo
fugaz, imperceptible para todo el que no estuviera á su lado.
Media hora larga duró la conferencia. La Tal se fué. La patrona, el
marido de la patrona y algunos huéspedes salieron al pasillo, y la
despidieron con cuchicheos. Felipe, al volver junto á su amo, viole
un tanto caviloso; pero no triste. De repente le entró una gran
locuacidad, y como si hablara con persona que tuviese antecedentes
del asunto en que él pensaba, dijo á Centeno:
--La pobre sigue en poder de aquel bárbaro, que la atormenta y la
tiene pereciendo.
--Hay que traer azúcar,--dijo Felipe, atento al cuidado del enfermo.
--Es verdad.
--¿Cuartos...?
--Busca por ahí. ¿No habrá en mis bolsillos?
Felipe, sabedor de que en la mesa de noche tenía su amo un gran
paquete de duros y pesetas, fué á buscar allí lo que necesitaba; pero
Alejandro le detuvo con estas palabras:
--No, si ya no hay nada. Busca en los bolsillos del pantalón.
El Doctor, sin dejar de pensar en la vuelta que había tomado la plata
depositada en la mesa de noche, empezó á buscar en todos los huecos
de la ropa.
--No hay ni un sacramento.
--Pídelo á doña Pepa. Tráete también caramelos... Oye, y cigarros.
Por más que diga Cienfuegos, no puedo dejar de fumar.
Al poco rato volvió Felipe con lo pedido, y además _La
Correspondencia_. Su amo dormitaba; luego se despabiló y estuvo
despierto casi toda la noche. Hablaba, entre tos y tos, del drama,
de las cosas atrevidas y justicieras que hacía el Duque, y de las
atroces llamaradas que echaba el Vesubio. Entre el follaje de esta
verbosidad, puso Felipe la flor de una observación que hizo sonreír á
Alejandro:
--Esa que ha estado aquí esta tarde--dijo,--es la Carniola.
--¡Y que está padeciendo las mayores amarguras bajo el poder de un
Jacques Pierres...!
--¡Qué pillo! Y puede que le pegue...
--Es un salvaje... ¡Si yo no estuviera clavado en esta maldita
cama...!
No dijo más sobre el particular... Como el tiempo seguía malo, continuó
prisionero algunos días. La Tal volvió á visitarle, y en aquella
segunda entrevista, que fué también de noche, el enfermo estaba
levantado. Hablaron larguísimo rato con animación y mutuas expresiones
de afecto. Ella contaba suplicios, sofocos y privaciones horribles. Él
la consolaba y anunciaba mejores días... ¡Oh! pues si él no estuviera
enfermo, todo iría bien. La Tal echó de sus bonitos ojos un par de
lágrimas, y dijo mil pestes de Jacques Pierres. Al manchego se le
partía el corazón. Lo peor de todo era que la Tal no podría venir más
á verle... Para salir á la calle necesitaba decir mil mentiras... ¡Y
luego venía con un miedo...! Pues si el bárbaro llegaba á descubrir que
ella... De seguro que le cortaría la cara, y era lástima que una cara
tan linda... ¡Lástima también ¡ay, Dios mío! que Alejandro no tuviera
salud y mucha guita para poner eficaz y pronto remedio á tamaños
males!... En fin, adiós, adiós...
Aún hubo una tercera visita, corta y de pocas palabras. Después de
ella, Miquis escribió una carta á Torquemada pidiéndole dinero.
El maldito prestamista no se lo mandó. ¡Paciencia! Cuando pudiera
salir á la calle, Alejandro se lo pediría de palabra con razones
persuasivas que no podía expresar la pluma de un poeta.
Á Felipe, justo es decirlo, no le eran indiferentes las gracias y
gentileza de la desconocida amiga de su amo, á la cual daba, por
no saber otro, el nombre de la Carniola. Ésta, al salir, le echaba
siempre un par de miradas, y al entrar casi tres. Grabáronse en la
memoria del muchacho las facciones de ella, su andar arrogante y la
expresión indefinible que se asociaba, por mágico contacto de las
ideas, á los poéticos lances del drama de Miquis.
