VIII

El sábado por la noche, casi todos los huéspedes fueron al paraíso

del Teatro Real. Miquis llevó á Felipe, que no había estado nunca,

y se quedó medio atontado ante lo que veía y oía, cual si estuviera

en un mundo distinto del que habitamos. Cosas y personas se le

representaban engrandecidas y sublimadas por ignorado poder de magia.

Aquello no era natural: era sueño, ocio de los sentidos y mentira

del alma. Tanta señora guapa en los palcos; el deslumbrador abismo

de rojo y oro, de hermosura y luces, que desde arriba presenta la

cavidad del teatro; la escena grandísima, con aquellos señores que

salían á cantar, ahora solos, ahora en bandadas; la muchedumbre de

músicos que en aquel andén tocaban tanto instrumento; los deformes

contrabajos, las doradas arpas, los aplausos, el canto, el silencio,

el ruido, la atmósfera espesa... todo causaba al Doctor suspensión

del ánimo y cierto embarazo de la palabra. Se reían los demás de

verle con la boca abierta, atento, lelo, y sin responder cuando le

decían: «¿Qué tal, Doctor; qué te parece esto?» El miedo de decir

alguna barbaridad le tenía mudo.

Zalamero y Virginia estaban en una de las filas más altas; abajito,

junto á la escalera de la derecha, en apretada falange, todos los

demás huéspedes, alborotando más de lo regular y dando broma á don

Leopoldo Montes, que acompañaba, no lejos de allí, á unas cursis

de mal pelaje. Aplaudían furiosamente á Mario, que aquella noche

cantaba. En los entreactos. Montes, por darse los humos de una

opinión musical, mostrábase partidario de lo pasado, y alzando la voz

en su defensa, decía:

--¡Si hubieran oído ustedes al célebre Moriani, el tenor de la _bella

morte_! Yo le oí en París... Aquél sí reunía todo: voz y canto; no

era como este ídolo de ustedes, á quien sólo se puede admirar _bajo

el prisma_ del estilo.

En pie, para dejarse ver y oír, el tal Montes, tieso y bigotudo,

con la ropa muy ceñida para lucir las formas, llamaba la atención

de medio paraíso por su arrogancia cursilona, su cabeza llena de

bandolina, sus aires pedantescos y sus ridículas pretensiones de

hombre de mundo... Poleró estimulaba la fatuidad de Montes con

chanceras lisonjas, y todos se divertían atrozmente con la buena

música, los bandos musicales, las cursis, las apreturas y las bromas

y agudezas propias de aquella caldeada región.

En la casa de huéspedes reinaba silencio gratísimo, en cuyo seno,

como pez en el agua, la mente prolífica de don Basilio Andrés de la

Caña escribía su centésimo artículo sobre el eterno tema, y era de

ver cómo aquella máquina de guerra salía, erizada de explosivas sumas

y de cortantes guarismos. Cada vez que el redactor se pasaba la mano

izquierda por la cabeza, brotaba de la pluma, rápidamente meneada

por la derecha, una chorretada de números que... ¡Pues si aquello lo

leyera alguien, Dios poderoso!

Dos personas más había en la casa, igualmente silenciosas: la

Bernardina, que se había puesto á coser junto á la mesa del comedor,

y dormitaba más que cosía, y don Jesús Delgado, que trabajaba en

su cuarto con la constancia y fe de todas las noches. Antes de

ponerse á escribir, leyó cuidadosamente el bendito señor en diversos

libritos ingleses y alemanes; paseó un rato por la habitación

como discurriendo lo que iba á contestar; y haciendo visajes y

contorsiones, tomó luego la pluma, que no porque fuera de éstas

de acero que ahora se usan, dejaremos de llamar _bien cortada_.

Le acompañaba un discreto y grave amigo, Julián de Capadocia,

dormitando no lejos de la mesa, y á ratos levantaba la cabeza y le

dirigía miradas cariñosas. Expresivo era el rostro del apacible can,

y si hubiera tenido palabra le habría dicho: «¿Cómo va eso, señor

Delgado?» Pero se lo decía con los ojos, y con los ojos también

respondíale don Jesús: «Difícil tema es éste, ¡oh! amigo Capadocia:

allá veremos lo que sale.»

