El mal comenzado, ó más bien recrudecido aquella noche, tenía
trazas de no concluir fácilmente. Con modorra y pesadez durante
el día, con desasosiego por las noches, pasó Alejandro más de una
semana, sin adelantar en su restablecimiento, antes bien decayendo
y debilitándose por grados. Una mañana le encontró Felipe despierto
á la hora en que por lo general dormía. Palidez mortal cubría
su rostro, y sus ojos, engrandecidos enormemente, expresaban
estupefacción y terror. ¡Qué noche había pasado!... Después de largas
horas de inquietud y ardor tan grandes, que creyó revolcarse en un
lecho de púas y brasas, había sentido dolorosísima obstrucción en
el pecho... No se le quitó hasta que hubo arrojado enorme cantidad
de sangre por la boca. Felipe no sabía qué hacer. Su amo, cerrando
los ojos, cual si no tuviera fuerzas ni para soportar el peso de los
párpados, le dijo:
--Corre, Felipe, y llámate á Cienfuegos...
Cienfuegos, asustadísimo, disimulaba su disgusto. Tenía ya diplomacia
médica, antes de tener la ciencia y el título.
--Esto no es nada...--manifestó con énfasis doctoral.--Te voy á dar
el _percloruro de hierro líquido_. Tendrás un poco de paciencia... y
sobre todo mucha tranquilidad. No te ocupes de nada... Cualquier cosa
que necesites, ya sabes dónde estamos... Volveré esta tarde y mañana
y todos los días.
Los ofrecimientos de Cienfuegos no tenían término. Cuando Alejandro
movió sus labios para murmurar: «hablaremos...» el novel médico creyó
que iba á recordarle ciertas cuentas atrasadas, y presuroso, en tono
de cariño, le dijo:
--¡Eh... eh! Calladito. En esta enfermedad el uso de la voz puede
serte funesto. Con que punto en boca. Á la noche veremos. Que vaya
Felipe al momento por la medicina. Me voy á clase.
Durante el curso de la dolencia, asistía Cienfuegos con
irregularidad, conforme al espíritu de desarreglo que informaba su
naturaleza. Algunos días iba cuatro ó cinco veces, y se estaba
allí largas horas; otros no se le veía el pelo. Cuando era más
necesaria su presencia; cuando había dicho: «descuida, que vendré sin
falta,» no parecía. En cambio, se presentaba inesperadamente á horas
desusadas. Y no perdía ocasión de proponer á su paciente el préstamo
de un napoleón ó dos, animándole á ello con lisonjeros augurios de un
pronto restablecimiento.
Pero el mal era hondo y la herida grande. Un mes estuvo Alejandro
postrado en la cama y devorado al mismo tiempo de tristezas roedoras.
En mitad de su enfermedad, adquirió el convencimiento de que su
_Grande Osuna_ no se representaría ya en aquella temporada. Á pesar
de que ésta avanzaba bastante, él no perdía la esperanza; pero se
la quitó una carta del director del teatro, diciéndole en resumen:
«La obra es tan buena que necesita mucho estudio, y como nos falta
tiempo, la dejamos para la temporada próxima.»
El abatimiento que esto causó al poeta prolongó el tormentoso
trabajo de su naturaleza que luchaba por reparar la pérdida sufrida.
Sobrevino otra hemorragia, aunque mucho más débil que la primera;
pasó el infeliz toda la Semana Santa, la Pascua y muchos días más sin
ver cercano el término de su esclavitud y postración. Agravaban su
tristeza los airados sermones que por escrito le echaba su padre,
sabedor de que no estudiaba y de su vida vagabunda. ¡Y aún ignoraba
el buen señor la travesura del dinero de la Godoy!... ¡Pues el día
que lo supiese, bueno se iba á poner! Cuando Alejandro pensaba en
esto, sentía que se le recargaba la fiebre y aun que se le abrían
huecos dolorosísimos en la región toráxica. Persuadido estaba de que
su padre conocía ya el delito, porque ciertas frases displicentes y
amenazadoras de sus cartas no podían tener otra explicación.
