Felipe era su único amigo, y el más leal y condescendiente de todos.
Era un chiquillo, es verdad, incapaz de sostener conversación seria
sobre cosa alguna; pero tenía tal entusiasmo por su amo, que no hacía
diferencia en ninguna acción ni palabra de éste, y todas las tenía
por acertadas, hermosas y sublimes. Era el adulador sempiterno,
si esto puede decirse de una adhesión inflexible, fundada en el
agradecimiento, y en un vivísimo afecto que á la vez era fraternal,
filial y amistoso.
Cuando salían á sus excursiones diurnas y nocturnas, había que
verles. Como tuvieran abundante dinero, se hartaban en un bodegón;
si no, compraban alguna vianda ligera y se la comían al campo raso.
Daban grandes paseos por las afueras, observando la diversidad de
tipos y asuntos que se encuentran á cada momento; estudiaban en
el gran libro de la humanidad transeunte, cuyas páginas, llámense
sorpresas, encuentros ó casualidades, ofrecen pasto riquísimo á la
fantasía y á la inteligencia. Ávidos, sin darse de ello cuenta, de
los goces mentales que proporcionan los panoramas populares con
paisaje y figuras, bajaban al río y entraban en vivos altercados
con las lavanderas; daban la vuelta luego por las Injurias y las
Yeserías; subían fatigados á Madrid después de cuestionar con los
gitanos en la Ronda de Embajadores, y, por último, algo tenían aún
que hacer á las puertas de los cuarteles, oyendo conversaciones
picantes entre mujeres y soldados.
Se metían también en las iglesias á oír sermones, á ver las beatas,
y oír cantorrios y salmodias. En la puerta no faltaba un poco de
palique con los mendigos. Hasta se atrevieron á colarse una tarde en
la sacristía, de donde les echaron poco menos que á puntapiés.
Por el centro de Madrid y paseos principales andaban poco; mas cuando
lo hacían, eran sus excursiones muy instructivas. Felipe se detenía
con vivo anhelo en los escaparates de libreros ó fotógrafos, allí
donde hubiese retratos de personajes célebres. Gozoso Alejandro de
verlos también, informaba al otro de los nombres, diciéndole: «Ese de
la cara menuda, nariz en punta y antiparras, es Hartzenbusch; aquel
joven de rostro triste, es Eguílaz; el de anteojos y bigote cano,
García Gutiérrez; el que está al lado, Aguilera, y el otro de cara
risueña y maliciosa. Mesonero Romanos.»
Cuando con alguno de éstos se topaban, no en retrato, sino de carne y
hueso, en la calle, no se hartaban de mirarle, y aun le seguían largo
trecho. De sus contemporáneos, el que mayor entusiasmo despertaba en
Alejandro era Ayala, poeta insigne, recién laureado por su célebre obra
_El Tanto por ciento_, de la cual decía nuestro manchego: «La primera
vez que la ví representar me hizo tal efecto, que estuve en cama tres
días.» Y en su _Grande Osuna_ había querido hacer gala de remedar la
dicción admirable, limpia y sonora de _El hombre de Estado_. No ya
cariño, sino veneración idolátrica era lo que á Miquis inspiraba el
poeta extremeño, por la perfección escultórica de sus obras, por la
energía de sus versos, y aun por su hermosa figura calderoniana.
Cuando le veían de lejos, Miquis, sin poderse contener, gritaba:
«¡Ayala, Ayala!» y le seguían por toda la calle, adelantándose á él,
á trechos, para mirarle de frente.
Al Museo fueron alguna vez. Contemplaba Felipe, con la boca abierta,
aquellas figuras tan guapas, y tenía como una sospecha del gran
mérito de todas ellas. En presencia de la perfección artística, no
hay persona, por ruda, por ineducada que sea, que no sienta, ya que
no otra cosa el secreto orgullo de su afinidad con la esencia divina
que inspiró aquella belleza, y de su parentesco corpóreo con las
manos que la ejecutaron.
--¿Esto lo hizo un hombre?...--preguntaba Felipe en el colmo del
candor.
--Sí: Murillo.
--¿Y aquellos ángeles, los sacó de su cabeza?