¿Era verdad lo que Poleró había dicho? Sí: toda la correspondencia

que Delgado contestaba habíala escrito él mismo un día antes. El

desgraciado huésped, cuya vida se nos presenta en tan raro misterio,

así como los orígenes de su pacífico desorden mental, merecía bien

el mote que le puso Arias Ortiz, ramplón helenista: le llamaba el

_eautepistológrafos_, ó sea el que se escribe cartas á sí propio.

De las doce ó catorce que había recibido aquella tarde, tomaba don

Jesús una, la leía con atención cuidadosa, meditaba un rato sobre

ella y luego la contestaba. Sucesivamente hacía lo mismo con las

otras, alternando el leer y el escribir, hasta despachar la mitad del

trabajo, quedándose la otra mitad para la mañana siguiente. He aquí

una, tomada al azar del repleto archivo del arcón:

«Señor don Jesús Delgado.--Muy señor mío de mi consideración

más distinguida: Recibí su atenta, fecha 28 de Octubre, y me

apresuro á contestarle que su admirable plan de la _Educación

Completa_ no es ni será comprendido por esta caterva rutinaria

de la Dirección, incapaz de salir ¡oh! de los antiguos moldes.

Pasarán años; será preciso que todo el régimen del Estado

varíe; que la sociedad se conmueva para sacudir su modorra; que

pensamientos nuevos y nueva luz entren en el cerebro narcotizado

y tenebroso de la Nación; y aun así, ¡oh! la reforma que usted

quiere implantar no será un hecho si no dedica usted un siglo más

al ensayo y tanteo de su difícil aplicación. Vino usted al mundo

¡oh! antes de tiempo, amigo mío. Lo mejor que puede hacer ahora,

para no aburrirse aquí con tan larga espera, es darse una vuelta

por la eternidad y volver dentro de siglo y medio, año menos, año

más.

Entonces el Gobierno pensará de otra manera, y habrá caído en

total descrédito la educación de adorno que ahora prevalece,

compuesta de conocimientos necios, baldíos y de relumbrón, como

las pinturas ridículas con que se engalanan los salvajes.

Cuando usted vuelva, la sociedad habrá comprendido que, en todo

el curso de la vida, lo importante ¡ah! no es _parecer_, sino

_ser_, y que á este principio debe sujetarse la educación.

Deseo que usted explane sus ideas sobre esto, demostrando que

el fin educativo es _prepararnos á vivir con vida completa_.

Espero en su próxima carta una clasificación _de las principales

direcciones de la actividad que constituyen la vida humana_, para

deducir ¡oh! cuál es la educación que debe preferirse, según la

condición y fines de aquellas direcciones de la actividad.

Entre tanto llega su deseada carta, se repite de usted ¡oh!

atento servidor q. b. s. m.--JESÚS DELGADO.»

Este tono grave no lo empleaba en todas sus cartas; las escribía

también familiares, como la muestra:

«Querido Jesús: Por la tuya del 7 veo lo atareado que estás en

esa oficina de la _Educación Completa_, establecida en el séptimo

cielo, círculo tercero á mano derecha. ¡Pobrecito, tener que

contestar tanta carta, venida de remotos países...! Veo que los

amigos Frœbel y Pestalozzi no te ayudan nada. ¡Qué pícaros!

La familia buena. Estamos ensayando en los niños tu sistema de

educación recreativa, ¡oh! que forma parte de la completa.

Esto de enseñarles jugando es invención, como tuya, donosísima.

Hemos tirado á la basura todos los librotes indigestos que los

chicos tenían, y en su lugar les hemos dado herramientas de fácil

manejo, lápices y colores, cartón para hacer casitas, y otras

menudencias dispuestas conforme á lo que mandas.

Sofía está otra vez en estado interesante y muy avanzada... ¡Cómo

ha de ser!... Mi _sabiduría_ me da un hijo cada año. Venga, y le

educaremos jugando. Nos harán falta pronto tus ideas sobre la

lactancia. Escríbenos sin dilación, que quizás mañana empecemos

á necesitar tus teorías lactatorias, ¿qué digo, mañana? ahora

mismo... me avisan que Sofía... ¡ah! ¡oh! no puedo seguir;

adiós.--JESÚS.»

