Pasmados quedaron los muchachos del contenido de la epístola, en
la cual, junto á los despropósitos, se veían razones y frases que
demostraban agudo entendimiento. Por de pronto, don Jesús había
comprendido la mofa que se le hacía, lo que probaba cierta limitación
en su locura. Los burladores no sabían qué juicio formar de aquel
hecho, y hubo pareceres distintos. Quién le tuvo por hombre superior,
extraviado; quién por un humano alambique de frases extraídas de
doctos libros extranjeros, entonces desconocidos en España. Unos
sentían lástima y aun algo de respeto, por lo cual no querían llevar
adelante la jarana; otros, más audaces y atentos sólo á divertirse,
sostuvieron que la carta era un hatajo de desatinos, y proponían
escribirle más. Contra todos se desató en dicterios Virginia, porque
le alborotaban su huésped más querido. Estaba furiosa y con ganas
de poner á alguno en la calle. No lo hubiera hecho, sin embargo, si
no le apretaran á ello otros sucesos peregrinos que contaremos sin
pérdida de tiempo.
Alberique, moro de Cocentaina, tenía el genio repentino, irascible,
fanfarrón, siempre que fuera pequeño el motivo que lo provocaba.
Contar los improperios que le decía á una pobre mosca que cometiera
la irreverencia de posarse sobre sus dibujos, sin saber lo que hacía,
fuera reunir aquí lo más atrabiliario y soez del idioma. Su mujer y
Bernardina eran torpes, idiotas, bestias y acémilas con faldas. Él
solo tenía las manos delicadas; él solo sabía poner cada cosa en su
sitio, sin manchar nada... La casa era _el puerto de arrebata-capas_.
Allí no se podía tener nada. Tan pronto le cogían un lápiz para
apuntar la ropa; tan pronto le quitaban el cazuelillo del agua para
hacer guisotes. No se podía trabajar, no se podía vivir allí.
--¡Verbo! ¿dónde están mis pinceles?... ¡Verbísimo! ya me han cogido
la lámina con los dedos manchados de petróleo.
Esta era la música de todo el día, cuando Alberique trabajaba. Á la
sazón traía entre manos una hermosa ejecutoria en vitela para cierto
sujeto que había sido hecho marqués. El trabajo no carecía de mérito
artístico ni de limpieza y minuciosidad benedictinas. Todo se volvía
escudos tajados y tronchados, con sínople, rojo, blea, y mucha banda,
lambeles, losanges, mallas y rustros.
Serían las once de aquel infausto día, cuando en toda la casa se oyó
la terrorífica voz del berberisco que así gritaba:
--¡Verbo! ¿quién me echó esta gota de tinta encima del dragón de
gules? Me recopilo en la re-espantadísima madre de Reus...
--Habrás sido tú mismo, sin pensar...--murmuró Virginia, que al
estruendo de los apóstrofes salió de la cocina con una sartén en la
mano.
--¡Verbo!... esto es un presidio... Si supiera quién fué el
re-indecentísimo que me hizo esta cochinada, ahora mismo, ahora mismo
le hacía una tortilla contra la pared.
Felipe entraba. Verle el morazo y lanzarse sobre él, como tigre
hambriento sobre la espantada res, fué todo uno.
--¡Tú fuiste, perro, tú!
Sin darle tiempo á disculparse, le tendió de una bofetada en el
suelo. Doña Virginia dudaba si salir ó no á la defensa del chico. No
lo hizo, porque le tenía cierta ojeriza á causa de los modos un tanto
desenvueltos que había adquirido el Doctor, alentado por su amo y por
los demás huéspedes, que le tenían cariño. La verdad en su lugar:
Felipe había echado ciertas ínfulas que desdecían de su humilde
condición. Á la señora patrona respondía con malos modos, y no
respetaba á los mayores. Para nombrar á Montes, solía decir el _tío
prisma_, y al señor de Alberique le mostraba antipatía y menosprecio.
Á los gritos que el muchacho daba acudieron Poleró y don Basilio. En
el mismo instante, Felipe, revolviéndose iracundo, como cachorrillo
herido, se levantó y buscó con sus trémulas manos un objeto
sobre la mesa. No hubo de encontrar más que el cacharro con agua
negruzca y dos ó tres pinceles, y cogiéndolo todo con prontitud,
lo disparó contra la cabeza del moro. Este fué hacia él con ánimo
de espachurrarle. Dios sabe lo que habría hecho si no se hubiera
interpuesto Poleró.
--No sea usted bárbaro... No trate usted así á un pobre chico.
--Permítame usted, señor Alberique... ¿Está usted seguro de que ha
sido él?...
--¿Y ustedes qué tienen que ver aquí?--gritó el bárbaro...--Métanse
en sus cosas, que yo me recopilo en la espantadísima...
--¡Eh! no sea usted animal... No le aguanto á usted sus coces...
--¡Si cojo á uno...!--gruñía el moro acobardado.
--Le digo á usted--gritó Poleró con repentina cólera,--que no tiene
usted que tocar á Felipe. Vaya usted noramala.
