El hidalguete manchego, cuya primera hazaña fué arrancar á la
historia la figura de _El Grande Osuna_ para vaciarla en un molde
dramático, estaba cada día más triste, por motivos que no eran de
arte. Á medida que iba gastando lo que le diera su tía, más se
aplanaba su ánimo, y no por la idea de que el tesoro se acabase,
sino por los remordimientos que el gastarlo tan sin substancia le
causaba. Pasado algún tiempo desde la famosa noche de la calle del
Almendro, parecía que se enfriaba su caldeado cerebro, permitiéndole
ver la verdad de aquel caso peregrino. Su tiíta estaba loca, y él,
recibidos los dineros, debió ponerlos á disposición de su padre. No
lo había hecho, por afán de satisfacer gustos y deseos irresistibles
de la niñez y de la juventud... Había dispuesto de lo que casi no
era suyo, de un caudal venido á sus manos por caminos torcidos...
Pero el hervor de su sangre y el iluminismo de su mente habían podido
más que su conciencia. Poseer dinero era para él como la razón del
vivir, como la florescencia, el fruto y flor de la vida. Carecer de
ello se asemejaba á un árbol que tiene raíces, leña y hojas; pero
nunca se viste de flores ni se engalana de fruto alguno. ¡Disponer,
pues, de aquella savia social y no nutrirse de ella, no cubrirse de
la hermosa gala de la vida, pudiendo hacerlo; no dar á los labios el
auténtico sabor de humanidad, teniéndolo tan á la mano...! ¡Oh! esto
era superior á su conciencia de hombre, á su respeto de hijo. En el
estado actual del mundo, la vida sin moneda es una vida teórica, un
mecanismo fisiológico, que hace de los hombres muñecos para divertir
á los verdaderos hombres, á los que están provistos de aquel Jugo
vital. Hemos de remontarnos á la época del pastoreo para imaginar al
hombre indiferente á las ideas de _tuyo_ y _mío_, y considerarlo
como tal hombre á pesar de la mutilación de esa víscera que se
llama bolsillo. Esto pensaba Miquis, y añadía Cienfuegos que no era
mutilación la voz propia, sino que aquella entraña estuvo mucho
tiempo en forma rudimentaria, y así siguió hasta que el uso hizo de
un elemento orgánico un verdadero órgano.
¡Pobre Miquis, qué cosas pensaba para disculparse á sí mismo y
atenuar la falta que le atormentaba! Y derretía de lo lindo el dinero
más en el prójimo que en sí mismo. Era en esto secuaz ardiente del
Evangelio. Desde que un amigo se veía en apuro, lo que pasaba un día
sí y otro no, ya le faltaba tiempo á Miquis para volar á socorrerle.
Muchos ¡tales traiciones tiene la amistad! fingían penurias para
sacarle dinero y gastarlo en francachelas. En la cómoda tenía los
billetes, y conforme iba necesitando jugo, iba sacando de aquel
depósito, sin enterarse de lo que salía ni de lo que daba.
Porque Miquis, dirémoslo claro, era refractario á la cantidad. Así
como el aceite sobrenada en el agua sin penetrar jamás en ella, así
la idea de cantidad flotaba sobre el espíritu de Alejandro, saturado
de poesía, de ideales. Si teóricamente distinguía bien la idea de 100
de la de 10, en el tráfago del vivir, cuando aquellas cifras eran
cosa monetaria, venían á resultar indistintas, cual los tamaños y
forma de las nubes. ¡Ay, cómo resbalan en vuestras rosadas manos, ¡oh
Musas locas! estos pedazos de papel, hechura de los modernos Bancos,
y que llevan impresos, como signo de andar á prisa, los alados
borceguíes de vuestro hermanito Mercurio!
Porque habíais de ver al célebre manchego entrando en una y otra
tienda para comprar cosas que, á su parecer, necesitaba, y metiéndose
en las librerías para adquirir todo lo nuevo y bonito, obras de
lujo que maldita falta le hacían, y que vistas una vez no servían
para nada. En los puestos de libros dejó también puñados de dinero,
porque no había autor clásico ó romántico, español ó extranjero, que
él no quisiera poseer. Para enterarse bien de todo lo que compraba,
necesitaría la vida eterna.
