La tertulia que se había formado en el gabinete de Alejandro, pasó,
á causa de los desvíos de éste, al cuarto de Arias Ortiz. Este era
muy devoto de Balzac, lo tenía casi completo, y á los personajes
de la _Comedia humana_ conocía como si los hubiera tratado.
Rastignac, el barón Nucingen, Ronquerolles, Vautrin, Adjuda Pinto,
Grandet, Gobseck, Chabert, el primo Pons y los demás, éranle tan
familiares como sus amigos. Locamente aficionado á la música, era
el más inteligente de todos en este arte. Como la reunión era en su
cuarto, decía que _daba té_ y que _se quedaba en casa_. Era un salón
literario y artístico. La parte de concierto corría á cargo del mismo
Arias, que tenía prodigiosa memoria musical.
Formóse, pues, una sociedad comanditaria para tomar café mañana y
tarde. Poleró había trazado un plan, ¡oh grandeza de los principios
económicos! y resultaba que haciendo el café en una maquinilla, salía
á cuatro cuartos por barba y taza. Además, era mejor que el del
café. Por las noches, á primera hora, aquello era una Babel. Poca
gracia le hacían á doña Virginia los planes económicos de Poleró, por
el gran estrépito que de ellos resultaba; y Alberique, que en casos
tales la echaba muy de bravo, decía que les iba á tirar á todos por
el balcón. Una noche que daba gritos en el comedor, salió Poleró del
cuarto y con serenidad burlona le dijo:
--Señor Alberique... Parece que está usted incomodado, y que me ha
nombrado usted... Repítalo delante de mí, porque quiero enterarme.
Amedrentado el berberisco, respondió con gruñido de lisonja:
--Nada, señor Poleró... sostenía que tiene usted mucho talento.
Pero el catalán, por seguir la camorra, decía:
--¿Y usted qué sabe si yo tengo talento ó no?...
Virginia, deseando paz, daba algún dinero á su fornido esposo para
que se fuese á correrla al café ó al billar. Ya se sabía que el
morazo no había de volver hasta la madrugada.
Volvió Poleró al cuarto-casino á referir la escena. Felipe no
descansaba un momento en la noble tarea de hacer el café. Salía y
entraba con éste ó el otro recado del comedor al cuarto, del cuarto á
la cocina.
--Doña Virginia, que si quiere usted café.
--No, hijo: que les aproveche.
--Doña Virginia, que me dé usted otra taza.
--Que manden por ella á la cacharrería.
En el cuarto crecía el barullo y se espesaba la atmósfera.
--No eches todavía el agua caliente.
--¡Pero si esta taza está sucia!... ¡Felipe!...
--Falta una cucharilla... ¡Doctor!
--¡Alguien se ha comido el azúcar!... ¡Centeno!
--Si ya hierve.
--No hacerlo muy fuerte, que quita el sueño.
--¡Eh!... cuidado, que se come un terrón Julián de Capadocia...
--¡Felipe!... ¿Pero dónde se mete éste?
--Si ha ido por cigarros.
--El de los prismas está aún en su cuarto, de punta en blanco, con el
mondadientes de plata en la boca. Está haciendo tiempo á ver si le
convidamos.
--No convidarle.
--Dárselo sin azúcar... ¡Eh!... ¡Felipe...!
--¿Y Zalamero, dónde está?
--Ahora viene.
El señor de los prismas, antes de partir para la calle, llegábase á
la puerta y saludaba cortésmente á todos.
--¿Usted gusta?
--Gracias...
--¿Y cuándo...?
--Si quieren ustedes algo para París...
Risas generales y sofocadas.
--Aguarde usted y le daremos una taza de café.
--Son ustedes muy amables...
--¿Y don Basilio ha salido?... Felipe, llama á don Basilio.
--Permítanme ustedes, señores--decía el redactor de Hacienda,
asomándose ala puerta.--Hace tiempo que he renunciado al café, porque
me quita el sueño. Si me hicieran el favor de un poco de azúcar para
un vaso de agua...
--Oro molido que fuera...
--Pues muchas gracias... Permítanme ustedes que me retire. Me toca
hacer artículo esta noche.
--Don Leopoldo, nos va usted á traer de París una buena maquinilla de
café... ¡Felipe!
--No tienen más que darme una notita... No: lo apuntaré en mi cartera.
--Apunte usted... maquinilla de hacer café, para... doce tazas.
--Bien, bien: no se me olvida ya...
--Tome usted... vea si tiene poco azúcar...
--Si no tiene ninguno...
--¡Felipe... condenado... el azúcar!...
--¡Un terrón!
--¿Pero dónde está el azúcar?...
--Se lo ha comido Julián de Capadocia.
--Todos están concluyendo su ración, y no ha sobrado nada de
azúcar... ¡Qué descuido!
--Señores, si esto es veneno...
--Perdone usted, don Leopoldo...
--Abajo con él... Aunque sea amargo...
--Así es más estomacal.
--Muchas gracias, señores...