Aquella noche, como dije, despachaba tranquilamente Delgado su

correspondencia, cuando de pronto, al abrir una de las cartas y

leerla, se quedó turbado, frío, y empezó á hacer tales visajes

y contorsiones, que la cara se le desbarataba, cual si quisiera

protestar de las leyes anatómicas; á leer volvía, no dando crédito

á sus ojos, y saltaba en el duro asiento. Sin duda le acometió el

mal de San Vito. Levantóse, dió varios paseos, leyó de nuevo... ¿Qué

carta era aquélla que tanto le trastornaba? ¡Su letra! ¡su tinta!

¡Eran el encabezamiento y firma como los de todas las suyas!

Leída por séptima vez, vió que decía:

«Señor don Jesús Delgado.

Mi distinguido amigo: El contenido de su gratísima del 2 de

Noviembre, en que se manifiesta desesperanzado del éxito de su

grandioso plan de _Educación Completa_, me ha producido ¡oh!

dolorosa impresión. Pues qué, varón insigne, filósofo eximio,

genio sin segundo, ¿será posible que desmaye usted cuando llega

el momento de dar cima á su alta empresa y coronar con triunfo y

galardón admirables sus gloriosísimos, sus inmortales estudios?

No, amigo: hemos llegado á la cima, hemos escrito el _omega_,

y la frente del santo reformador, del Jesús, del Cristo de la

Educación, aparecerá coronada de las estrellas de la práctica en

el trono refulgente de la realidad.

Usted, mi sabio amigo, engolfado en el tumultuoso piélago de

las cartas que de apartadas regiones, playas y continentes

le dirigen, no ha apreciado el veloz paso del tiempo. _¡Han

transcurrido veinte años sin que usted se dé cuenta de ello!_

Ya no existen aquellos rutinarios moldes que se oponían á la

_Educación Completa_. Todo ha variado, egregio hierofante: la

sociedad ha vencido su letal modorra, y despabiladísima aguarda

las ideas del legislador de la enseñanza. En este lapso de

tiempo, ¿no sabe usted que ha sido derrocado el trono secular,

y con él han desaparecido las prácticas añosas y las ideas

rancias? Cual generosa espada cubierta de orín, que en un momento

es limpiada y recobra su hermosura, temple y brillo, así la

nación se ha limpiado su mugre. Nuevas instituciones tenemos ya,

¡oh! y nuevos caracteres y principios. La hora de que el gran

reformador salga de su escondite y manifieste al mundo atónito

sus planes, ha llegado, señor don Jesús. ¡Viva el Mesías de la

_Educación Completa_, base de la _Completa Vida_!

Con ferviente entusiasmo le saluda y abraza su afectísimo--JESÚS

DELGADO.»

Mientras más el infeliz leía, mayor era su desasosiego. Estaba el

pobre como fuera de sí, con grandísima zozobra en su alma. Pero

mucho más se alteró cuando, al fijarse en la fecha de la carta, vió

que claramente decía: «8 de Noviembre de 1883...» Se le erizaba el

cabello mirando estos guarismos. Tal efecto le hicieron, que sus

nervios se desataron en vibración loca, y empezando por dar vueltas

en la habitación, luego salió disparado al pasillo.

Julián, ¡cosa extraña y rara vez acontecida! ladraba tras él... ¡Pero

cómo ladraba el bueno de Capadocia! Era el canino lenguaje un aullar

lastimero que más tenía de exhortación de amigo que de amenazas de

guardián. Asustado del ruido salió don Basilio, y con cariño puso la

mano en el hombro del _eautepistológrafos_, y le dijo:

--¿Qué le pasa al buen amigo? El tiempo Sur es malo, ¿eh?

Pero Delgado se metió bruscamente en su cuarto, sin responder nada

al de la Caña, lo que sorprendió mucho á éste, por ser don Jesús la

misma cortesía. Bernardina salió también, y entre los dos hicieron

callar á Julián.

--¡Este maldito tiempo Sur...!--repetía don Basilio, acompañando á la

Bernardina hasta el comedor; sentándose á su lado.

--Esta noche le da fuerte, ¿dice que es el viento? Hasta Julián

se encalabrina...--observó la moza; y don Basilio, recreándose en

contemplar los torneados brazos de ella, repetía:

--Este maldito viento Sur no sé lo que tiene. También á mí me pone la

cabeza... y los nervios... no sé cómo.

El Doctor Centeno (Tomo II) · 第 12 / 41 题