Cierto que Felipe no era hombre todavía; pero lo sería pronto,
y él con su imaginación se anticipaba á la edad. Estaba, pues,
como poseído de cierta idealidad contemplativa y platónica, que se
recrudecía al ver á la Tal. Una noche, mientras su amo dormía, estaba
él desvelado y pensando en ella, viéndola claramente con todas sus
gracias y perfecciones. Encendida su fantasía, y lleno su corazón
de un gozoso entusiasmo, se le ocurrió á mi hombre la cosa más
extraña... Pero no, no califiquemos así lo que es producto natural de
infantiles caletres, y confesemos que lo que discurrió Centeno era
muy adecuado á su edad de transición y á su escogido espíritu.
Veamos. ¿Por qué no había de ser él también poeta? ¿Por qué no había
de componer también sus versos, como todos los chicos en llegando
á su edad? ¡Y quién sabía si estaba destinado á ser autor notable
como su señor, y aun á escribir un drama tan hermoso como _El Grande
Osuna_, que sería el asombro del mundo! Era menester probarlo. Notaba
como una llamarada dentro de su cabeza, y siempre que se acordaba
de la hechicera y arrogante Carniola, oía susurro de rimas en sus
orejas, y sentía dentro algo como ganas de llorar, ganas de reir...
Manos á la obra. Estaba inspiradillo, y muy tonto había de ser si
no conseguía enjaretar dos docenas de versos y cantar en ellos la
preciosidad de aquella mujer. Ya, ya sabía él que todo estaba
reducido á barajar unas cuantas palabras bonitas, y á ponerlas bien
puestas aquí y allá, haciéndolas sonar como cascabeles.
Su amo dormía; sentóse Felipe, cogió la pluma y ¡zas!... allá te
van renglones. ¡Quiá! esto no suena. Otra vez; borra y vuelve á
escribir. No sale... Ahora... _Gentil señora, de beldad bella y
hechicera_... ¡Oh! esto no sonaba. Á ver ahora. _Cuando las auras_...
Esto de las auras era de lo más majo que usan los poetas. _Cuando
las auras gimen ¡ay! y gimen_... ¡Magnífico! Lo malo era que no
podía seguir adelante, hasta ver qué salía de tanto gemido. Otro
esfuerzo: _Al mirar esos ojos cual luceros_... Bien, bien: ¡qué bien
sonaba el _cual_!... _Echando rayos hechiceros_... Que me queman cual
encendidos... ¿Qué pondría para rimar? _¿Carniceros?_ No: esto no
parecía palabra de poesía. Además, debía ser cosa que quemara, que
ardiera, como, por ejemplo, _braseros_, y mejor _pebeteros_, cosa de
lumbre y de buen olor á un tiempo.
Á las doce quedó terminada la composición. Felipe se reía á cada
verso escrito ó borrado. Á veces juzgábase hábil poeta, á veces
absolutamente inepto para el áspero arte de la versificación. Por
último, la idea de que su amo pudiera ver al día siguiente aquellos
disparates, llevóle á considerar sus versos como los más chabacanos
que se podían imaginar, y avergonzado los hizo pedazos, dejando para
más adelante, y cuando supiera algo de retórica, el hacer nuevo
ensayo de sus facultades imaginativas.
Al día siguiente de esto repitióse la visita de la que inspiraba
secretamente al Doctor sus ardientes pruritos de emular á Petrarca.
¡Oído, Felipe! que aquel día la conferencia fué más acalorada que
nunca. El manchego sin ventura deploraba la vaciedad de sus cajas,
que le ponían en el desairado trance de no poder atender á las cuitas
pecuniarias de la hermosa Carniola, y librarla de la feroz tiranía de
aquel Jacques Pierres á quien los turcos debían hacer picadillo...
Mostrábase ella muy alarmada de que el aventurero descubriese las
visitas recatadas al Duque, y recelaba que no pudieran verse más...
Para remediar esto, se le había ocurrido un plan. ¡Qué acertado
pensamiento! Bien para él y bien para ella. ¡Oído, Felipe! que va á
decir el plan. La Tal tenía una hermana, casada con el mayoral de
una ganadería. Vivía este matrimonio en casa humilde, pero aseada, y
le vendría bien tener un huésped para ayudarse. ¿Por qué no se iba
Alejandro á vivir con aquella feliz pareja? Estaría solito y mejor
asistido que en aquella casa, que parecía escuela de danzantes; en
aquella leonera, donde le robaban y no le cuidaban bien. No sería
huésped, sería el amo, y la bendita hermana de la Carniola no sería
su patrona, sino su ama de llaves. ¡Qué comodidad y qué proporción!