Pero la mayor parte de sus caudales no tomaban el camino de las
librerías. Iban presurosos hacia otra parte, llevados por magnética
ó nerviosa corriente... ¡Pobre Alejandro! Sus compañeros de casa
conocían bien el género de vida que llevaba, y los unos con interés
y lástima, los otros con desdén y mofa, hacían comentarios mil y
tristísimos augurios.
--Es un perdido. ¡Lástima de talento!... Corazón demasiado grande y
jamás harto de sensaciones... ¡Pobre Alejandro! Se consume en su
propio fuego.
--Es un tontaina... Cualquiera le engaña... Pero de ésta las pagará
todas juntas, porque me parece que se lo sorben.
El bondadoso Zalamero le disculpaba diciendo: «Se detendrá á
tiempo.» Poleró le zahería, Arias y Guevara le desollaban. El
informal Cienfuegos afectaba un interés fraternal por Alejandro,
y lo expresaba así: «Le voy á coger de una oreja y á sujetarle...
¡Vicioso! Yo le quiero mucho: impediré que corra al abismo... Verán,
verán ustedes...» Pero con tanto hablar no hacía nada, y era el
primero que, á solas con él, disculpaba sus errores.
Por su parte, Miquis se mostraba cada vez más esquivo con sus
compañeros. No iba de tertulia al cuarto de ninguno de ellos; había
cerrado el suyo á las reuniones tumultuosas de las tardes, y muchos
días faltaba á comer, lo que ponía en gran confusión y sobresalto al
ama de la casa.
--Este don Dulcineo del Toboso arruinará á su padre--decía.--No
estudia, y gasta el dinero que es un primor. ¡Pobre padre!
Más de una vez, cuando le pillaba solo y en buena ocasión, se
permitía sermonearle cariñosa. Era buena Virginia y gustaba de hacer
de madre con los huéspedes.
--Pero don Alejandro... está usted muy echadito á perder. Su papá
haciendo tanto sacrificio, y usted aquí gastándole el dinero, y lo
que, es peor, sin estudiar... Porque dicen que no coge un libro de
los de clase, y es lástima... Dice don Basilio que usted es el de
más talento que hay en la casa. ¿Y de qué le sirve? Porque eso de
las comedias... desengáñese usted, niño: eso no da de comer... Y,
sobre todo, no sea usted perdido, no gaste su salud. En Madrid hay
mucha perdición. ¡Pobres chicos, y cómo caen en las trampas que les
arman por ahí! ¡Qué bribonadas! Crea usted que me pongo furiosa.
¡Cuándo habrá un Gobierno, Señor, un Gobierno que haga una buena
limpia de gentuza, echando una red en que ningún pájaro se escape...!
Los padres lo agradecerían. Anoche estábamos hablando de esto, y el
señor Caña dijo que tengo razón... Con que, don Dulcineo, no sea
malo. ¿Se va usted á enmendar? ¿Me lo promete usted?... Dice que sí,
y después como si tal cosa... Á ver, sea usted franco conmigo: ¿qué
gusto encuentra en ser malo? ¿No se cansa, no se aburre?... Porque á
otros engañará usted, haciéndose pasar por un santito; pero á mí no.
Á ver, dígame, confiese, tenga conmigo franqueza... yo no lo he de
decir á nadie. ¿En dónde se pasa las noches? ¿Por qué viene á casa á
las tantas de la mañana? ¡Ah! Si fuera usted hijo mío, á bofetones de
cuello vuelto le enderezaba.
Atendía sonriendo el estudiante á estas razones, y parecía conforme
con ellas. Sin duda había en su alma propósitos de enmienda... Y en
prueba de ello, viósele algunos días bastante corregido: entraba
temprano, iba á clase; pero lentamente á las andadas volvía y á su
vida miserable.
