El sábado por la noche, casi todos los huéspedes fueron al paraíso
del Teatro Real. Miquis llevó á Felipe, que no había estado nunca,
y se quedó medio atontado ante lo que veía y oía, cual si estuviera
en un mundo distinto del que habitamos. Cosas y personas se le
representaban engrandecidas y sublimadas por ignorado poder de magia.
Aquello no era natural: era sueño, ocio de los sentidos y mentira
del alma. Tanta señora guapa en los palcos; el deslumbrador abismo
de rojo y oro, de hermosura y luces, que desde arriba presenta la
cavidad del teatro; la escena grandísima, con aquellos señores que
salían á cantar, ahora solos, ahora en bandadas; la muchedumbre de
músicos que en aquel andén tocaban tanto instrumento; los deformes
contrabajos, las doradas arpas, los aplausos, el canto, el silencio,
el ruido, la atmósfera espesa... todo causaba al Doctor suspensión
del ánimo y cierto embarazo de la palabra. Se reían los demás de
verle con la boca abierta, atento, lelo, y sin responder cuando le
decían: «¿Qué tal, Doctor; qué te parece esto?» El miedo de decir
alguna barbaridad le tenía mudo.
Zalamero y Virginia estaban en una de las filas más altas; abajito,
junto á la escalera de la derecha, en apretada falange, todos los
demás huéspedes, alborotando más de lo regular y dando broma á don
Leopoldo Montes, que acompañaba, no lejos de allí, á unas cursis
de mal pelaje. Aplaudían furiosamente á Mario, que aquella noche
cantaba. En los entreactos. Montes, por darse los humos de una
opinión musical, mostrábase partidario de lo pasado, y alzando la voz
en su defensa, decía:
--¡Si hubieran oído ustedes al célebre Moriani, el tenor de la _bella
morte_! Yo le oí en París... Aquél sí reunía todo: voz y canto; no
era como este ídolo de ustedes, á quien sólo se puede admirar _bajo
el prisma_ del estilo.
En pie, para dejarse ver y oír, el tal Montes, tieso y bigotudo,
con la ropa muy ceñida para lucir las formas, llamaba la atención
de medio paraíso por su arrogancia cursilona, su cabeza llena de
bandolina, sus aires pedantescos y sus ridículas pretensiones de
hombre de mundo... Poleró estimulaba la fatuidad de Montes con
chanceras lisonjas, y todos se divertían atrozmente con la buena
música, los bandos musicales, las cursis, las apreturas y las bromas
y agudezas propias de aquella caldeada región.
En la casa de huéspedes reinaba silencio gratísimo, en cuyo seno,
como pez en el agua, la mente prolífica de don Basilio Andrés de la
Caña escribía su centésimo artículo sobre el eterno tema, y era de
ver cómo aquella máquina de guerra salía, erizada de explosivas sumas
y de cortantes guarismos. Cada vez que el redactor se pasaba la mano
izquierda por la cabeza, brotaba de la pluma, rápidamente meneada
por la derecha, una chorretada de números que... ¡Pues si aquello lo
leyera alguien, Dios poderoso!
Dos personas más había en la casa, igualmente silenciosas: la
Bernardina, que se había puesto á coser junto á la mesa del comedor,
y dormitaba más que cosía, y don Jesús Delgado, que trabajaba en
su cuarto con la constancia y fe de todas las noches. Antes de
ponerse á escribir, leyó cuidadosamente el bendito señor en diversos
libritos ingleses y alemanes; paseó un rato por la habitación
como discurriendo lo que iba á contestar; y haciendo visajes y
contorsiones, tomó luego la pluma, que no porque fuera de éstas
de acero que ahora se usan, dejaremos de llamar _bien cortada_.
Le acompañaba un discreto y grave amigo, Julián de Capadocia,
dormitando no lejos de la mesa, y á ratos levantaba la cabeza y le
dirigía miradas cariñosas. Expresivo era el rostro del apacible can,
y si hubiera tenido palabra le habría dicho: «¿Cómo va eso, señor
Delgado?» Pero se lo decía con los ojos, y con los ojos también
respondíale don Jesús: «Difícil tema es éste, ¡oh! amigo Capadocia:
allá veremos lo que sale.»
