VI

Tuvo Cirila no se sabe qué cuestiones con su marido, y éste

desapareció. Se fué derecho á la ganadería, de donde no debió nunca

salir. Ella no se había ido también, según dijo, por estar cerca de

su hermana y cuidar al señorito; pero si el señorito no aprontaba lo

necesario para el diario, no podía ella darle ni una miga de pan,

porque... mostraba las palmas de las manos vacías... no tenía nada.

Para dar al señorito la última tajada de carne, le fué menester

empeñar su mantón y las sábanas de la cama... Por manera que si

el señorito quería una chuleta, una taza de caldo, huevo pasado,

rebanada de pan, ya podía ir pensando de dónde lo sacaba, porque

ella...

En tal extremidad, y hallándose como ejército famélico en plaza

estrechamente sitiada, discurrió Alejandro pedir socorro á su

tía, que era la última palabra del credo en casos tales. Acudió

volando Felipe con la esquelita, y á la hora volvió desconcertado y

afligidísimo. La señora le había recibido con risas muy extrañas y

llevádole á la sala, donde tenía (espanto y confusión de Felipe) una

mesa con tapete encarnado, y encima dos velas verdes y sin fin de

cartas de baraja revueltas... Á Centeno se le comprimió el corazón

viendo cómo la señora, después de espantar un zángano invisible, se

puso á revolver cartas sin hacer caso de él para nada... La criada

entraba y salía, viendo todo como la cosa más natural del mundo...

Por fuerza la mujerona sirviente estaba también tocada. ¿Y qué hizo

la señora con la carta de su sobrino? Pues la colocó abierta sobre

la mesa, y empezó á correr naipes, á correr naipes, diciendo unos

latines ó romances que el demonio que los entendiera. Después trajo

un puñado de cañamones, y haciendo un cucurucho se lo dió á Felipe

para que lo llevara al sobrino sin ventura... Que Felipe salió

escapado de la casa, no hay para qué decirlo. Felizmente, encontró

en la calle de Toledo á su paisano y amigo Mateo del Olmo, de quien

obtuvo, no sin esfuerzos de elocuencia, el anticipo de una peseta.

Con ella compró pan, dos huevos y una chuleta, y guardó el resto para

lo que ocurriese. Todavía había Providencia.

La misma noche tuvo un feliz encuentro en el pasillo de la casa,

que era el Foro ó Parlamento en que se ventilaban las cuestiones de

aquella federación de familias. Habiendo dejado á su amo dormido,

salió á ver si podía hacer callar á unos chiquillos que alborotaban.

Vió pasar á un hombre, que miraba al suelo, rozando su cuerpo contra

la pared, al mismo tiempo que andaba vacilante. Reconocióle al punto,

y tirando del faldón de una especie de levita, que del cuerpo de

aquel fantasma pendía, le dijo:

--¡Don José!... ¿Ya no me conoce?

El otro se detuvo y le miró. Sus ojos, cual si acabaran de verter

copiosísimo llanto, estaban húmedos. Sus erizados pelos bermejos se

querían echar fuera sediciosamente del abollado sombrero que los

oprimía y avasallaba. De su rostro emanaba una tristeza sepulcral,

como de los anafres de las vecinas el pesado tufo, y así como en

éstos, por los agujerillos, se ven las brasas quemadoras, así en

el entenebrecido rostro de Ido se veían brillar ascuas de un mirar

famélico. Más con el alma atenta que con el oído, enteróse Felipe de

los conceptos de aquella voz, que dijo:

--¡Ah!... tú eres aquel Doctorcillo Centeno, el que estaba en casa de

don Pedro... ¿Vives aquí?

Hubo mutuas explicaciones, y ofrecimiento de domicilio. Ido, tomando

á Felipe por un brazo, retrocedió á la escalera, y se sentó en el

último peldaño de ella.

--Siéntate aquí y hablaremos--dijo con voz desvanecida y vagorosa,

cual si las palabras medrosas del aire en que vibraban, quisieran

retroceder para volverse á la boca.--Sabrás, Felipe, cómo estoy sin

colocación desde hace tres meses. Y por más que busco, y aro la

tierra para encontrarla, no puedo conseguirlo. He visitado á todos

los maestros, y nada. He ido á todos los colegios, y en ninguno hay

vacante. Lecciones particulares, ¡Dios las dé!... De modo que estoy,

hijo, á la cuarta pregunta... con mi señora enferma y cuatro hijos,

cada uno con su boca correspondiente.