El mejor resultado de esto sería que la Tal podría siempre que
quisiera visitar á su hermana, sin oposición del caribe, y ver á
Alejandro diariamente y aun cuidarle en su enfermedad...
Oído, Felipe, que tu amo se arrebata, y aprueba el plan, y reniega de
doña Pepa, y hace depender el mejoramiento de su salud de un cambio
de domicilio. ¡Si en aquel cuarto no hay aire que respirar! Sí, sí;
y la Tal se entusiasma también, y dice que la casa de su hermana
_cae_ á unos jardines que parecen los cármenes de su tierra, llenos
de pajarillos. ¡Y cómo entra el sol por aquellas ventanas! El piso es
altito, eso sí, ciento diez escalones; pero una vez arriba...
Quiso la suerte ó la desdicha de nuestro héroe tobosino que á sus
proyectos se anticipara la llamada doña Pepa, hembra de mal genio y
peor catadura. Tiempo hacía que estaba disgustada de tener en su casa
un huésped herido, según ella, de enfermedad funesta y pegadiza. La
casa perdía mucho con esto, en su opinión de saludable, y ya algunos
señores alumnos de Veterinaria habían lanzado la peligrosa especie de
marcharse. Teniendo ciertos puntos y ribetes de humanitaria la doña
Pepa, no quería decir á Miquis, desabrida y secamente: «Le echo á
usted por enfermo.» Discurría un hábil pretexto, y vinieron á dárselo
las visitas de aquella Tal, á quien lo mismo ella que su marido
diputaron por una cualquiera, ¡Vaya unas amistades que tenía el don
Alejandro! No, en casa tan honrada no se querían visitas de tal
naturaleza, ni la opinión de la escogida pléyade de huéspedes podía
ser expuesta á las calumnias y dicharachos de la vecindad. En éstos
ó parecidos términos manifestó á Miquis doña Pepa sus propósitos,
corteses, pero claritos.
--Yo pensaba marcharme--dijo él.--En esta casa no hay aire respirable.
Y sin pérdida de tiempo empezó á disponer todo para la mudanza,
apretándole á ello el deseo de gozar pronto de la vista de aquellos
jardines, de la alegría de tanta luz y aires tan puros. ¡Qué suerte
tenía y qué motivos de alabar á la Providencia!
V
Habiendo mejorado el tiempo, pudo al fin salir á la calle. La
primera vez, apenas anduvo cien pasos, tuvo que volverse á casa;
pero su fuerza de voluntad y el anhelo de callejear pudieron más
que su quebranto, y en los días siguientes tornó á salir y estuvo
en el café. Era su aspecto como el de un difunto. Cuantos le veían,
ó manifestaban el mayor asombro, ó tenían que hacer disimulos muy
violentos de la mala impresión que les causaba el rostro amarillo,
la afilada nariz, la fatigosa voz del pobre estudiante. Y él,
siempre optimista, y engañándose á sí mismo, se anticipaba á las
observaciones de los que le compadecían, diciéndoles:
--No estoy ya tan malo como crees... Es porque me ves el primer día
que salgo á la calle, y la verdad... me he quedado en los huesos.
Pero me voy reponiendo... siento que mejoro rápidamente...
--¿Y dónde vives ahora?
--Te diré... No vayas á verme, porque estoy como de paso en una casa
que no es de huéspedes... casa con jardines; quiero decir, que tiene
vistas á un jardín... Pero no vayas por allí: hay mucha escalera, y
lo probable es que no me encuentres.
El verdadero motivo de que Alejandro alejara á sus amigos del nuevo
domicilio, era cierto disgusto ó vergüenza de que le vieran allí,
pues en verdad (¡desvaneceos, ilusiones locas!) no pudo el enfermo
haber ido á peor sitio, aunque lo rebuscara entre todo lo malo que
hay en Madrid. Estaba la tal casa en la calle de Cervantes; mas no
bastaban las leyendas gloriosas del barrio á hacerla simpática. Á
dicha vivienda se subía por una escalera interior, casi tan larga
como la del Cielo. Aquello no acababa nunca, y nuestro poeta tenía
que sentarse dos ó tres veces en los peldaños para poder seguir.
