VI

El hidalguete manchego, cuya primera hazaña fué arrancar á la

historia la figura de _El Grande Osuna_ para vaciarla en un molde

dramático, estaba cada día más triste, por motivos que no eran de

arte. Á medida que iba gastando lo que le diera su tía, más se

aplanaba su ánimo, y no por la idea de que el tesoro se acabase,

sino por los remordimientos que el gastarlo tan sin substancia le

causaba. Pasado algún tiempo desde la famosa noche de la calle del

Almendro, parecía que se enfriaba su caldeado cerebro, permitiéndole

ver la verdad de aquel caso peregrino. Su tiíta estaba loca, y él,

recibidos los dineros, debió ponerlos á disposición de su padre. No

lo había hecho, por afán de satisfacer gustos y deseos irresistibles

de la niñez y de la juventud... Había dispuesto de lo que casi no

era suyo, de un caudal venido á sus manos por caminos torcidos...

Pero el hervor de su sangre y el iluminismo de su mente habían podido

más que su conciencia. Poseer dinero era para él como la razón del

vivir, como la florescencia, el fruto y flor de la vida. Carecer de

ello se asemejaba á un árbol que tiene raíces, leña y hojas; pero

nunca se viste de flores ni se engalana de fruto alguno. ¡Disponer,

pues, de aquella savia social y no nutrirse de ella, no cubrirse de

la hermosa gala de la vida, pudiendo hacerlo; no dar á los labios el

auténtico sabor de humanidad, teniéndolo tan á la mano...! ¡Oh! esto

era superior á su conciencia de hombre, á su respeto de hijo. En el

estado actual del mundo, la vida sin moneda es una vida teórica, un

mecanismo fisiológico, que hace de los hombres muñecos para divertir

á los verdaderos hombres, á los que están provistos de aquel Jugo

vital. Hemos de remontarnos á la época del pastoreo para imaginar al

hombre indiferente á las ideas de _tuyo_ y _mío_, y considerarlo

como tal hombre á pesar de la mutilación de esa víscera que se

llama bolsillo. Esto pensaba Miquis, y añadía Cienfuegos que no era

mutilación la voz propia, sino que aquella entraña estuvo mucho

tiempo en forma rudimentaria, y así siguió hasta que el uso hizo de

un elemento orgánico un verdadero órgano.

¡Pobre Miquis, qué cosas pensaba para disculparse á sí mismo y

atenuar la falta que le atormentaba! Y derretía de lo lindo el dinero

más en el prójimo que en sí mismo. Era en esto secuaz ardiente del

Evangelio. Desde que un amigo se veía en apuro, lo que pasaba un día

sí y otro no, ya le faltaba tiempo á Miquis para volar á socorrerle.

Muchos ¡tales traiciones tiene la amistad! fingían penurias para

sacarle dinero y gastarlo en francachelas. En la cómoda tenía los

billetes, y conforme iba necesitando jugo, iba sacando de aquel

depósito, sin enterarse de lo que salía ni de lo que daba.

Porque Miquis, dirémoslo claro, era refractario á la cantidad. Así

como el aceite sobrenada en el agua sin penetrar jamás en ella, así

la idea de cantidad flotaba sobre el espíritu de Alejandro, saturado

de poesía, de ideales. Si teóricamente distinguía bien la idea de 100

de la de 10, en el tráfago del vivir, cuando aquellas cifras eran

cosa monetaria, venían á resultar indistintas, cual los tamaños y

forma de las nubes. ¡Ay, cómo resbalan en vuestras rosadas manos, ¡oh

Musas locas! estos pedazos de papel, hechura de los modernos Bancos,

y que llevan impresos, como signo de andar á prisa, los alados

borceguíes de vuestro hermanito Mercurio!

Porque habíais de ver al célebre manchego entrando en una y otra

tienda para comprar cosas que, á su parecer, necesitaba, y metiéndose

en las librerías para adquirir todo lo nuevo y bonito, obras de

lujo que maldita falta le hacían, y que vistas una vez no servían

para nada. En los puestos de libros dejó también puñados de dinero,

porque no había autor clásico ó romántico, español ó extranjero, que

él no quisiera poseer. Para enterarse bien de todo lo que compraba,

necesitaría la vida eterna.

