I
Oída la sentencia, se quedó el manchego un tanto perplejo y triste.
Después de larga pausa, abrió meditabundo el cajón de la cómoda,
donde guardaba su tesoro; sacó los restos de él, contó... ¡Tristísimo
caso! Del pingüe caudal que le diera su tía no le quedaba ya cantidad
suficiente para liquidar cuentas con Virginia. ¡Qué trágicas
sorpresas ofrece el destino á los hombres ricos!... ¿Pero por qué
había de acobardarse? ¿Por ventura el crédito no equivale á dinero?
Alejandro tenía crédito, y al punto, en caso tan apurado, iba á hacer
uso de él. Salió con prisa, volvió más tarde con dos mil realejos
en cuatro billetes muy lindos de á quinientos. No necesitaba tanto;
pero bueno era estar preparado para las contingencias de un cambio de
domicilio.
Hay días terribles, hay horas que debían ser borradas de la tabla
del tiempo. ¡Por dónde se le antojó aquella tarde al bueno de
Cienfuegos entrar en la casa con cara de ajusticiado, ponerse delante
de su amigo, y endilgarle palabras que, por lo cavernosas y lúgubres,
bien podrían salir del frío hueco de una tumba!
Nada, nada: el sinventura Cienfuegos había formado propósito nada
menos que de pegarse un tiro aquella misma tarde. Que sí, que se
lo pegaba. No tenía más remedio; era cuestión de honra. Él era muy
pundonoroso, y no podía sobrevivir á su deshonra... Porque como su
familia no le mandaba nunca un cuarto, había hecho uso de cierta suma
que le confiaran... del dinerillo perteneciente á unos huérfanos...
En fin, llegaba el momento de entregar aquella cantidad. ¡Eran las
cinco... las cinco! y desde las cuatro le esperaban en el café.
¿Quién? Los papás de los huérfanos; los papás no, los tíos... Total:
él se pegaba un tiro, tan fresco, y... Nada, que se lo pegaba. ¡Cosa
muy triste, en verdad, renunciar á la vida por cuarenta y ocho duros,
tres onzas!... Pero como ningún amigo quería darle nada, por lo
mucho que á todos debía... ¡Y qué casualidad y qué desconsuelo! el
mes próximo tendría tres mil reales... pero seguros, seguros como si
los llevara en la mano. Su tío, el boticario de Barajas, le había
comprado su tanto de hijuela... Lo malo era que como se iba á pegar
aquel tirito, no podría disfrutar de los tres mil reales...
ALEJANDRO.--(_Con hidalgo movimiento del ánimo y de la mano._) Toma.
CIENFUEGOS.--(_Balbuciente, pálido y tocando con las puntas de los
dedos lo que le daban._) Puedes estar seguro de que el mes que
entra... ¿Qué mes es? ¡Ah! Diciembre... Sí, sí, seguro. No será en
los primeros días, ¿sabes? sino allá del 10 al 12...
Eran las cinco y media. Arregladas las cuentas con Virginia, salió
Miquis de la casa. Trajo Felipe al mozo que había de cargar el baúl,
y él mismo llevó á la espalda su petate, que á la verdad le pesaba
poco. La casa á donde fueron á parar era conocida de Alejandro, por
haber visitado muchas veces en ella á un estudiante manchego, su
amigo. No quiso la nueva patrona admitir á Felipe, porque allí, dijo,
no se necesitaban criados, ni habían visto nunca que ningún huésped
los tuviese. Sólo en calidad de tal, y pagando como su señorito,
podía el Doctor ser admitido. Pero ni él tenía un solo real, ni su
amo, ya caído de la cumbre de la prosperidad á la sima de la escasez,
podía atender al pago de dos hospedajes. Con todo, el generoso
tobosino, en la breve conferencia que amo y criado tuvieron á solas,
dijo: «Sí, yo te pago: creo que tendré dinero.» Prudente y previsor
Centeno, adivinó con su instintiva perspicacia las dificultades de
lo porvenir.
--No--dijo,--yo me voy á vivir á una posada que conozco en la calle
de las Velas... Es donde van los mieleros de la Alcarria.
La casa en que se hospedó Miquis era barata y detestable. Vivían
allí estudiantes pobrísimos de Medicina, Farmacia y Veterinaria. Las
habitaciones parecían madrigueras, y la comida rancho.
--Me estaré aquí unos pocos días--pensó el joven,--hasta encontrar
cosa mejor.
Tan mal le supo la comida el primer día, que determinó pagar sólo
el cuarto y comer fuera. Esta vida libre, nómada, irregular, le
enamoraba. Según estuviese el bolsillo, así comían él y Felipe,
regalada ó miserablemente: un día en la fonda, otro en un ventorrillo
de las afueras, á veces en inmunda taberna de la calle del Grafal ó
en alguna pastelería de Puerta Cerrada. No había mayor delicia para
uno y otro que ver caras distintas, gustar distintos sabores y aliños
de comida. ¡Libertad, variedad, sorpresa! Este era el principal goce
de aquella errante vida.