Cerca ya de los sotabancos, muchedumbre de sucios chiquillos á todas
horas invadía la escalera, estorbando el paso, haciendo infernal
ruido que ni un momento se interrumpía de la mañana á la noche. En
los descansos altos, había un tufo que viciaba el aire y lo hacía
irrespirable, porque las vecinas sacaban sus anafres y braseros
para encenderlos y pasarlos en la escalera. Abiertas casi todas las
puertas, sentíase allí hormigueo de gente que, por no tener espacio
bastante, rebosaba de sus domicilios, y el murmullo mareaba tanto
como el tufo del carbón. Las paredes, de abajo arriba, y donde quiera
que no faltaba el yeso, aparecían llenas de letreros, mamarrachos y
de mil suciedades diferentes.
La primera impresión de Alejandro, al estrenar su domicilio, fué
penosísima... Creyó que entraba en una carbonería, porque paredes
más negras que las de aquel pasillo no las había visto él en toda
su vida. Por el suelo de polvorosos ladrillos rojos se arrastraban
chicos entecos y miserables, otros gateaban, aquéllos corrían como
en una plaza, éstos hacían procesiones y paradas militares. En las
puertas numeradas, no había cordón de campanilla, y las más estaban
abiertas. Para llamar en las cerradas, se hacía uso de los nudillos.
Una vez dentro de su cuarto, que era el número 7, enseñáronle una
salita, lo mejor, casi lo único de la casa, de regular tamaño,
paredes sin papel, aplanado techo y buenas luces. Eso sí, en vistas,
no le ganara ni la torre de Santa Cruz.
Por la cuadrada ventana se veía grandioso país de nubes y tejados; se
dominaba toda la parte oriental de Madrid, que es la más hermosa: el
Retiro, la aguja del Dos de Mayo, el techo plomizo del Congreso, la
mole de Buenavista, las chimeneas de la flamante Casa de la Moneda,
y detrás el árido campo donde pronto se había de levantar el barrio
de Salamanca. En cúpulas y tejados veíanse las formas más extrañas
y las variedades más caprichosas. Ofrecía el conjunto una crestería
chabacana, de recortados picos, aleros, palomares y sin fin de
chimeneas, como negro ejército en desorden, las unas empenachadas de
humo, las otras no, muchas torcidas y con el capacete ladeado. Era
preciso mirar verticalmente, como se mira al fondo de un pozo, para
alcanzar á ver aquellos jardines de que hablaba la Tal. Pertenecían
á lujosas casas de la calle del Prado, y estaban tan hondos, que las
más altas ramas de las acacias apenas llegaban al segundo piso. Con
esmero y mimo cultivados, aquellos profundos verjeles se componían de
afeitado césped, setos tijereteados, de algunas coníferas y acacias,
todo raquítico y achacoso. Era como un hospital de árboles. Los había
variolosos, todos llenos de verrugas; los había reumáticos, mancos de
ramas; habíalos atacados de alopecia, por lo cual tenían calvicie de
hojas, y todos calenturientos, revelaban en su amarillez el paludismo
en que vivían. No faltaba tampoco una marmórea fuente que á ciertas
horas se emperifollaba con un juego de agua para recreo de los
pececillos rojos, prisioneros en el pilón.
No disgustó á Alejandro la estancia aquélla desde la cual se
veía tanta nube, tanta chimenea, y, con buena voluntad, el
sepultado jardín. Los muebles habían sido muy buenos; pero estaban
estropeadísimos y pidiendo á gritos plumero, agua y estropajo. No
había silla que no estuviera coja, ni pieza en que no faltara algo.
Todo revelaba la adquisición de lance, en el desplome de una fugaz
fortuna, de esas que nacen y se liquidan en una semana. Todo era de
acarreo, de baratillo; todo procedía de esa industria prendera que
sirve para poner casas provisionales ó para la improvisación de los
ajuares domésticos.
La gente aquélla, marido y mujer, no parecía mala. Ella habría sido
hermosa, si no estuviera picoteada por las viruelas; él, atravesado
y de semblante duro, revelaba conexiones con gente torera. La
estudiada afabilidad de ambos cautivó al manchego, que no veía más
que el aspecto bueno de las cosas. Todo quedó convenido, y se instaló
en la sala. Allí estaría como en su casa. Para mayor comodidad del
ínclito joven, no se fijaría un diario, al uso de las casas de
huéspedes, sino que él diría por las mañanas á Cirila: «Cirila,
quiero comer esto, quiero lo otro;» y Cirila le diría: «Pues, señor
don Alejandro, déme usted tanto más cuanto...» ¿Que el señorito no
quería aquel día comer...? «Pues, Cirila, hoy no como en casa.» ¿Que
quería un extraordinario...? «Cirila, mañana comeremos aquí cuatro
amigos.» Y ella entonces haría las cuentas, y le diría: «Porque mire
usted, señorito: la ternera está á tanto, la merluza á cuánto...»
