II

Felipe era su único amigo, y el más leal y condescendiente de todos.

Era un chiquillo, es verdad, incapaz de sostener conversación seria

sobre cosa alguna; pero tenía tal entusiasmo por su amo, que no hacía

diferencia en ninguna acción ni palabra de éste, y todas las tenía

por acertadas, hermosas y sublimes. Era el adulador sempiterno,

si esto puede decirse de una adhesión inflexible, fundada en el

agradecimiento, y en un vivísimo afecto que á la vez era fraternal,

filial y amistoso.

Cuando salían á sus excursiones diurnas y nocturnas, había que

verles. Como tuvieran abundante dinero, se hartaban en un bodegón;

si no, compraban alguna vianda ligera y se la comían al campo raso.

Daban grandes paseos por las afueras, observando la diversidad de

tipos y asuntos que se encuentran á cada momento; estudiaban en

el gran libro de la humanidad transeunte, cuyas páginas, llámense

sorpresas, encuentros ó casualidades, ofrecen pasto riquísimo á la

fantasía y á la inteligencia. Ávidos, sin darse de ello cuenta, de

los goces mentales que proporcionan los panoramas populares con

paisaje y figuras, bajaban al río y entraban en vivos altercados

con las lavanderas; daban la vuelta luego por las Injurias y las

Yeserías; subían fatigados á Madrid después de cuestionar con los

gitanos en la Ronda de Embajadores, y, por último, algo tenían aún

que hacer á las puertas de los cuarteles, oyendo conversaciones

picantes entre mujeres y soldados.

Se metían también en las iglesias á oír sermones, á ver las beatas,

y oír cantorrios y salmodias. En la puerta no faltaba un poco de

palique con los mendigos. Hasta se atrevieron á colarse una tarde en

la sacristía, de donde les echaron poco menos que á puntapiés.

Por el centro de Madrid y paseos principales andaban poco; mas cuando

lo hacían, eran sus excursiones muy instructivas. Felipe se detenía

con vivo anhelo en los escaparates de libreros ó fotógrafos, allí

donde hubiese retratos de personajes célebres. Gozoso Alejandro de

verlos también, informaba al otro de los nombres, diciéndole: «Ese de

la cara menuda, nariz en punta y antiparras, es Hartzenbusch; aquel

joven de rostro triste, es Eguílaz; el de anteojos y bigote cano,

García Gutiérrez; el que está al lado, Aguilera, y el otro de cara

risueña y maliciosa. Mesonero Romanos.»

Cuando con alguno de éstos se topaban, no en retrato, sino de carne y

hueso, en la calle, no se hartaban de mirarle, y aun le seguían largo

trecho. De sus contemporáneos, el que mayor entusiasmo despertaba en

Alejandro era Ayala, poeta insigne, recién laureado por su célebre obra

_El Tanto por ciento_, de la cual decía nuestro manchego: «La primera

vez que la ví representar me hizo tal efecto, que estuve en cama tres

días.» Y en su _Grande Osuna_ había querido hacer gala de remedar la

dicción admirable, limpia y sonora de _El hombre de Estado_. No ya

cariño, sino veneración idolátrica era lo que á Miquis inspiraba el

poeta extremeño, por la perfección escultórica de sus obras, por la

energía de sus versos, y aun por su hermosa figura calderoniana.

Cuando le veían de lejos, Miquis, sin poderse contener, gritaba:

«¡Ayala, Ayala!» y le seguían por toda la calle, adelantándose á él,

á trechos, para mirarle de frente.

Al Museo fueron alguna vez. Contemplaba Felipe, con la boca abierta,

aquellas figuras tan guapas, y tenía como una sospecha del gran

mérito de todas ellas. En presencia de la perfección artística, no

hay persona, por ruda, por ineducada que sea, que no sienta, ya que

no otra cosa el secreto orgullo de su afinidad con la esencia divina

que inspiró aquella belleza, y de su parentesco corpóreo con las

manos que la ejecutaron.

--¿Esto lo hizo un hombre?...--preguntaba Felipe en el colmo del

candor.

--Sí: Murillo.

--¿Y aquellos ángeles, los sacó de su cabeza?

