Al siguiente día, doña Virginia, malhumorada con los huéspedes, les
hablaba así:
--¡Alguna picardía me le han hecho ustedes á ese bendito don Jesús!
Como yo lo descubra, van todos á la calle. Cuidado con echármele á
perder, que él con nadie se mete, y es el hombre más calladito, más
respetuoso que se puede ver... ¡Ay de aquél que me le trastorne con
bromas pesadas!... Me parece que voy á dar azotes... Porque si yo
tuviera muchos huéspedes como don Jesús, no quería más. Él no dice
esta boca es mía; jamás me ha roto un plato; no alborota, ni es
tragón... Todos los meses viene un señor de la familia y me pregunta:
«¿cómo está? ¿sigue pacífico?» y yo le digo: «está como un ángel, y
de buen color...» El encargado abre una _miajita_ de la puerta para
verle... Siempre en su faena de las cartas, ¡pobre ángel!... Después
me paga el hospedaje en bonitos napoleones, y hasta otro mes...
Estas exhortaciones de la hermosa Virginia no hacían efecto. Los muy
tunos idearon otra broma aquella misma noche (que fué la del lunes),
y al punto la pusieron por obra. Escribieron al _eautepistológrafos_
una carta con su imitada letra y tinta; pero para confundirle más, la
firmaron así:
_Su afectísimo amigo y capellán_,--JULIÁN DE CAPADOCIA.
Y dando las señas de la casa, rogaban al señor don Jesús pronta
contestación á un difícil punto que el firmante se permitía someter
al elevado criterio de nuestro reformador pacífico. Pasaron dos días,
y la contestación no llegaba. Pero una tarde, hallándose todos en
casa en expectativa de la anhelada respuesta, llamó el cartero del
interior, el cual, después de entregar la diaria remesa de don Jesús,
enseñó otra carta, diciendo:
--¿Don Julián de Capadocia?
--¡Aquí es, aquí es...!
Con febril alegría y curiosidad se reunieron á leer, y puestos todos
en rueda, leyó Alejandro en voz baja lo siguiente:
«Señor don Julián de Capadocia.--Muy respetable señor mío y
capellán: Por su atenta del 4 me he enterado del delicadísimo
problema que se sirve someter á mi humilde criterio, esto es,
cuáles serían los medios más adecuados para que usted pudiera
reintegrarse á su sér total, y si los procedimientos de la
_Educación Completa_, que tengo el honor de defender y propalar,
serían eficaces para aquel alto fin.
¡Ah!... señor de Capadocia, diga usted á los mal educados jóvenes
que le han dirigido á mí, que no es de corazones nobles hacer
escarnio de principios que no se comprenden; dígales que mis
planes no son para perros ni para gandules que padecen, entre
otros males, la mutilación del rudimento cristiano del respeto
á los semejantes. Excluídos están ¡ah! todos ellos, por su
grosería, por su falta de sentimiento social y caritativo, de
los beneficios de la _Educación Completa_. Y pues el señor don
Julián ha de tener sobre ellos alguna influencia, siquiera por el
parentesco patológico ó la comunidad de dolencia, convénzales de
su triste situación, y hágales ver que están llenos de vicios
físicos, morales é intelectuales. Á los que heredaron de sus
padres y maestros, reúnen los que ellos adquieren todos los días
con su vida disipada y antihigiénica, así como en el estudiar
vicioso. ¡Oh! son enfermos que me dan lástima, porque veo mejor
que nadie sus llagas horrorosas. Esos pobres tontos no comprenden
que la adquisición de todo conocimiento tiene dos valores: uno
como _saber_, y otro como _disciplina_. Este último ¡ah! lo
desconocen, como el ciego de nacimiento desconoce la luz, estando
rodeado de ella.
Repítales usted estas palabras á todos, y particularmente á ese
caballerito, autor de dramas, que le ha escrito á usted la carta.
Ese es el más enfermo y el que más necesita de mejores aires. Es
el más lisiado, ¡ah! el más leproso, el más cojo, manco y ciego
de la cuadrilla. Desconoce la moralidad física; el culto de la
salud, tan respetable como el de la conciencia, como el de la
inteligencia. Es un triple suicida; se está matando por tres
partes á la vez, ¡pobre niño! Á éste es al que más compadezco,
por lo cual debe usted decirle, de mi parte, que lo mejor que
puede hacer es morirse, para que resucite purificado.
Esto dirá usted á sus amigos y consejeros. Y usted, señor
capellán, reciba una puntera de su afectísimo