Inseparables de la vagancia fueron ¡ay! los apuros. Alejandro vivía
del crédito y de combinaciones. Cuando se le acabó el crédito, cada
vez que necesitaba dinero, empeñaba una pieza de ropa, y las tenía
muy buenas. Felipe era el encargado de estas comisiones, y las
hacía con diligencia y hasta con inocente alegría. Llegó á tener
conocimiento con todos los prestamistas de Madrid, y ya sabía dónde
daban más.
Desde que adoptó la vida libre, no volvió Alejandro á poner los
pies en la Universidad. Agotadas las ropas, empezó á malvender, en
los puestos de libros, todos los que había comprado. La grande y la
pequeña literatura, Víctor Hugo y Paul de Kock, Balzac y Pigault
Lebrun, Manzoni... todos, en suma, fueron saliendo en lúgubre
procesión, marchando á los desvencijados estantes de los baratillos,
donde los recibían por la tercera parte de lo que allí mismo
costaran. Tras esta familia simpática fueron displicentes los libros
de Derecho, rotos y sucios, con los pliegos revueltos, liándose á
bofetadas unos con otros. Últimamente, no le quedaban á Alejandro más
que un par de volúmenes de que no quería separarse, y la ropa que
tenía puesta.
Levantábase siempre muy tarde; iba al café, donde estaba charlando
hasta cerca de la noche. Esperábale Felipe en la Puerta del Sol, y se
iban juntos á buscar dónde habían de comer. Separábanse luego, porque
Alejandro iba solo á sus visitas nocturnas. En la casa, ya muy tarde,
le aguardaba Centeno; hablaban del drama que se iba á representar,
y luego, el amo se dormía. Á veces Centeno se iba á su domicilio,
á veces se quedaba en el de su amo, durmiendo en el suelo sobre una
veterana alfombra.
Por la mañana, lo primero que hacía Miquis, antes de pensar en
levantarse, era deplorar su falta de fondos. La pobreza aumentaba de
un modo alarmante, acompañada de terribles compromisos y sofocos.
Felipe consideraba con espanto aquella penuria, y no comprendía cómo
habiendo Miquis recibido de su casa algún dinero, estaba ya tan
esquilmado. ¿En qué gastaba los duros?... Hacía tímidas preguntas sin
obtener respuesta... Miquis, sin decidirse á abandonar el lecho, se
devanaba los sesos discurriendo á qué amigo pediría, y qué argumentos
eran más fuertes para apoyar su petición. Por último, daba en el quid
y escribía su esquela, que Felipe se encargaba de llevar. ¡Cuánto
desengaño! ¡qué horripilantes negativas! Alguna vez, entre cien, se
daban casos de resultado satisfactorio. Entonces volvía Felipe lleno
de gozo, que se le traslucía en el semblante.
Llegó por fin un tiempo en que Alejandro tenía que esquivar la
presencia de sus amigos, que empezaban á mirarle de mal modo. El
infeliz no se presentaba en parte alguna donde no viera cara de
ingleses. Los que no lo eran le tenían en poco por su desordenada
vida, y el aspecto de miseria y abandono que iba tomando en su
vestido. El estado rentístico empeoraba rápidamente; sus deudas eran
tantas, y tan perentorios los vencimientos y compromisos, que el
dinero que le enviaba su padre se le desvanecía en las manos, apenas
cobrado, como cosa de encantamiento.
Tuvo Alejandro que guardar cama ocho días de Diciembre, porque un
fuerte catarro de pecho que le acometía todos los meses le atacó en
aquél con tanta fuerza, que á poco más degenera en pulmonía. Felipe
le acompañaba día y noche, procurando distraerle y apartar su ánimo
de toda tristeza. Para Alejandro, verse sepultado en una cama, sin
poder vagar por las calles, ir á los cafés ó á otros lugares que
de noche frecuentaba, era grandísimo tormento. Hasta su exaltado
optimismo se enfriaba entonces; casi, casi tenía dudas de la próxima
representación del drama, y se le reproducían con dolorosas punzadas
los remordimientos por haber gastado el dinero de los juros.
Impaciente por curar, echóse á la calle antes de tiempo, cuando
apenas podía tenerse en pie. No quiso presentarse en ningún círculo
de amigos, por vergüenza de que le vieran en lastimoso estado de
ropa y con las botas descosidas. Al ver de lejos á cualquiera de sus
antiguos compañeros, se apartaba para no encontrarle, ó retrocedía, ó
se metía en un portal.