El iluminado manchego se pasaba las lentas y cansadas horas de su
enfermedad pensando en la ira de don Pedro y en el grandioso cuanto
infortunado drama. Este era la causa de sus males todos; pero también
de aquellas resurrecciones súbitas y vigorosas de su espíritu, que
compensaban las molestias físicas. Porque el arte, dominando con
imperio en su alma, era la fuerza que le alentaba, el resorte de la
vida, y el secreto germen de ideas salvadoras. ¡La antiquísima fábula
del Ave Fénix qué verdad tan profunda encierra, qué hermoso símbolo
es de las formidables fuerzas restauradoras que el alma humana lleva
en sí misma, y con las cuales ella propia es su remedio, y de su mal
saca su bien, de su caída su elevación, de su dolor su alegría!...
Poco tiempo pasó desde el abatimiento traído por las cuitas
teatrales hasta una grande y alborozada transfiguración del ánimo,
esclarecido de proyectos hermosos, alumbrado por ideas y visiones
optimistas. No importaba que el drama no se hubiese representado.
Mejor, mucho mejor era dejarlo para la temporada próxima, porque
así podía el autor restablecerlo en el esplendor y grandeza con
que fué primeramente escrito. Sí, sí: se representaría íntegro,
con sus cinco actos, sus treinta personajes y su ancho horizonte
histórico y teatral. Honda alegría de su alma, resurgiendo del seno
obscuro de la tristeza de Alejandro, como el día de la noche, le
anunciaba los triunfos de la temporada próxima. No podía dudarlo,
porque la divinidad lo secreteaba en su espíritu con profética
voz. La excitación cerebral, produciendo aquella vez estímulos
provechosos en todo el organismo, dióle fuerzas y aun apariencias
de restablecimiento. No hay tónico como la felicidad. Levantóse del
lecho, y aunque se caía, los bríos del espíritu dábanle alientos para
poder exclamar:
--Si estoy bien... Gracias á Dios que me levanto de este maldito
potro. Dentro de tres días, á la calle.
Hizo traer del teatro la copia limpia del drama, y empezó á leerlo
despacio, cotejándolo con la versión primitiva para ver dónde se
amplificaba y dónde no. Quería hacer un trabajo admirable y nunca
visto. Por las noches, al acostarse, ponía el manuscrito debajo de
la almohada, durmiendo así en familiaridad espiritual con el Duque,
Jacques Pierres y la Carniola.
Aumentaron los motivos de su alegría, bienhechora del cuerpo y del
alma, ciertos dineros que le mandó su madre. Aunque Alejandro, en sus
cartas, disimulaba la enfermedad para no causar alarma en la familia,
ésta supo la importancia del mal. Felizmente ya estaba bueno y sano.
Así lo decía él, y así se lo creyeron. ¡Pobrecito, había gastado en
médicos y medicinas tantísimo dinero...! Su madre, pródiga siempre
en estos casos, le envió una bonita libranza. ¡Qué bien venía! Jamás
escritura comercial fué tan grata á humanos ojos como aquélla que
decía en caracteres de letra inglesa: _Por esta primera de cambio_,
etc..
--Lo primero es pagar--dijo Miquis con honradez candorosa.--Habrá
para todo.
¡Cielos! Si no se detiene á tiempo en aquella virtud del pagar,
pronto se queda sin un maravedí. La mitad se lo llevó un tal
Torquemada, hombre feroz y frío, con facha de sacristán, que prestaba
á los estudiantes. Sólo por réditos le comió al manchego la mejor
parte de lo que éste había recibido de su mamá... Después vino
Cienfuegos... ¡Pobre mártir! ¿Cómo no ayudarle á salir de aquel
nuevo apuro?... Socorrido el médico, se fué tan agradecido que casi
lloraba al despedirse. Y véase cómo ampara Dios á los caritativos.
Aquel mismo día fué Arias Ortiz á ver á Miquis, y le pagó seiscientos
reales que le debía. Gozoso éste, determinó desempeñar alguna ropa,
de la que estaba tan necesitado... Al fin, al fin podía salir otra
vez á la calle con decencia.