--Ahí verás tú.

Un domingo, en la puerta ya muy entusiasmados, no les fué permitido

entrar por el malísimo pelaje que tenían. Avergonzado Alejandro,

estuvo todo el día mudo, atento sólo á sus botas usadísimas, á su

raída levita y al sombrero, que parecía comprado en los bazares del

Rastro. En cuanto á Felipe, más nos valdría no describirle ni aun

mirarle. Su calzado era un par de chanclas viejas, rotas y deformes,

que había adquirido no se sabe dónde, con más barro que cuero. La

chaqueta que le cubría el cuerpo no era ya de color conocido, y por

mil bocas pedía que la llevaran á una tina de trapos viejos para

convertirse en papel. También los pantalones querían ser papel,

aunque fuera de estraza. No se sabe cómo fué á parar á la cabeza del

insigne Doctor aquella boína encarnada con un agujero por donde le

salían erizados mechones de pelo.

Del balance de caja más que del estado del tiempo, dependía el

empleo que daban á las horas de la noche. Si Alejandro tenía dinero,

ya procediese de su mesada, ya de la incauta generosidad de un

amigo, se iba solo á sus correrías. «Mira, Felipe--le decía después

de comer,--ahora te vas á casa; te pones á estudiar... Aunque no

puedes ir al Instituto, por tu mala ropa, conviene que aprendas las

lecciones. Yo tengo que hacer. Abur.»

Cierta noche siguióle Centeno, y vió que entró en una casa... pero

nada más supo ni averiguó. Casa era de apariencia vulgar, y la

ruín fachada no decía qué clase de amistades allí solicitaban al

asendereado manchego. Felipe aprovechaba las noches en que su amo le

dejara solo, para trabajar _pro domo sua_. Tenía instintos prácticos,

vocación latente de buscarse la vida, y aunque no era maestro en

las artes del pedigüeño, se dió tales mañas, que á las pocas noches

de haber visitado á Zalamero y á doña Virginia, consiguió una

levita vieja, que á él le venía de perlas si encontraba quien se la

arreglase; un hongo, y botas magníficas con caña de tela. Bien, bien.

Cuando Alejandro estaba limpio de dinero; cuando entre los dos no

reunían más que la peseta ó los cinco reales con que atracarse de

judías ó de una mala sopa, no se separaban por las noches. Miquis

suspiraba, desconsolado y tristísimo; pero en cuanto empezaban á

recorrer calles, como que se distraía y se olvidaba de su penuria.

Gustaban de recorrer los barrios bajos, viendo riñas, escenas y

extravagancias populares; ó bien, hastiados del bullicio, se metían

por el solitario arrabal de la Mancebía, calles de la Redondilla y

del Toro, plazuelas del Alamillo y de la Paja. Miquis necesitaba

poco para transportarse con el vuelo de su imaginación al siglo XVII,

y excitado por lo extraño de la escena, contaba á su amigo aventuras,

episodios históricos, y le describía sucesos y caracteres.

También gustaban de recorrer la calle del Almendro, y se detenían

ante la cerrada casa de la tiíta. Una noche de limpio cielo y

clarísima luna, se sentaron á descansar en el pretil de Santisteban.

Aquel sitio era perfecto escenario de aventuras de antaño. El caserón

de Santisteban, el desnivelado suelo, el pretil, la casa de los

Vargas con la barroca puerta de la capilla, la torre mudéjar de San

Pedro, la soledad, la escasa luz, el silencio, todo era propiamente

decorativo y romántico. No faltaba más que la humanidad con golilla

y tizona. Miquis, inspirado, se terció su capa, dió varias vueltas,

ocultóse en el hueco de una puerta, y salió de improviso gritando:

_«¡Teneos... atrás! ¡traidor!_

Ponte tú en medio de la calle y responde con brío:

_¡Qué escucho! ¡cielos, valedme!_

Y yo te doy la estocada:

_¡Válgate el infierno!_

Tú dices entonces con angustia:

_Aguarda._

_Oye una palabra... advierte_...

Y yo te remato así:

_¿Palabras yo? toma hierro_.