--Que usted se divierta mucho, y haga muchas conquistas esta noche.
Sale Montes. Jaleo, risas, música... Óyese aquello de: _Don Basilio,
giungete á tempo_... _¿La calunnia cos’è, voi non sapete?_... _Se don
Basilio venessi á ricercarmi, ditelli ch’aspetti_, y otras frases en
que sonaba el venerable nombre de aquel buen sujeto que estaba no
lejos de allí, sacando de su seco caletre el tremendo artículo sobre
el _déficit_, todo números y cálculos; artículo que si alguien lo
leyera se quedaría yerto de patriótico espanto.
Lo mismo Poleró que Arias y el propio Miquis tenían, de tiempo atrás,
vivísimos deseos de entablar conversación con el taciturno huésped
don Jesús Delgado, para del coloquio pasar á la confianza y poder
con ella penetrar el misterio de aquel hombre y sus inexplicables
quehaceres epistolares. Todo era inútil. Sucesivas noches le enviaron
con Felipe un recado invitándole á tomar café. Pero respondía siempre
con mucha finura, dando las gracias y declinando el honor que se le
hacía.
Poleró, con ardiente curiosidad, no perdía ocasión de hablarle. Si le
encontraba por acaso en el pasillo, le detenía:
--Muy ocupado, ¿eh...?
--¡Ah!... eso siempre, figúrese usted, ¡oh!...--respondía el otro
haciendo visajes, pues los nervios de su cara estaban siempre tan
alborotados que ninguna facción quería estar en su sitio.
Otra vez le decía el catalán:
--¿Estuvo usted malo anoche? Me parece que le sentí levantarse...
--No, señor... ¡oh! Trabajando hasta la madrugada... Figúrese
usted... á lo mejor recibo trece, catorce, quince cartas, y á todas,
¡ah! he de contestar. Buenas noches.
Poleró vivía en el cuarto próximo al de don Jesús Delgado, y algunas
noches, subiéndose en una silla, se asomaba á un tragaluz abierto en
lo alto del tabique. Había observado que el bendito señor, cuando no
se paseaba de largo á largo por la habitación, escribía cartas en su
pupitre.
Conforme iba despachando epístolas, les ponía los sobres; luego los
sellos, de que tenía buen acopio, y las agrupaba á un lado, y con las
contestadas hacía gruesos paquetes que guardaba en un arcón. Como
nunca salía á la calle sino para ir al Correo, y al salir echaba
la llave á su cuarto, no había medio de penetrar en la misteriosa
oficina. Receloso hasta lo sumo y atento siempre á su secreto, si
secreto había, don Jesús no evacuaba la plaza ni en el acto de la
limpieza, y se tragaba todo el polvo del barrido antes que dejar
expuestos sus papeles á un ataque de los huéspedes.
Arias sostenía que Delgado, hombre ya próximo á los cincuenta, tenía
una novia perpetua, relaciones de esas que no terminan ni en el
matrimonio ni en el olvido; pero este caso de platonismo de toda la
vida, verosímil en el melancólico personaje, no explicaba las catorce
cartas, á no ser que tuviera don Jesús catorce novias platónicas,
todas poseídas de epistolaria demencia.
Aportó Zalamero algunos antecedentes del señor Delgado. Pertenecía
éste á una familia bastante acomodada; era soltero, y había servido
veinte años en la Dirección de Instrucción pública, desempeñando uno
de los mejores destinos. Le apoyaban eminencias del partido moderado.
Zalamero no recordaba bien qué clase de disgustos, qué contrariedades
oficinescas obligaron á tan apreciable sujeto á dejar su destino.
Tiempo hacía que estaba cesante, y la familia le trataba como á loco
pacífico, sin tener con él relaciones directas.
Una noche, aguijoneados por su ardiente curiosidad, hicieron
propósito los huéspedes de sacarle del cuarto, valiéndose de
cualquier ardid, aunque no fuese prudente ni delicado. Invitáronle
á tomar café, y como contestara negativamente dando las gracias,
imaginaron atacarle con una burla de gran aparato. Miquis redactó al
instante un mensaje, y se encargaron de llevarlo Poleró y Sánchez de
Guevara, para cuyo acto solemne, el primero se puso un frac viejo de
don Basilio y el segundo su uniforme. Entraron con toda ceremonia en
el aposento, y sin preámbulo alguno, sacó Poleró su papel y empezó á
leer con enfática entonación lo que sigue:
«Excelentísimo señor don Jesús Delgado: Los que suscriben,
hospedados en ésta su casa, se atreven á interrumpir las graves
ocupaciones de usted para rogarle se digne aceptar una modesta
taza de negro café en el humilde albergue en que la amistad los
reúne. Aunque la fraternidad que informa los actos de personas
aposentadas bajo un mismo techo, justifica por sí este acto, los
que suscriben, Excelentísimo Señor, quieren dar á la presente
manifestación un móvil y origen superiores á los que tendría si
fuese un simple arranque de urbanidad: quieren ¡oh! derivarla de
los sentimientos de admiración y respeto hacia la augusta persona
que ha prestado tan eminentes servicios al país y al mundo entero
en el importante y florido ramo de la Instrucción pública.
