III

El mal comenzado, ó más bien recrudecido aquella noche, tenía

trazas de no concluir fácilmente. Con modorra y pesadez durante

el día, con desasosiego por las noches, pasó Alejandro más de una

semana, sin adelantar en su restablecimiento, antes bien decayendo

y debilitándose por grados. Una mañana le encontró Felipe despierto

á la hora en que por lo general dormía. Palidez mortal cubría

su rostro, y sus ojos, engrandecidos enormemente, expresaban

estupefacción y terror. ¡Qué noche había pasado!... Después de largas

horas de inquietud y ardor tan grandes, que creyó revolcarse en un

lecho de púas y brasas, había sentido dolorosísima obstrucción en

el pecho... No se le quitó hasta que hubo arrojado enorme cantidad

de sangre por la boca. Felipe no sabía qué hacer. Su amo, cerrando

los ojos, cual si no tuviera fuerzas ni para soportar el peso de los

párpados, le dijo:

--Corre, Felipe, y llámate á Cienfuegos...

Cienfuegos, asustadísimo, disimulaba su disgusto. Tenía ya diplomacia

médica, antes de tener la ciencia y el título.

--Esto no es nada...--manifestó con énfasis doctoral.--Te voy á dar

el _percloruro de hierro líquido_. Tendrás un poco de paciencia... y

sobre todo mucha tranquilidad. No te ocupes de nada... Cualquier cosa

que necesites, ya sabes dónde estamos... Volveré esta tarde y mañana

y todos los días.

Los ofrecimientos de Cienfuegos no tenían término. Cuando Alejandro

movió sus labios para murmurar: «hablaremos...» el novel médico creyó

que iba á recordarle ciertas cuentas atrasadas, y presuroso, en tono

de cariño, le dijo:

--¡Eh... eh! Calladito. En esta enfermedad el uso de la voz puede

serte funesto. Con que punto en boca. Á la noche veremos. Que vaya

Felipe al momento por la medicina. Me voy á clase.

Durante el curso de la dolencia, asistía Cienfuegos con

irregularidad, conforme al espíritu de desarreglo que informaba su

naturaleza. Algunos días iba cuatro ó cinco veces, y se estaba

allí largas horas; otros no se le veía el pelo. Cuando era más

necesaria su presencia; cuando había dicho: «descuida, que vendré sin

falta,» no parecía. En cambio, se presentaba inesperadamente á horas

desusadas. Y no perdía ocasión de proponer á su paciente el préstamo

de un napoleón ó dos, animándole á ello con lisonjeros augurios de un

pronto restablecimiento.

Pero el mal era hondo y la herida grande. Un mes estuvo Alejandro

postrado en la cama y devorado al mismo tiempo de tristezas roedoras.

En mitad de su enfermedad, adquirió el convencimiento de que su

_Grande Osuna_ no se representaría ya en aquella temporada. Á pesar

de que ésta avanzaba bastante, él no perdía la esperanza; pero se

la quitó una carta del director del teatro, diciéndole en resumen:

«La obra es tan buena que necesita mucho estudio, y como nos falta

tiempo, la dejamos para la temporada próxima.»

El abatimiento que esto causó al poeta prolongó el tormentoso

trabajo de su naturaleza que luchaba por reparar la pérdida sufrida.

Sobrevino otra hemorragia, aunque mucho más débil que la primera;

pasó el infeliz toda la Semana Santa, la Pascua y muchos días más sin

ver cercano el término de su esclavitud y postración. Agravaban su

tristeza los airados sermones que por escrito le echaba su padre,

sabedor de que no estudiaba y de su vida vagabunda. ¡Y aún ignoraba

el buen señor la travesura del dinero de la Godoy!... ¡Pues el día

que lo supiese, bueno se iba á poner! Cuando Alejandro pensaba en

esto, sentía que se le recargaba la fiebre y aun que se le abrían

huecos dolorosísimos en la región toráxica. Persuadido estaba de que

su padre conocía ya el delito, porque ciertas frases displicentes y

amenazadoras de sus cartas no podían tener otra explicación.