Pero la mayor parte de sus caudales no tomaban el camino de las

librerías. Iban presurosos hacia otra parte, llevados por magnética

ó nerviosa corriente... ¡Pobre Alejandro! Sus compañeros de casa

conocían bien el género de vida que llevaba, y los unos con interés

y lástima, los otros con desdén y mofa, hacían comentarios mil y

tristísimos augurios.

--Es un perdido. ¡Lástima de talento!... Corazón demasiado grande y

jamás harto de sensaciones... ¡Pobre Alejandro! Se consume en su

propio fuego.

--Es un tontaina... Cualquiera le engaña... Pero de ésta las pagará

todas juntas, porque me parece que se lo sorben.

El bondadoso Zalamero le disculpaba diciendo: «Se detendrá á

tiempo.» Poleró le zahería, Arias y Guevara le desollaban. El

informal Cienfuegos afectaba un interés fraternal por Alejandro,

y lo expresaba así: «Le voy á coger de una oreja y á sujetarle...

¡Vicioso! Yo le quiero mucho: impediré que corra al abismo... Verán,

verán ustedes...» Pero con tanto hablar no hacía nada, y era el

primero que, á solas con él, disculpaba sus errores.

Por su parte, Miquis se mostraba cada vez más esquivo con sus

compañeros. No iba de tertulia al cuarto de ninguno de ellos; había

cerrado el suyo á las reuniones tumultuosas de las tardes, y muchos

días faltaba á comer, lo que ponía en gran confusión y sobresalto al

ama de la casa.

--Este don Dulcineo del Toboso arruinará á su padre--decía.--No

estudia, y gasta el dinero que es un primor. ¡Pobre padre!

Más de una vez, cuando le pillaba solo y en buena ocasión, se

permitía sermonearle cariñosa. Era buena Virginia y gustaba de hacer

de madre con los huéspedes.

--Pero don Alejandro... está usted muy echadito á perder. Su papá

haciendo tanto sacrificio, y usted aquí gastándole el dinero, y lo

que, es peor, sin estudiar... Porque dicen que no coge un libro de

los de clase, y es lástima... Dice don Basilio que usted es el de

más talento que hay en la casa. ¿Y de qué le sirve? Porque eso de

las comedias... desengáñese usted, niño: eso no da de comer... Y,

sobre todo, no sea usted perdido, no gaste su salud. En Madrid hay

mucha perdición. ¡Pobres chicos, y cómo caen en las trampas que les

arman por ahí! ¡Qué bribonadas! Crea usted que me pongo furiosa.

¡Cuándo habrá un Gobierno, Señor, un Gobierno que haga una buena

limpia de gentuza, echando una red en que ningún pájaro se escape...!

Los padres lo agradecerían. Anoche estábamos hablando de esto, y el

señor Caña dijo que tengo razón... Con que, don Dulcineo, no sea

malo. ¿Se va usted á enmendar? ¿Me lo promete usted?... Dice que sí,

y después como si tal cosa... Á ver, sea usted franco conmigo: ¿qué

gusto encuentra en ser malo? ¿No se cansa, no se aburre?... Porque á

otros engañará usted, haciéndose pasar por un santito; pero á mí no.

Á ver, dígame, confiese, tenga conmigo franqueza... yo no lo he de

decir á nadie. ¿En dónde se pasa las noches? ¿Por qué viene á casa á

las tantas de la mañana? ¡Ah! Si fuera usted hijo mío, á bofetones de

cuello vuelto le enderezaba.

Atendía sonriendo el estudiante á estas razones, y parecía conforme

con ellas. Sin duda había en su alma propósitos de enmienda... Y en

prueba de ello, viósele algunos días bastante corregido: entraba

temprano, iba á clase; pero lentamente á las andadas volvía y á su

vida miserable.