Siendo los que suscriben, señor Delgado, escolares que aspiran á
la posesión del saber en diferentes artes y ciencias, no pueden
menos de sentirse orgullosísimos de vivir junto al insigne
estadista que en doctas y previsoras leyes ha sabido trazar el
camino por donde la juventud marcha á la conquista del Vellocino
de Hierro de los modernos tiempos, señor don Jesús, que es la
Instrucción.
Los que suscriben, Excelentísimo Señor, esperan que usted, con
la modestia del verdadero mérito, aceptará esta humildísima
prueba del respeto, de la consideración, del entusiasmo de sus
compañeros de casa; y si tal honra merecen, tendrán por feliz y
gloriosa entre todas las noches, la noche del 4 de Noviembre de
1863...»
Seguían las firmas.
La seriedad del acto, el tono grave y ampuloso de Poleró, pusieron á
don Jesús Delgado como quien ve visiones. No supo qué contestar: todo
se le volvía inclinarse y balbucir; gratitudes... Cuando dijo Poleró
lo de los servicios á la Instrucción pública y del florido ramo,
medio se enterneció el hombre y estuvo á punto de llorar.
Fué, mejor dicho, le llevaron casi á rastras; y cuando entró en el
cuarto, precedido de la comisión, recibiéronle todos con ruidosos
aplausos. El bienaventurado don Jesús estaba perplejo, conmovido, y
tan creído de la verdad de lo que pasaba, que no se daba cuenta de
la burla. Mientras tomaba café, los otros le abrumaron á cumplidos,
lisonjas y felicitaciones de celebérrimos trabajos. Poleró era el
único que faltaba, porque se había encargado de examinar las cartas y
descubrir el secreto; acción que no consideraron villana, tratándose
de un loco.
Diríase que á don Jesús le quemaba el asiento. Apenas apuró la taza,
ya quería irse. Su turbación y cortedad eran grandes.
--Un momento más,--le decían, deteniéndole casi á la fuerza.
--Si ustedes, ¡oh! me permitieran retirarme...--respondía él con
timidez.--Apenas he empezado mi tarea...
Por fin le soltaron. Una comisión había de acompañarle hasta su
domicilio. Todo se hizo con aparato y cortesana pompa. Cuando el
infeliz se encerró de nuevo, viérais á Poleró entrar en el cuarto
tapándose la boca para contener la risa. Se tiró en una cama, porque
su hilarilad y los esfuerzos que hacía para sofocarla y no meter
ruido, le daban convulsiones...
--¿Pero qué, pero qué es...?
--No podéis figuraros.
--¿Qué cartas son esas?
--La locura más graciosa que se puede hallar.
--¿Quién le escribe? ¿Á quién escribe?
--¡Si no lo hubiera visto...!
--¿Á la Reina?
--No.
--¿Al Papa?
--No... Asombraos todos. Se escribe las cartas á sí mismo...
--¿Y las recibe?
--De sí mismo. Todas las cartas están encabezadas: «Señor don Jesús
Delgado: Muy señor mío...» y todas concluyen así: «su seguro y atento
servidor, Jesús Delgado.»
¡Qué risas, qué algazaras!
--¿Se le da un bromazo, sí ó no?
--Hombre, ¿mayor que el de esta noche?...
--Mayor, sí, mayor.
Poleró contó en breves términos lo que decían algunas cartas. Todo
era referente á extraños planes de Instrucción pública. En algunas
despachaba consultas sobre delicadísimos puntos de la misma materia.
No estaban mal escritas, pero sí salpimentadas con las exclamaciones
«¡ah! ¡oh!» que usaba también hablando.
--Sí: de la Dirección le echaron por loco--indicó Zalamero.--Ahora
recuerdo: empezaron á notar rarezas en sus informes, y extrañísimas
teorías traducidas del alemán. Por tales ideas estrambóticas, tuvo el
Director un gran disgusto con el Arzobispo de Toledo.
--¿Con que se le da el bromazo?
--¿Cómo? ¡Ah! ya... escribiéndole una carta firmada por él mismo.
--Eso, eso...--clamó Poleró.--Á ver quién imita su letra. Le he
quitado una carta.
--Venga--manifestó Cienfuegos, que se creía con aptitud para el
caso.--Yo la imitaré.
--Que ponga Miquis el borrador. Entérate, Alejandro, de las tonterías
que dice, y no omitas las interjecciones.
--Mañana... Es preciso sustraerle un poco de esta hermosa tinta
violada que usa... Felipe, mañana, cuando limpie la chica el cuarto,
entras á ayudar, y...
--Convenido: ¡qué lance!...
--Señores, las diez...--gritó Sánchez de Guevara, blandiendo el
espadín.--Es hora de estudiar. Se levanta la broma.
--Hasta mañana.