Todo iba bien. Los primeros días estuvo Alejandro bastante mejorado,
y claro es que pasaba en la calle la mayor parte del tiempo.
Felizmente no carecía de dinero, juntando lo que pudo arrancar á
Torquemada con lo poco que le envió su padre. Iba viviendo; su
pensamiento, ávido de las cumbres, no sabía descender á los llanos
de la vida material, ni enterarse de lo mucho que habían encarecido
los artículos de comer desde que él hiciera sus convenios con Cirila;
ni advertía que le estaban costando un ojo de la cara su frugal
almuerzo y su nada abundante comida.
Había dicho á Felipe que abandonara la posada de los mieleros y se
viniese á habitar con él, lo que llevaron á mal Cirila y su marido,
porque era Felipe, según ellos, fisgón, entrometido y amigo de
curiosear lo que no le importaba. Todo lo había de intervenir, y
sabía el precio de los comestibles, del carbón y de los artículos más
usuales... ¡Oh, á él no se la daban! ¿Quién había visto que cuatro
huevos costaran una peseta? Sólo aquel visionario de don Alejandro,
con su cabeza llena de dramas, Carniolas, ideales y filosofías, podía
ver impasible tan grande atrocidad económica.
En un momento de mal humor había dicho Cirila: «Ya sabía yo que el
señorito era muy aficionado á mantener vagos,» frase que al Doctor se
le atravesó y no pudo digerirla en mucho tiempo. Pero mientras más le
crecían las uñas á ella, más se esmeraba él en fiscalizar y discutir
todo.
Desgraciadamente para el soñador del Toboso, pronto faltaron
ocasiones de regatear sobre el precio de las comidas. El 1.º de Mayo,
á consecuencia de haberse mojado con una llovizna, al anochecer,
recayó con síntomas muy desconsoladores. Francamente, en la noche
del 2, creyó que se moría. Vino Cienfuegos, y no fiándose de su
ciencia para un mal tan grave, trajo consigo á un médico amigo,
joven y afectuoso. La debilidad de Alejandro era tan grande como
su inapetencia. Hubo que recurrir á la carne cruda, al extracto
de Liebig, y con ninguna de estas cosas se atajaba el rápido
desmoronamiento de aquella naturaleza, ávida de pulverizarse y
perderse en lo inorgánico. La combustión crecía; las pérdidas eran
enormes; el espíritu se iba quedando cada vez más solo, tan solo, que
los desmayos eran simulacros de muerte. Peor estaba el infeliz que en
casa de doña Pepa, y más hundido, más clavado y sepultado en aquella
odiosa cama de tormento. Para que éste fuera mayor, su ánimo abatido
negábase á buscar en sí mismo, en su propia arrogancia y fecundidad,
las fuerzas reparatrices. Callaban los estímulos mentales del arte, y
enmudecían los pruritos íntimos del ideal y el amor. Todo dormía en
él, menos el enfermo; todo, menos la fatiga, el calor, el frío, la
cefalalgia, el negro cansancio y la pesadez de sus huesos de plomo...
¡Inexplicable desvío el de la Tal, que no había ido á verle más que
dos veces desde que allí estaba, y estas dos veces con mucha prisa,
porque tenía que hacer, porque sólo disponía de un par de ratitos!...
No vienen nunca solos los males. Á los referidos, juntóse uno que
era en todas circunstancias dolorosísimo para el pobre estudiante, y
en aquella terrible casa el mayor de los infortunios. ¡Se le había
concluido esa cosa tonta y divina, esa farándula indispensable, esa
nonada omnipotente que llaman dinero!... ¡Qué afanes, qué fatigas
para procurarse algunas cantidades! Felipe no cesaba de salir con
cartitas y recados. Volvía casi siempre con las manos vacías. «Es que
ya abusamos--pensaba él.--Razón tienen en no darnos nada.»