Su capital mermaba rápidamente, creciendo en igual grado sus

remordimientos. Cuando pensaba en la ira de su padre, entrábanle

congojas. Era don Pedro Miquis de carácter violento, y como llegara

á entender el uso que había hecho su hijo del dinero recibido de

una loca, bueno se pondría. Falta grave, delito más bien, había

cometido Alejandro. Con ninguna argucia podía disculparse ni acallar

su conciencia; y cuando el dinero se acababa, cuando anunciadas por

síntomas lúgubres volvían las escaseces, iba faltando ya el atenuador

de los remordimientos, que era el dinero mismo y los goces que

proporcionaba.

Una carta de su padre le puso en gran zozobra. «Me han asegurado--le

decía,--que te estás dando vida de príncipe. Haz el favor de

explicarme esto.» Cobarde para afrontar la verdad, negó, y á poco le

escribía su padre: «Trata de averiguar con buenos modos si la tiíta

ha realizado una cierta cantidad de juros, etc.. Es lástima que

intereses de cuantía estén en manos de una demente...»

Para ahogar la pena que esto le causaba, érale preciso engolfarse en

el arte, sumergirse en sus ondas purísimas y engañar la imaginación

con soñados triunfos y delicias. Como otros lo están de vanidad,

estaba él hinchado de optimismo. _El Grande Osuna_ se representaría

en aquella temporada. Dudar esto era como no ver la luz del sol.

Teníalo Alejandro por tan seguro como si viera la obra en los

carteles. ¿Y qué más? Siempre que leía un periódico, se asombraba

de que las gacetillas no anunciaran ya el estreno, y deploraba lo

mal montado que está el servicio de noticias teatrales. Siempre que

sonaba la campanilla de la casa salía presuroso, creyendo que venía

recado del empresario llamándole. El curso de uno y otro día sin

cartas, sin gacetilla, sin recado, no le quitaba su dulce ilusión...

Sentía lástima de los que no eran autores de _El Grande Osuna_, y de

Madrid por lo mucho que tardaba en gozarlo.

Pues bien: representada la obra, había de tener éxito colosal. Esto

era como el Evangelio. Le daría mucho, muchísimo dinero... Con este

capital tendría lo bastante para reintegrar á su padre el dinero

de la loca... ¡Hermoso plan! y podría hacerlo sin que su padre se

enterase de nada. ¡Vaya una cartita que le pondría! «Mi querido papá:

ayer me entregó la tiíta diez y seis mil doscientos doce reales...

etc. Usted me dirá cómo se los envío, ó si los entrego á...» Lo más

bonito era que después de este rasgo de honradez y respeto filial,

aún le había de quedar abundante moneda para seguir divirtiéndose...

¡Y luego...! Tenía ya pensada otra obra que al teatro llevaría en

cuanto se representara _El Grande Osuna_... ¡Vaya una obrita! Se

había de llamar _El condenado por confiado_, y era cosa sublime: un

señor de horca y cuchillo que se hacía fraile, y después de hecho

fraile se enamoraba de una monja... En fin, había tela, y honda

materia dramática, religiosa y hasta filosófica... Con los inefables

placeres mentales de la gestación se consolaba el infeliz de sus

dolores morales y físicos.

Físicos, sí, porque empezaba á padecer cruelmente de una como

debilidad general con desvanecimientos de cabeza. La tos penosísima

le quitaba el sueño; no apetecía más que golosinas, y se alimentaba

con caramelos, café y fruta. Para que la depravación de su paladar

fuera completa, hasta llegó á aceptar invitaciones de su tía, y

se hartaba de gachas, cañamones, y bebía tazones de salvia. Por

grandes que fueran sus sufrimientos, nunca tuvo aprensión ni miedo

á la muerte. Su optimismo le llevaba hasta creerse poco menos que

exento del fuero de la Parca; y el hábito de mirar cara á cara la

inmortalidad, inspirábale confianza en su existencia carnal, y con

la confianza el deseo de comprometerla á cada instante. Por esto dijo

tantas veces: «La pulmonía que á mí me ha de matar no se ha fundido

aún.»

El Doctor Centeno (Tomo II) · 第 10 / 41 题