Preguntóle discretamente Felipe los motivos de su salida de la casa

de Polo, á lo que el pendolista contestó de este modo:

--¡Ay! hijo, tú te marchaste antes de que en el bueno de don Pedro

se iniciaran las grandes locuras que hemos visto... Ya conoces su

genio de Barrabás y sabes cómo nos trataba... El genio se le podía

llevar, anda con Dios; pero hay cosas, amigo Felipe, que ofenden á

un hombre digno. Yo á nadie falto. ¿Por qué no se me ha de tratar

con miramiento y buena crianza? Ya, cuando tú estabas, el maestro

me decía palabras malsonantes; pero como él mismo se reía, pasaban

por bromas. «Es usted más tonto que el cerato simple.» Esto era

á cada momento. Bien: pase como un desahogo... Pero cuando un

concepto se repite y se repite... Yo paso una broma; pero que me

pongan motes no me gusta. Don Pedro, últimamente, ya no me llamaba

por mi nombre, sino que decía: «_Cerato simple_, haga usted esto ó

lo otro. _Calamidad_, esto ó aquello...» Los chicos se reían y no

me respetaban nada. También entre ellos no faltaba quien dijera:

«_Cerato_, vete al acá ó al allá.» Francamente, naturalmente, amigo

Felipe, esto ya es por demás. Porque si un chico me falta una vez, se

lo paso; pero que me tomen como cuento de risa... Si á uno le mandaba

una cosa, me respondía: «_Dido_, no me da la gana...» «_Dido_, vete á

donde quieras...» Francamente, naturalmente... yo estaba ya trinando

en mi interior, y con un aquél que me revolvía las tripas. Don Pedro

no hacía más que disparatar cuando tomaba las lecciones: todo lo

decía al revés, y echaba la culpa á los chicos y á mí. Un día se

puso como un león, echando lumbre por aquellos ojazos, con espuma

en la boca; y empezó á tirarnos los libros, los tinteros, plumas,

pizarras. Nos apedreaba. Á algunos alumnos les hizo heridas... Todos

estábamos aterrados. Cogió al chico de Pasarón y le tiró al aire. Á

todas éstas, renegaba de la escuela y decía maldiciones impropias de

un sacerdote... Francamente, naturalmente, esto no se podía aguantar.

Aquel día se retiraron de la escuela no pocos niños, y el padre de

Nicomedes vino hecho una fiera, se trabó de palabras con don Pedro,

y por poco se pegan. Otro día el maestro estaba como un idiota: no

decía palabra; tenía una especie de modorra, y hasta parece que se

le caía la baba... No te rías; sí: al tal don Pedro le pasa algo...

Enfermo está no sé de qué... Pues como te decía, sin más ni más,

salió con la pitada de que yo le quitaba los discípulos, y que soy

un acá y un allá. Yo le dije: «Francamente, naturalmente, señor don

Pedro...» Y él me contestó: «Porque usted, bajo esa capita de santo,

es capaz de asesinar á su padre...» Francamente, naturalmente, yo...

¿qué había de hacer?... Total, que me marché. Aquí me tienes, pues,

sin colocación, pasando las de Caín para mantener á tanta familia.

¿Vives tú con un señor que parece está enfermo, y que, según dijo

doña Cirila, es algo poeta?

--¿Qué es eso de algo?--replicó Felipe, ofendido de que se

escatimaran así las facultades literarias de su señor.--Mi amo es de

lo que no hay en eso del drama y la poesía.

--Pues, hijo--manifestó don José alzando un poco la abatida voz por

los bríos que le daba la esperanza,--á ver si me proporcionas algún

trabajo. Quizás tenga tu amo borradores que copiar...

--Por ahora, señor don José, no sé si habrá algo; pero no está mi

amo muy en fondos para encargar ese trabajo... Más adelante puede...

porque tenemos unos dramas que el señorito va á poner en limpio.

--¡Dramas! Pues venga. Que me dé lo que pueda á cuenta... Yo

también hice un drama en mi juventud; y en esta miseria de ahora

se me ha ocurrido retocarlo, á ver si alguna compañía me lo quiere

representar. Es cosa del conde Fernán González, y todo, todito, me lo

hice en sonetos... Francamente, naturalmente, creo que no sirve para

nada.

--Me voy, no sea que se despierte,--dijo Centeno, cansado de las

confidencias de Ido.

Este le detuvo, y con voz más alentada, que declaraba el esfuerzo de

su cobarde espíritu, le dijo estas palabras:

--Felipe, tú no sabes lo triste que es volver á casa á estas horas

con las manos vacías, y cuando á uno le están esperando desde media

tarde, creyendo que lleva los imposibles... Si algún día eres padre

de familia, sabrás lo que esto es. Francamente, hijo, yo no sé si me

habrás comprendido; si no, te diré que me hagas el favor de prestarme

dos reales, si los tienes, y dispensa mi atrevimiento... que

francamente, naturalmente, nunca creí que un hombre como yo, dedicado

á la enseñanza...