--Ahí verás tú.
Un domingo, en la puerta ya muy entusiasmados, no les fué permitido
entrar por el malísimo pelaje que tenían. Avergonzado Alejandro,
estuvo todo el día mudo, atento sólo á sus botas usadísimas, á su
raída levita y al sombrero, que parecía comprado en los bazares del
Rastro. En cuanto á Felipe, más nos valdría no describirle ni aun
mirarle. Su calzado era un par de chanclas viejas, rotas y deformes,
que había adquirido no se sabe dónde, con más barro que cuero. La
chaqueta que le cubría el cuerpo no era ya de color conocido, y por
mil bocas pedía que la llevaran á una tina de trapos viejos para
convertirse en papel. También los pantalones querían ser papel,
aunque fuera de estraza. No se sabe cómo fué á parar á la cabeza del
insigne Doctor aquella boína encarnada con un agujero por donde le
salían erizados mechones de pelo.
Del balance de caja más que del estado del tiempo, dependía el
empleo que daban á las horas de la noche. Si Alejandro tenía dinero,
ya procediese de su mesada, ya de la incauta generosidad de un
amigo, se iba solo á sus correrías. «Mira, Felipe--le decía después
de comer,--ahora te vas á casa; te pones á estudiar... Aunque no
puedes ir al Instituto, por tu mala ropa, conviene que aprendas las
lecciones. Yo tengo que hacer. Abur.»
Cierta noche siguióle Centeno, y vió que entró en una casa... pero
nada más supo ni averiguó. Casa era de apariencia vulgar, y la
ruín fachada no decía qué clase de amistades allí solicitaban al
asendereado manchego. Felipe aprovechaba las noches en que su amo le
dejara solo, para trabajar _pro domo sua_. Tenía instintos prácticos,
vocación latente de buscarse la vida, y aunque no era maestro en
las artes del pedigüeño, se dió tales mañas, que á las pocas noches
de haber visitado á Zalamero y á doña Virginia, consiguió una
levita vieja, que á él le venía de perlas si encontraba quien se la
arreglase; un hongo, y botas magníficas con caña de tela. Bien, bien.
Cuando Alejandro estaba limpio de dinero; cuando entre los dos no
reunían más que la peseta ó los cinco reales con que atracarse de
judías ó de una mala sopa, no se separaban por las noches. Miquis
suspiraba, desconsolado y tristísimo; pero en cuanto empezaban á
recorrer calles, como que se distraía y se olvidaba de su penuria.
Gustaban de recorrer los barrios bajos, viendo riñas, escenas y
extravagancias populares; ó bien, hastiados del bullicio, se metían
por el solitario arrabal de la Mancebía, calles de la Redondilla y
del Toro, plazuelas del Alamillo y de la Paja. Miquis necesitaba
poco para transportarse con el vuelo de su imaginación al siglo XVII,
y excitado por lo extraño de la escena, contaba á su amigo aventuras,
episodios históricos, y le describía sucesos y caracteres.
También gustaban de recorrer la calle del Almendro, y se detenían
ante la cerrada casa de la tiíta. Una noche de limpio cielo y
clarísima luna, se sentaron á descansar en el pretil de Santisteban.
Aquel sitio era perfecto escenario de aventuras de antaño. El caserón
de Santisteban, el desnivelado suelo, el pretil, la casa de los
Vargas con la barroca puerta de la capilla, la torre mudéjar de San
Pedro, la soledad, la escasa luz, el silencio, todo era propiamente
decorativo y romántico. No faltaba más que la humanidad con golilla
y tizona. Miquis, inspirado, se terció su capa, dió varias vueltas,
ocultóse en el hueco de una puerta, y salió de improviso gritando:
_«¡Teneos... atrás! ¡traidor!_
Ponte tú en medio de la calle y responde con brío:
_¡Qué escucho! ¡cielos, valedme!_
Y yo te doy la estocada:
_¡Válgate el infierno!_
Tú dices entonces con angustia:
_Aguarda._
_Oye una palabra... advierte_...
Y yo te remato así:
_¿Palabras yo? toma hierro_.