Corrió Centeno al cuarto de su amo. Alberique balbucía con
estropajosa lengua excusas, blasfemias y amenazas. En esto, Virginia,
que quería poner paz y evitar un escándalo, se llegó á él diciéndole:
--No seas bestia... ¿Á qué tanto grito para nada, por una gota...?
¡Qué hombre! No sé cómo...
El berberisco de Cocentaina, manso con los fuertes, tremendo con los
humildes, halló en la oposición de su mujer buena coyuntura para
mostrarse valeroso. Aquel león no era tal león si no tenía un cordero
en que cebarse. Le habían quitado á Felipe; pues echaba la zarpa á su
mujer. Como arma de fuego que se dispara, así soltó estas palabras:
--¿Y tú?... Mejor te callaras, grandísima...
¡Ay, Dios mío, lo que salió de aquella boca! Abochornada la buena
mujer de oirse calificar tan indignamente por su propio marido,
estuvo un momento vacilante entre el llanto y el furor. Su espíritu
enérgico decidióse al fin por lo último, y se fué derecha á él
gritando:
--La culpa tengo yo que mantengo animales...
Palabrita tras palabrita, pronto vinieron los hechos. Ven, Homero,
y canta esta colosal pelea. Virginia descargó de plano la sartén
sobre la nefanda cabeza del moro, y éste agarró con su mano hercúlea
el moño de ella... Gracias que los huéspedes acudieron todos á la
defensa de la señora, que si no... En aquel punto entró Zalamero,
y, sin decir nada, acometió furioso al berberisco, agarrándole por
el pescuezo... Momento trágico con sus vislumbres humorísticos. Don
Ramón de la Cruz, ¿en dónde estabas, que no fuiste á verlo? Cayóse el
fez de Alberique, y á Zalamero se le abrió la camisa por el cuello...
--Señores... ¿qué es esto?
--Atrás...
--No faltaba más...
Don Basilio, que se empeñaba en sujetar á Alberique, sufrió la
extirpación violenta de un callo, y todo se le volvía renegar de la
pendencia y de los contendientes. Arias entró también. Poleró, pasado
el peligro, reía de ver al relamido y moderadísimo Zalamero tan
descompuesto y fuera de sí. Llorando, cual Magdalena, Virginia decía:
--¡Si no fuera por...! ¡Y que yo tenga en mi casa á semejante...!
--¿Qué escándalo es éste?--gritaba Arias.
Y Montes se presentaba también con aspavientos de dignidad, diciendo:
--Será preciso llamar una pareja de la veterana... Francamente, yo
creí que en una casa como ésta...
Hasta el pacífico don Jesús Delgado compareció lleno de susto y
alarma, pálido, en el lugar de la escena, mas no para aplacar á los
combatientes.
--¿Qué es esto? ¡oh!... Hace una hora que están llamando á la puerta,
¡ah! y nadie va á abrir. Debe ser el cartero.
Risas... Aún faltaba lo mejor. Entró Alejandro de improviso, y,
sin más ni más, fuese derecho á Alberique y le cogió de la solapa.
Atención:
--Oiga usted, cafre: me han dicho que ha pegado usted á mi criado...
--¡Verbo!... yo... diré...
--¿Y todo, por qué? Por estos mamarrachos--gritó Alejandro echando
una ojeada á las pinturas heráldicas.--Mejor se ocupara usted en
cavar, holgazán, y no en hacer estos adefesios.
Diciéndolo, cogió las láminas, hizo con ellas una pelota, vertió la
tinta, esparció los pinceles. Furor, nuevo alboroto, risas, protestas.
--Me recopilo en el reputadísimo verbo y en la reputadísima madre...
--¡Eh! poco á poco.
--Cállese usted...
--Váyase usted á hacer gárgaras...
--¡Le cojo y le...!
--Cuidado, don Alejandro.
--¡Perdido!...
--¡Si esta casa es un...!
--Permítanme ustedes, señores...
--¡Silencio!
--Nada: yo llamo á la pareja, porque, francamente, aunque la cosa no
merece la pena, si se mira bajo el prisma de la decencia...
--Don Alejandro, usted es un acá y un allá.
--Señores...
--Bruto...
--Paz, paz... No es para tanto...
--¡Mis láminas... las tiene que pagar!
--Vaya usted á donde fué el padre Padilla.
Basta... Aquella tarde, cuando ya los ánimos se aplacaron, Virginia
entró con altiva arrogancia patronil en el cuarto de Miquis.
Considerando que la permanencia del manchego en la casa renovaría
la escena lamentable de aquella mañana; considerando, además, que
Alejandro había escrito las cartas que soliviantaron el pacífico
ánimo de don Jesús Delgado, venía en sentenciar y sentenciaba que
el don Alejandro no podía seguir más tiempo en tan ilustre casa. La
notificación fué breve y expresiva:
--Don Alejandro, vengo á decir que hoy mismo me hará usted el favor
de marcharse con su criado, sus dramas y sus literaturas.
V