El iluminado manchego se pasaba las lentas y cansadas horas de su

enfermedad pensando en la ira de don Pedro y en el grandioso cuanto

infortunado drama. Este era la causa de sus males todos; pero también

de aquellas resurrecciones súbitas y vigorosas de su espíritu, que

compensaban las molestias físicas. Porque el arte, dominando con

imperio en su alma, era la fuerza que le alentaba, el resorte de la

vida, y el secreto germen de ideas salvadoras. ¡La antiquísima fábula

del Ave Fénix qué verdad tan profunda encierra, qué hermoso símbolo

es de las formidables fuerzas restauradoras que el alma humana lleva

en sí misma, y con las cuales ella propia es su remedio, y de su mal

saca su bien, de su caída su elevación, de su dolor su alegría!...

Poco tiempo pasó desde el abatimiento traído por las cuitas

teatrales hasta una grande y alborozada transfiguración del ánimo,

esclarecido de proyectos hermosos, alumbrado por ideas y visiones

optimistas. No importaba que el drama no se hubiese representado.

Mejor, mucho mejor era dejarlo para la temporada próxima, porque

así podía el autor restablecerlo en el esplendor y grandeza con

que fué primeramente escrito. Sí, sí: se representaría íntegro,

con sus cinco actos, sus treinta personajes y su ancho horizonte

histórico y teatral. Honda alegría de su alma, resurgiendo del seno

obscuro de la tristeza de Alejandro, como el día de la noche, le

anunciaba los triunfos de la temporada próxima. No podía dudarlo,

porque la divinidad lo secreteaba en su espíritu con profética

voz. La excitación cerebral, produciendo aquella vez estímulos

provechosos en todo el organismo, dióle fuerzas y aun apariencias

de restablecimiento. No hay tónico como la felicidad. Levantóse del

lecho, y aunque se caía, los bríos del espíritu dábanle alientos para

poder exclamar:

--Si estoy bien... Gracias á Dios que me levanto de este maldito

potro. Dentro de tres días, á la calle.

Hizo traer del teatro la copia limpia del drama, y empezó á leerlo

despacio, cotejándolo con la versión primitiva para ver dónde se

amplificaba y dónde no. Quería hacer un trabajo admirable y nunca

visto. Por las noches, al acostarse, ponía el manuscrito debajo de

la almohada, durmiendo así en familiaridad espiritual con el Duque,

Jacques Pierres y la Carniola.

Aumentaron los motivos de su alegría, bienhechora del cuerpo y del

alma, ciertos dineros que le mandó su madre. Aunque Alejandro, en sus

cartas, disimulaba la enfermedad para no causar alarma en la familia,

ésta supo la importancia del mal. Felizmente ya estaba bueno y sano.

Así lo decía él, y así se lo creyeron. ¡Pobrecito, había gastado en

médicos y medicinas tantísimo dinero...! Su madre, pródiga siempre

en estos casos, le envió una bonita libranza. ¡Qué bien venía! Jamás

escritura comercial fué tan grata á humanos ojos como aquélla que

decía en caracteres de letra inglesa: _Por esta primera de cambio_,

etc..

--Lo primero es pagar--dijo Miquis con honradez candorosa.--Habrá

para todo.

¡Cielos! Si no se detiene á tiempo en aquella virtud del pagar,

pronto se queda sin un maravedí. La mitad se lo llevó un tal

Torquemada, hombre feroz y frío, con facha de sacristán, que prestaba

á los estudiantes. Sólo por réditos le comió al manchego la mejor

parte de lo que éste había recibido de su mamá... Después vino

Cienfuegos... ¡Pobre mártir! ¿Cómo no ayudarle á salir de aquel

nuevo apuro?... Socorrido el médico, se fué tan agradecido que casi

lloraba al despedirse. Y véase cómo ampara Dios á los caritativos.

Aquel mismo día fué Arias Ortiz á ver á Miquis, y le pagó seiscientos

reales que le debía. Gozoso éste, determinó desempeñar alguna ropa,

de la que estaba tan necesitado... Al fin, al fin podía salir otra

vez á la calle con decencia.