¿Era verdad lo que Poleró había dicho? Sí: toda la correspondencia
que Delgado contestaba habíala escrito él mismo un día antes. El
desgraciado huésped, cuya vida se nos presenta en tan raro misterio,
así como los orígenes de su pacífico desorden mental, merecía bien
el mote que le puso Arias Ortiz, ramplón helenista: le llamaba el
_eautepistológrafos_, ó sea el que se escribe cartas á sí propio.
De las doce ó catorce que había recibido aquella tarde, tomaba don
Jesús una, la leía con atención cuidadosa, meditaba un rato sobre
ella y luego la contestaba. Sucesivamente hacía lo mismo con las
otras, alternando el leer y el escribir, hasta despachar la mitad del
trabajo, quedándose la otra mitad para la mañana siguiente. He aquí
una, tomada al azar del repleto archivo del arcón:
«Señor don Jesús Delgado.--Muy señor mío de mi consideración
más distinguida: Recibí su atenta, fecha 28 de Octubre, y me
apresuro á contestarle que su admirable plan de la _Educación
Completa_ no es ni será comprendido por esta caterva rutinaria
de la Dirección, incapaz de salir ¡oh! de los antiguos moldes.
Pasarán años; será preciso que todo el régimen del Estado
varíe; que la sociedad se conmueva para sacudir su modorra; que
pensamientos nuevos y nueva luz entren en el cerebro narcotizado
y tenebroso de la Nación; y aun así, ¡oh! la reforma que usted
quiere implantar no será un hecho si no dedica usted un siglo más
al ensayo y tanteo de su difícil aplicación. Vino usted al mundo
¡oh! antes de tiempo, amigo mío. Lo mejor que puede hacer ahora,
para no aburrirse aquí con tan larga espera, es darse una vuelta
por la eternidad y volver dentro de siglo y medio, año menos, año
más.
Entonces el Gobierno pensará de otra manera, y habrá caído en
total descrédito la educación de adorno que ahora prevalece,
compuesta de conocimientos necios, baldíos y de relumbrón, como
las pinturas ridículas con que se engalanan los salvajes.
Cuando usted vuelva, la sociedad habrá comprendido que, en todo
el curso de la vida, lo importante ¡ah! no es _parecer_, sino
_ser_, y que á este principio debe sujetarse la educación.
Deseo que usted explane sus ideas sobre esto, demostrando que
el fin educativo es _prepararnos á vivir con vida completa_.
Espero en su próxima carta una clasificación _de las principales
direcciones de la actividad que constituyen la vida humana_, para
deducir ¡oh! cuál es la educación que debe preferirse, según la
condición y fines de aquellas direcciones de la actividad.
Entre tanto llega su deseada carta, se repite de usted ¡oh!
atento servidor q. b. s. m.--JESÚS DELGADO.»
Este tono grave no lo empleaba en todas sus cartas; las escribía
también familiares, como la muestra:
«Querido Jesús: Por la tuya del 7 veo lo atareado que estás en
esa oficina de la _Educación Completa_, establecida en el séptimo
cielo, círculo tercero á mano derecha. ¡Pobrecito, tener que
contestar tanta carta, venida de remotos países...! Veo que los
amigos Frœbel y Pestalozzi no te ayudan nada. ¡Qué pícaros!
La familia buena. Estamos ensayando en los niños tu sistema de
educación recreativa, ¡oh! que forma parte de la completa.
Esto de enseñarles jugando es invención, como tuya, donosísima.
Hemos tirado á la basura todos los librotes indigestos que los
chicos tenían, y en su lugar les hemos dado herramientas de fácil
manejo, lápices y colores, cartón para hacer casitas, y otras
menudencias dispuestas conforme á lo que mandas.
Sofía está otra vez en estado interesante y muy avanzada... ¡Cómo
ha de ser!... Mi _sabiduría_ me da un hijo cada año. Venga, y le
educaremos jugando. Nos harán falta pronto tus ideas sobre la
lactancia. Escríbenos sin dilación, que quizás mañana empecemos
á necesitar tus teorías lactatorias, ¿qué digo, mañana? ahora
mismo... me avisan que Sofía... ¡ah! ¡oh! no puedo seguir;
adiós.--JESÚS.»