Su capital mermaba rápidamente, creciendo en igual grado sus
remordimientos. Cuando pensaba en la ira de su padre, entrábanle
congojas. Era don Pedro Miquis de carácter violento, y como llegara
á entender el uso que había hecho su hijo del dinero recibido de
una loca, bueno se pondría. Falta grave, delito más bien, había
cometido Alejandro. Con ninguna argucia podía disculparse ni acallar
su conciencia; y cuando el dinero se acababa, cuando anunciadas por
síntomas lúgubres volvían las escaseces, iba faltando ya el atenuador
de los remordimientos, que era el dinero mismo y los goces que
proporcionaba.
Una carta de su padre le puso en gran zozobra. «Me han asegurado--le
decía,--que te estás dando vida de príncipe. Haz el favor de
explicarme esto.» Cobarde para afrontar la verdad, negó, y á poco le
escribía su padre: «Trata de averiguar con buenos modos si la tiíta
ha realizado una cierta cantidad de juros, etc.. Es lástima que
intereses de cuantía estén en manos de una demente...»
Para ahogar la pena que esto le causaba, érale preciso engolfarse en
el arte, sumergirse en sus ondas purísimas y engañar la imaginación
con soñados triunfos y delicias. Como otros lo están de vanidad,
estaba él hinchado de optimismo. _El Grande Osuna_ se representaría
en aquella temporada. Dudar esto era como no ver la luz del sol.
Teníalo Alejandro por tan seguro como si viera la obra en los
carteles. ¿Y qué más? Siempre que leía un periódico, se asombraba
de que las gacetillas no anunciaran ya el estreno, y deploraba lo
mal montado que está el servicio de noticias teatrales. Siempre que
sonaba la campanilla de la casa salía presuroso, creyendo que venía
recado del empresario llamándole. El curso de uno y otro día sin
cartas, sin gacetilla, sin recado, no le quitaba su dulce ilusión...
Sentía lástima de los que no eran autores de _El Grande Osuna_, y de
Madrid por lo mucho que tardaba en gozarlo.
Pues bien: representada la obra, había de tener éxito colosal. Esto
era como el Evangelio. Le daría mucho, muchísimo dinero... Con este
capital tendría lo bastante para reintegrar á su padre el dinero
de la loca... ¡Hermoso plan! y podría hacerlo sin que su padre se
enterase de nada. ¡Vaya una cartita que le pondría! «Mi querido papá:
ayer me entregó la tiíta diez y seis mil doscientos doce reales...
etc. Usted me dirá cómo se los envío, ó si los entrego á...» Lo más
bonito era que después de este rasgo de honradez y respeto filial,
aún le había de quedar abundante moneda para seguir divirtiéndose...
¡Y luego...! Tenía ya pensada otra obra que al teatro llevaría en
cuanto se representara _El Grande Osuna_... ¡Vaya una obrita! Se
había de llamar _El condenado por confiado_, y era cosa sublime: un
señor de horca y cuchillo que se hacía fraile, y después de hecho
fraile se enamoraba de una monja... En fin, había tela, y honda
materia dramática, religiosa y hasta filosófica... Con los inefables
placeres mentales de la gestación se consolaba el infeliz de sus
dolores morales y físicos.
Físicos, sí, porque empezaba á padecer cruelmente de una como
debilidad general con desvanecimientos de cabeza. La tos penosísima
le quitaba el sueño; no apetecía más que golosinas, y se alimentaba
con caramelos, café y fruta. Para que la depravación de su paladar
fuera completa, hasta llegó á aceptar invitaciones de su tía, y
se hartaba de gachas, cañamones, y bebía tazones de salvia. Por
grandes que fueran sus sufrimientos, nunca tuvo aprensión ni miedo
á la muerte. Su optimismo le llevaba hasta creerse poco menos que
exento del fuero de la Parca; y el hábito de mirar cara á cara la
inmortalidad, inspirábale confianza en su existencia carnal, y con
la confianza el deseo de comprometerla á cada instante. Por esto dijo
tantas veces: «La pulmonía que á mí me ha de matar no se ha fundido
aún.»