Su gran debilidad no le permitía trabajar en el drama; pero con
el despierto pensamiento, aguzado como cincel de acero, sin cesar
acariciaba su obra. ¡Goces puros los de modelar mentalmente la
creación artística, ablandándola y conformándola como la cera entre
los dedos!
--Voy á restablecer la figura de la Carniola--decía una noche, ya
metido en el lecho, á Felipe que le acompañaba;--voy á restablecerla
tal como la concebí y como está en el manuscrito primero; figura
grande y compleja... (tú eres un pobre bruto y no entiendes de
esto)... figura que... Ya verás, ya verás el furor que ha de hacer
en el público. Dirán que es cosa muy buena, y todos los críticos
me aplaudirán. Catalina es una mujer del pueblo, sí, créelo; mujer
vigorosamente poética, criada sin melindres, hija directa de la
Naturaleza. Nacida en las inmediaciones de Ragusa, pertenece á la
raza de los _uscoques_, de origen helénico, los implacables enemigos
del turco, los guerrilleros del Adriático, medio piratas, medio
comerciantes, pescadores y cazadores, veloces peces, pájaros dotados
de agilidad portentosa... ¿Entiendes lo que voy diciendo?
Todo ojos y oídos, Felipe no apartaba un ápice su espíritu de esta
febril elocuencia.
--Pues Catalina es robada de la casa paterna por un _uscoque_. Este
muere en una reyerta con los venecianos. Pasa á ser presa y querida
de un corsario, hasta que en un combate que éstos tienen con las
galeras del Duque, la coge Jacques Pierres... ¿De qué te ríes? ¿De
los muchos maridos que va teniendo esta señora?... Llámanla entre
ellos la Carniola, porque la aprisionaron en el golfo así nombrado.
Jacques Pierres la viste de riquísimas galas y joyas de Oriente,
cogidas á los turcos, y la lleva á Nápoles, donde la tiene oculta,
porque... ¡figúrate si será celoso, siendo ella tan guapa, y...! Para
abreviar, te diré que la _Carniola_ no puede ver á Jacques Pierres:
le detesta, chico, y diera por librarse de él... no sé yo lo que
diera... Pues verás ahora: en uno de aquellos paseos nocturnos que
daba el Duque por la ciudad, acompañado de Quevedo, vió á la tal
mujer...
--¡Y que era tonto mi señor Duque para enamorarse!--dijo
Centeno.--Eso es en aquel pasaje que cuenta:
Ví en Posilipo una mujer tan bella,
no digo bien mujer; yo ví una diosa...
--Justamente. Pero aunque recuerdes la letra y situación, no
comprendes el espíritu; no penetras tú el carácter de la _Carniola_.
Esta hermosa mujer se enamora también del Duque, fascinada de su
generosidad, de su hidalguía, de su gallarda presencia. Y tomando en
mayor aborrecimiento á los corsarios rudos, con quienes había andado
en tan malos tratos, le entran ambiciones de ser señora y de merecer
el amor del Virrey, más que por la hermosura por la principalidad.
Aquí es donde dice:
Subiendo á la cumbre voy
del monte de mi fortuna.
Á su extremo soberano
sólo falta un escalón:
dame la mano, ambición;
lisonja, dame la mano[1].
En el Duque... para que lo comprendas mejor... no sólo ama al amante,
sino al caballero, al gran señor, al futuro soberano de la Italia
toda... ¡Y qué figura la de Catalina! ¡No habrá actriz que me la
interprete, no la habrá! Yo la estoy viendo como te veo á tí: es
alta, esbeltísima, morena, de tez descolorida, con unos ojos negros
en los cuales centellea una dulzura incandescente y derretida,
que te embelesa abrasándote... En fin, no hay actriz que me la
represente... Yo me duermo, tengo mucho sueño. Me parece que estoy
bueno ya... ¿no crees...?
[1] Estos versos y los precedentes son de Calderón.