Su gran debilidad no le permitía trabajar en el drama; pero con

el despierto pensamiento, aguzado como cincel de acero, sin cesar

acariciaba su obra. ¡Goces puros los de modelar mentalmente la

creación artística, ablandándola y conformándola como la cera entre

los dedos!

--Voy á restablecer la figura de la Carniola--decía una noche, ya

metido en el lecho, á Felipe que le acompañaba;--voy á restablecerla

tal como la concebí y como está en el manuscrito primero; figura

grande y compleja... (tú eres un pobre bruto y no entiendes de

esto)... figura que... Ya verás, ya verás el furor que ha de hacer

en el público. Dirán que es cosa muy buena, y todos los críticos

me aplaudirán. Catalina es una mujer del pueblo, sí, créelo; mujer

vigorosamente poética, criada sin melindres, hija directa de la

Naturaleza. Nacida en las inmediaciones de Ragusa, pertenece á la

raza de los _uscoques_, de origen helénico, los implacables enemigos

del turco, los guerrilleros del Adriático, medio piratas, medio

comerciantes, pescadores y cazadores, veloces peces, pájaros dotados

de agilidad portentosa... ¿Entiendes lo que voy diciendo?

Todo ojos y oídos, Felipe no apartaba un ápice su espíritu de esta

febril elocuencia.

--Pues Catalina es robada de la casa paterna por un _uscoque_. Este

muere en una reyerta con los venecianos. Pasa á ser presa y querida

de un corsario, hasta que en un combate que éstos tienen con las

galeras del Duque, la coge Jacques Pierres... ¿De qué te ríes? ¿De

los muchos maridos que va teniendo esta señora?... Llámanla entre

ellos la Carniola, porque la aprisionaron en el golfo así nombrado.

Jacques Pierres la viste de riquísimas galas y joyas de Oriente,

cogidas á los turcos, y la lleva á Nápoles, donde la tiene oculta,

porque... ¡figúrate si será celoso, siendo ella tan guapa, y...! Para

abreviar, te diré que la _Carniola_ no puede ver á Jacques Pierres:

le detesta, chico, y diera por librarse de él... no sé yo lo que

diera... Pues verás ahora: en uno de aquellos paseos nocturnos que

daba el Duque por la ciudad, acompañado de Quevedo, vió á la tal

mujer...

--¡Y que era tonto mi señor Duque para enamorarse!--dijo

Centeno.--Eso es en aquel pasaje que cuenta:

Ví en Posilipo una mujer tan bella,

no digo bien mujer; yo ví una diosa...

--Justamente. Pero aunque recuerdes la letra y situación, no

comprendes el espíritu; no penetras tú el carácter de la _Carniola_.

Esta hermosa mujer se enamora también del Duque, fascinada de su

generosidad, de su hidalguía, de su gallarda presencia. Y tomando en

mayor aborrecimiento á los corsarios rudos, con quienes había andado

en tan malos tratos, le entran ambiciones de ser señora y de merecer

el amor del Virrey, más que por la hermosura por la principalidad.

Aquí es donde dice:

Subiendo á la cumbre voy

del monte de mi fortuna.

Á su extremo soberano

sólo falta un escalón:

dame la mano, ambición;

lisonja, dame la mano[1].

En el Duque... para que lo comprendas mejor... no sólo ama al amante,

sino al caballero, al gran señor, al futuro soberano de la Italia

toda... ¡Y qué figura la de Catalina! ¡No habrá actriz que me la

interprete, no la habrá! Yo la estoy viendo como te veo á tí: es

alta, esbeltísima, morena, de tez descolorida, con unos ojos negros

en los cuales centellea una dulzura incandescente y derretida,

que te embelesa abrasándote... En fin, no hay actriz que me la

represente... Yo me duermo, tengo mucho sueño. Me parece que estoy

bueno ya... ¿no crees...?

[1] Estos versos y los precedentes son de Calderón.

El Doctor Centeno (Tomo II) · 第 17 / 41 题