Aquel apóstol de las gentes, aquel faro de las sociedades, aquel

portero de la inmortalidad, el santo, el evangelista de la

civilización, el pescador de hombres, sacó de su bolsillo una cosa

que, por las trazas, debía de ser pañuelo, y lo aproximó á las

fuentes de ternura que tenía por ojos. Felipe, hasta lo más hondo de

sus entrañas conmovido, se registró bien los bolsillos, y todo lo que

había en ellos se lo dió.

Miquis y su criado hablaron un rato de aquel infeliz vecino y de su

triste situación.

--Coge todo lo que haya--dijo el manchego,--y llévaselo. ¿Qué nos

importa el día de mañana? De alguna parte ha de venir. Nuestra

miseria es contingente, accidental y temporal la suya es intrínseca y

permanente. ¿No hay allí sobre la mesa dos huevos? Pues ofréceselos.

Y las tres onzas de chocolate y el pan... Dale todos los cuartos que

tengas en el bolsillo. ¡Pobre hombre! En cuanto me ponga bueno, he de

buscarle una colocación.

Siempre el mismo Alejandro. Ansioso de dinero cuando no lo tenía,

y capaz, por adquirirlo, hasta de olvidar los buenos principios,

como sucedió en el caso de la tiíta, desde que tenía algo, fuese

poco ó mucho, ya le faltaba tiempo para desprenderse de ello y

acudir á cuantas necesidades, verdaderas ó falsas, se manifestaran

á su lado. Su generosidad era tan incorregible como su ambición. Y

no escarmentaba nunca. Repetidas veces se había visto en grandes

aprietos por haber acudido con demasiada prisa al socorro de los

ajenos. Ejemplo de ello, que pocas horas después de su liberalidad

con el pobre Ido, al amanecer del siguiente día, la Naturaleza

le pidió cuentas de su falta de caridad consigo mismo. ¡De qué

buena gana se habría tomado una taza de té con leche, ó leche sola

caliente!... Pero no había leche ni azúcar, ni dinero con qué

comprarla. Como Felipe se quejara del pernicioso desprendimiento de

su amo, éste le dijo:

--Qué quieres... yo soy así, y no puedo ser de otro modo. Por más que

me empeñe en ello, no consigo ser egoísta. Mi yo es un yo ajeno.

Y ambos permanecieron silenciosos, mirándose á ratos; y cuando no se

miraban, el uno fijaba sus ojos en el techo y el otro en el suelo.

¡Peregrina divergencia, que en cierto modo venía como á simbolizar

la contraria organización de cada uno! ¿Y qué descubría Miquis en el

techo? Nada. ¿Qué sacaba Felipe del suelo? Nada. Ni arriba ni abajo

había para ellos socorro alguno.

Daba dolor ver al infeliz joven postrado en aquel lecho, y considerarle

favorecido por Dios, si no de una constitución robusta, de bríos

morales y mentales que debieran tener virtud suficiente para compensar,

en cierto modo, la pobreza física. ¿Pero no podría creerse que la

misma tensión y crecimiento del contenido habían roto el frágil vaso,

que ya, ¡fatalidad!, no tenía soldadura? ¿Quién que le viera no le

compadecería? ¿Quién que observara la expresión de aquel rostro, en

que se pintaban con magistral sello el martirio y la exaltación de las

ideas, no había de extender la mano y decir con arrebato de piedad:

«Detente, muerte, y no le toques?»

Era la perfecta imagen de un Nazareno, á quien se le quitaran

diez años. Su barba mosáica le había crecido algo después de la

enfermedad; pero aún no pasaba de la condición de vello largo, fino y

sedoso. Era más bien como una sombra dibujada con blando carboncillo:

se creería que iba á desaparecer si la soplaban con fuerza. Su

perfecta nariz afilada tenía transparencias de ópalo, y las tintas

gelatinosas de sus mejillas y sienes hacían que éstas parecieran más

deprimidas de lo que estaban. El tinte cárdeno de las cuencas de sus

ojos agrandaba éstos, haciéndolos más negros, luminosos y profundos.

Cuando eran intérpretes de la esperanza ó del entusiasmo, el espíritu

como que no cabía en ellos y se derramaba en borbotones de luz.

Tristes, parecían la propia mirada de la muerte; alegres, traían

resurrección á apariencias de salud á todo el descompuesto organismo.

Día y noche se le veía en aquella postura de paciencia, incorporado

en el lecho, porque no podía respirar de otra manera; rodeado de

almohadas, mal cubierto, de frente á la luz, con la mirada perdida

en el techo, ó en el cuadrado trozo de cielo que por la ventana se

veía.

El Doctor Centeno (Tomo II) · 第 19 / 41 题