Aquella noche, como dije, despachaba tranquilamente Delgado su
correspondencia, cuando de pronto, al abrir una de las cartas y
leerla, se quedó turbado, frío, y empezó á hacer tales visajes
y contorsiones, que la cara se le desbarataba, cual si quisiera
protestar de las leyes anatómicas; á leer volvía, no dando crédito
á sus ojos, y saltaba en el duro asiento. Sin duda le acometió el
mal de San Vito. Levantóse, dió varios paseos, leyó de nuevo... ¿Qué
carta era aquélla que tanto le trastornaba? ¡Su letra! ¡su tinta!
¡Eran el encabezamiento y firma como los de todas las suyas!
Leída por séptima vez, vió que decía:
«Señor don Jesús Delgado.
Mi distinguido amigo: El contenido de su gratísima del 2 de
Noviembre, en que se manifiesta desesperanzado del éxito de su
grandioso plan de _Educación Completa_, me ha producido ¡oh!
dolorosa impresión. Pues qué, varón insigne, filósofo eximio,
genio sin segundo, ¿será posible que desmaye usted cuando llega
el momento de dar cima á su alta empresa y coronar con triunfo y
galardón admirables sus gloriosísimos, sus inmortales estudios?
No, amigo: hemos llegado á la cima, hemos escrito el _omega_,
y la frente del santo reformador, del Jesús, del Cristo de la
Educación, aparecerá coronada de las estrellas de la práctica en
el trono refulgente de la realidad.
Usted, mi sabio amigo, engolfado en el tumultuoso piélago de
las cartas que de apartadas regiones, playas y continentes
le dirigen, no ha apreciado el veloz paso del tiempo. _¡Han
transcurrido veinte años sin que usted se dé cuenta de ello!_
Ya no existen aquellos rutinarios moldes que se oponían á la
_Educación Completa_. Todo ha variado, egregio hierofante: la
sociedad ha vencido su letal modorra, y despabiladísima aguarda
las ideas del legislador de la enseñanza. En este lapso de
tiempo, ¿no sabe usted que ha sido derrocado el trono secular,
y con él han desaparecido las prácticas añosas y las ideas
rancias? Cual generosa espada cubierta de orín, que en un momento
es limpiada y recobra su hermosura, temple y brillo, así la
nación se ha limpiado su mugre. Nuevas instituciones tenemos ya,
¡oh! y nuevos caracteres y principios. La hora de que el gran
reformador salga de su escondite y manifieste al mundo atónito
sus planes, ha llegado, señor don Jesús. ¡Viva el Mesías de la
_Educación Completa_, base de la _Completa Vida_!
Con ferviente entusiasmo le saluda y abraza su afectísimo--JESÚS
DELGADO.»
Mientras más el infeliz leía, mayor era su desasosiego. Estaba el
pobre como fuera de sí, con grandísima zozobra en su alma. Pero
mucho más se alteró cuando, al fijarse en la fecha de la carta, vió
que claramente decía: «8 de Noviembre de 1883...» Se le erizaba el
cabello mirando estos guarismos. Tal efecto le hicieron, que sus
nervios se desataron en vibración loca, y empezando por dar vueltas
en la habitación, luego salió disparado al pasillo.
Julián, ¡cosa extraña y rara vez acontecida! ladraba tras él... ¡Pero
cómo ladraba el bueno de Capadocia! Era el canino lenguaje un aullar
lastimero que más tenía de exhortación de amigo que de amenazas de
guardián. Asustado del ruido salió don Basilio, y con cariño puso la
mano en el hombro del _eautepistológrafos_, y le dijo:
--¿Qué le pasa al buen amigo? El tiempo Sur es malo, ¿eh?
Pero Delgado se metió bruscamente en su cuarto, sin responder nada
al de la Caña, lo que sorprendió mucho á éste, por ser don Jesús la
misma cortesía. Bernardina salió también, y entre los dos hicieron
callar á Julián.
--¡Este maldito tiempo Sur...!--repetía don Basilio, acompañando á la
Bernardina hasta el comedor; sentándose á su lado.
--Esta noche le da fuerte, ¿dice que es el viento? Hasta Julián
se encalabrina...--observó la moza; y don Basilio, recreándose en
contemplar los torneados brazos de ella, repetía:
--Este maldito viento Sur no sé lo que tiene. También á mí me pone la
cabeza... y los nervios... no sé cómo.