Y caes bañado en sangre gritando:
_¡Yo muero... Jesús mil veces!_
Sofocado de su mímica tumultuosa, se sentó en el pretil.
--¡Qué gigantesca figura la de ese Duque!--exclamó con profundo
desconsuelo.--¡Y que esto no se haya representado todavía...!
Cual si hablara con quien pudiera apreciar su erudición, dijo así:
--Yo presento al Duque como la figura más genuinamente española del
siglo XVII. Su época está retratada en él, con todo lo que contiene
de grande y viciado. Es un insigne caballero aquel don Pedro Téllez
Girón, libertino, justiciero, cruel con los malos, generoso con
los buenos; gobernando el reino de Nápoles, más que con juicios
reposados, con ímpetus repentinos que casi siempre le salían bien;
perseguidor de los usureros, de los curiales y de todos los que
oprimen al pueblo; frenético por las mujeres y enamorado de todas
las que veía; ambicioso de gloria, de popularidad; liberalísimo,
manirroto, lleno de deudas; en diplomacias agudo, en moral
indulgente...
Tantas vueltas había dado en su espíritu al famoso y noble Virrey,
que concluyó por identificarse con él y hacerlo suyo, fundiendo el
carácter soñado en el real. En sus soliloquios decía: «Soy lo mismito
que el _Grande Osuna_.» ¡Oh! pues si Alejandro tuviera medios de
manifestar lo que en sí llevaba; si los tiempos y las circunstancias
le permitieran exteriorizarse, sin duda admiraríamos en él al
gallardo tipo del prócer dadivoso, caballeresco, justiciero, duro con
los malos, blando con los buenos, enamorado hasta el frenesí de toda
mujer guapa...
Dando en el hombro de Centeno una palmada tan fuerte, que á poco más
le hace caer del pretil, díjole estas enfáticas palabras:
--Tú eres mi secretario, el gran don Francisco de Quevedo.
Verse comparado con el hombre más gracioso que ha existido en el
mundo, hacía reir á Felipe de gozo y orgullo.
Si pasaba un transeunte, Miquis decía al oído de su secretario:
--Ese es Jacques Pierres que acude á la conjuración de los
_uscoques_. _Uscoques_ son unos bandidos que habitan en las playas
del Adriático. Ya sabes que el Adriático es...
--Un mar,--replicaba Felipe, hinchado de erudición.
--Pues supón que aquélla es la casa donde se reúnen misteriosamente
los _uscoques_... ¿Ves aquel cura que pasa? Es Fra Domenico
Caracciolo, camaldulense, que ha jurado acabar con el Duque por
ciertas cuestiones... ¿Recuerdas el acto primero...?
--Sí... Fué porque los camaldulenses querían oprimir á los pobres, y
el Duque cogió un día en Palacio á uno de los tales frailucos, cuando
fueron á pedirle dinero... y le tiró de las orejas...
--Era un hombre terrible... En la casa donde están reunidos los
_uscoques_ se mete disfrazado don Francisco de Quevedo...
--Yo...
--Y lo descubres todito. Gracias que la Carniola, amante del Duque,
previno á éste; que si no... Querían nada menos que asesinarle...
--¡Pillos!...
--La Carniola es también hermosa figura--afirmó el poeta, desvanecido
de entusiasmo.--Yo veo aquellos dientes de perlas; aquellos ojos
lánguidos, perezosos, traicioneros; aquel perfil de helénica estatua,
la tez pálida, el arrogante talle... No concibe la imaginación
mujer que la supere ni aun que la iguale. Respira amores; su mirada
acaricia quemando...
Diciendo esto, rompió á toser con tanta fuerza, que parecía que se
le desgarraba el pecho y que se le salían las entrañas por la boca.
Calmado aquel violento espasmo, quedóse como desmayado y sin fuerzas.
Su resuello era un áspero silbido; su frente estaba empapada en tibio
sudor.
--Vámonos--dijo Felipe asustadísimo.--Hace aquí mucho frío.
Bien cubierto con su capa, mas tiritando, andaba el manchego, apoyado
en su fiel secretario. Al llegar á la casa se acostó. La fiebre era
intensísima... Deliraba.