Y caes bañado en sangre gritando:

_¡Yo muero... Jesús mil veces!_

Sofocado de su mímica tumultuosa, se sentó en el pretil.

--¡Qué gigantesca figura la de ese Duque!--exclamó con profundo

desconsuelo.--¡Y que esto no se haya representado todavía...!

Cual si hablara con quien pudiera apreciar su erudición, dijo así:

--Yo presento al Duque como la figura más genuinamente española del

siglo XVII. Su época está retratada en él, con todo lo que contiene

de grande y viciado. Es un insigne caballero aquel don Pedro Téllez

Girón, libertino, justiciero, cruel con los malos, generoso con

los buenos; gobernando el reino de Nápoles, más que con juicios

reposados, con ímpetus repentinos que casi siempre le salían bien;

perseguidor de los usureros, de los curiales y de todos los que

oprimen al pueblo; frenético por las mujeres y enamorado de todas

las que veía; ambicioso de gloria, de popularidad; liberalísimo,

manirroto, lleno de deudas; en diplomacias agudo, en moral

indulgente...

Tantas vueltas había dado en su espíritu al famoso y noble Virrey,

que concluyó por identificarse con él y hacerlo suyo, fundiendo el

carácter soñado en el real. En sus soliloquios decía: «Soy lo mismito

que el _Grande Osuna_.» ¡Oh! pues si Alejandro tuviera medios de

manifestar lo que en sí llevaba; si los tiempos y las circunstancias

le permitieran exteriorizarse, sin duda admiraríamos en él al

gallardo tipo del prócer dadivoso, caballeresco, justiciero, duro con

los malos, blando con los buenos, enamorado hasta el frenesí de toda

mujer guapa...

Dando en el hombro de Centeno una palmada tan fuerte, que á poco más

le hace caer del pretil, díjole estas enfáticas palabras:

--Tú eres mi secretario, el gran don Francisco de Quevedo.

Verse comparado con el hombre más gracioso que ha existido en el

mundo, hacía reir á Felipe de gozo y orgullo.

Si pasaba un transeunte, Miquis decía al oído de su secretario:

--Ese es Jacques Pierres que acude á la conjuración de los

_uscoques_. _Uscoques_ son unos bandidos que habitan en las playas

del Adriático. Ya sabes que el Adriático es...

--Un mar,--replicaba Felipe, hinchado de erudición.

--Pues supón que aquélla es la casa donde se reúnen misteriosamente

los _uscoques_... ¿Ves aquel cura que pasa? Es Fra Domenico

Caracciolo, camaldulense, que ha jurado acabar con el Duque por

ciertas cuestiones... ¿Recuerdas el acto primero...?

--Sí... Fué porque los camaldulenses querían oprimir á los pobres, y

el Duque cogió un día en Palacio á uno de los tales frailucos, cuando

fueron á pedirle dinero... y le tiró de las orejas...

--Era un hombre terrible... En la casa donde están reunidos los

_uscoques_ se mete disfrazado don Francisco de Quevedo...

--Yo...

--Y lo descubres todito. Gracias que la Carniola, amante del Duque,

previno á éste; que si no... Querían nada menos que asesinarle...

--¡Pillos!...

--La Carniola es también hermosa figura--afirmó el poeta, desvanecido

de entusiasmo.--Yo veo aquellos dientes de perlas; aquellos ojos

lánguidos, perezosos, traicioneros; aquel perfil de helénica estatua,

la tez pálida, el arrogante talle... No concibe la imaginación

mujer que la supere ni aun que la iguale. Respira amores; su mirada

acaricia quemando...

Diciendo esto, rompió á toser con tanta fuerza, que parecía que se

le desgarraba el pecho y que se le salían las entrañas por la boca.

Calmado aquel violento espasmo, quedóse como desmayado y sin fuerzas.

Su resuello era un áspero silbido; su frente estaba empapada en tibio

sudor.

--Vámonos--dijo Felipe asustadísimo.--Hace aquí mucho frío.

Bien cubierto con su capa, mas tiritando, andaba el manchego, apoyado

en su fiel secretario. Al llegar á la casa se acostó. La fiebre era

intensísima... Deliraba.

El Doctor Centeno (Tomo II) · 第 16 / 41 题